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20/9/12

El amarillo


Iban cayendo las horas con el perfume de los últimos días del verano. Cuando el jueves despedimos a Esther después de pasar unos días con nosotros, cayó el crepúsculo con un aquel de otoño. Hoy estiraba las últimas páginas de la elegante biografía de Beckett escrita por Anthony Cronin (en una estupenda traducción de Miguel Martínez-Lage) interrumpiendo la lectura para contemplar las olas bellísimas que rompían en los cantiles del faro de Corrubedo o unas flores que se van apagando pero que iluminaron con un amarillo solar las horas del verano.


Amo el rojo, el negro, un azul que hemos bautizado con el topónimo de la aldea, algunos verdes, pero con los años atesoro los amarillos (y suspiro por ésos que Ángeles enciende en los más bellos rincones del jardín). Esther nos habló de la necesidad del amarillo, de los amarillos que amaban Enrique Ortiz y el maestro, que de vez en cuando salían a pasear con el propósito de ponerle los ojos encima a algún amarillo, en un huerto, en una vereda, en un valado; de los amarillos milagrosos que ella descubrió en Tui al poco de llegar hace ya más de treinta años, como si se hubieran desprendido de ese poema de Montale que ama tanto. Fue su regalo de estos días (de rojos, azules, verdes y amarillos) que hemos de guardar para el invierno: Los limones de Eugenio Montale. Me habría gustado traerlo aquí con su propia voz -la de Esther, quiero decir (debíais haberla escuchado)-, os lo dejo en la voz del poeta, en una traducción de Horacio Armani y, claro, en italiano (para disfrutar de las rimas internas). Es un poema que ya hemos hecho nuestro, porque como decía el cartero de aquella película tan tierna, los poemas no son de quienes los escriben sino de quienes los necesitan. El más bello poema sobre la necesidad del amarillo.


Óyeme, los poetas laureados
se mueven solamente entre las plantas
de nombres poco usados: boj, ligustros o acantos.
Yo, para mí, amo las calles que conducen
a las herbosas zanjas donde en charcos
casi secos acechan los muchachos
alguna enjuta anguila:
los senderos que siguen los ribazos
bajan ente el penacho de las cañas
y llevan a los huertos, entre los limoneros.

Mejor si la algazara de los pájaros
se apaga devorada por el cielo:
más nítido se escucha el susurrar
de las ramas amigas al aire casi inmóvil,
y las sensaciones de este olor
que no sabe separarse del suelo
y llueve en el pecho una dulzura inquieta.
Aquí, de las pasiones apartadas
por milagro calla la guerra,
aquí también a los pobres nos toca nuestra parte
de riqueza
y es el olor de los limones.

Mira, en estos silencios en que las cosas
se abandonan y parecen muy próximas
a traicionar su último secreto,
a veces esperamos
descubrir un error de la Naturaleza,
el punto muerto del mundo, el eslabón perdido,
el hilo que al desenredarlo finalmente nos ponga
en el centro de una verdad.
La mirada sondea a su alrededor,
la mente indaga, concuerda, desune
en el perfume que se propaga
cuando más languidece el día.
Son los silencios en los que se ve
en cada sombra humana que se aleja
alguna perturbada Divinidad.

Mas desfallece la ilusión y el tiempo nos devuelve
a las ciudades rumorosas donde el azul se muestra
solamente a retazos, en lo alto, entre molduras.
Después, la lluvia cansa el suelo; se espesa
el tedio del invierno sobre las casas,
la luz se torna avara, amarga el alma.
Hasta que un día, a través de un portón mal cerrado,
entre los árboles de un patio
se nos aparece el amarillo de los limones,
y se deshiela el corazón
y retumban en nuestro pecho
sus canciones
las trompas de oro del esplendor solar.




I limoni de Eugenio Montale

Ascoltami, i poeti laureati 
si muovono soltanto fra le piante 
dai nomi poco usati: bossi ligustri o acanti. 
lo, per me, amo le strade che riescono agli erbosi 
fossi dove in pozzanghere 
mezzo seccate agguantanoi ragazzi 
qualche sparuta anguilla: 
le viuzze che seguono i ciglioni, 
discendono tra i ciuffi delle canne 
e mettono negli orti, tra gli alberi dei limoni.

Meglio se le gazzarre degli uccelli 
si spengono inghiottite dall'azzurro: 
più chiaro si ascolta il susurro 
dei rami amici nell'aria che quasi non si muove, 
e i sensi di quest'odore 
che non sa staccarsi da terra 
e piove in petto una dolcezza inquieta. 
Qui delle divertite passioni 
per miracolo tace la guerra, 
qui tocca anche a noi poveri la nostra parte di ricchezza 
ed è l'odore dei limoni.

