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1/10/10

Un ballet de balas


Si no fuera por Bonnie and Clyde, probablemente Arthur Penn, que murió el martes -28 de septiembre-, no hubiera sido objeto de los obituarios en informativos de radio y televisión, y de los periódicos estos días. Y, por lo que sabemos, muy bien pudo no haberla hecho, aun más, muy bien pudo no haber existido Bonnie and Clyde, una película cuyos avatares ilustra a la perfección que nadie sabe nunca nada a propósito del potencial de un proyecto cinematográfico y menos aún de lo que puede o no gustarle al público. Y desde luego aún saben menos que nada  los que están convencidos de saber.


Bonnie and Clyde empezó en el restaurante Le Berkeley de París durante una comida que reunió a Warren Beatty, su amante -a la sazón- Leslie Caron y François Truffaut en 1964. Warren Beatty buscaba un proyecto que representara una vuelta de tuerca a una carrera que, iniciada con Esplendor en la hierba de Elia Kazan, aún no había logrado ningún éxito que la empujara definitivamente, en realidad tenía la esperanza de que Truffaut le ofreciera el papel protagonista de Farenheith 451, una producción que se retrasaba; Leslie Caron quería que Truffaut la dirigiera en el papel de Edith Piaf, un proyecto que al director de Los cuatrocientos golpes no le interesaba. Pero en el transcurso de la cena Truffaut les contó que había llegado a sus manos un guión muy bueno titulado Bonnie and Clyde y que allí había un magnífico papel para Warren Beatty, así que no le vendría mal ponerse en contacto con los guionistas -jóvenes y desconocidos-, Robert Benton y David Newman.

Bueno, Bonnie and Clyde empezó en París pero germinó en 1963 cuando Robert Benton y David Newman trabajaban en la revista Esquire, pero lo que les gustaba sobre todas las cosas era el cine y el cine era su único tema de conversación y el tema de conversación de aquellos años eran las películas de Godard y Truffaut. No se podían quitar de la cabeza À bout de souffle pero aún les había conmovido más Jules et Jim. Robert Benton ha contado más de una vez que vio Jules et Jim doce veces en dos meses: Es imposible ver una película tantas veces sin empezar a advertir ciertas cosas en la estructura, la forma y el estilo. Benton y Newman aprendieron a escribir guiones viendo películas en los cines de arte y ensayo de Nueva York, como el Thalia de la calle 95; el de Dan Talbott, en Broadway, entre las calles 88 y 89; en el Festival de Cine de Nueva York que arranca en 1963 como escaparate del cine independiente y de autor, impulsado por Jonas Mekas y compañía; y en el MoMA donde un joven Peter Bogdanovich programaba retrospectivas de los cineastas clásicos.

En cuanto dispusieron de un borrador de Bonnie and Clyde se lo hicieron llegar a Truffaut, el cineasta que más amaban, en los primeros días de 1964. A Truffaut le gusta tanto que se plantea realizar con ese material su primera película americana. El 26 de marzo vuela a Nueva York donde tiene previsto pasar un mes, se aloja en el Algonquin siguiendo la recomendación de Jeanne Moreau, trabaja en la revisión del libro de conversaciones con Hitchcock y se reúne varias veces con Robert Benton y David Newman para comentar el guión de Bonnie and Clyde. Cuando regresa a París empieza a pensar en la posibilidad de rodar la película en agosto de 1965 con Jane Fonda en el papel de Bonnie, se ven, hablan del proyecto, pero el acuerdo no cuaja. Entonces tiene lugar el encuentro con Warren Beatty.


