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19/7/20

A vueltas con un cineasta callado


Hace siete años sólo había visto siete películas de Naruse. Todo empezó hace once con Yama no oto (1954) y Ukigumo (1955), que siguen figurando entre mis preferidas. A estas alturas vi más de treinta (más de diez, varias veces). Más o menos la mitad de su filmografía visible (de las 89 películas que rodó).

En el rodaje de Ukigumo: en primer término, 
Masayuki Mori e Hideko Takamine; en segundo término, 
de pie tras la cámara, Mikio Naruse.

El Festival de San Sebastián le dedicó una retrospectiva con cuarenta películas en 1998 y editó conjuntamente con Filmoteca Española un libro espléndido a cargo de Shigehiko Hasumi y Sadao Yamane. (Creo que fue la única vez que sentí de verdad no poder ir al Festival de San Sebastián: aún no había visto ninguna película suya.)


También disfruté mucho con el libro de Jean Narboni, Mikio Naruse. Les temps incertaines; si os interesa el cine de Naruse y podéis leer en francés, os lo recomiendo. (La verdad, puedo imaginarme que no leáis en francés, pero ni por asomo que no os interese el cine de Naruse; es que si me lo imagino ya no sigo escribiendo.)


El cinéfilo, crítico y cineasta Dan Sallitt creo que vio sesenta y tantas, y compartió en una página sus notas durante años sobre las películas para un libro sobre Naruse. Lo considera uno de los diez más grandes cineastas, así que sólo le dedica la atención que le prestaría a John Ford si se lo hubiera topado tan tarde en su vida. (Tenéis cuatro películas de Sallitt en Filmin, valen la pena.)

Mikio Naruse entre Setsuko Hara y Sô Yamamura 
durante el rodaje de Yama no oto.

Tal cual, no podría decirlo mejor. Cuando vi Yama no oto y Ukigumo supe que pasaría años en compañía de Naruse. Después de ver Magokoro (1939), Okaasan (1952), Meshi (1951), Onna ga kaidan wo agaru toki (1960) o Mideragumo (1967) tuve la certeza de que sería uno de mis cineastas tutelares. Y eso que aún no había visto ninguna de sus joyitas silentes, como Kimi no wakarete o Yogoto no yume, de 1933. No digamos después de ver (por sólo citar diez) Inazuma (1952), Ani imôto (1953), Bangiku (1954), Shû u, Tsuma no kokoro, Nagareru (estas tres de 1956), Iwashigumo (1958), Musume tsuma haha (1960), Onna no za (1962) o Midareru (1964). Aún espero ponerle los ojos encima a las que me faltan por ver. Todas las que pueda.

Mikio Naruse con Yôko Tsukasa y Yûzô Kayama 
en el rodaje de Midaregumo, su última película.

Kurosawa recuerda en su autobiografía que había sido ayudante de Naruse en Nadare (1937):
El método de Naruse consistía en construir una toma muy corta sobre otra, pero cuando las veía empalmadas, daba la impresión de que fuese una larga toma única. El movimiento es tan magnífico que los empalmes se vuelven invisibles. Ese movimiento de las tomas cortas que se ve colmado a primera vista, aparece luego como un profundo río con la superficie en calma que esconde una corriente fuerte y veloz bajo ella. La seguridad de su mano no tenía comparación.
Durante la toma, Naruse también se mostraba muy seguro. No había el más mínimo desperdicio en nada de lo que hacía, e incluso el tiempo para las comidas estaba debidamente distribuido. Mi única queja es que él lo hacía todo solo y los ayudantes de dirección nos quedábamos sentados de una forma improductiva.
Un día en el plató yo no tenía nada que hacer, como de costumbre. Así que me metí detrás de un panel que tenía unas nubes pintadas y encontré una enorme cortina de terciopelo que se utilizaba para los fondos de las escenas nocturnas. Estaba convenientemente enrollada así que me tumbé y enseguida me dormí. Lo siguiente que supe fue que un técnico ayudante de iluminación estaba tratando de despertarme. ¡Corre!, dijo. Naruse está furioso. Lleno de pánico escapé por un agujero de ventilación en la parte trasera del plató. Mientras gateaba, oí gritar al ayudante, ¡Está detrás de las nubes!. Cuando volvía con disimulo por la entrada principal del plató, me encontré a Naruse saliendo. ¿Qué ocurre?, le pregunté, y él replicó, Alguien estaba roncando en el plató. Me han estropeado la jornada así que me voy a casa. Para vergüenza mía, fui incapaz de admitir que el culpable era yo. De hecho no me atreví a decirle la verdad a Naruse hasta que pasaron diez años. Lo encontró muy divertido.
Fotograma de Nadare.

