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20/9/20

La camarada Svilova


Hace cien años tuvo lugar un encuentro crucial para la historia del cine. Bueno, hace cien no. Acabemos con los números redondos, que decía el otro. Hace ciento un años -y aun deberíamos añadir por el aquel de un toque épico: cuenta la leyenda que...- Dziga Vertov deambulaba cabizbajo y deprimido por los pasillos del departamento de cine de Narkompros (el Comisariado del Pueblo para la Instrucción Pública, que dirigía Lunacharski) en Moscú. Trabajaba en el montaje de Boi pod Tsaritsynom (La batalla de Tsaritsyn, 1920) y se llevó un tremendo disgusto con una montadora (el montaje de los filmes soviéticos estaba prácticamente en manos de mujeres, las montazhnitsy, sobre las que escribió la cineasta Esfir Shub; claro que no sólo eran mayoría en el país de los soviets). La montadora le había tirado a la basura un cesto de tiras de película -con unos pocos fotogramas cada una- como si de restos -inútiles- de tomas se tratara. ¡Tirarle a la basura aquellos trozos de película, a él, que pensaba aprovechar cada fotograma que pasara por sus ojos; ningún fotograma era inútil, si no servía para el filme que tenía entre manos, serviría para otro por venir! Muchos años después, Jonas Mekas escribe en su Diario de cine el 7 de diciembre de 1967:

Existe ahora la llamada técnica del "fotograma único", utilizada por el cine underground. Cada fotograma tiene una imagen diferente. La última vez que estuve en Europa me detuve en el Filmmuseum de Viena, donde hay una muy buena copia de El hombre de la cámara (Chevolek s kino-apparatom), la película de Vertov hecha en 1928 [y estrenada en enero de 1929]. Vi la copia, fotograma por fotograma (en una moviola). Y, claro está, Vertov utilizó fotogramas únicos en dos secuencias por lo menos. Nos llevó cuarenta años alcanzar a Dziga Vertov, aquel ruso tildado de loco, pero por fin lo hemos logrado...

Abatido andaba Dziga Vertov cuando se topó con Elizaveta Svilova, que entendió sus tribulaciones, se apiadó de él y montó la película. A diferencia de quienes lo tomaban por loco, compartía su visión: Nosotros dinamitamos el cine / para que / el cine / pueda ser visto, había escrito Vertov por entonces. Svilova tenía 19 años, pero ya era una veterana; a los 12 había empezado a trabajar como aprendiz en un laboratorio cinematográfico. A partir de aquel día, hace ciento un años, sería la montadora de casi todas las películas de Vertov, su más íntima hermana de armas y colaboradora.  

Elizaveta Svilova montando en un fotograma de 
Chevolek s kino-apparatom.

Ella, con sus manitas, tijeras y un bote de cola, montó esos fotogramas únicos que llamaron la atención de Jonas Mekas. Pero el montaje no es (sólo) un corta y pega (una mecánica que atornillaba casi siempre a casi todas las montazhnitsy). Es, por decirlo con las palabras de Godard, un pensar con las manos, unas manos que piensan. Svilova recordaba que sus películas con Vertov se montaron en gran medida a base de intuición, tanteando miles de variantes, probando el significado, la calidad visual y el ritmo de las secuencias de oído, con los dos inclinados sobre la mesa de montaje noches enteras. En 1953, un año antes de morir, Vertov escribió sobre ese trabajo de experimentación, donde todos los días había que inventar algo nuevo, donde entonces ya no se puede hablar propiamente de montaje sino de escritura cinematográfica

Mikhail Kaufman en el rodaje de Chevolek s kino-apparatom.

Svilova y Vertov alumbraron el Cine-ojo (Kino-Glaz) en compañía del operador Mikhail Kaufman (hermano de Dziga, que antes de adoptar ese nombre se llamaba Denis Kaufman) y en 1922 formaron el Soviet (o Consejo) de los tres, una suerte de Comité Central (o círculo íntimo) de los kinoki, militantes del documental poético, de los filmes cine-ojo, una de las corrientes cardinales del cine soviético. 

Gracias a este libro, que agavillaba textos de Vertov seleccionados y traducidos por Francisco Llinás, me topé por primera vez con Elizaveta Svilova. Lo compré en la feria del libro de Barcelona el 27 de mayo de 1978. (Ángeles y yo habíamos llegado a Cataluña dos meses y medio antes, el mismo día que traían a Sallent el cuerpo del anarquista Agustín Rueda, torturado y asesinado por sus carceleros en Carabanchel: uno de tantos episodios olvidados de la ejemplar transición política española.) 