Al día siguiente, Beatty coge un avión vuela a Nueva York y llama a Robert Benton. El guionista pensó que era una broma y al actor le costó convencerlo de que era quien decía ser. Beatty le explica que quiere leer el guión de Bonnie and Clyde y que pasará a recogerlo. Claro, estupendo, ven cuando quieras. Después de colgar, Benton estaba en una nube pero enseguida bajó para poner los pies en la tierra, quizá le interesara, pero podía cambiar de opinión, en fin, quién sabe... Entonces sonó el timbre, pero esta vez el de la puerta. Y allí estaba Warren Beatty a recoger el guión, apenas veinte minutos después de colgar. Media hora después volvió a llamar, por teléfono. Quería hacer la película, le habían bastado las 25 primeras páginas para decidirse. Benton no se fiaba y le recomendó que siguiera leyendo. En realidad quería que llegara a las páginas en la que se desarrollaba una escena en que Clyde Barrow conseguía hacer el amor con Bonnie Parker pero gracias a la presencia de C.W. Moss. Transcurrió una hora y Beatty volvió a llamar después de leer el guión hasta la última línea: ya sabía a lo que se refería Benton pero quería hacer la película de todas todas. Y se hace con una opción sobre el guión por 7.500 dólares.


El proyecto sustentado en el guión, Truffaut como director y Warren Beatty como protagonista, empezó a rodar de estudio en estudio. Nadie quería hacer la película: ni Beatty era aún una estrella, ni consideraban a Truffaut un director adecuado y qué decir del guión: esa historia de asesinos y ladrones, de personajes ambiguos, que apestaba a violencia explícita e identidades sexuales conflictivas y confusas... Además el cine de gánsteres tipo James Cagney era cosa del pasado.    

Y Truffaut, después de meditarlo y sintiéndolo mucho, renuncia finalmente a Bonnie and Clyde y le hace llegar el guión a Godard que le envía un telegrama desde el Festival de Venecia en septiembre de 1964  donde presenta Une femme mariée: se ha enamorado de Bonnie -y Clyde, añade- y quiere hablar con los guionistas. Parece que los contactos ente Godard, Benton y Newman son productivos pero el acuerdo fracasa por un problema de fechas. Que a Godard y Truffaut les apeteciera un proyecto como Bonnie and Clyde no debe extrañarnos si pensamos cuánto le gustaban los filmes de serie B como Detour de Edgar G. Ulmer, o Gun Crazy -aquí se tituló El demonio de las armas-, un filme de Joseph H. Lewis precursor de Bonnie and Clyde, y veían en el guión de Benton y Newman un vehículo perfecto para  revisitar la serie B con su propia mirada.

Arthur Penn, Warren Beatty y Alexandra Stewart 
durante el rodaje de Acosado

Como el rodaje de Farenheit 451 previsto para el verano de 1965 vuelve a retrasarse, se vuelve a barajar la posibilidad de que Truffaut retome el proyecto, hasta el punto de que impone como condición que el papel de Bonnie lo interprete Alexandra Stewart, que en ese momento está rodando con Beatty en Chicago Acosado, bajo la dirección de Arthur Penn. Pero Farenheit 451 vuelve a cobrar impulso y Truffaut abandona definitivamente el proyecto. En realidad, aunque al cineasta le gustaba el proyecto nunca estuvo plenamente decidido a dirigirlo: resulta sospechoso que le hablara del proyecto a Warren Beatty cuando era un actor con el que no sólo no le apetecía trabajar, sino que no le gustaba nada. Quizá lo único que pretendía era darle un impulso al guión de dos cinéfilos que lo veneraban. 

Entonces Warren Beatty se hace con los derechos del guión de Bonnie and Clyde por 75.000 dólares y se dispone a producir él mismo la película, pero aún no tenía claro interpretarlo, le asaltaban mil dudas, incluso pensó que sería más adecuado Bob Dylan. ¿Cuál era el problema de fondo? Sencillamente que Beatty se negaba a encarnar a un homosexual. El proyecto vuelve a rodar por las productoras, pero tampoco encuentra un director. Benton y Newman sugieren a Arthur Penn, un director de 43 años que había hecho televisión en los 50, había conseguido cierto éxito en el teatro, había salido asqueado de Hollywood donde Sam Spiegel le había quitado de las manos La jauría humana para remontarla y Acosado había representado un fracaso. Llevaba un tiempo mano sobre mano cuando apareció Beatty con Bonnie and Clyde. A Penn, el guión no le gusto mucho pero el actor se puso tan pesado que acabó aceptando, quizá porque necesitaba algo a lo que hincarle el diente.


