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15/1/17

El soplo de lo invisible


Fotograma de Dr. Jekyll and Mr. Hyde (1931), 
de Rouben Mamoulian.

La escuela cumple 8 años (el número de la Rosa de los Vientos, por lo visto). Con 1060 entradas. Y más del doble de páginas escritas, tirando por lo bajo. Creo que Ángeles lleva la cuenta, pero casi prefiero no saberlo, por no pensar en cuántas menos podríamos haber dicho lo que dijimos en tantas. Pero tendré que afrontarlo este año con vistas a publicar en formato libro una selección de los textos que fueron apareciendo aquí, o sea, habré de releerlos (echa para atrás sólo de imaginarlo) y editar y reescribir, al menos en parte, los elegidos (suena tanto a rescatados como a sentenciados). Así que no os extrañe si la frecuencia en la publicación de las entradas, que en los tres últimos años casi se ha limitado a los domingos, disminuye y algunas semanas la escuela practica ejercicios de silencio.

Peggy Cummins, como Joanna Harrington, 
en La noche del demonio.

Ahí atrás pensaba que en lugar de escribir tanto de películas, sobre todo, debería ceñirme a las pequeñas formas, un momento, un plano, unos segundos, que pudieran cifrar la poética de un cineasta. Pongamos por caso unos segundos de un plano en un momento de La noche del demonio (1957), de Jacques Tourneur.


Un momento con visos de umbral de la secuencia localizada en el crómlech de Stonehenge. Situemos el plano que cobija esos tres segundos. Holden (Dana Andrews) investiga la muerte de un colega, el profesor Harrington (Maurice Denham), que había denunciado las actividades de una secta satánica dirigida por el doctor Karswell (Niall MacGinnis).

Niall MacGinnis, como el doctor Karswell, 
oficiando de clown para los niños en una fiesta de Halloween,
 con Dana Andrews, como el psicólogo John Holden. 

Dana Andrews acaba de visitar a la familia de Rand Hobart (Brian Wilde), quien quizá cometió un asesinato bajo posesión demoníaca.


Vemos a Dana Andrews en la puerta donde aparece la imagen de una runa (el guión de la película de Charles Bennett, Hal E. Chester y -no acreditado- Cy Enfield se basa en el cuento de M. R. James, publicado en 1904, El maleficio de las runas).


Mientras Dana Andrews sale de campo, nos quedamos con la runa sobre la puerta donde se mueven sombras de árboles y un rápido encadenado permite aflorar el plano que nos ocupa: el coche de Holden con la puerta abierta, mecida por el viento, que menea también los juncos en primer término...


Apenas tres segundos vacíos con la cámara inmóvil... Entonces una suave panorámica a la izquierda nos descubre el paraje megalítico de Stonehenge en un gran plano general...


Y a Dana Andrews tratando de descifrar el mensaje escrito en alfabeto rúnico de un pergamino endemoniado.


¿Qué sería del cine sin el viento? Podéis ver esos tres segundos aquí entre el 50' 50" y el 51' 10''. Es un decir lo de vacíos: esos tres segundos del plano, donde sólo se mueven la puerta del coche y los juncos, se ven (los vemos) preñados de inquietud. Desprenden la misma desazón que experimenta el propio Dana Andrews en su viaje desde el escepticismo hacia el umbral de un universo paralelo regido por un orden oculto. Esa puerta abierta acunada por la mano del viento cifra el arte de Jacques Tourneur, su poética del desasosiego. El soplo de lo invisible.

8/3/10

El bosque de Alicia

Más de una vez me referí aquí al hecho -documentado- de que muchas de las películas más memorables son, ni más ni menos, que un milagro. Ya os he relatado algunos, hoy me gustaría contaros otro. Me limitaré a la historia de un guión. Un guión casi perfecto. Casi, porque, por definición, un guión nunca puede ser perfecto, apenas es un texto combustible.