Hay que ver: supimos de Naruse hace casi cuarenta años por la autobiografía de Kurosawa (uno de nuestros libros de cabecera por entonces) y tardamos casi treinta en ponerle los ojos encima a una película suya. Creo que en los últimos cuatro años no dediqué tanta atención a ningún otro cineasta como a Naruse.

Fotogramas de Inazuma.

Nació en 1905 en Tokio. Se crio en un vecindario pobre. Su padre se ganaba la vida como bordador. A Mikio Naruse le gustaba leer, le interesaba la literatura y frecuentaba las bibliotecas. Como su familia no tenía posibles, el futuro cineasta asiste a una escuela de formación profesional para hacerse mecánico. Su padre muere en 1920 y Mikio Naruse entra a trabajar a los 15 años como utillero en el departamento de atrezo de los estudios Shochiku. No le interesaba dedicarse al cine, sólo necesitaba ganarse la vida. Traba amistad con Heinosuke Gosho, tres años mayor que él y uno de los directores jóvenes mejor considerados en los estudios, que le propone unirse a su equipo como ayudante de dirección.

Fotograma de Yogoto no yume.

También se hace amigo de Ozu, que entró a trabajar en la misma compañía en 1923 como ayudante de cámara y cuatro años después ya le encargaron dirigir una película; Naruse, en cambio, habrá de esperar diez años, escribiendo y proponiendo guiones que le rechazaban, para estrenarse como director, muy probablemente gracias a la recomendación de Heinosuke Gosho. De ahí en adelante, siempre escrupuloso en cumplir estrictamente el presupuesto y el plan de rodaje, será el director peor pagado de la compañía. A mediados de los 30 dejó la Shochiku y se fue a la P.C.L.

Fotograma de Kagirinaki hodô (1934).

Ya lo dijimos: el dinero es uno de los asuntos cardinales del cine de Naruse. El precio de las cosas, las deudas, los seguros, las hipotecas, las herencias. La pobreza. El trabajo y la falta de trabajo. El coste de la vida y la falta de dinero. La precariedad acosando a los personajes como un fantasma diabólico. Esos zapatos sucios, agrietados, agujereados...

Fotogramas de Koshiben ganbare (1931)
Ginza keshô (1951) y Meshi.

El dinero causa conflictos en el seno familiar, enfrenta a hermanos con hermanos y padres con hijos, y erosiona los matrimonios. El dinero pudre las familias. No hay un cineasta tan atento a las condiciones materiales de la existencia. Y en ese sentido no hay cineasta más materialista. Casi película tras película. Desde las primeras a las últimas.

Fotogramas de Yogoto no yume, Bangiku y Hôrô-ki (1962).

En Musume tsuma haha casi no hay escena donde el dinero no salga a relucir; en cosas menudas como el precio de una tarta o de las entradas para el cine y en asuntos más graves donde la película deviene una radiografía demoledora de las relaciones familiares.


Cuentan que Naruse solía comer siempre en sitios baratos, de clase obrera. Charlaba con las camareras que lo atendían. Quizá sólo con ellas compartía sus pensamientos. Igual sólo se sentía en casa entre pobres. Pasó gran parte de su vida viviendo solo. Hay unanimidad entre quienes lo conocieron: Naruse era de esos directores despojado de cualquier rastro de vanidad y sincero a carta cabal.

Naruse con Hideko Takamine en  el rodaje de una escena 

Un día Hideko Takamine le consultó sobre la interpretación de un personaje. Naruse le dijo: Terminará antes de que te dés cuenta. En realidad dejaba a la actriz sola, abandonada a su suerte, a sus propias fuerzas, a su determinación, o sea, tal como los personajes que interpretaba. No daba instrucciones ni imitaba cómo había de actuar en la escena, a lo Lubitsch, digamos.

