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27/5/10

Celebración

Robert Walser

No se me ocurre mejor manera de celebrar este día que vi amanecer, mientras daba un largo paseo por el libro de arena del Vilar, que traer aquí un texto breve -y maravilloso- de Robert Walser, mi paseante favorito. Lo primero que leí al despertarme, como aquel que dice para bendecir las primeras luces del día, el primer texto, la primera página de Vida de poeta, esa gavilla de prosas breves que tanto le gustaban a Kafka -y tanto le gustan a Cheché Carmona-; una pieza que leí por primera vez en Lisboa, junto al Tajo -que allí dicen Tejo- en compañía de Ángeles, y que, tras escucharlo, ella tituló "un racimo de adjetivos que ríen". Se titula De un poeta:

Un poeta se inclina sobre sus poemas: ha hecho veinte. Pasa una página tras otra y descubre que cada poema despierta en él un sentimiento muy particular. Se devana penosamente los sesos tratando de averiguar qué es lo que planea por encima o en torno a sus poesías. Presiona, mas no sale nada, golpea, mas no logra sacar nada, tira, pero todo sigue tal cual, es decir, oscuro. Se apoya sobre el libro abierto entre sus brazos cruzados y rompe a llorar. Yo, en cambio, el pícaro autor, me inclino ahora sobre su obra y descubro con infinita indeliberación en qué consiste el problema. Se trata simple y llanamente de veinte poemas, uno de los cuales es sencillo, otro pomposo, otro mágico, otro aburrido, otro conmovedor, otro delicioso, otro infantil, otro muy malo, otro bestial, otro inhibido, otro ilícito, otro incomprensible, otro repugnante, otro encantador, otro comedido, otro extraordinario, otro esmerado, otro abyecto, otro pobre, otro inefable y otro que ya no puede ser nada más, porque sólo son veinte poemas distintos que en mi boca han encontrado una valoración, si no precisamente justa, al menos rápida, lo que para mí supone siempre el mínimo esfuerzo. Una cosa es, sin embargo, segura: el poeta que los escribió aún sigue llorando, inclinado sobre el libro; el sol brilla encima de él; y mi risa es el viento que corre impetuoso y frío entre sus cabellos.

Alguien dijo que Walser era el más solitario de los escritores solitarios. El paseante solitario se titula el texto que escribió W. G. Sebald -otro de mis fronterizos de cabecera- en recuerdo de Robert Walser. He aquí un fragmento:

"No tuvo casa jamás, ni una vivienda duradera, ni un solo mueble y, en su guardarropa, en el mejor de los casos, un traje bueno y otro menos bueno. De lo que necesita un escritor para ejercer su oficio no tenía casi nada que pudiera llamar propio. Libros no poseía, según creo; ni siquiera los que él mismo había escrito. Los que leía eran casi siempre prestados. Hasta el papel de escribir del que se servía era de segunda mano. Y al igual que toda su vida vivió sin posesiones materiales, también permaneció apartado de los hombres".


Si no fuera por Carl Seelig, su recuerdo habría desaparecido como desaparecieron sus últimas huellas bajo la nieve cerca del manicomio de Herisau aquella navidad de 1956.


Los rastros de su vida -más allá de lo evocado por Seelig en sus Paseos con Robert Walser- son tan fragmentarios y lejanos que -en palabras de Sebald- realmente no se puede hablar de una historia o de una biografía, sino de una leyenda. Alguien lo recuerda leyendo de pie, en un rincón de Herisau una novela de Julio Verne.


Cercado por las sombras, escribe con letra microscópica prosas como relámpagos o lluvia de mayo. En los despeñaderos de la desesperación esculpió los más puros cristales del humor. Y cuando ya no pudo escribir, Walser se alegró con la risa de los niños, el escorzo de una muchacha o una cerveza en una taberna a la vera del camino. Había mucho que ver y razones sobradas para la celebración.

3/4/09

Ya es mucho lo que se ve


Ese hombre que yace muerto en la nieve el día de Navidad de 1956 es Robert Walser, un escritor admirado, entre otros, por Franz Kafka, Robert Musil y Walter Benjamin. Había pasado casi treinta años internado en manicomios, los veintitrés últimos en el de Herisau y murió cerca de allí mientras daba uno de sus innumerables paseos. Unos niños encontraron su cuerpo.

blanco por la nieve el mundo me conmueve.
Y así, la nostalgia, antes pequeña y ahora grande,

se apodera de mí y se vuelve lágrima.