Alfred Hitchcock


Ben Hecht

En el verano de 1944, Alfred Hitchcock se reunió con Ben Hecht para trabajar en el guión de su próxima película que iba a ser producida por David O. Selznick. Cuando Hecht y Hitchcock estaban desarrollando Recuerda (1944), la película anterior, comentaron la posibilidad de adaptar una novela de John Taintor Foote de cuyos derechos disponía Selznick, había sido publicada por entregas en el Saturday Evening Post en 1921 y se titulaba The Song of the Dragon. De esa novelucha conservaron poca cosa: la protagonista femenina, una especie de Mata-Hari inexperta a la que reclutan para fingir que se enamora de un espía alemán. Era una manera de que Selznick rentabilizara los derechos. En fin, una excusa. Sin embargo, Hitchcock había encontrado la (verdadera) inspiración para el proyecto en su entorno. Durante la 2ª guerra mundial, amigos del cineasta trabajaron para el Ministerio de Información británico y, más de una vez, a algunos espías aficionados les habían pedido que sedujeran a agentes alemanes. En la autobiografía que no llegó a publicar, Charles Bennett -guionista de varios filmes de Hitchcock, por ejemplo 39 escalones (1935)- contó que a él mismo, que estaba casado, le habían encomendado que cortejara a una mujer sospechosa de ser una agente doble y verificar su lealtad. Hay que ver, a algunos guionistas incluso le pasan cosas novelescas en la vida real, no se limitan a inventarlas, aunque quién sabe, ¿no? A lo que íbamos, el caso es que Hitchcock tenía muy a mano la idea que iba a desencadenar un proyecto que se convertirá en Notorious (1946) y que aquí se tituló Encadenados; es una de mis películas favoritas de Hitchcock, en los ochenta la vi tantas veces que llegué a saberla de memoria. Aun ahora, a poco que me esfuerce...


Aunque la guerra estaba en la fase final -ya se había producido el desembarco de Normandía-, a Hecht y a Hitchcock, como material narrativo, les interesaba qué iba a pasar con los nazis y sus simpatizantes en el futuro, qué iban a hacer los que huyeran, cuáles serían sus intenciones. Ese agosto, pergeñaron un tratamiento centrándose en la historia de unos científicos pro nazis que fuera de Alemania unían sus fuerzas para conquistar de nuevo el mundo. Hitchcock, y no andaba desencaminado, pensaba proponer Sudamérica como principal escenario de la acción. Y tanto él como Hecht trabajaron con la idea de que Ingrid Bergman -a la que ya había dirigido en Recuerda- y Cary Grant -al que ya había dirigido en Sospecha (1941)- fueran los protagonistas. En diciembre, Hecht y Hichcock desarrollaron los personajes principales. Por lo visto las reuniones de trabajo eran idílicas según contó Frank Nugent -que se convertirá en un guionista habitual de John Ford- en el New York Times: Ben Hecht andaba a grandes zancadas de un lado para otro y se dejaba caer en un sofá o en el suelo. Hitchcock, que se había sometido a una dieta y había rebajado el peso de ciento treinta quilos -los que aparenta en la foto que podéis ver más abajo- a noventa y dos, se sentaba en una silla de respaldo recto, con las manos cruzadas en torno al estómago. Y charlaban, desde las nueve de la mañana a las seis de la tarde. Luego Hecht se "fugaba" con su máquina de escribir dos o tres días. Y escribía. Parece ser que Hecht presumía de ser el guionista más rápido de la historia. En el fondo, y quizá ni siquiera en el fondo, pensaba que un guión no era algo tan importante como para dedicarle más tiempo del imprescindible. Luego uno le echa una ojeada a lo que escribió y bueno, es como para tirarse de los pelos. De envidia. Cito algunas de las películas: La ley del hampa (1927) de Sternberg, Scarface (1932) de Hawks, Una mujer para dos (1933) de Lubitsch, y con Charles McArthur escribió en 1928 The Front Page, una de las comedias más brillantes y adaptadas al cine -desde Luna nueva de Hawks a Primera plana de Wilder. Y pensar que en sus memorias apenas cuenta nada de sus innumerables trabajos en el cine.

Charles MacArthur y Ben Hecht

Poco a poco la trama amorosa de la historia fue tomando forma y barajaron algunas soluciones para el Macguffin de la película, ese "hueso" que Hitchcock nos daba a roer a los espectadores para podernos contar lo que realmente le interesaba, una excusa argumental para envolver la verdadera historia de la película. Antes de Navidades, había pensado en que los nazis refugiados en Sudamérica estuvieran construyendo un arma secreta. Se tomaron un respiro en el guión para trabajar en algunos proyectos de la Oficina de Información sobre la Guerra de Estados Unidos en Whasington. Y aunque Hecht consideró aquellas jornadas con los políticos una pérdida de tiempo, Hitchcock encontró allí la idea para el Macguffin de Encadenados. Pero esa idea aún tardaría en definirse, en cobrar materialidad, en cuajar en un verdadero Macguffin: debe ser fácil de explicar, de concretar y aun de visualizar.