Fotogramas de Hideko no shashô-san (1941), 
Tsuma no kokoroNagareruOnna ga kaidan wo agaru toki  
y Midarerucon Hideko Takamine.

Confiaba en ella (rodaron juntos dieciocho películas) y, al negarle directrices, la obligaba a cobrar conciencia aguda de su propia soledad, de su desamparo, una noción tan importante en la concepción narusiana de la vida: una forma silenciosa de ponerla en las pantuflas del personaje.


La dirección de un cineasta callado.

12/2/17

El gato de Michiyo


En cinco años, Mikio Naruse rodó cinco películas basadas en novelas o relatos de la escritora Fumiko Hayashi: Meshi (1951), Inazuma (1952), Tsuma (1955), Bangiku (1955) y la sublime Ukigumo (1955). Y aún una más unos años después, Hôrô-ki (1962).

Naruse a pie de obra.

La escritora y el cineasta fueron contemporáneos (ella era dos años mayor) y vivían en el mismo país, pero jamás se encontraron ni se reunieron; quizá ni siquiera llegaron a verse nunca. Suena raro, por absorbente que sea la dedicación a sus oficios y el gusto por la soledad y la timidez casi enfermiza que gastaba el cineasta. Más aun si tenemos en cuenta que Naruse conocía la obra de Hayashi desde 1934, y no sólo eso. Veréis. A esas alturas el cineasta ocupaba el puesto más bajo en el escalofón de directores de la Shochiku, así que tenía que conformarse con rodar lo que fuera, incluso lo que otros colegas habían rechazado. Entonces el supervisor de guiones Kogo Noda (con el tiempo, el guionista habitual de Ozu) se apiada de Naruse y le da a leer Darakushuru onna, una novela corta de Fumiko Hayashi que cuenta la historia de la camarera de un bar que vive sola con su hijo. Le gusta la novela y empieza a escribir el guión. En cuanto lo termina pide que se lo dejen rodar, pero el ejecutivo de la Shochiku que debía dar el visto bueno, quizá porque era renuente a las adaptaciones y también porque sabía de las intenciones del director de buscarse la vida en otra productora, rechaza el guión. El director deja la productora al poco tiempo y renuncia al proyecto.

Fotograma de Meshi.

Pasarán diecisiete años hasta que Naruse -para entonces en la Toho- consiga rodar su primera película a partir de una obra de Fumiko Hayashi, Meshi, justo una novela que dejó inacabada; la escritora muere a los 48 años, en 1951; la película se estrena ese mismo año. Cabría imaginar que el cineasta estaba impaciente, al fin podría consumar el deseo refrenado tanto tiempo. Nada de eso. Meshi debía dirigirla Yasuki Chiba, pero se puso enfermo y Naruse le sustituyó cuando el guión estaba escrito en gran parte y ya se había elegido a los actores de la pareja protagonista: Setsuko Hara y Ken Uehara.


O sea, Naruse la dirigió de chiripa. Retoma el guión y lo trabaja -y da forma- con el guionista Toshirô Ide y la guionista Sumie Tanaka, bajo la supervisión de Yasunari Kawabata. Con la novela inacabada, el final de la película fue obra de Naruse y sus guionistas. El jueves 4 de febrero de 1955 anota Ozu en su diario:
Me he puesto a leer El almuerzo, de Fumiko Hayashi, tal vez podría resultar útil para el guión [trabaja con Kogo Noda en Soshun (El comienzo de la primavera, 1956)].
Aunque por lo que anota al día siguiente no leía la novela:
Terminada la lectura del guión de El almuerzo. Hay cosas interesantes en las que inspirarse.

Aquella película, que se (o lo) encontró de chiripa, resultó crucial para Naruse, como cuenta el propio cineasta en Las obras de Fumiko Hayashi y yo, un texto publicado en 1956,
...la buena reputación de Meshi me ayudó a salir de la mala racha en la que me encontraba metido. ¿Por qué me empeñé después con tenacidad en seguir adaptando obras de Hayashi? Porque pensaba que mi camino como director me acercaba a la literatura de Hayashi y en cualquier caso creía que aprendería mucho si seguía trabajando con obras suyas.