Tres años después encontré en la librería Michelena estas Memorias de un cineasta bolchevique, con una selección más amplia de los textos, prologados y traducidos -del francés- por Joaquín Jordá. En la página 46 leí el primer apunte biográfico de Svilova en un texto de Vertov fechado en 1935 donde reivindicaba la obra de su compañera:

La camarada Svilova es hija de un obrero muerto en el frente durante la Guerra Civil. Lleva tras de sí veinticinco años de trabajo en el cine y varios centenares de filmes en los que ha colaborado con realizadores. Ha intervenido en la nacionalización del cine. (...) Es la mejor montadora de la Unión Soviética. Con motivo del decimoquinto aniversario del cine soviético, mientras que todos sus alumnos y colegas recibían una distinción, la camarada Svilova ha sido castigada, de manera ejemplar, con una notoria indiferencia y ni siquiera ha recibido un diploma. Sólo un crimen grave podría privarla de nuestra solicitud. No obstante, el único delito de la camarada Svilova es el de ser modesta.

Lev Kuleshov coincidía a la hora de valorar la obra de Svilova:

[Vertov] se casó [en 1923] con una montadora excelente. Era la mejor montadora rusa, incluida la época zarista.

Dziga Vertov y Elizaveta Svilova.

Chevolek s kino-apparatom (1929) se ha traducido como El hombre de la cámara, aunque chevolek significa persona; claro que, al igual que el oficio de montador era ejercido en la Unión Soviética casi siempre por mujeres, el de cámara era casi siempre cosa de hombres. Los créditos iniciales de Chevolek s kino-apparatom advierten al espectador que la película no tiene rótulos y que se trata de un experimento fílmico. No lo dicen los créditos pero se ve que es una película con estrellas: el operador Mikhail Kaufman y la montadora Elizaveta Svilova. 


Chevolek s kino-apparatom puede verse como una sinfonía urbana donde se despliegan las herramientas del cine. Los poderes del Cine-ojo. El latido de la ciudad soviética (en realidad se rodó en tres: Moscú, Odessa y Kiev) auscultado por el lenguaje cinematográfico en un documental poético, que mostraba el trabajo de captura de las imágenes y su montaje, o sea, la escritura fílmica. 


La forma de Chevolek s kino-apparatom conjuga el delante y el detrás de la cámara, el delante y detrás de la pantalla, el cine como montaje, como escritura. A la altura del minuto veintitantos, vemos a Svilova en la mesa de montaje:


Monta fragmentos de Chevolek s kino-apparatom que veremos más adelante, es decir, la película se despliega en el curso de su propia escritura. Y culmina con un segmento montado con un tempo, digamos, allegro prestissimo con fuoco, un frenesí fílmico donde las imágenes pasan por los ojos de la montadora, como si afloraran en su mirada.


En el último plano el ojo de la cámara es el ojo de Svilova. 


Como si firmara la película. Luego cierre de iris y fin. Lástima que en los créditos iniciales figure apenas como ayudante de montaje.


Tras la muerte de Vertov en 1954, Svilova dejó su trabajo en el cine, se cambio el nombre por el de Elizaveta Vertova-Svilova y se dedicó a recuperar, catalogar, archivar, preservar y divulgar la obra de su compañero. 

Dziga Vertov. Artículos, diarios, ideas
Moscú, 1966.

A la camarada Svilova le debemos el legado del Cine-ojo.

12/11/17

Hasta más ver


Dice Ángeles que os debo unas palabras. Tiene razón. Parece que fue ayer y ya van dos meses que os tengo abandonados. Pero tampoco hay mucho que explicar. Sólo que necesito un tiempo... No sé cuánto. Un tiempo. Para cargar las pilas, digamos, y volver a la escuela sin tener que empujarse uno mismo, como si fuera una obligación. Para recuperar el deseo de palabrear el cine porque sí, por el placer de ver otra vez, mejor, más tiempo, de prolongar la mirada en la escritura. No sé si aún seguiréis ahí llegado el momento. En cualquier caso sabed que vuestra compañía fue muy grata y estimulante.

Sayat Nova (1969), de Sergei Paradjanov.

Mulholland Drive (2001), de David Lynch.

Tren de sombras (1997), de José Luis Guerín.

Cheloveks kino-apparatom (1929) de Dziga Vertov.

Peeping Tom (1960), de Michael Powell.

L'etoile de mer (1928), de Man Ray.

Alphaville (1965), de Jean-Luc Godard.

Hasta más ver.

16/2/14

El vértigo del tiempo


Porque yo sé que el tiempo es siempre tiempo
Y que el espacio es siempre sólo espacio
Y que es actual lo actual sólo en un tiempo
Y sólo en un espacio
...
(T. S. Eliot, Miércoles de ceniza.)



Continuamos allí donde La jetée se cita con Vértigo en los anillos de una secuoya. En los anillos del tiempo. 


Todos estos momentos se perderán como lágrimas en la lluvia, decía el replicante en Blade Runner justo antes de morir, más un personaje del universo markeriano -memorioso de Vértigo en La jetée- que de Ridley Scott. ¿Cómo no ver en el cine de Marker un proyecto de la memoria, animado por la idea de preservar un momento para un tiempo por venir, aun sabedor de que el Tiempo -ese viento inclemente- se lo llevará todo?  