David O. Selznick y Alfred Hitchcock

En enero de 1945, de vuelta en Hollywood, Hecht y Hitchcock tenían cincuenta páginas del guión y Selznick les señaló el 1 de febrero para una reunión. Selznick era, dicen, un buen editor de guiones y, tras leer el primer borrador de Encadenados, les criticó algunos giros argumentales demasiado precipitados y el tratamiento mediocre de algunos incidentes de la trama. Desde luego, tras leer Hitchcock & Selznick de Leonard Teff, no cabe duda de que sin el trabajo y la insistencia del productor, Encadenados no sería la película que conocemos. Cuando leí ese libro a principios de los noventa, fue la primera prueba -por escrito- de que existían productores con talento, con verdadero talento para editar guiones. Y vale la pena leerlo aunque sólo sea para comprobar que, quizá en extinción, pero esa especie tuvo existencia real sobre el planeta. Ahora bien, conviene advertir que Hecht y Hitchcock ya sabían que ese borrador era manifiestamente mejorable, llevaban años en el oficio como para saber que, en aquel sistema de trabajo, la escritura de un guión era una sucesión de reescrituras. En una carta de Hecht a su mujer a principios de 1945 le cuenta que la escritura del guión avanza a trompicones pero avanza. Ya se sabe: los guiones no se escriben, se reescriben. Pero a Selznick, presa de las anfetaminas, le encantaba dictar memos y anotar borradores. Y además era bueno.

Total, que tras los comentarios de Selznick, Hecht y Hitchcock siguieron trabajando cuatro meses. Solos. Y a partir de mayo empezaron a reunirse con regularidad y por las noches con Selznick. El productor los recibía a eso de las once de la noche, andaba de un lado para otro y se iba por las ramas hasta las tres de la mañana, entonces se centraba en el proyecto. En las cartas a su mujer, Hecht cuenta lo bien que cenaban él y Hitchcock en Romanoff's y cuánto disfrutaba de la compañía del director. Y también apreciaba las notas de Selznick -señal de que el productor, cuando se centraba, atinaba-: ese veinte por ciento extra de valiosas matizaciones, así definía el guionista las aportaciones del productor. O sea, que Selznick tenía su aquel. Y un aquel de Selznick, permítaseme la gracieta, ya era mucho, a las pruebas me remito. Pero por aquellas fechas el productor tenía otras preocupaciones en la cabeza, porque los costes de producción de Duelo al sol se habían disparado y más de una vez se le iba la pinza. Así que Hecht y Hitchcock a menudo decían que sí y seguían a su aire.


Ingrid Bergman como Alicia

El punto crucial de la trama era la misión de Alicia, el personaje que encarna Ingrid Bergman, es decir, su objetivo. En Washington corrían rumores y algunos llegaron hasta Hitchcock: estaban preparando la bomba atómica. El director, pensando en voz alta con Hecht, comentó que el componente esencial de una bomba como ésa podría esconderse en la bodega de la mansión del espía alemán. En la primavera de 1945, Hitchcock y Hecht visitaron al Dr. Robert A. Millikan -premio Nobel de Física en 1923- que trabajaba en el Instituto de Tecnología en Pasadena.


Robert A. Millikan

En cuanto le empezaron a hacer preguntas, el físico empezó a echarse las manos a la cabeza y a advertirles del peligro que representaban esas preguntas sobre secretos de alto nivel. Cabe imaginar lo bien que se lo debieron pasar el guionista y el director. Más aún cuando el productor y su equipo de documentación consideraban la idea inverosímil, al fin y al cabo nadie había oído hablar de un arma de destrucción masiva fabricada con uranio. En fin, Selznick dudaba, temía que semejante Macguffin -una botella de vino llena de uranio- desconcertara a los espectadores. Y además empezaba a considerar que el guión de Encadenados le estaba saliendo carísimo. Pero esas dudas le depararon más tiempo a Hecht y a Hitchcock para pulir el guión.