Lo que no explica Naruse en ese texto son las razones de esa brecha de diecisiete años desde que Kogo Noda le descubre a la escritora y el encargo de Meshi (donde podría sospecharse la mano del destino obrando con afortunada fatalidad). Él mismo se pregunta porqué durante tantos años sintiéndose muy cercano al mundo de Fumiko Hayashi...
...nunca tuve antes la oportunidad de adaptar ninguno de sus libros.
Pero, al parecer, él tampoco volvió a intentarlo en esos diecisiete años, así que esa brecha debe verse como un perderse de vista. Y antes de seguir con Meshi -una de las cumbres narusianas, queda dicho- ya es hora de contar algo de Fumiko Hayashi (1903-1951), una figura original de la literatura japonesa desde muchos ángulos.


Durante su infancia y adolescencia no paró de recorrer el sur de Japón en compañía de su madre y su padrastro, vendedores ambulantes, viviendo en las barrios más pobres y aun, a veces, en los bajos fondos. A los 19 años se instala sola en Tokio, sobrevive a base de trabajos precarios y efímeros en diversos oficios, y vive múltiples episodios amorosos, mientras empieza a escribir, como había deseado desde niña.


Su primera novela, Hôrô-ki (hay traducción española, Diario de una vagabunda, editada por Satori), muy autobiográfica, resulta un cañonazo desde su publicación en 1930 y le permite consagrarse por entero a la escritura. (También tiene su aquel que Naruse ruede su primera película-Hayashi a partir de la última novela -inacabada- y la última a partir de la primera, y eso que Sotoji Kimura ya había llevado a la pantalla Hôrô-ki en 1935 -una película espléndida, en palabras de Naruse-, sólo un año después del primer intento frustrado de nuestro cineasta por filmar un libro de Hayashi.)

Fotograma de  Hôrô-ki con Hideko Takamine 
en el papel de Fumiko Hayashi.

En 1933 la escritora fue detenida por roja; prácticamente todos sus amigos y amantes eran anarquistas o comunistas (como la mayoría de los artistas e intelectuales japoneses en los años 20 y 30), pero Fumiko Hayashi fue refractaria a cualquier tipo de compromiso político y tampoco puso pegas a la giras y lecturas organizadas durante la 2ª guerra mundial, hasta en los países ocupados por Japón. La literatura fue su única causa. Solicitada sin tregua por editoriales y periódicos, y sin darse un respiro ella misma, obligándose a escribir sin descanso, muere agotada por el trabajo, antes de terminar Meshi. Cuando le pedían un autógrafo, escribía:
La corta vida de una flor / sólo se colmó de sufrimientos.
Fotograma de Ukigumo.

Las mismas palabras que leemos en la pantalla al final de Ukigumo (dicen que también una cumbre de la obra de la escritora). Creo que fue Miguel Marías quien trató a Naruse y Hayashi de almas gemelas. Y Jean Narboni quien vio en la relación entre el cineasta y la escritora una novela en sí misma, con ese movimiento imprevisto y desconcertante de las historias de Naruse, preñadas de contratiempos, largas ausencias, desencuentros, azares, circunstancias aciagas, proyectos sin futuro o extrañas perseverancias. Al parecer, Naruse, durante el rodaje de Tsuma, confesó su arrepentimiento por no haberse reunido alguna vez con Fumiko Hayashi y el equipo se planteó entonces visitar la tumba de la escritora (lo que sí sabemos: el cineasta siguió visitando su obra).


Meshi, decíamos. El almuerzo, o sea, los almuerzos, la hora de comer.


Un matrimonio con esperanzas y sueños ya caducados: Michiyo (la gran Setsuko Hara) y Hatsunosuke (Ken Uehara). La vida cotidiana. La rutina doméstica.


Pero también rutina en el trabajo de oficina del marido y la humillación que lleva aparejada. Las estrecheces. Andar mirando la peseta (el yen en este caso).


