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20/7/14

El almuerzo en la hierba


La verdadera vida, 
la vida al fin descubierta y dilucidada, 
la única vida, por lo tanto, realmente vivida 
es la literatura.
(Proust, El tiempo recobrado.)

Veo a Ángeles con El tiempo recobrado en las manos, apurando las páginas, y se acaba el viaje del Tiempo perdido. Un día, dos como mucho, y punto final. Desde mediados de marzo vive en la constelación de Proust. Hace un rato me leyó el pasaje que se abrocha con los verdaderos paraísos son los paraísos que hemos perdido.


Cuando terminó de leer A la sombra de las muchachas en flor, probó a darse una tregua -tan intensa resultaba la experiencia- con una novela negra (no recuerdo ya si con El exterminio de Jim Thompson o Yibuti, la última de Elmore Leonard). Imposible. No hubo forma; apenas leyó unas páginas y volvió a Proust. Atrapada en el Tiempo perdido.


Y así hasta hoy. Y así será -seguro- hasta la última línea de El tiempo recobrado. Vamos a recordar estos meses del Tiempo perdido. A mí me duró años: salía de cada libro como de una fiebre, necesitado de una larga convalecencia, y volvía al siguiente recuperado para la ardentía; y más de una vez, tras una interrupción de un par de semanas o de años, releía el anterior, y aun Por el camino de Swann, como quien recae en un vicio:

Pero cuando nada subsiste ya de un pasado antiguo, cuando han muerto los seres y se han derrumbado las cosas, solos, más frágiles, más vivos, más inmateriales, más persistentes y más fieles que nunca, el olor y el sabor perduran mucho más, y recuerdan, y aguardan, y esperan, sobre las ruinas de todo, y soportan sin doblegarse en su impalpable gotita el edificio enorme del recuerdo.

Echaré de menos sus "escucha esto"  o "esto te va a gustar" o "seguro que te acuerdas de esto" o "lo que más me gusta de Proust es cuando escribe cosas como ésta"... y me leía una línea, un párrafo o una página entera.

...en nuestra memoria encontramos de todo; es una especie de farmacia, de laboratorio químico, donde tan pronto ponemos la mano en una droga calmante como en una droga peligrosa. (La prisionera.)

Ilustración de Wesley Merritt.

Creo que nunca nada (que haya leído) la exaltó tanto como algunos momentos vívidamente vividos donde germinan los más sutiles cardiogramas en la escritura del Tiempo perdido, ese tejido sensible que desprende la cualidad táctil de unas arruguitas en el alma y en la piel de las cosas, y traduce los signos trazados en el palimpsesto de la memoria, en el aquel de alumbrar la fontana primordial de la experiencia, el aprendizaje de la verdad.


Llevo casi medio año sin preocupaciones en mi responsabilidad de librero de Ángeles. Qué va a pasar cuando acabe el Tiempo perdido. Qué le voy a poner en las manos. Cómo facilitar a la cautiva una salida (sin traumas) de la constelación Proust. Ésa es una Transición , y no la otra, que tantas bocas llena (hasta la náusea). Veo a Ángeles con El tiempo recobrado en las manos. y... queda ya tan poco.  ¿Y entonces qué?

Yo digo que la ley cruel del arte es que las personas mueren y también nosotros moriremos, apurando todos los padecimientos, para que crezca la hierba, no la del olvido, sino la de la vida eterna, la hierba prieta de las obras fecundas a las que las generaciones futuras acudirán, jubilosamente, sin preocupación por los que duerman debajo, a celebrar su “almuerzo en la hierba". (El tiempo recobrado.)


¿Qué almuerzo en la hierba le prepara uno ahora? Ganas me dan de dimitir de librero. Pero aun más de volver a Proust.

12/11/13

Ya puede llover



No es que no me gustara El tren de las 3:10 (1957) de Delmer Daves, es que nunca me había gustado tanto. No es que no me pareciera una buena película, es que nunca me había parecido tan buena. La he vuelto a ver un par de veces estos últimos dos meses y cada vez me ha parecido mejor que la anterior (y mucho mejor de lo que la recordaba). Una gran película.


Dibujos de Delmer Daves para la primera escena en la cantina,
donde marca el movimiento de la dolly, acompañando a la chica, 
y el del protagonista, de un extremo a otro de la barra.