En un texto memorable sobre la película de Hitchcock -publicado en el número 400 de Positif hace veinte años-, Marker, tirando del hilo hilvanado en Sans soleil, apuntaba que ese vértigo no tiene que ver con el vacío o la caída, es una clara, inexplicable y espectacular metáfora sobre otra clase de vértigo mucho más difícil de representar: el vértigo del tiempo. Scottie (James Stewart) trasfigura la locura del tiempo de Elster (Tom Helmore) -reinventar el tiempo pasado, un tiempo cifrado en el poder y la libertad- en su más utópica forma: Scottie remedia el irreparable daño del tiempo y resucita a la mujer amada.


Vértigo despliega en sus formas aquel clamor de la Epístola a los Corintios -Muerte, ¿dónde está tu victoria?-, es decir, se estructura en torno a una idea central: el amor es verdaderamente la única victoria sobre el tiempo. Una idea que resuena en el corazón de La jetée. Y tanto en el filme de Marker como en el de Hitchcock el delirio de recrear lo perdido lleva dentro el germen de la destrucción. La dicha más grande -una segunda vida con la mujer amada- lleva aparejada la mayor de las tragedias -una segunda muerte-. El bucle fatal. El vértigo del tiempo.


Sans soleil (1982), una obra cardinal de la filmografía de Marker, a la vez clave de lectura y palimpsesto, puede verse también como un ensayo sobre la memoria y el tiempo, y, en particular, sobre Vértigo, esa película-fetiche que el viajero Sandor Krasna -un alter ego de Marker- confiesa en una de sus cartas haber visto 19 veces.


Cobra visos de homenaje póstumo que el 1 de agosto de 2012, un par de días después de la muerte del autor de La jetée, la revista Sight and Sound anunciara en París a bombo y platillo que Vertigo había destronado a Ciudadano Kane como la mejor película de la historia del cine en la célebre votación promovida por la revista británica cada diez años desde 1952, año en que Ladrón de bicicletas ocupó el primer lugar, un puesto del que diez años después se iba a adueñar -y mantener durante medio siglo-  la opera prima de Welles. En la encuesta de 2012, que certificó el significativo cambio en favor de la fascinante obra de Hitchcock, participaron 846 críticos, historiadores, programadores o distribuidores y 358 cineastas en activo de todo el mundo.


Por si os pica la curiosidad aquí va el último top ten de Sight and Sound (debo tener el día camp o así): Vértigo (191 votos), Ciudadano Kane (157), Cuentos de Tokio de Yasujiro Ozu (107), La regla del juego de Jean Renoir (100), Amanecer de F. W. Murnau (93), 2001: Una Odisea del espacio de Stanley Kubrick (90), Centauros del desierto de John Ford (78), El hombre de la cámara de Dizga Vertov (68), La Pasión de Juana de Arco de Carl T. Dreyer (65) y 8 y medio de Federico Fellini (64).


Las leyendas nacen de la necesidad de descifrar lo indescifrable. Las memorias tienen que conformarse con su delirio, con su deriva. Un instante detenido se quemaría igual que una película delante del proyector. La locura protege, igual que la fiebre. (...) Pienso en un mundo donde cada memoria cree su propia leyenda...  Escuchamos en la voz de la mujer que lee las cartas que le envía el viajero Sandor Krasna en Sans soleil. (La memoria, esa Sherezade insomne, que sólo puede vivir en el aquel de contar. Insomne como Scottie en su aquel de inventar una doble de Madeleine, cautivo de la memoria de la mujer amada, como el viajero en el tiempo de La jetée, que vuelve al pasado porque sabe que en el presente ella está muerta.)


Y le escribe sobre Vértigo, la única película que habla de la memoria imposible, de la memoria loca. Y le cuenta que en San Francisco peregrinó a todos los sitios del rodaje, donde Scottie seguía a Madeleine.


Algunos lugares habían cambiado o desaparecido. En cambio, el corte de la secuoya aún estaba en el parque. Allí Madeleine señaló la corta distancia entre dos de las líneas concéntricas que miden la edad del árbol y dijo “Aquí nací y aquí morí”. 


Se acordó de otra película donde se citaba este mismo pasaje. La secuoya era la del Jardín des Plantes, en París, y la mano apuntaba a un punto fuera del árbol, en el exterior del Tiempo.


Como en un sueño -escuchamos en La jetée, justo a mitad de metraje-, él le muestra un punto más allá del árbol. Se escucha decir: "Ahí es de dónde yo vengo". 


Justo lo que anhela saber el replicante de Blade Runner. La memoria.


Las lágrimas y la lluvia.


El vértigo del tiempo.


Señora del silencio
Calmada y afligida
Desgarrada e intacta
Rosa de la memoria
Rosa de los olvidos
...
(T. S. Eliot, Miércoles de ceniza.)