El dinero, o mejor, la falta de dinero es uno de los asuntos que pespuntan el cine de Naruse (como Hayashi, también conoció la pobreza desde niño).


Una crónica de vidas comunes. De vidas en común. Donde el paso y el peso del tiempo devienen un hilo cardinal y exigen una atención sostenida que fácilmente cobran visos de fascinación. Una mínima distracción y nos perdemos alguno de esas mutaciones microscópicas que perturban el clima de la película, una mudanza en los sentimientos, una alteración en la decisión de un personaje, una elipsis delicada y decisiva. Lo dice muy bien Jean Narboni. Meshi no se ve, se revé (aun la primera vez -pero también cada vez- que la vemos), y ahí -en esa paradoja- quizá radica el rasgo más profundo de su modernidad:
la invención siempre sorprendente de un deja vu.

Quizá haya que imputar a una desatención con la película algunas valoraciones críticas, por ejemplo la de quienes veían (ven) en el desenlace un final edulcorado, una traición, en fin, de Naruse y sus guionistas a Fumiko Hayashi. En realidad, más allá de lo que dice Michiyo (quizá la felicidad se encuentre en una vida en común, buscando ser feliz en la rutina de los trabajos y los días), lo que cuenta es lo que dice -muestra- la película, cosa bien distinta, y Meshi acaba con una rendición sin condiciones, es decir, no cabe final más amargo: ella se conforma con la infelicidad, poniéndose una venda sobre los ojos para no ver que el problema sigue ahí, como la carcoma.


La rutina doméstica -como alienación y desdicha- la movió durante un tiempo a dejar su hogar y refugiarse en el de su infancia, pero ese impulso -salta a la vista- tiene más que ver con una fuga (de lo que Michiyo experimenta como una obligación) que con una toma de distancia para reflexionar y cambiar su vida. El final resulta tan sombrío como permite una mirada atenta. Si Michiyo no ha hecho nada  para corregir la situación (ahora), seguramente tampoco (antes) puso todo de su parte para que la situación fuera de otra manera.


¿De qué hablas cuando estáis en casa solos?, le pregunta una amiga a Michiyo: Tengo un gato.

4/8/09

Una cámara que escribe

Samuel Fuller

Un western de Samuel Fuller no se parece a ninguna película del oeste. Un película de guerra de Fuller no se parece a ninguna película bélica, más aún cualquier película de guerra parece falsa ante una de Fuller. Un film noir de Fuller hace que cualquier película de cine negro palidezca. Estoy exagerando, es cierto, pero muy poco, casi nada. Sam Fuller no se parece a nadie. Bueno sí, Sam Fuller sólo se parece a Sam Fuller.

El de Fuller es un cine que busca por todos los medios (y los medios cambian de filme en filme, aunque puedan advertirse motivos, correspondencias y rimas que pudieran dibujar algo así como un estilo, o quizá más bien un arte), y bajo cualquier condición, conservar el fuego del impulso inicial que alumbró el germen de la película. Por eso, debemos creerle cuando declara que el trabajo de un director consiste en asegurarse de que la película acabada conserva lo que cautivó su interés al principio, aquello que lo conmovió, que le robó el corazón de cineasta. Fuller sólo le es fiel a ese sentimiento original, ése es su motor, el manantial de su inspiración, el detonante del instinto visual, su único y verdadero guión. Lo demás son historias.


Samuel Fuller

Por más que reivindique el gancho (¡h-i-s-t-o-r-i-a!, enfatizará con un cigarro Montecristo del nº1 que no abandona jamás -aunque en los últimos años lo mantenga apagado las más de las veces- ante cualquiera que quisiera escucharle) y la escritura del guión y profese admiración a guionistas como Hecht, Mankiewicz o Wilder, la construcción dramática no era el fuerte de Fuller, por más que Wim Wenders, rendido admirador, proclame ante Felipe Vega y Fernando Trueba -lo entrevistaron mientras rodaba El estado de las cosas (1982), en la que Fuller interpretaba el papel de un director de fotografía- que "es un genio del guión, un genio del arte dramático".

