27/3/09

Un cuento de horror


Una relación como la mía con Jorge nadie la entiende, dejémonos de tarugadas, nadie, nadie la entiende, le asegura Rosita Carvajal a su nieta, la cineasta Yulene Olaizola, en el transcurso del documental Intimidades de Shakespeare y Víctor Hugo (México, 2008). Desde luego se trata de un filme con mucho que entender porque cuenta muchas cosas –como si fuéramos descubriendo las sucesivas capas de una cebolla- y las cuenta la mar de bien –modélico en la dosificación de la información y en el dispositivo del suspense-, más aún si tenemos en cuenta que se trata de una primera obra, aunque, como se verá, bien podríamos convenir en que estaba destinada a contar esa historia, incluso aventuraríamos que no le quedaba otro remedio sino contarla de una vez por todas.


Yulene Olaizola


O sea que estamos ante un documental que te mantiene pegado a la pantalla y que se vive como una ficción, es decir, se experimentan las mismas sensaciones como espectador que ante el mejor de los thrillers en un crescendo dramático ejemplar: curiosidad, intriga, suspense, asombro, sorpresa, horror y compasión. Claro que eso sólo es posible cuando se nos va desvelando una historia muy potente que nos absorbe con la fuerza magnética de lo que acontece en la pantalla. Y sí, la materia prima está cargada de interés dramático pero además se nos cuenta de tal forma que nos tiene cogidos por el cuello a lo largo de 80 minutos.

Podría apuntar algunos referentes como A sangre fría de Truman Capote, El estrangulador de Boston de Richard Fleisher o Zodiac de David Fincher, que aludirían al tipo de personaje que se revela en el curso del filme, pero también al grado de obsesión compulsiva que lleva aparejado en quienes de una u otra forma caen en la zona de influencia de aquél. Sin embargo creo que sería más atinado, en cuanto a la tonalidad del relato, recordar filmes como El desencanto donde se produce un encuentro feliz entre el cineasta, Jaime Chavarri, y el personaje central, Felicidad Blanc, o sería mejor decir, el/la modelo, en la medida en que el film acaba siendo un retrato. Algo así sucede en Intimidades de Shakespeare y Víctor Hugo: es una crónica costumbrista, es un relato criminal, es una historia de amor compleja, pero también es el retrato de Rosita Carvajal, la abuela de la cineasta. Y con ser todo eso, el filme de Yulene Olaizola, aun es más, algo más íntimo –y creo que es lo decisivo-: constituye una expedición a las profundidades de la infancia de la cineasta.

Rosita Carbajal le cuenta a su nieta la historia de cómo un día llegó a la pensión que regentaba un hombre de 25 años que se llamaba Jorge Riosse. Quiero vivir aquí, pero no voy a vivir mucho, le dijo Jorge. La abuela de la cineasta tenía 55 años cuando conoció a Jorge, que acabó viviendo ocho años en la pensión: Él hizo su mundo dentro de esta casa. Aquí adentro encontró todo, cuenta Rosita. Pero no sólo cuenta Rosita, también Flor, la criada que lleva toda la vida en la pensión, tiene mucho que contar. Rosita, Flor y la propia cineasta representan los tres vértices de un triángulo de luz que ilumina y desvela el enigma de Jorge Riosse. Y digo el enigma, porque el misterio que subyace en la declaración de Rosita que abre este comentario permanece intacto, y esas razones del corazón de las que hablaba Pascal mantienen viva la película mucho después de haberla visto y garantiza que, de alguna manera, Intimidades de Shakespeare y Víctor Hugo, como todas las obras valiosas, nunca acaben de verse.



Y claro, no mencionamos el término triángulo por casualidad. El filme de Yulene Olaizola cuenta un triángulo amoroso: el que se fraguó a lo largo de ocho años entre Jorge Riosse, Rosita y Flor. Pero nada convencional, se nos revela un tejido afectivo a base de secretos, dependencias, celos, sintonías, empatía, proyecciones edípicas… Corrientes de amor, en definitiva, entre las dos mujeres que acogen en la pensión a ese hombre sin pasado que era Jorge Riosse –he ahí uno de los ingredientes del enigma: ¿quién era, en realidad, el inquilino de la pensión en la confluencia de las calles Shakespeare y Víctor Hugo en México D.F.?-. A medida que vamos descubriendo vertientes, matices, episodios de Jorge, se nos revela también el sustrato emocional de las dos mujeres, pero cuando creemos haber descubierto quién era Jorge, entonces Rosita nos descubre el pasado del hombre sin pasado, y cuándo eso termina aún queda latente la indudable sensación de que todo pudo haber sido mucho peor. Que por lo pelos Rosita, Flor y Yulene están allí para contarlo.



La directora, desde el primer momento, da instrucciones a Rosita, a Flor y a otras cuatro personas que conocieron a Jorge; les pide que hagan esto o lo otro, o que cuenten tal cosa o que lean tal texto. Se trata de indicaciones puntuales que le permiten “ir al grano”, señalar su presencia –ella es la primera interesada en contar la historia-, pero también –y esto es lo más importante- le permite sugerir de forma elocuente las resistencias de Rosita a tocar determinados temas, a abrir del todo su corazón, y ese grado de reserva se convierte en un material precioso. Y aun más, es ahí donde interviene de forma decisiva Flor, para contarle a la cineasta en voz baja cosas que a Rosita le resultarían demasiado dolorosas, por ejemplo que perdió un hijo en un accidente cuando aún era un adolescente, de tal forma que Jorge de alguna manera acabará ocupando el lugar del hijo perdido. Eso da idea de la complejidad de la relación que se establece entre ambos. Pero un detalle significativo que sólo el cine, es decir, sólo el filme podría rentabilizar de una forma tan abrumadora: tras la muerte del hijo, retiran de la casa todas sus fotos, todo lo que pudiera recordárselo a Rosita, pero ahora la casa se ha llenado de cosas de Jorge –sus cuadros, sus dibujos, sus grabaciones, sus canciones, sus textos, sus pintadas…-, ya no está pero está por todas partes. Cuadros y dibujos en los cuales tanto Rosita como Yulene eran sus modelos habituales. Y la relación entre los relatos orales y las huellas visuales y sonoras del ausente dotan a Intimidades de Shakespeare y Víctor Hugo de una fuerza fílmica emocionante, angustiosa y fascinante.

Por consideración a los que leáis esta entrada y os animéis a ver la película en la primera ocasión que tengáis evito entrar en más detalles argumentales, quizá ya conté demasiado, en cualquier caso es un filme totalmente recomendable aun sabiendo más cosas. Mi amigo, el filósofo Ricardo Costas, sintetizó muy bien el nutriente básico de la película de Yulene Olaizola: la cámara de cine bien pudiera ser la herramienta que escoge la nieta para exorcizar los fantasmas, para ahuyentar los demonios interiores, al fin y al cabo, no escoge un cuento cualquiera, sino uno en el que participó desde que era muy pequeña, y que en la voz de la abuela le sirve de iniciación a la vida. Intimidades de Shakespeare y Víctor Hugo puede verse entonces como un cuento de hadas, y como todo cuento de hadas que se precie constituye un aprendizaje del mundo, de los duros caminos de la vida, o sea, no puede sino devenir un cuento de horror.


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