28/8/13

Un blues por Elmore Leonard


Murió Elmore Leonard, me dijo Ángeles de madrugada hace una semana o así. (Lo debió escuchar en algún programa de radio 3, se despertó en medio de la noche, me vio leyendo y no quiso dormirse otra vez sin contármelo.)

Elmore Leonard en su mesa de trabajo 
el 28 de septiembre de 2010. 
(Fotografía de Carlos Osorio.)

O sea, ya no habrá más novelas suyas que nos regalaron tantas horas lentas y felices (solíamos reservarlas para el verano, eso cuando resistíamos la tentación). En adelante habrá que ir releyendo las veinte que andan por casa (de las cuarenta o así que escribió).


Ya estamos en ello. He vuelto con El blues del Misisipí. Nunca me acostumbraré a eso de "Misisipí"; para uno siempre será el río Mississippi, desde que el índice de mi padre me lo recorrió hasta el Delta en el Atlas de la infancia, una noche de agosto que le pregunté si el Miño de nuestra aldea era el río más grande del mundo.


En realidad, el título original de la novela es Tishomingo Blues, un tema de Spencer Williams de 1917 que nueve años después grabará Peg Leg Howell, uno de esos viejos bluesman legendarios con una vida de novela (negra, una de Elmore Leonard, sin ir más lejos): trabajó en una granja hasta que perdió una pierna por una pelea, se convirtió en músico ambulante y traficante de alcohol, pasó por la cárcel -de donde sacó en limpio un clásico del blues: Prision Blues New-, siguió tocando, grabó discos aquí y allá, bebió lo que no está escrito, perdió la pierna que le quedaba por la diabetes y acabó mendigo en una silla de ruedas hasta que en 1963, a sus 75 años, lo descubrieron los estudiosos del folclore americano, a tiempo -murió tres años después- de grabar su testamento del blues. Elmore Leonard encabeza su novela con unos versos del Tishomingo Blues grabado por Peg Leg Howell el 8 de noviembre de 1926 en Atlanta: Me voy a Tishomingo a que me cuezan el jamón / Me voy a Tishomingo a que me cuezan el jamón / que estas mujeres de Atlanta van a echármelo a perder.


Pero el título en español -El blues del Misisipí (lástima de Mississippi)- le sienta de maravilla a una novela con banda sonora y parada de fantasmas. Entre sus páginas escuchamos High Water Everywhere de Charley Patton, I'm a Doggy de Marvin Pontiac, Don't Start Me Talking de Sony Boy Williamson o I Believe I'll Dust my Broom de Robert Johnson. Elmore Leonard convierte su Tishomingo Blues en una encrucijada por donde transitan los fantasmas Willie Dixon, Son House, Muddy Waters, T-Bone Walker, John Lee Hooker o Elmore James. Y ninguna encrucijada como ese fáustico empalme de la ruta 49 con la legendaria ruta 61 (que Bob Dylan rememora, como quien vuelve a los orígenes, en un disco primordial grabado en agosto de 1965) donde Robert Johnson le vendió su alma al diablo a cambio del divino don del blues; si no, se pregunta uno de los personajes principales de la novela, cómo es que compuso Hell Hound on My Trail, de dónde sacó Me and the Devil Blues. Pues eso, una novela también para escuchar.


Vayamos al grano. Elmore Leonard es un genio literario que escribe novelas de suspense que se vuelven a leer con gusto. Son palabras de Martin Amis en uno de los ensayos de La guerra contra el cliché. Por mi está bien. En todas sus novelas de suspense, apunta Amis, ocurre los mismo que en el Cuento del predicador ( de los Cuentos de Canterbury de Chaucer): la Muerte anda por ahí, por donde acontece la acción -Detroit, Miami o en el corazón del Delta, como en El blues del Misisipí- disfrazada de dinero. Y un párrafo más del señor Amis:

Con todo, el señor Leonard tiene dotes -para "ver" la escena y "oír" el diálogo de los personajes, para escoger el momento oportuno a fin de introducir cada escena y hacer que ésta se desarrolle con la máxima expresividad-que ya quisieran para sí los maestros más snobs de la novela en general. Y, claro, uno no puede menos que preguntarse: ¿cómo utiliza esas dotes en sus efectivas, sencillas y (deliciosamente) similares historias acerca de delincuentes semianalfabetos, gánsteres, bailarinas de striptease, prestamistas sin escrúpulos, cazadores de recompensas, chantajistas y asesinos a sueldo? [O un saltador de trampolín en El blues del Misisipí.]

Amis aventura la hipótesis del arte del gerundio, un dispositivo para dilatar el tiempo, como bajo los efectos de la marihuana, y abrir pasajes hasta los rincones más oscuros de la mente de los personajes. Por mí tampoco está mal. Pero creo que hay una hipótesis mejor, que Amis apunta pero no remata. El arte de Elmore Leonard consiste en saber ver la escena, desde el mejor lugar (con vistas a la eficacia narrativa y a la gestión del suspense) para conjeturar la Muerte que ronda, y saber oír a los personajes, para hacérnoslos visibles (nos los hace hablar al oído tal que un ojo, como dice aquel proverbio chino); y una cosa más: saber callar, o sea, callarse como escritor -Si suena a escritura, lo reescribo, decía el autor de El blues del Misisipí (Mississippi, que conste)-. Ver, oír y callar. Todo lo que se necesita para escribir -y escuchar- un blues. Que hable el cuento, la canción. En una entrevista contaba el señor Leonard que escribe sin saber qué va a pasar para no aburrirse, para entretenerse inventando cosas mientras sigue escribiendo, creando personajes en el primer acto que espera poder utilizar más tarde... No sé si creerle, pero hasta podía ser verdad. Quizá también se pasó a medianoche por la encrucijada aquella del Delta y tuvo tratos con el diablo, o los presentó el fantasma de Robert Johnson.

Robert Johnson

Levanto un Lagavulin  en su memoria (lo sé, lo propio sería un bourbon de contrabando), mientras suena un blues. Por Elmore Leonard. El Me and the Devil Blues de Robert Johnson, faltaría más.

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