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4/11/12

Ven y mira (una vez más)


Fotografía de Russell Lee

Los carteles de cine aparecen con frecuencia en la fotografía americana de los años de la depresión, los años negros de los treinta y principios de los cuarenta del siglo pasado, cuando los grandes fotógrafos se echaron a las carreteras de EEUU para documentar la miseria, el hambre, el desempleo; para registrar con sus cámaras a los pobres, a los parados, a los desposeídos. A los de abajo.

Fotografía de Dorothea Lange

Fotografía de Russell Lee

Fotografía de Walker Evans

La belleza de las fotografías cobijó el desamparo, claro que no remedió la intemperie ni les llevó el pan a la boca. Pero el cine representaba el único lujo que algunos podían permitirse y las películas el último refugio. Y pan que llevarse a los ojos. Y acallar el ruido de las tripas. En esas fotografías, los carteles de cine cobran visos espectrales. Como sombras de sueños. Y fantasmas de promesas. De consuelo.



Fotografías de John Vachon 


Fotografías de Russell Lee

Fotografía de Marion Post







Fotografías de Walker Evans

Quizá nunca como en estos carteles el cine deviene la ofrenda de un bálsamo para quienes se veían borrados de la historia. Para quienes quizá preferían no verse en la película de John Ford (con la novela de Steinbeck) que los transfiguraba en héroes por un par de horas. 


La única película que no podía consolarlos. O quizá sólo con el tiempo. Sólo con la memoria. Como una plegaria por los vivos y los muertos.


17/10/12

Visite nuestro bar


Me acuerdo de las galletas de coco. Cada domingo que me entregaba a una sesión continua en el Teatro Principal iba preparado con un cartucho (aquella bolsa de papel de estraza) de dos pesetas de galletas de coco que compraba por la mañana en la tienda de América. Las llamábamos así, aunque la verdad, el coco... Ocho galletas de coco que racionaba con sumo cuidado para que me duraran las dos películas (ya había resistido la tentación en el curso de la caminata de dos kilómetros hasta el cine: todo un ejercicio de disciplina).


Ángeles me reprocha que no las comprara en el bar del cine, como ella, así nos hubiéramos conocido mucho antes. Nos conocimos cuando ella tenía catorce años y yo dieciséis, así que tampoco sería mucho antes. Pero Ángeles insiste: "En una fiesta de agosto, no en el cine. ¿No leías el cartelito de Visite nuestro bar? Haberle hecho caso y me hubieras visto. Ya ves qué fácil".

Cine en Steele, Missouri, 1938. 
(Fotografía de John Vachon.)

Me acuerdo del cartel de Visite nuestro bar en el descanso de las películas.