Samuel Fuller, a la izda., en un fotograma
de
El estado de las cosas de Wim Wenders

Claro que le encantaba contar historias con fuerza y trazar argumentos de impacto, pero no era un tipo con la paciencia necesaria para escribir una y otra versión o para echar meses encerrado en una habitación escribiendo uno de esos guiones que son auténticas piezas de orfebrería dramatúrgica. Fuller era demasiado incandescente como para eso. Demasiado rápido. Era un torrente de ideas tal (él sí, como quizá no haya habido otro) que no tenía tiempo para darles una forma acabada (que tantas veces es la forma de darles muerte, o sea, de asesinar aquel impulso primero que lo empujaba).

Quizá por eso fue uno de los grandes narradores orales de la historia del cine, un verdadero aedo, un auténtico bardo. Era de esa escuela de narradores natos que preferían contar antes que escribir la historia. Como debe ser. Por eso nadie resulta más envidiable que aquéllos que tuvieron la suerte de entrevistarlo, porque nunca encontraron un cineasta más asequible, con unas ganas inmensas de contar lo habido y por haber, lo que vivió, lo que rodó y lo que ya nunca podría rodar. Basta contemplar la entrevista que le hizo Richard Schickel, rodada a principios de los 90 con motivo de la restauración de Uno Rojo, división de choque (1980) o leer la que le hicieron a lo largo de tres meses Jean Narboni y Noël Simsolo, y que volcaron en Il etait une fois... Samuel Fuller, un libro de más de trescientas páginas prologado por Martin Scorsese y editado por Cahiers du cinéma en 1986. ¿Hace falta añadir que no se ha traducido aquí? Y por aquí me refiero a cualquiera de las lenguas peninsulares, aunque en el (estupendo) libro que le dedicó a Samuel Fuller la Cinemateca Portuguesa puede encontrarse un extracto de esa monumental entrevista. Y mira que se editan libros superfluos sobre cine, incluso divertidos como esa serie "monumental" titulada "¡Este rodaje es la guerra!", pero superfluos. ¿Y alguien se pregunta aún por qué los cinéfilos somos francófilos?



En realidad, Fuller escribe como filma, pero el instinto da los mejores frutos -frutos incomparables- con una idea en la cabeza y una cámara en la mano, o sea, cuando rueda y no cuando escribe. En ese sentido, es el cineasta menos literario que haya existido (como Rossellini, Rouch, Cassavetes, Godard y Kaurismäki). Digamos que escribe el guión para anotar y acotar la historia (siempre temas de primera plana, como le gustaba subrayar), para calentar motores, para que el impulso alcance la temperatura de fusión, la incandescencia necesaria para afilar la mirada antes de ajustar 'el ojo para el cine' a la 'cámara fácil':

La cámara debe ayudar a que nazca la música. Mejor aún, la cámara debe ser la música (...) La melodía eres tú, es la cámara. Eso es el arte, cuando la cámara capta no lo que está allí -eso lo puede hacer un niño de diez años-, sino lo que no está, le contó Fuller a Bernardo Betolucci en 1989. La cámara como instrumento musical que interpreta una melodía que eres tú, o sea, Fuller, que no está allí -en las imágenes- pero sí, claro que sí, en la mirada que las alumbra.

Por eso, en las historias de patacón que rodó Fuller, sin ir más lejos ese delirio maravilloso y fascinante titulado Forty Guns (1957), que en manos de otro director se convertiría en una película de serie Z, y en sus peores filmes es posible encontrar momentos memorables que justifican de sobra su existencia.


Aunque Yuma (Run of the Arrow, 1957) no fuera la buena película que es, valdría la pena pagar la entrada por ese arranque que Luc Moullet ha descrito estupendamente en un artículo fundamental sobre el cine de Fuller publicado en Cahiers du cinéma en marzo de 1959:

"La camara se desliza a la derecha, más abajo de un campo de maíz de admirables tonalidades amarillo oscuro, cubierto de cadáveres con uniformes sucios y sombríos, acurrucados en las posturas más curiosas, luego vuelve a subir para encuadrar a Mecker, dormido sobre su montura, en lamentable estado. Sobre un fondo de humo negro muy denso, se destaca Steiger, igualmente mugriento, pero vestido de campesino. Dispara sobre Mecker, va a registrar a su víctima, descubre algo de comida en sus bolsillos, se instala sobre el cuerpo para comer un bocado; al darse cuenta de que también hay pan, lo toma; enciende un cigarro. Mecker comienza a gemir con estertores de muerte, por lo que, incomodado, Steiger se aleja un poco. Primer plano de Steiger que mastica y fuma. Entonces, en enormes letras rojas, sobre su frente aparece el título de la película [Run of the Arrow]".