Entonces, como Hitchcock insistía en la dichosa botella rellena de uranio, Selznick amenazó con venderle el proyecto a Hal Wallis (el productor de, por ejemplo, Casablanca). Hitchcock e Ingrid Bergman, compinchados, se mostraron encantados. Selznick se sintió herido en su orgullo y le ofreció Encadenados a Wallis, que llevaba años intentando que Hitchcock trabajara en la Warner. Pero Wallis rechazó el proyecto, ¿adivináis por qué? Exacto, por la botella de marras. ¿Y quién duda de que Selznick y Wallis eran grandísimos productores? Pues se cegaron con el Macguffin y no vieron que sólo era... un Macguffin, una insignificancia -que, eso sí, no se puede decidir al buen tuntún-, pero una insignificancia al fin y al cabo si pensamos que Encadenados es, por encima de cualquier otra visión, una de las grandes historias de amor de Hitchcock, junto con Vértigo.



En junio de 1945, David O. Selznick aparcó Encadenados y entre sus planes estaba poner a un guionista a reescribir el guión y ofrecerle el proyecto a otros estudios. Dicen que Hitchcock ni se inmutó. Cuesta creerlo, pero eso dicen. Que ni pestañeó. Por lo visto no tenía ninguna prisa y además según las últimas enmiendas a su contrato, Selznick tenía que pagarle el sueldo aunque estuviera de brazos cruzados. Y Hitchcock tampoco se iba a quedar mano sobre mano. A mediados de junio se fue a Londres para dirigir una película sobre los campos de exterminio nazis, a partir de la documentación sistemática que iban a proporcionar el ejército y documentalistas que seguían a los aliados en Alemania y Centroeuropa. Según Peter Tanner, el montador de la película, Hitchcoch dio instrucciones a los directores de fotografía que visitaron los campos para que filmaran planos largos, para evitar la sospecha de "montaje", para que nadie pudiera decir que las imágenes estaban trucadas, o sea, que eran planos montados para conseguir un efecto cinematográfico. Hitchcock, uno de los más grandes constructores y montadores fílmicos se afanaba ahora en no construir, en no montar, en preservar el espacio y el tiempo "reales" en las tomas para certificar la verdad documental de las imágenes. Rodaron en once campos de concentración, -Dachau, Bergen-Belsen, Buchenwald, Matthausen, entre ellos- y debió ser un suplicio montar aquel material. Era una película tan dura que los mandos militares ordenaron archivarla, quedó inacabada y duraba 55'. No se "desenterró" hasta 1984. Creo que fue a principios de los 90 cuando aquí la programó algún canal de televisión. Recuerdo habérsela mostrado a los alumnos de la EIS en las clases de historia del cine y les costaba soportarla, y eso que había trascurrido medio siglo. Eso sí, la función educativa que debía cumplir en su momento se perdió para siempre.

A finales de julio de 1945, Hitchcock regresó a Hollywood y se encontró con que Selznick le había vendido Encadenados a la RKO y William Dozier, un productor amable y poco dado a entrometerse acabó pagando ochocientos mil dólares por un proyecto que incluía el guión, a Ingrid Bergman y a Hitchcock, y un 50% de los beneficios netos para Selznick. Ni un pelo de tonto. Eso sí, Dozier estipuló una revisión final del guión para cerrar el acuerdo y Hitchcock aceptó, pero se negó en redondo a la última pretensión de Selznick: que Joseph Cotten sustituyera a Cary Grant. Hasta ahí podíamos llegar. Y cuando se firmó el acuerdo, el 9 de agosto, EEUU había lanzado ya las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki, y ya era de dominio público el tema del uranio. Ya nadie ponía objeciones al Macguffin de Hitchcock.



La RKO fijó el rodaje de Encadenados para finales del otoño y contrataron a Clifford Odets, un dramaturgo del Group Theatre para hacer la revisión final del guión durante los meses de septiembre y octubre a partir de unas mínimas recomendaciones de Hitchcock. Pero al director no le gustó el resultado, y una vez que Odets cobrara su sueldo y abandonara el proyecto, Ben Hecht volvió a trabajar en el guión de Encadenados, y no era fácil ni habitual que un guionista tan cotizado y requerido se preocupara tanto por el desarrollo de una película.



Tras la última reescritura de Hecht, el guión fue revisado por la censura y Hitchcock tuvo que reunirse con los funcionarios del Código de Producción templando gaitas, y se revisaron frases del guión para complacerlos. Pero en el guión los censores no podían ver cómo Hitchcock plantaría la cámara para acariciar y abrazar a los amantes con una intensidad desconocida hasta entonces en el cine americano. Como si hiciera el amor con ellos. Y para eso a Hitchcok le bastaba mostrar apenas nada. Sólo necesitaba construir y montar los pedazos para que el espectador armara la escena completa en su cabeza. Pero todo estuvo a punto de echarse perder por una maldita botella, el árbol del señor Macguffin que no dejaba ver el bosque donde se perdía Alicia. O sea, Ingrid Bergman.