No sé si considerarla la obra maestra de Delmer Daves, quizá, aunque también me gusta mucho El árbol del ahorcado (1959); desde luego, El tren de las 3:10 no es sólo un western magistral, es una obra maestra sin más. De hecho, volví a ella después de ver el remake de 2007 dirigido por James Mangold y motivado por los comentarios de nuestro hijo al que tanto le gusta el filme original. (En algún lugar leí -en alguna reseña con visos de ninguneo, claro- que Delmer Daves no es John Ford; ya, de acuerdo, pero si vamos a eso, ¿quién lo es?)


Desde la apertura misma se palpa el paisaje desolado en ese espléndido gran plano general, cuyos bordes recorre la diligencia, se siente el sabor de la tierra reseca en la lengua y se deletrea un abecedario de lejanías, fronteras y confines.



Delmer Daves conjuga en El tren de las 3:10 la relación de los personajes con el territorio, la voluntad de arraigo de los granjeros en condiciones precarias, la errancia de los forajidos y el desamparo de las almas perdidas en aldeas remotas, una soledad -casi cósmica- en tierra de nadie; la concisión narrativa y la transparencia de la puesta en escena con el cuidado de la forma fílmica y el vuelo lírico de las imágenes (destilado en primorosos movimientos de grúa).


El tren de las 3:10, iluminada por Charles Lawton (el de La dama de Shanghai, pongamos por caso), desprende la belleza plástica del blanco y negro, de esa densa negrura -tan noir- que Delmer Daves le exigió a su director de fotografía, por más que, al parecer, Lawton protestara.


La verdad, uno casi no podría imaginar la película en otras manos que en las de Daves; pero no era su proyecto, sino más bien un proyecto que hizo suyo. En 1956Robert Aldrich empezó a desarrollar a través de su productora 3:10 to Yuma, basada en un relato de Elmore Leonard con el mismo título publicado dos años antes. Le encargó el guión a Halsted Welles  y la producción a David Heilweil, y acabó vendiendo el proyecto a la Columbia donde rodaba una película, eso sí con la condición de dirigir el western llegado el momento. Pero en noviembre lo despidieron y el estudio, que mantuvo al guionista y al productor, le encargó 3:10 to Yuma a Delmer Daves.

Delmer Daves con Glenn Ford en el rodaje de 3:10 to Yuma

Como solía, Delmer Daves siguió muy de cerca el trabajo de Halsted Welles y la colaboración debió resultar satisfactoria porque el guionista escribirá también El árbol del ahorcado. (En la década de los treinta, Daves había trabajado como guionista; por citar sólo un ejemplo le debemos los estupendos diálogos de Tú y yo de Leo McCarey, los de la versión de 1939 pero aun más si cabe los de la versión de 1957, que recupera escenas cortadas de la anterior.) Como otros directores -Ford, Hawks, Hitchcock o ¡Lubitsch!- que también trabajaban mano a mano con los guionistas, Daves nunca aparecía acreditado como tal; por así decir, dirigir el desarrollo del guión era una primera fase del proceso de dirigir la película, por eso firmaban sólo como directores.

Dibujos de Delmer Daves para la secuencia de apertura 
(con los créditos), donde traza el movimiento 
de la diligencia en el plano.

Respecto al relato de Elmore Leonard, el director y el guionista reforzaron el espesor dramático de la sequía que nutre las motivaciones del protagonista, el granjero Dan Evans (Van Heflin), necesitado de los 200 dólares que ofrecen por conducir a Ben Wade (Glenn Ford), el jefe de la banda de forajidos, hasta la prisión de Yuma en el tren de las 3:10, esos 200 dólares que le permitirían seguir adelante con sus tierras, e introdujeron un cambio significativo en el desarrollo del asalto a la diligencia: cuando el conductor encañona a uno de los forajidos y lo utiliza de escudo, hacen que Ben Wade dispare primero sobre su hombre y luego al conductor, un rasgo que define al personaje de forma precisa, escueta y palmaria; una imagen -en mente- que contribuirá a incrementar más si cabe la tensión del segundo acto: esa espera del tren de las 3:10 con el protagonista y el antagonista encerrados en la habitación del hotel (materia primordial también en el relato literario).


No puedo -no quiero- dejar de mencionar el aquel de convertir la lluvia -un detalle puntual en la pieza de Leonard- en un hilván poético de la trama que declina la matriz simbólica de la relación de aquellos seres con la tierra por la que se desviven. Hay dos esperas enhebradas en el filme de Daves: la del tren de Yuma y la de la lluvia; la una representa el dinero, pero éste no servirá de nada si la sequía persiste: tiene que llover, la lluvia es la única esperanza, sin ella el sacrificio resultará inútil.