Cine de fulguraciones, sus películas se nutren de imágenes de gran fuerza sensitiva que devienen una muestra inapelable del poder de una cámara: como esa mujer de la Resistencia, encarnada por la chabroliana Stéphane Audran, que se finge loca y se traslada bailando de una estancia a otra del manicomio mientras va degollando soldados nazis con una navaja barbera en Uno Rojo, división de choque. Resulta inevitable entonces echar mano de la metáfora que uno tiene en la recámara y dispararla sin rodeos: Samuel Fuller escribe con la cámara.

En un tipo visceral, excesivo y torrencial como él las coordenadas biográficas representan una reveladora cartografía de las emociones que plasma en sus películas. Samuel Fuller nació en Worcester, a 80 kms de Boston, el 12 de agosto de 1912 y en su pueblo se convirtió en le chico de los periódicos. Pero el veneno del periodismo se lo inoculó en Nueva York cuando tenía once años. Su padre había muerto y la madre se trasladó allí con sus hijos. Sam Fuller nunca dejó de agradecerle a su madre este cambio de domicilio.



Encontró trabajo en Park Row, la cuna del periodismo a la que dedicaría una película del mismo título, una vez más como chico de los periódicos. Un año y medio después empezó a trabajar como copy boy -llevaba los artículos desde la mesa del redactor hasta la mesa de copias (Copy! Boy!)- en el The New York Journal, propiedad de Hearst. Un mundo cuyos orígenes plasmará en Park Row (1952), una película en la que invirtió 200.000 dólares, fue un fracaso y los perdió. A los diecisiete años trabajaba en el New York Evening Graphic, ya escribía crónicas de sucesos, una actividad que alternaría con la de caricaturista político. En el Graphic trabajarían también John Huston como cronista, Jerry Wald en la sección de radio y Norman Krasna como crítico teatral. Durante la Depresión, Fuller recorrió el país de punta a punta trabajando en distintos periódicos como cronista de sucesos y caricaturista, y reportero de muelles en el San Diego Sun, pongamos por caso.

Samuel Fuller en sus tiempos de reportero

Se movía como pez en el agua en los bajos fondos -sabía lo que mostraba en Underworld USA (1960) y en el trailer de la película aparecía el propio Fuller explicando el minucioso proceso de documentación que había tras la película-, presenció ejecuciones, descubrió cadáveres, escribió sobre crímenes domésticos y linchamientos racistas -el racismo está presente en toda su filmografía.

En el cine de Fuller salta a la vista el gesto de cronista que abre sus películas con el equivalente a un titular de impacto: una escena como un puñetazo que además cifra las claves que van a desarrollarse en el film, o sea, una apertura inolvidable. Una de esas escenas típicamente fullerianas la encontramos al comienzo de Una luz en el hampa (The naked kiss, 1964), un prólogo incomparable:

Kelly, una prostituta encarnada por la fordiana Constance Towers (Misión de audaces y El sargento negro), le administra una paliza al chulo que la ha querido engañar, así, a palo seco, sin "abre de negro" ni nada; por si fuera poco, la escena monta, mediante perfectos raccords de movimiento, planos subjetivos en los que la cámara -en mano- adopta sucesivamente el punto de vista del tipo que recibe los golpes furiosos de Kelly y el punto de vista de ella machacando al chulo; golpe-impacto-golpe-impacto; o sea, somos nosotros, espectadores desavisados, quienes ora golpeamos ora recibimos una somanta nada más empezar la película, para abrir boca; es tal la violencia que el chulo manotea para defenderse y a Kelly se le cae la peluca... y descubrimos que tiene la cabeza rapada, por si fuera poco; cuando la mujer considera que el chulo recibió lo suyo, recupera el dinero -que el tipo le quería sisar-, vuelve a ponerse la peluca y sobre su rostro en primer plano empiezan a pasar los créditos. Y cuando terminan, descubrimos que es el 4 de julio, el día de la independencia... de Kelly. Toda una apertura Fuller. Puro estilo pulp.