Mientras Beatty cerraba un trato difícil con la Warner en julio de 1966, Benton y Newman se instalaron en El Escondido, el ático del hotel Beverly Wilshore donde vivía el actor, y ahora productor, un par de habitaciones atestadas de libros, discos, cajas de comida rápida -unas vacías y otras con restos de comida-, ropa sucia y, eso sí, una estupenda terraza. Allí trabajan diez días en el guión y asisten a conferencias -de guión- con los directivos de la Warner y con Arthur Penn, guiados y preparados por Beatty. Newman recuerda que tanto los de la Warner como Penn les decían exactamente lo que Beatty les había dicho que dirían. Aun así ni los de los Warner ni Penn estaban satisfechos. La Warner quiso retirarse del proyecto y Penn, que seguía viendo problemas en el guión, quiso abandonar. Para reconducir el proyecto y conseguir que Penn se quedara, Beatty trajó a su amigo Robert Towne para reescribir el guión.


Towne trabajó en el guión de Bonnie and Clyde durante tres semanas antes del rodaje. A esas alturas aún no se había resuelto el problema que preocupaba a Beatty pero ahora también a Arthur Penn que consideraba excesivo que los protagonistas, además de ser asesinos y atracadores, tuvieran que lidiar también con la homosexualidad, más aún si pretendían que los espectadores se identificaran con ellos. La identificación: cuántos crímenes se cometen en tu nombre. Daría para sus buenas meditaciones este espinoso asunto de la identificación, sobre todo si pensamos que siempre se toma como marco de referencia el público del momento histórico concreto en que se produce la película.


Penn consiguió convencer a los guionistas o ellos dieron el brazo a torcer, quizá después de tantas vueltas prefirieron transigir ahora que la película iba a rodarse. Así Clyde Barrow se trasmutó de homosexual en impotente. Las aportaciones fundamentales de Robert Towne se centraron sobre todo en remontar el guión cambiando el orden de algunas escenas, por ejemplo ubicando más cerca del comienzo el encuentro de los protagonistas con el funerario que interpreta Gene Wilder con vistas a que planeara desde muy pronto una sombra de fatalidad sobre la película; y reescribiendo los diálogos de algunas escenas para verter algunas gotas de amargura que corrigieran ciertas efusiones sentimentales, como en la visita a la madre de Bonnie. Eso sí, todos estaban de acuerdo en la representación explícita de la violencia sugerida ya en el guión, aunque fue idea de Arthur Penn que la muerte de Bonnie y Clyde, acribillados, se mostrase coreografiada a cámara lenta, como si una danza fatal transportara a los amantes fugitivos hacia un destino mítico, tal como habían soñado juntos cuando, de atraco en atraco, transitaron por este mundo.

 

Bonnie and Clyde se rodó en localizaciones de Texas, lejos del control de la Warner y se estrenó el 13 de agosto de 1967 en dos cines de Nueva York, el Murray Hill de la calle 47 y el Forum de Broadway, aunque la premiere mundial tuvo lugar en el Festival de Montreal nueve días antes, una premiere apoteósica. Y se las prometían muy felices y lo celebraron. Hicieron bien porque la crítica americana la masacró. Pero a Pauline Kael, una mujer pequeñita y una crítica de cine de armas tomar, le gusto mucho Bonnie and Clyde y contó por qué en un artículo de nueve mil palabras para The New Republic,  la revista para la que escribía, pero se negaron a publicarla. La crítica, en la que se otorgaba una parte significativa del mérito a los guionistas, vio la luz en The New Yorker donde Pauline Kael encontró de ahí en adelante cobijo para su columna. Claro que la Kael no sólo escribió un artículo sino que puso en pie de guerra a los críticos afines -los paulettes- en defensa de Bonnie and Clyde.  David Newman no pudo ser más explícito: La crítica de Pauline Kael fue lo mejor que nos pasó jamás a Benton y a mí. Y Towne, que después de trabajar en la película, se convirtió en el más solicitado médico de guiones -doctor script le dicen- de los últimos cuarenta años, lo tiene claro: Sin ella, Bonnie and Clyde habría muerto como un perro.