Robert Walser había nacido en Biel (Suiza) en 1878. Era el séptimo hijo de una familia de ocho hermanos. A los 14 años abandonó los estudios y ejerció los más diversos oficios: actor, librero, empleado de banca, secretario, archivero, incluso sirvió como criado en un castillo de Silesia. Vivió siempre sin domicilio fijo y con graves problemas económicos. Despreciaba la prosperidad, aborrecía el éxito y era incapaz de someterse a cualquier tipo de rutina o de atadura. Robert Walser se convirtió en un errante que cultivó el arte de desaparecer, en resumidas cuentas, de borrarse:

Si alguna vez una mano, una oportunidad, una ola, me levantase, y me llevase hacia lo alto, allí donde impera el poder y el prestigio, haría pedazos a las circunstancias que me hubieran llevado hasta allí y me arrojaría yo mismo hacia abajo, hacia las ínfimas e insignificantes tinieblas. Sólo en las regiones inferiores consigo respirar.

En 1907 publica Los hermanos Tanner, una novela que comienza así: Una mañana, un joven de aspecto adolescente entró en una librería y pidió que le presentaran al dueño. Hicieron lo que deseaba. El librero clavó su penetrante mirada en el personaje algo tímido que tenía delante y lo invitó a que hablase. Quiero ser librero -dijo el juvenil principiante-, es un deseo muy intenso y no sé qué podría impedirme llevar a cabo mi propósito. Kafka solía leer algunos fragmentos en la oficina y le recomendó a su jefe que leyera a Walser. En 1909 publica Jacob von Gunten, la más querida por su autor.

En 1925 empezarían sus trastornos nerviosos y alucinaciones auditivas con periodos agresivos. Su hermana Lisa, el único apoyo constante del escritor, le recomienda que ingrese en un manicomio. Ingresó, seguramente con alivio, en el manicomio de Walden en 1929, y cuatro años después sería transferido al de Herisau.



Entre 1924 y 1932 Robert Walser continuó escribiendo en cualquier papel que encontraba a mano -facturas, envoltorios, recetas- y a lápiz con una letra microscópica, textos que fueron descifrados a lo largo de quince años por Bernhard Echte y Werner Morlang, son los Microgramas que ha publicado en tres volúmenes, bajo el título de Escrito a lápiz, la editorial Siruela. Por lo general, antes de ponerme a escribir, me enfundo primero una bata de prosas breves, así comienza una de ellas. Prosas magistrales que conviene dejar en la mesilla de noche y leer día sí día no, aunque sólo sea para colmar el día con la bendición de la mejor literatura.




En 26 de julio de 1936 el editor Carl Seelig visita a Robert Walser en el manicomio de Herisau y dan el primer paseo juntos. Y pasearon mucho juntos a lo largo de diez años: El silencio de las calles tiene algo de amable y misterioso. ¡Para qué buscar otras aventuras! Walser disfrutaba de los cigarrillos, de las cervezas y de las largas caminatas -por algo en 1917 había publicado El paseo-. Y hablaban. Paseos con Robert Walser de Carl Seelig es uno de los libros que uno no descubre impunemente. Deja huella y si acaso te abre las puertas de la obra de un escritor que renunció a ser alguien en el mundo literario: Que un escritor se convierta en 'alguien' no hace sino degradarlo a la condición de limpiabotas.




En uno de los paseos, Robert Walser le habló a Carl Seelig a propósito de Hölderlin: Estoy convencido de que en su largo periodo final, no fue tan desdichado como se complacen en pintárnoslo los profesores de literatura. Poder dedicarse tranquilamente a soñar por los rincones, sin tener que estar haciendo los deberes todo el rato, no es ningún martirio. ¡Sólo la gente hace que lo sea!

A Kafka le gustaba leer en voz alta a su amigo Max Brod algunas prosas breves de Walser reunidas en su Vida de poeta. Como ésta, tan iluminadora:

Me crucé con unos cuantos carruajes, nada más, y en el camino comarcal vi algunos niños. No hace falta ver nada extraordinario. Ya es mucho lo que se ve.