Constance Towers en un fotograma
de la apertura de
The Naked Kiss

La literatura pulp fue el siguiente paso en la carrera de Fuller y no tardó en convertirse en un ghost writer de Hollywood entre 1937 y 1942, pero también en argumentista y guionista acreditado en películas de serie B, por ejemplo en Gangs of New York (1938) de James Cruze para la Republic. Cuando fue movilizado en 1942 había dejado escrita una novela, The Dark Page, que su madre vendió a una editorial sin que Fuller lo supiera y, cuando se editó, Howard Hawks compró los derechos para una adaptación cinematográfica. El proyecto no salió adelante pero Fuller firmó un contrato de 15.000 dólares por los derechos del libro, bueno, en realidad quien firmó el contrato fue un oficial de la Big Red One en la que estaba destinado, porque un simple soldado como Fuller no podía firmar ningún contrato lucrativo.

Con la Big Red One ( la de Uno Rojo, división de choque) estuvo en los desembarcos de África del Norte, Silicia y Normandía. Fuller estuvo en aquel moridero en que se convirtió Omaha Beach y la escena que le dedica en Uno Rojo vale por todas las películas que se hayan hecho sobre el día D -incluida Salvar al soldado Ryan-, él podría decir, parafraseando a Coppola -y aun con más razón (y razones)-, esa escena no es sobre Omaha Beach, esa escena es Omaha Beach. Su madre le mandó al frente una cámara de 16 mm y con ella filmó la entrada en el campo de concentración de Falkenau el 9 de mayo de 1945, un documento excepcional para la memoria del Holocausto.

Lee Marvin en un fotograma de Big Red One

Fuller destiló la experiencia de la guerra en toda su filmografía, no sólo en las películas bélicas, sino en la representación extrema de la vida, allí donde la acción se anuda con la violencia irremediable. Pero si a sus filmes de guerra nos referimos, sin entrar aún en Uno Rojo, bastará anotar aquí el comentario revelador que Invasión en Birmania (1962) -aun con la coda marcial y patriótica impuesta por el productor- le inspiró al general Patton: "Es formidable, pero no le dará a nadie ganas de alistarse en el ejército".

Durante décadas, los críticos le han dedicado con profusión -y efusión- tres adjetivos: fascista, racista y belicista. Sobre el aquel fascista valga lo que comentamos a propósito de Manos peligrosas a principios de julio; sobre el aquel de racista, bastaría con ver su película Perro blanco (1981); sobre el aquel de belicista, valga el lúcido comentario de Patton, pero por si no bastara hablaremos de Uno Rojo. A su tiempo.


Sam Fuller volvió de la guerra decidido a hacer cine, su cine, y buscó refugio allí donde podía disponer de suficientes márgenes de libertad, la serie B. En 1949 rueda su primera película, Balas vengadoras escribió el guión por 5.000 dólares y la dirigió gratis-, un western inclasificable, que acaba con Robert Ford -encarnado por John Ireland-, el asesino de Jesse James, agonizando en brazos de su amada, y antes de morir quiere decirle algo al oído, y le susurra: "Me duele haber matado a Jesse. Le amaba". ¡En 1949, en Hollywood!

Un encadenado con Barbara Stanwyck
en
Forty Guns

En 1957 rueda en ¡diez días! Forty Guns, su undécima película, quiza una de las tres más deslumbrantes de su filmografía, con Manos peligrosas y Un lugar en el hampa. Si hubiera que definirla en una palabra, diríamos "arrebato", si nos dejaran dos diríamos "mirada arrebatada". Forty Guns es quizá una de las películas que transmite, como ninguna de las de Fuller y como muy pocas en la historia, el sentimiento de estar haciendo cine por primera vez en el mundo. En palabras de Serge Daney, como si nadie hubiera filmado antes que él.


Samuel Fuller

(¿Hace falta decirlo? Continuará.)