20/11/09

El dolor


Ordenando viejas carpetas con el vano aquel de tirar con la mayoría y hacer sitio, encontré una con los materiales preparatorios para una clase en la EIS de hace trece años a propósito de una película de aquellas fechas, Secretos y mentiras (1996) de Mike Leigh. La vi varias veces, incluso llegué a desglosar sus 107 escenas y a trazar un diagrama donde se visualizaba la constelación de personajes y conflictos, y la geometría de los afectos que se conjugaban en la película. Ya se puede creer cuánto me había gustado Secretos y mentiras. Hemos vuelto a verla. Y sigue siendo -en palabras del añorado Ángel Fernández-Santos (El País el 28 de octubre de 1996)- una obra con uno de los guiones más rigurosos, penetrantes y libres que se han escrito para el cine reciente, y añado ahora, en los últimos treinta años. Sólo que no existe un autor del guión. Y si uno, que vive de escribir guiones desde hace más de diez años, trae aquí a menudo películas cuyos guiones no pueden adjudicarse a la figura tradicional del guionista no es porque reniegue de la profesión, sino porque el cine se resiste muchas veces, se ha resistido siempre, a encorsetar las funciones, y a menudo se aventura a romper las costuras de los oficios para devenir una productiva con-fusión de competencias profesionales, de talento y entrega sin reservas en el aquel de hacer simplemente cine. Cada película valiosa reinventa el cine. Y el aquel de escribir guiones. Y de dirigir. Cada película que realmente importa se hace como si fuera la primera película del mundo. Y digamos que, si bien vivo de escribir guiones, no imagino mi vida sin el cine, ni sin otras cosas, pero desde luego no sin el cine. De cualquier cine con tal de que me traspase. Y uno se deja hacer y lo han traspasado de todas las maneras posibles desde la pantalla. Simplemente hay que ver sin prejuzgar que el cine sea esto o lo otro, que el cine se deba hacer así o asado, que el cine deba contar o no una historia y de qué manera. Hasta la historia del cine no se puede contar realmente si no la contamos entera, es decir, si no contamos también las historias huérfanas, las historias secretas, las historias olvidadas. Si tan grande es el cine para qué volverlo pequeño con tantos prejuicios, silencios y omisiones. Hasta el punto de que esta escuela representa también un intento de documentar (y recuperar) la biodiversidad del cine; de la poliédrica, polimorfa y polisémica naturaleza (y experiencia) del cine; de los multiformes, plurales y heterogéneos amores cinéfilos; de cada película única que nos enseña a contemplar el mundo como si lo viéramos por primera vez.

Hitchcok y Truffaut

Pocos libros han hecho tanto daño como El cine según Hitchcock de François Truffaut. Un libro que uno (y tantos) leímos con devoción. Un libro de reclinatorio, vamos. La primera vez que lo leí acabó tan subrayado que tuve que comprar otro ejemplar porque resultaba casi ilegible. Era aquella edición de bolsillo en Alianza. Aquel primer ejemplar manoseado se cae a pedazos y reposa en un anaquel como una memoria sobre la que se va depositando el polvo, el terciopelo del tiempo sobre las cosas, que decía Huysmans. Luego, a principios de los noventa, Akal publicó la versión con ilustraciones y en tapa dura. A esas alturas ya nos lo sabíamos de memoria. Qué gozada. Se trata de un libro que entroniza a Hitchcock como autor, pero un autor tan autor que si por él fuera no rodaría las películas porque éstas ya existen en su cabeza antes de rodarlas y para qué pronunciar aquello de ¡acción! Ojalá existiera una máquina que permitiera introducirle el guión por un extremo y que la película saliera por el otro rodada, montada y enlatada. Luego leímos Hitchcock & Selznick de Leonard J. Leff, y algunos guiones de sus películas -el de Vértigo, por ejemplo-,