En un primer momento pareció que la movilización no había conseguido salvar la película, porque en Nueva York tuvo una acogida regular y en octubre la película desapareció de las salas. Para muchos Bonnie and Clyde había muerto. Sin embargo, el 15 de septiembre se había estrenado en Londres y fue un éxito, aun más: la boina de Bonnie Parker -o sea, la que lucía Faye Dunaway- causó furor, por eso la protagonista de Soñadores de Bertolucci lleva una boina igual cuando se encadena en la Cinemateca Francesa en protesta por la destitución de Henri Langlois en los primeros meses de 1968. El 8 de diciembre Time lleva Bonnie and Clyde a la portada como ilustración de un reportaje sobre el New Cinema y la califica como la mejor película del año.


Entonces el 21 de febrero de 1968 vuelve a estrenarse la película, ahora en 340 cines y al final del año la película acumulaba unos beneficios de 19 millones de dólares. Sólo ganó dos óscares, a la mejor actriz de reparto (Estelle Parsons) y a la mejor fotografía. Resulta irónico que Burnett Guffey, el director de fotografía ganara un óscar por una película cuyas imágenes detestaba, que tuvieron que forzarlo a fotografiarla así, un disgusto que le provocó una úlcera durante el rodaje. Una fotografía que inauguraba el cine físico de los setenta. Como el montaje de Dede Allen incorporaba al cine americano las rupturas cultivadas en el cine europeo por Godard y compañía.


Arthur Penn atrapó  el aire de los tiempos y, como personajes de la Factory de Warhol, también Bonnie y Clyde, además de perdedores y outsiders, son imágenes glamurosas, carne de primera plana, reflejos efímeros de la gloria decantada por los quince minutos de fama, prisioneros del espejo del tiempo astillado por la violencia -Vietnam, los hermanos Kennedy, Martin Luther King, racismo, lucha de clases-, capturada con una energía inusitada en un celuloide que presagiaba un nuevo cine americano, y cifrada para la posteridad en un -seminal- ballet de balas.  Bonnie and Clyde prepara el camino a los Malick, Coppola, Scorsese, Cimino, Bogdanovich... Sólo por eso Arthur Penn merece el reconocimiento que no tuvo en vida, prematuramente olvidado. Aunque uno no olvida La noche se mueve y tampoco Georgia.


Y cómo va a olvidar uno que, después de ver Bonnie and Clyde en el cine Yut de Tui, buscó y buscó hasta que encontró un fotograma de la película en una revista, la recortó, la enmarcó y tuvo a Faye Dunaway en la cabecera de la cama a los catorce años. Y allí estuvo años suficientes para que se marchitara por la humedad (de la pared).

3/5/10

Coser y cantar

Dede Allen

Mientras desayuno, leo en El País que el pasado 17 de abril murió Dede Allen. Quizá no os diga nada el nombre. Pero seguro que os suenan El buscavidas de Robert Rossen y Bonnie and Clyde de Arthur Penn. Pues bien, Dede Allen fue la montadora de ésas y de otras muy buenas películas como América, América de Elia Kazan o Tarde de perros de Sidney Lumet.


Dede Allen nació en 1923 y dejó la escuela para trabajar en la Columbia. Casi desde los comienzos del cine, el montaje de las películas pasó por las manos de las mujeres. Como decía Dede Allen, quizá porque prestaban atención a los detalles, como al coser. Siempre hubo mujeres en las salas de montaje, pero hubo que esperar hasta 1967 para que una mujer firmara en solitario el montaje de una película. Hasta que Dede Allen montó Bonnie and Clyde.


