Mostrando entradas con la etiqueta Jim Thompson. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Jim Thompson. Mostrar todas las entradas

20/7/14

El almuerzo en la hierba


La verdadera vida, 
la vida al fin descubierta y dilucidada, 
la única vida, por lo tanto, realmente vivida 
es la literatura.
(Proust, El tiempo recobrado.)

Veo a Ángeles con El tiempo recobrado en las manos, apurando las páginas, y se acaba el viaje del Tiempo perdido. Un día, dos como mucho, y punto final. Desde mediados de marzo vive en la constelación de Proust. Hace un rato me leyó el pasaje que se abrocha con los verdaderos paraísos son los paraísos que hemos perdido.


Cuando terminó de leer A la sombra de las muchachas en flor, probó a darse una tregua -tan intensa resultaba la experiencia- con una novela negra (no recuerdo ya si con El exterminio de Jim Thompson o Yibuti, la última de Elmore Leonard). Imposible. No hubo forma; apenas leyó unas páginas y volvió a Proust. Atrapada en el Tiempo perdido.


Y así hasta hoy. Y así será -seguro- hasta la última línea de El tiempo recobrado. Vamos a recordar estos meses del Tiempo perdido. A mí me duró años: salía de cada libro como de una fiebre, necesitado de una larga convalecencia, y volvía al siguiente recuperado para la ardentía; y más de una vez, tras una interrupción de un par de semanas o de años, releía el anterior, y aun Por el camino de Swann, como quien recae en un vicio:

Pero cuando nada subsiste ya de un pasado antiguo, cuando han muerto los seres y se han derrumbado las cosas, solos, más frágiles, más vivos, más inmateriales, más persistentes y más fieles que nunca, el olor y el sabor perduran mucho más, y recuerdan, y aguardan, y esperan, sobre las ruinas de todo, y soportan sin doblegarse en su impalpable gotita el edificio enorme del recuerdo.

Echaré de menos sus "escucha esto"  o "esto te va a gustar" o "seguro que te acuerdas de esto" o "lo que más me gusta de Proust es cuando escribe cosas como ésta"... y me leía una línea, un párrafo o una página entera.

...en nuestra memoria encontramos de todo; es una especie de farmacia, de laboratorio químico, donde tan pronto ponemos la mano en una droga calmante como en una droga peligrosa. (La prisionera.)

Ilustración de Wesley Merritt.

Creo que nunca nada (que haya leído) la exaltó tanto como algunos momentos vívidamente vividos donde germinan los más sutiles cardiogramas en la escritura del Tiempo perdido, ese tejido sensible que desprende la cualidad táctil de unas arruguitas en el alma y en la piel de las cosas, y traduce los signos trazados en el palimpsesto de la memoria, en el aquel de alumbrar la fontana primordial de la experiencia, el aprendizaje de la verdad.


Llevo casi medio año sin preocupaciones en mi responsabilidad de librero de Ángeles. Qué va a pasar cuando acabe el Tiempo perdido. Qué le voy a poner en las manos. Cómo facilitar a la cautiva una salida (sin traumas) de la constelación Proust. Ésa es una Transición , y no la otra, que tantas bocas llena (hasta la náusea). Veo a Ángeles con El tiempo recobrado en las manos. y... queda ya tan poco.  ¿Y entonces qué?

Yo digo que la ley cruel del arte es que las personas mueren y también nosotros moriremos, apurando todos los padecimientos, para que crezca la hierba, no la del olvido, sino la de la vida eterna, la hierba prieta de las obras fecundas a las que las generaciones futuras acudirán, jubilosamente, sin preocupación por los que duerman debajo, a celebrar su “almuerzo en la hierba". (El tiempo recobrado.)


¿Qué almuerzo en la hierba le prepara uno ahora? Ganas me dan de dimitir de librero. Pero aun más de volver a Proust.

17/3/11

Algo insignificante


Cine en St. Charles Street, en Nueva Orleáns, 1936. 
Fotografá de Walker Evans

Esta noche, al hilo de la entrada anterior, me acordé de una novela que tiene un cine de pueblo como escenario principal y la rutina de su gestión constituye un ingrediente esencial de la trama: Sólo un asesinato, la novela de Jim Thompson protagonizada por Joe Wilmot, el administrador del cine Barclay de Stoneville, propiedad de Elizabeth, su mujer. Como no podía pegar ojo, fui hasta la estantería correspondiente y, mira por dónde, allí estaba, donde debía estar, un ejemplar ya "fatigado" y compruebo que lo compré en Tui en enero de 1988; la novela la había editado Ediciones B en la colección Libro Amigo en octubre del año anterior. Hay una edición de 2004 en El Aleph.