Hitchcok dirige a Kim Novak en Vértigo

y las entrevistas con guionistas que trabajaron con él -Charles Bennett en 39 escalones o Ernest Lehman en Con la muerte en los talones, pongamos por caso-, el libro de Evan Hunter, Hitch y yo, a propósito de su colaboración en Los pájaros, y las biografías de Hitchcock a cargo de Donald Spoto o Patrick McGilligan, y entonces salta a la vista que Hitchcock mentía como un bellaco, por otro lado, como Ford, Hawks y tantos directores, al fin y al cabo es su oficio: contar verdades por medio de las mentiras. Además, qué sería de Hitchcock sin sus actrices, sin sus rubias, sin Tippi Hedren o Grace Kelly, quién se puede creer que renunciaría a ellas por una máquina que fabricara películas. Qué mejor que haber tocado el cielo de la autoría modelando rubias. Porque, obviamente, quién va a dudar que Hitchcock era, es, un autor. Sólo que la autoría de un cineasta se manifiesta a través de procedimientos de muy distinta naturaleza a la que lleva aparejada un pintor, un novelista o un poeta. Dicho de otro modo, ninguna de las películas de Hitchcok existirían sin el trabajo de los guionistas, pero cualquiera de los guiones que rodó Hitchcock hubieran resultado películas completamente diferentes en manos de otro director. Sobre todo aquellas que no pasarían la prueba de los analistas de guión, aquéllas que inventan formas fílmicas, aquéllas que germinan en el crisol de lo misterioso, como Vértigo,


a la que alguna vez tendremos que acoger aquí como se merece. En definitiva, no existe una traducción automática entre el guión y la película definitiva. Lo que existe entre el papel y la pantalla es un proceso alquímico en el que se conjuga una mirada y múltiples talentos. Las películas de Hitchcock no existían en su cabeza, como no existen en la cabeza de ningún director, sino que se fraguan en jornadas candentes donde el imprevisible azar es un factor inevitable. Aquella máquina con la que soñaba Hitchcock y el guión perfecto no son más que plegarias para conjurar lo inesperado, o redes de seguridad por si lo milagroso, que anhelan todos los cineastas, finalmente no acontece.

Pero a veces los cineastas rehúsan las redes de seguridad y se arriesgan al fracaso de cara y por derecho. Es el caso de Secretos y mentiras cuyo guión lo firma Mike Leigh pero en realidad no lo escribió. O no lo escribió él solo. Y entonces, ¿quién escribió el guión de la película? Todo a su tiempo. Mike Leigh se formó como actor en la Real Academia de Arte Dramático y en la Escuela de Cine de Londres. En 1965 escribe y dirige su primera obra de teatro, The box play, y en 1971 su primera película, Bleak Moments. Pertenece a la generación de Stephen Frears o Ken Loach que empiezan a trabajar en la televisión en 1970. Leigh dirige para la BBC unos nueve telefilmes con una mirada crítica e irónica sobre la vida cotidiana de los trabajadores, en particular los rodados en la era Thatcher. (Tele)filmes que se inscriben en la tradición del cine realista inglés que cuajó en los años 30 con la escuela documentalista y después con la comedia Ealing.

Mike Leigh

En 1989 monta la productora Thin Man Films y en los noventa el director se forja un lugar en el planeta cinematográfico con un estilo personal gracias, sobre todo a dos películas: Naked (1993) y Secretos y mentiras -Palma de Oro en Cannes, premio al Mejor Director y a la Mejor Actriz (Blenda Blethyn)-. En 2002 llegaría Todo o nada, otra gran película, y en 2004 El secreto de Vera Drake. Su última película Happy-Go-Lucky (2008), puede parecer que se aparta del calvario que atraviesan sus personajes en sus películas más conocidas, pero en realidad simplemente hay una variación tonal, esta última resulta más luminosa pero no deja de alimentarse de una buena dosis de aflicción sumergida. Los personajes de las películas de Leigh como Secretos y mentiras y Todo o nada viven al borde de la agonía y los consume la pesadumbre pero siempre encuentran una última reserva de coraje para mantenerse en pie, para seguir adelante, para vivir con dignidad, les basta un resquicio, un tibio rayo de sol, la mínima oportunidad para arañar el mundo y hacerse un sitio. Los personajes de Leigh pueden estar vencidos pero son resistentes natos y acaban encarnando la esperanza donde menos se la esperaba.