Se dice que el guión es el primer montaje de una película y que el montaje es la última versión del guión de una película. Digamos que Dede Allen acababa de contar las historias, enhebrando planos y creando la partitura emocional de la película. Cosía los fragmentos y les hacía cantar la música que llegara al corazón del espectador. Le gustaba el montaje europeo y, deudora de las rupturas de la nouvelle vague -y en particular del cine de Godard-, aplicó sus lecciones al cine americano de los sesenta en adelante. Así, empezaba una escena con un primer plano para descolocar al espectador y atraparlo mejor en la progresión del drama o anticipaba el sonido de la escena siguiente mientras aún estábamos viendo las imágenes de la anterior, creando una corriente que nos arrastraba al interior de la acción, porque, para Dede Allen, el sonido era tan importante como la imagen

Dede Allen

En palabras de Arthur Penn, Dede Allen intentaba crear un ritmo en las películas que tuviese la complejidad de la mejor música. Montaba las películas, por así decir, como si el cine fuera un aquel de coser y cantar.

28/3/10

Perdidos en el tiempo

A media tarde nos dimos una caminata hasta el Cabo Falcoeiro para emerger, al ritmo de los pasos, de la beatitud postprandial inducida por unos gnocchi deliciosos que cocinó Ángeles, acompañados por una ensalada de bresaola, pecorino y rucola, que fue volver a Roma por unas horas. Por el camino nos cruzamos con tres jovencitas cogidas del brazo y detrás tres chicos a una distancia de respeto. Y fue como si por unos segundos nos extraviáramos, esta vez en el tiempo, y volviéramos a los años cincuenta o sesenta. Quizá todo fuera un efecto de lo que nos daba vueltas en la cabeza; a Ángeles los rosales de Alejandría que tanto le gustan como aquél que descubrió en el atrio de la iglesia de una aldea abandonada desde hace cuarenta años en el Courel, y a mí la película que volví a ver esta madrugada.


La noche pasada me quedé viendo Por amor a las películas, un documental -es un decir- sobre la crítica de cine americana: Andrew Sarris, Pauline Kael, Vincent Canby... Pero apenas alguna mención a Jonas Mekas, James Agee o Manny Farber. El programa -no encuentro una forma mejor de definir aquella hora y media- daba cuenta del crepúsculo de la crítica o más bien del fin del aura del crítico, y se nutría de declaraciones de unos y otros sobre otros y unos. Apenas se nos presentaba una muestra de los textos que convirtieron a Sarris, Kael o Canby en una referencia crítica. Porque eso es lo que hacían, escribir de cine. Como decía Sarris, descubría lo que una película había significado para él mientras escribía la crítica. No es extraño, al fin y al cabo escribir es descubrir. Pero se ve que los tiempos no están siquiera para que escuchemos un texto y apreciar cómo nos da a ver una película; dicho de otra forma, son malos tiempos para descubrir aquellos textos de Agee, Farber o Mekas como el ejercicio de un arte de amar el cine, y eso que el asunto se titulaba Por amor a las películas. Pensando en estas cosas inútiles me serví un café y dejé puesto el canal.


Entonces empezó Grupo salvaje (1969) de Sam Peckinpah, una de las películas de las que se había hablado en el programa anterior, se ve que la cosa estaba estudiada. Y me quedé a verla mientras Ángeles actualizaba su fichero de rosas. Hacía muchos años que no veía Grupo salvaje. Pero comprobé que la recordaba casi escena por escena. Esa película se me quedó grabada desde la primera vez y, al acabar de verla, caí en la cuenta de que Sam Peckinpah no había venido por esta escuela y eso que fue un cineasta muy importante para mí durante los 70 y hasta mediados de los 80. Justamente desde Grupo salvaje.