(En un principio el escritor hablaba de la adaptación con el colmillo retorcido, pero con los años cambio de opinión y acabó considerando la película de Daves como una de las mejores realizadas a partir de sus obras, junto con The Tall T de Boetticher, un western también, y del mismo año que El tren de las 3:10.)


Pero al final, de esta hermosa película lo que nos queda grabado en la retina (de la memoria, podríamos decir) es justo lo que representa, si no un desvío en el guión, sí unas subtramas cuya melancolía apenas consigue prenderse del (puro) hueso de la trama; en concreto, dos hilos devanados en torno a dos mujeres que tienen una presencia tan breve como memorable: Alice, la mujer del granjero, encarnada por Leora Dana, y Emmy, la cantinera que atrapa con la mirada a Ben Wade (como la chica de la jukebox al viejo atracador en La jungla de asfalto de Huston), en la piel de Felicia Farr. Porque al final el cine deviene materia memoriosa gracias a los gestos, no de las imágenes, sino de ese gesto que obliga a ver, que nos hace recordar, y volver a ver. La tentación de un mechón de pelo.


El movimiento de Emmy bajo la mirada de Wade enredándolo en el vuelo de la falda.


(Sólo por este plano valía la pena haber rodado El tren de las 3:10. Delmer Daves le ofreció a Glen Ford el papel del granjero, pero el actor -hay quien lo recuerda por Gilda, para uno siempre será el actor languiano de Los sobornados y Deseos humanos-, que estaba en condiciones de elegir, encarnó al forajido que se pierde por Emmy. Y quién no se perdería por ella.) Ese mechón que se arregla Emmy tras hacer el amor con Wade (tras el delicado velo de una elipsis).


Trazos que amojonan la historia del cine y hasta la transfiguran en esa memoria antropológica de los gestos de la que hablaba Serge Daney.


Porque al final podremos olvidar la trama pero nunca, jamás, los gestos, el trazo efímero a punto de perderse en el tiempo en una imagen que sólo el cine puede capturar. Como esa arruga feliz de Alice cuando el forajido la piropea o su mirada en las escaleras del hotel cuando va a ver a su marido.


Cómo olvidar a Alice bajo la lluvia.


Si La jungla de asfalto es un noir que se cita con el western en la escena final, El tren de las 3:10 es un western que se confina en una atmósfera noir en buena parte de su metraje. Hasta que las tensiones condensadas en el curso de la película se liberan y entonces ya puede llover a gusto.


Y las imágenes vuelven a cobijar el paisaje del western. Bajo la lluvia que parece bendecir la tierra y los personajes que la viven.


Llueve en El tren de las 3:10. Llueve como si Delmer Daves descargara en la pantalla toda la gloria del cine que ha represado durante hora y media en densas nubes y negras sombras.


Llueve un aguacero repentino, como un grabado de Hiroshige. Como si el cine se hubiera inventado para la lluvia (y no pocas veces siente uno que la lluvia deviene un invento del cine).

28/8/13

Un blues por Elmore Leonard


Murió Elmore Leonard, me dijo Ángeles de madrugada hace una semana o así. (Lo debió escuchar en algún programa de radio 3, se despertó en medio de la noche, me vio leyendo y no quiso dormirse otra vez sin contármelo.)

Elmore Leonard en su mesa de trabajo 
el 28 de septiembre de 2010. 
(Fotografía de Carlos Osorio.)

O sea, ya no habrá más novelas suyas que nos regalaron tantas horas lentas y felices (solíamos reservarlas para el verano, eso cuando resistíamos la tentación). En adelante habrá que ir releyendo las veinte que andan por casa (de las cuarenta o así que escribió).


Ya estamos en ello. He vuelto con El blues del Misisipí. Nunca me acostumbraré a eso de "Misisipí"; para uno siempre será el río Mississippi, desde que el índice de mi padre me lo recorrió hasta el Delta en el Atlas de la infancia, una noche de agosto que le pregunté si el Miño de nuestra aldea era el río más grande del mundo.