Mike Leigh

Las películas de Mike Leigh te avecinan con quienes te quedarías lo menos posible, te obliga a estar con ellos y al final te despedirías con un abrazo de cada uno. Las películas de Mike Leigh emergen de un cuerpo a cuerpo con los actores a partir de un personaje que el director tiene en la cabeza. Y lo de tener en la cabeza una vez más es un decir: Pido a los actores que participen en algo que ni yo mismo puedo definir, confiesa Leigh. Trabaja con los actores durante semanas o meses hasta conseguir que cada actor sea determinado personaje. Este trabajo resulta, según los actores, inevitablemente doloroso. David Thewlis, actor protagonista de Naked cuenta que durante la primera semana estuvo charlando con Leigh, los dos solos. Traen cafés, fumas y le das una lista de personas que conoces de tu sexo y edad, naturalmente de las personas que conoces bien. Y hablas largo y tendido de ellos. En algún momento mencionas a alguien que no has visto hace años. Mike va tomando notas en un cuaderno que tú no puedes ver. En determinado momento empieza a eliminar personas de la lista en tu presencia. Finalmente escoge un personaje, es un momento decisivo, porque sabes que ése será el tipo del que no te vas a poder separar en los próximos seis meses. (...) En los meses siguientes te conviertes en él. Construyes toda su vida detalle a detalle. Luego empiezas los ensayos por bloques. Primero con dos actores, luego con otros dos más. Mike va y viene con una serie de escenas a medida que ensayamos.

Cynthia (Brenda Blethyn)
en
Secretos y mentiras

Secretos y mentiras parte de una serie de conversaciones de Mike Leigh con parejas de amigos sobre los problemas de la adopción que más tarde remitirán a cuestiones de filiación e identidad. El director diseñó con los actores el lugar que ocuparían en la constelación dramática del filme: Maurice y Mónica, una pareja acomodada sin hijos, al borde de la ruptura; Maurice se siente culpable por el distanciamiento respecto a su hermana mayor Cynthia que lo crió como si fuera su madre; Cynthia, obrera en una fábrica, vive modestamente y se lleva fatal con su hija Roxanne que trabaja de basurera, fruto de un ligue durante unas vacaciones en Benidorm; y Hortense, óptica, profesional independiente que busca a su madre biológica. Cada personaje ilumina una faceta del tema de la filiación y la identidad: la hija que busca a su madre, la hija que no sabe quién es su padre, los padres amargados por no poder tener hijos.



Mike Leigh despliega el melodrama mediante la sucesión de combinaciones binarias o ternarias de los personajes hasta la confrontación colectiva final en la que eclosionan los secretos y las mentiras en una catarsis liberadora (y purificadora). Secretos y mentiras cuajó durante un proceso en el que el director, los actores y el equipo técnico fueron componiendo la película momento a momento en un embrujado intercambio de ideas. Un proceso decantado y ordenado por Mike Leigh que condensa el caudal de inventiva en una síntesis que conjuga documento y drama, comedia y melodrama. Secretos y mentiras es una película con una admirable estructura de combustión lenta que conduce y trenza sin desmayo las cinco líneas narrativas mediante un trabajo de ida y vuelta entre la improvisación y el texto, un método de raíz escénica que de la mano de Mike Leigh deviene cine puro.


Hay dos momentos extraordinarios en Secretos y mentiras que dan la medida de los riesgos tanto actorales como de construcción (o sea, de dirección) que acechaban en la película. El primero acontece durante el primer encuentro entre Hortense y Cynthia, más o menos cuando ha transcurrido una hora. La escena del bar resuelta en dos planos fijos, como todos los de la película, dura doce minutos. Un plano general y luego un plano medio frontal de las dos mujeres sentadas una al lado de la otra, despliega una tal combinación de contención y exceso, de humor y dolor, de belleza y audacia que constituye un milagro cinematográfico. El clímax de la película, la fiesta de cumpleaños de Roxanne en casa de Maurice y Mónica, nos regala ese otro momento extraordinario de gran melodrama con una cascada de revelaciones que, sobre el papel (de un guión canónico), resultaría de tal desmesura que obligarían a reescribirlo a cualquier guionista. Pero una escritura (y puesta en escena) canónica de este momento reduciría Secretos y mentiras a la condición de vulgar telefilme. Y no a esa obra desgarradora sobre la familia que, como dijo Mike Leigh, puede sacar lo peor de los seres humanos, pero al final hay que volver a ella. O como lo expresa Maurice en el clímax de la película: "¡Secretos y mentiras! Todos sufrimos, ¿por qué no compartir nuestro dolor?" El dolor de la filiación y la identidad. Ahí es nada.


Mike Leigh