Sam Peckinpah

Debía tener unos quince años cuando vi Grupo salvaje y me impresionó, bueno, impresionar quizá sea decir poco, salí del cine conmocionado y no encontré palabras para hablar con uno mismo -hablaba mucho solo- de lo que había visto hasta un par de horas después, sólo conseguía deambular mientras volvía una y otra vez a aquellas imágenes brutales y hermosas, violentas y tristes, líricas y trágicas. No me fue difícil ponerla en relación con Los profesionales (1966) de Richard Brooks o con Bonny and Clyde (1967) de Arthur Penn que había visto uno o dos años antes; por aquel tiempo las películas llegaban a provincias con retraso. Pero Grupo salvaje me llegó más hondo. Aprendí lecciones inolvidables con ella. Y no sólo de cine. De cuando en vez me veo a mí mismo repitiendo una de las réplicas memorables de Ernest Borgnine -No importa que hayas dado tu palabra, lo que importa es a quien se la das- para explicarme o para explicarle a alguien por qué debe romper un compromiso. Y además Peckinpah me caía bien, esa mezcla de ternura y pasión obsesiva, y ese resurgir de las cenizas después de cada fracaso. Y mejor me cayó cuando leí esto en una entrevista que tiene mucho que ver con la réplica de Borgnine: Para mí sólo hay una regla moral en la vida: ¡Ser fiel a la palabra dada! Excepto al productor. Frente al productor mi moral se convierte en saber mentir, engañar y robar. A esos productores que cortaron veinte minutos de Grupo salvaje -tardé veinte años en ver una versión más o menos fiel al montaje original de Peckinpah, como el de esta madrugada- y masacraron Mayor Dundee (1964). Con el tiempo entendí que los westerns de Peckinpah nacían de Centauros del desierto (1956) de John Ford y eran precursores de Sin perdón (1992) de Clint Eastwood.

Sam Peckinpah en el rodaje de Grupo salvaje

Pero los personajes de Peckinpah tienen una cualidad especial: viven extraviados en un tiempo que no es el suyo, saben que las reglas del juego han cambiado y que tienen los días contados. Y por eso sólo tienen un lugar seguro al que volver, entre otras cosas porque ese lugar ya no existe, ya lo han perdido: quieren volver a la infancia (como le cuenta don José a Pike en Aguasverdes). Porque es el único lugar que conservan en la memoria. Pero a ese hogar que germina en los posos de la melancolía sólo pueden volver con la cabeza alta, deben ganarse a pulso la redención, por tantos crímenes, por tantas traiciones, por tanta violencia. Por eso Grupo salvaje transita por una topografía moral y sus personajes deambulan hasta que encuentran una bella razón para inmolarse. Porque, más que perdedores, los Pike, Dutch y compañía son hombres perdidos en el tiempo y sólo pueden encontrarse en la memoria de una infancia más perdida aún. Por eso hay tantos niños en Grupo salvaje, testigos del extravío de los héroes, de la violencia, aprendices de la crueldad, porque no hay lugar para la inocencia en este mundo. Peckinpah filma sus westerns en plena guerra de Vietnam. Hay una correspondencia entre la violencia real y la violencia hecha cine de sus filmes. Pero sobre todo hay un discurso sobre la violencia en la mirada del cineasta que la caligrafía mediante travellings, zooms y cámara lenta.

Sam Peckinpah

A mediados de los sesenta, Peckinpah tenía problemas para encontrar trabajo y conoció a Kenneth Hyman, el jefe de Seven Arts, en el festival de Cannes de 1965, donde éste había presentado La colina de Sidney Lumet. Al año siguiente, Seven Arts se fusionó con la Warner mientras Hyman dejaba la compañía para producir Los doce del patíbulo de Robert Aldrich, pero vuelve en 1967 y lo nombran vicepresidente a cargo de la producción. Una feliz coincidencia. Hyman contrata a Peckinpah para reescribir un guión con el compromiso de que, si lo aceptan, le permitirían dirigir la película. Pero Peckinpah, llegado el momento, le envió a Hyman, además, un guión titulado Grupo salvaje para que le echara un vistazo. Ese guión se basaba en una historia de Roy Sickner, un especialista y viejo amigo del cineasta. A partir de ella había escrito un guión Walon Green y Peckinpah lo reescribió para enviárselo a Hyman. El estudio eligió producir Grupo salvaje en lugar del proyecto que le habían encargado a Peckinpah. Otra feliz coincidencia.


