
Si me fuera dado que un deseo se cumpliera, elegiría componer una canción anónima que en los siglos futuros un chico cantara al oído de una chica para enamorarla. Ser las palabras de un corazón que es siempre tan poquita cosa en manos del amor, como tan bien sabía John Donne.
Ya no habrá más canciones de Antonio Vega. Pero alguna mujer en los siglos futuros evocará la juventud perdida con La chica de ayer, y algún hombre soñará con volver donde las cosas aún no tenían nombre mientras escucha El sitio de mi recreo, y dos amantes vivirán una noche eterna mientras suena Una décima de segundo, y cualquier desamparado de este mundo encontrará un último refugio en Lucha de gigantes. Cuando ya el nombre de Antonio Vega se haya borrado de la memoria, sus canciones seguirán sosteniendo en las manos el pobre corazón humano.
No sé escribir sobre las canciones que me gustan. Cuando una canción me gusta mucho y me conmueve, sólo puedo llorar. A una furtiva lágrima vertida por la mujer que más quiero, cuando le conté que había muerto Antonio Vega, se le deben estas líneas como tributo a quien nos ha dejado apenas las palabras que nos consuelan, cuando el corazón es tan poquita cosa.