Vedi, in questi silenzi in cui le cose 
s'abbandonano e sembrano vicine 
a tradire il loro ultimo segreto, 
talora ci si aspetta 
di scoprire uno sbaglio di Natura, 
il punto morto del mondo, l'anello che non tiene, 
il filo da disbrogliare che finalmente ci metta 
nel mezzo di una verità. 
Lo sguardo fruga d'intorno, 
la mente indaga accorda disunisce 
nel profumo che dilaga 
quando il giorno piú languisce. 
Sono i silenzi in cui si vede 
in ogni ombra umana che si allontana 
qualche disturbata Divinità.

Ma l'illusione manca e ci riporta il tempo 
nelle città rurnorose dove l'azzurro si mostra 
soltanto a pezzi, in alto, tra le cimase. 
La pioggia stanca la terra, di poi; s'affolta 
il tedio dell'inverno sulle case, 
la luce si fa avara - amara l'anima. 
Quando un giorno da un malchiuso portone 
tra gli alberi di una corte 
ci si mostrano i gialli dei limoni; 
e il gelo dei cuore si sfa, 
e in petto ci scrosciano 
le loro canzoni 
le trombe d'oro della solarità.


18/10/09

El grano de la voz

Cuando nos quedamos en casa los domingos por la mañana, nos repartimos el periódico y el suplemento. Y escuchamos música. Mozart, Cristina Branco, Bach, Celeste Mendoza, Van Morrison, Haydn, Fausto, The Waterboys, José Afonso... Y Tom Waits. Los domingos por la mañana nunca probamos nada nuevo. Variamos poco. Y desde hace dos o tres años las canciones de Orphans de Tom Waits nos hace compañía a menudo mientras leemos los periódicos, hasta que llega la hora de comer.

Tom Waits

Pero si la meláncolía empaña el ánimo porque hemos visto una película bella y triste la noche anterior, Yi yi de Edward Yang, por ejemplo; o un cuento de Alice Munro como Los muebles de la familia me da vueltas en la cabeza (Cada vez que volvía al territorio hogareño me acechaba un peligro. Era el peligro de ver mi vida a través de otros ojos. De verla como un creciente rollo de palabras como alambre de púas, intrincado, pasmoso, inquietante...); o leo el hermoso texto del maestro que acompaña al catálogo de pinturas y grabados de Enrique Ortiz Unha aciñeira para soñar,


con paisajes que ya he vivido (como me sucedió hace nada en Londres ante esa pintura de Constable donde un niño bebe amorrado en una poza), o que me han vivido, porque como señala el maestro condensando a Faulkner, la memoria conoce y la mirada recuerda, mientras el río se pregunta si quedará alguien capaz de amar y llorar en sus riberas; si por cualquier razón, digo, la mañana de domingo desprende aromas de un bagazo triste, entonces nos envolvemos en las canciones de Bawlers (del Orphans) de Tom Waits,

Tom Waits

ese crooner que a veces parece como si cantara enroscado en el suelo tras noches sin dormir y haberse fumado todos los cigarrillos del mundo y tuviera un teléfono en vez de un micrófono, como me describió Cheché uno de sus discos, si no recuerdo mal.


Bawlers es el más melancólico de sus Orphans y destila belleza turbia, trenes nocturnos y umbríos paisajes del alma. You Can Never Hold Back Spring, Long Way Home (un tema perfecto para conducir de noche o para cerrar los ojos e imaginar que vamos por una carretera con muchos quilómetros a nuestras espaldas y los faros apenas si desvelan el borde de una profunda oscuridad), Widow's Grove, Shiny Things, World Keeps Turning, Tell It To Me, Little Man, If I Have To Go, Down There By The Train... Corazones rotos (un corazón es siempre tan poquita cosa... ¿no?), bares de mala muerte, seres errantes, negra sombra, himnos de derrota, pérdida y desolación. Como aquella que quizá sea mi favorita (y que me pone un nudo en la garganta) aunque no esté en este disco, Innocent When You Dream (en la versión Barroom que aparece en el disco Frank's Wild Years de 1987). Canciones tristes y hermosas como una infancia perdida y los paisajes de la memoria. Una voz que te lleva de viaje a veces, te acuna en los brazos otras, y te traduce siempre el silencio del corazón con el grano de la voz.