Peckinpah con William Holden
en
Grupo salvaje


Cualquier guión que esté ya escrito [o sea, en su 'versión definitiva'], sostiene Peckinpah, cambia al menos un treinta por ciento desde que empieza la preproducción: un diez por ciento para ajustarlo a las localizaciones que encuentras, un diez por ciento por las ideas que tienes cuando ensayas con los actores y otro diez por ciento durante el montaje final. Puede cambiar más que eso, pero rara vez cambia menos. A finales de marzo de 1968, Peckinpah marchó a Méjico para escoger el resto del reparto y para supervisar los últimos detalles de la producción. Un día, en Coyoacán, en la casa de su amigo el cineasta Emilio (el Indio) Fernández, que había conocido durante el rodaje de Mayor Dundee y que iba a interpretar al general Mapache en Grupo salvaje, hablando del guión, le comentó que cuando leyó la primera escena -la llegada del grupo a la ciudad de Starbuck- le recordó cuando era niño y cogían un escorpión y lo tirában en un hormiguero. Y Peckinpah no lo pensó dos veces, llamó al productor para que consiguiera hormigas y escorpiones, e incluyó la escena en el guión 'definitivo'.

Peckinpah dirige a Warren Oates
en
Grupo salvaje


Vista hace cuarenta años, o la madrugada pasada, en Grupo salvaje impresiona el majestuoso reparto: William Holden, Warren Oates, Ben Johnson, Robert Ryan, Ernest Borgnine... Parece ser que la primera elección de Peckinpah para Pike era Lee Marvin y también hubiera estado glorioso, no hay duda, pero Holden está magnífico. Con esos rostros, qué otro western iba a rodar Peckinpah sino uno crepuscular. Además eran los westerns que sabía (y quería) hacer, como Duelo en la alta sierra (1962), su primer largometraje, los que transmitían su propia experiencia vital, películas de tipos derrotados de antemano, es decir, trágicos, profesionales de la muerte, el desamparo y el destiempo, y que no tienen nada que perder. Si no se parte de la experiencia, la escritura es una mierda, decía Peckinpah. Pues eso.

Un momento del rodaje de Grupo salvaje

Cómo olvidar a William Holden, Ernest Borgnine, Warren Oates y Ben Johnson caminando hacia la muerte, al comienzo de la escena del clímax, de una lucidez tan trágica que sobrecoge, asumiendo el destino de quienes no tienen lugar en el mundo, perdidos en el tiempo, sabedores de que sólo esa inmolación podrá redimirlos. Es uno de los grandes momentos del cine de los últimos cincuenta años. Recordaba muy bien la relación amorosa entre Ernest Borgnine y William Holden que tanto me había turbado a mis quince años y que culmina en el final de la escena de clímax con sus cuerpos ensangrentados yaciendo juntos. No recordaba, sin embargo, un quiebro genial que Peckinpah introdujo durante el rodaje de esa escena: cuando Pike mata a Mapache después de que éste degüelle a Ángel, de pronto toda la acción queda suspendida, la tensión se comprime en el silencio contenido, antes de que estalle y se expanda en todo su paroxismo.


Pero mi escena favorita es la de la despedida en el pueblo de Aguasverdes mientras suena La golondrina. Toda la melancolía que desprende Grupo salvaje cuaja en esos acordes de la música enhebrando travellings de retroceso y travellings subjetivos que destilan un sentimiento de pérdida con visos de elegía. Como si se tratara de un cortejo de fantasmas. Almas errantes en las frontera del mundo de los vivos y de los muertos.

11/1/10

Un poco más solos, sin Rohmer


Esta mañana ha muerto Eric Rohmer mientras dormía. Tenía 89 años y en 2007 había estrenado su última película El romance de Astrée y Céladon. Acabo de enterarme y al paso que vamos esta escuela va a amojonarse con obituarios. He visto veintincinco de sus películas, una docena de ellas más de una vez, o sea, ha sido uno de mis directores favoritos de los últimos cincuenta años. Se ha muerto uno de mis imprescindibles. Sentí una emoción especial el día en que uno de mis alumnos más próximos (de la EIS) me confesó que habían acabado por gustarle las películas de Rohmer, había vuelto a verlas porque uno le insistió en que valía la pena intentarlo. Ese día me sentí como el que había ganado un nuevo conjurado para una fraternidad secreta: la de los que amábamos el cine de Rohmer. Que te gustaran las películas de Rohmer representaba una seña de identidad que despertaba complicidades entre quienes la compartían. Y no éramos, nunca fuimos muchos.