En realidad, el título original de la novela es Tishomingo Blues, un tema de Spencer Williams de 1917 que nueve años después grabará Peg Leg Howell, uno de esos viejos bluesman legendarios con una vida de novela (negra, una de Elmore Leonard, sin ir más lejos): trabajó en una granja hasta que perdió una pierna por una pelea, se convirtió en músico ambulante y traficante de alcohol, pasó por la cárcel -de donde sacó en limpio un clásico del blues: Prision Blues New-, siguió tocando, grabó discos aquí y allá, bebió lo que no está escrito, perdió la pierna que le quedaba por la diabetes y acabó mendigo en una silla de ruedas hasta que en 1963, a sus 75 años, lo descubrieron los estudiosos del folclore americano, a tiempo -murió tres años después- de grabar su testamento del blues. Elmore Leonard encabeza su novela con unos versos del Tishomingo Blues grabado por Peg Leg Howell el 8 de noviembre de 1926 en Atlanta: Me voy a Tishomingo a que me cuezan el jamón / Me voy a Tishomingo a que me cuezan el jamón / que estas mujeres de Atlanta van a echármelo a perder.


Pero el título en español -El blues del Misisipí (lástima de Mississippi)- le sienta de maravilla a una novela con banda sonora y parada de fantasmas. Entre sus páginas escuchamos High Water Everywhere de Charley Patton, I'm a Doggy de Marvin Pontiac, Don't Start Me Talking de Sony Boy Williamson o I Believe I'll Dust my Broom de Robert Johnson. Elmore Leonard convierte su Tishomingo Blues en una encrucijada por donde transitan los fantasmas Willie Dixon, Son House, Muddy Waters, T-Bone Walker, John Lee Hooker o Elmore James. Y ninguna encrucijada como ese fáustico empalme de la ruta 49 con la legendaria ruta 61 (que Bob Dylan rememora, como quien vuelve a los orígenes, en un disco primordial grabado en agosto de 1965) donde Robert Johnson le vendió su alma al diablo a cambio del divino don del blues; si no, se pregunta uno de los personajes principales de la novela, cómo es que compuso Hell Hound on My Trail, de dónde sacó Me and the Devil Blues. Pues eso, una novela también para escuchar.


Vayamos al grano. Elmore Leonard es un genio literario que escribe novelas de suspense que se vuelven a leer con gusto. Son palabras de Martin Amis en uno de los ensayos de La guerra contra el cliché. Por mi está bien. En todas sus novelas de suspense, apunta Amis, ocurre los mismo que en el Cuento del predicador ( de los Cuentos de Canterbury de Chaucer): la Muerte anda por ahí, por donde acontece la acción -Detroit, Miami o en el corazón del Delta, como en El blues del Misisipí- disfrazada de dinero. Y un párrafo más del señor Amis:

Con todo, el señor Leonard tiene dotes -para "ver" la escena y "oír" el diálogo de los personajes, para escoger el momento oportuno a fin de introducir cada escena y hacer que ésta se desarrolle con la máxima expresividad-que ya quisieran para sí los maestros más snobs de la novela en general. Y, claro, uno no puede menos que preguntarse: ¿cómo utiliza esas dotes en sus efectivas, sencillas y (deliciosamente) similares historias acerca de delincuentes semianalfabetos, gánsteres, bailarinas de striptease, prestamistas sin escrúpulos, cazadores de recompensas, chantajistas y asesinos a sueldo? [O un saltador de trampolín en El blues del Misisipí.]

Amis aventura la hipótesis del arte del gerundio, un dispositivo para dilatar el tiempo, como bajo los efectos de la marihuana, y abrir pasajes hasta los rincones más oscuros de la mente de los personajes. Por mí tampoco está mal. Pero creo que hay una hipótesis mejor, que Amis apunta pero no remata. El arte de Elmore Leonard consiste en saber ver la escena, desde el mejor lugar (con vistas a la eficacia narrativa y a la gestión del suspense) para conjeturar la Muerte que ronda, y saber oír a los personajes, para hacérnoslos visibles (nos los hace hablar al oído tal que un ojo, como dice aquel proverbio chino); y una cosa más: saber callar, o sea, callarse como escritor -Si suena a escritura, lo reescribo, decía el autor de El blues del Misisipí (Mississippi, que conste)-. Ver, oír y callar. Todo lo que se necesita para escribir -y escuchar- un blues. Que hable el cuento, la canción. En una entrevista contaba el señor Leonard que escribe sin saber qué va a pasar para no aburrirse, para entretenerse inventando cosas mientras sigue escribiendo, creando personajes en el primer acto que espera poder utilizar más tarde... No sé si creerle, pero hasta podía ser verdad. Quizá también se pasó a medianoche por la encrucijada aquella del Delta y tuvo tratos con el diablo, o los presentó el fantasma de Robert Johnson.

Robert Johnson

Levanto un Lagavulin  en su memoria (lo sé, lo propio sería un bourbon de contrabando), mientras suena un blues. Por Elmore Leonard. El Me and the Devil Blues de Robert Johnson, faltaría más.