En La noche se mueve (1975) de Arthur Penn, el personaje que encarna Gene Hackman suelta por aquella boquita que ver una película de Rohmer es "como ver crecer una planta". Y como réplica no está nada mal, y nos reímos al escucharla, incluso podemos celebrarla. En los años ochenta y noventa era relativamente habitual escuchar a alguien con la vitola de cinéfilo espetar con desparpajo aquello de "una película aburrida como una película de Rohmer". ¡Aburrida una película de Rohmer! Cuando si algo caracteriza las películas de Rohmer es la ligereza, el vuelo alado... y la frescura. Y mira que odio el adjetivo fresco cuando se atribuye a una película y aun más al proyecto de una película y no digamos a un guión. Pero sí, el cine de Rohmer desprende frescura. Cada una de sus películas opera una variación sobre el tema central de su filmografía: la volatilidad de los sentimientos, la levedad del amor, la volubilidad de la pasión. Y en buena parte de sus películas pone el foco en los jóvenes y sus filmes devienen comedias juveniles. Películas con jóvenes por el más viejo de los cineastas franceses, en realidad fue siempre viejo entre los suyos, o como poco, el hermano mayor, desde que era jefe de redacción de la mítica Cahiers de cinéma entre 1956 y 1963.

Fotograma de La rodilla de Clara

Podría enhebrar los últimos treinta años con las películas de Rohmer: La coleccionista (1967), Mi noche con Maud (1969), La rodilla de Clara (1971), La mujer del aviador (1980), La buena boda (1982), Pauline à la plage (1983), Las noches de la luna llena (1984), El rayo verde (1986), Cuento de invierno (1992), Cuento de verano (1996). Mis diez películas preferidas de Erich Rohmer. Películas pequeñas, baratas, sencillas. A ras de suelo y, cuando llovía, a ras de cielo. Dialogadas con gracia e interpretadas con naturalidad. Con una puesta en escena elegante y sutil, llena de matices y cuidadosa con los detalles. Escritas con sabiduría y abiertas al azar del rodaje. Producidas por Les Films du Losange. No gozaban del favor del gran público. Tampoco hacía falta, hay una fraternidad de rohmerianos en cada esquina del mundo, y bastaba para sostener el flujo de las películas del maestro. Cuanto más viejo era más joven parecía en el aquel de aprehender lo invisible, el río del pensamiento, las esquinas escondidas de la comedia humana. Como en La regla del juego de Renoir. Un juego que en Rohmer cobraba forma de geometría, a base de triángulos, y cuadrados que se descomponían en triángulos, quizá porque el triángulo es la forma más irresoluble que existe. Como el juego amoroso.

Fotograma de Cuento de verano

Como el de ese chico del Cuento de verano que no sabe aún quién es y que acaba aun más confundido entre las imágenes que le devuelven (como espejos) las tres chicas que movilizan sus sentimientos: llegamos a percibir el perpetuo hormigueo interior que lo consume en un relato tramado, como si de un álgebra de las emociones se tratara, pero con la ligereza de una respiración libre que emana de su regla del juego. Rohmer se movía como un contrabandista en la -Ángel Fernández-Santos dixit- misteriosa zona común existente entre la ficción de filmar y la ficción de vivir.


Cada año aguardábamos por 'nuestro' Rohmer. Ya no habrá más películas para ver crecer las plantas. Ahora ya sólo nos queda, de esa generación, Clint Eastwood. Y Rivette. Y Godard. Hoy nos hemos quedado un poco más solos, sin Rohmer.

Eric Rohmer con Jean-Luc Godard