Se trata de la primera novela negra de Jim Thompson -publicada en 1949-, quizá la novela en la que más trabajó y de la que más contento se sentía. En Sólo un asesinato escuchamos ya la voz de un autor inconfundible, el relato febril en primera persona de Joe Wilmot, un buscavidas que trabajó repartiendo películas por los cines al volante de la camioneta de una compañía distribuidora, se casó con la propietaria de un cine y lo convirtió en un negocio rentable; se empantana en la rutina de la exhibición de películas en el cine Barclay hasta que se complica la vida con Carol y, atrapado en un turbio triángulo, se aboca al callejón sin salida de una estafa retorcida donde brota la brutalidad en un caldo ardiente de pulsión sexual, desesperación y fatalidad.


La primera persona -de los protagonistas- de Jim Thompson toma al lector por confidente durante una noche de copas en la barra de un bar de mala muerte a las tantas de la madrugada, cuando la lengua se suelta y la luz escasa y sucia apenas espanta las sombras de la noche y propicia un crudo espanto, que se va desgranando con una mezcla desarmante de inocencia, humor y ferocidad. Y una visión de la existencia radicalmente pesimista: abre en canal el entramado social y lo que nos muestra es la atmósfera irrespirable de un pozo negro, empezando por la pareja:

Si eres como yo, a lo largo de tu vida probablemente habrás visto a un millar de parejas que te hacen preguntarte por qué y cómo alguna vez se juntaron. Y si eres como yo solía ser, probablemente se lo achacas al alcohol o a las prisas.

Jim Thompson , en sus primeros años de escritor

Tengo Sólo un asesinato entre mis novelas negras preferidas de Jim Thompson -que es como decir entre mis novelas negras favoritas sin más- aunque sé que no alcanza el ferviente delirio y la despiadada comicidad de 1.280 almas, pongamos por caso, pero me gusta mucho que la trama desgrane con detalle el aquel de llevar un cine en un pueblo a finales de los 40: los paquetes de películas, la cartelería, las sesiones y sus horarios, los distintos espacios del local -cabina de proyección, taquilla, marquesina, sala...-, los empleados, los sindicatos, las distribuidoras... Y que cada uno de esos elementos cumpla su función en el engranaje de la novela.

Cine en Junction City, Kansas, 1951-52

Al fin y al cabo, como decía Jim Thomspon, hay treinta y dos maneras de contar una historia pero una única trama: las cosas nunca son lo que parecen. Joe Wilmot no es -sólo- el ciudadano ejemplar que regenta un cine sino un asesino y el cine es -también- dispositivo y escenario criminal.

Cine en Brentwood, California, 1948

Y qué buen empresario es el asesino, cómo sabe lo que se trae entre manos, y qué cautivador escuchar cómo -nos- habla de su cine:  

Nuestra sala, la de cine me refiero, está sólo a cuatro puertas de la calle Mayor. En la esquina, en nuestra acera y con entrada por Mayor, hay un bazar. En la esquina de enfrente, en diagonal, está el Banco Agrícola. Una manzana calle abajo está el City Hotel, y al lado la terminal de autobuses y un garaje.
No me adjudico el mérito de haber escogido el emplazamiento, pero de haberlo hecho no podría haber escogido mejor. Siempre que estés cerca de un banco, un hotel, un garaje, una estación de autobuses y un bazar -sobre todo un bazar-, tu negocio marchará bien.
Uno podría creer que el cine estaría mejor en la calle Mayor, pero no es así. Es muy difícil aparcar en Mayor. 
Me quedé un minuto en el coche después de aparcar, sintiéndome bastante bien y orgulloso, como siempre que miro nuestra sala. No es tan grande como algunos cines de ciudad, pero no hay nada comparable en ninguna población como la nuestra. Y es mi hija. La levanté a partir de cero.

Cine en Claremore, Oklahoma, 1947

Ya traje aquí las novelas de Jim Thompson y de su vida ejemplar pero os ahorraré el viaje hasta allí, así que copio y pego:

Jim Thompson (1906-1977). Portero de hotel piojoso, chófer de un camión de explosivos, vagabundo, bracero, albañil, vendedor a plazos, pastelero, sereno de una constructora, enfermero, obrero en una fábrica de aviones, actor de burlesque, jugador profesional de cartas, proyeccionista de cine, experto en explosivos, constructor de oleoductos, periodista ambulante, editor de una revista, escritor. En 1936 se afilió al PC americano y fue denunciado por un guionista durante la caza de brujas e incluido en la lista negra. En 1955 escribe para Kubrick Atraco perfecto y en 1956 Senderos de gloria. Le encantaban los gatos y escribió algunas de las más negras novelas negras.

Jim Thompson

En resumidas cuentas, cuando Jim Thompson usa dramáticamente en Sólo un asesinato la administración de un cine sabe de lo que habla y aun encontramos en el proyeccionista del cine, Jim Nedry, un alter ego del escritor, un superviviente, un tipo que sabe que no tiene ningún número en la lotería del sueño americano, el único que se salva de la quema. Jim Thompson destila su experiencia vital en la materia oscura de sus novelas, habitada por monstruos construidos de dentro afuera, que se mueven por la piel del mundo bajo la que arde el infierno, y hay mil y una posibilidades de quemarse. Qué lástima que un cineasta arrebatado como Samuel Fuller nunca adaptara una novela de Jim Thompson.

Jim Thompson 

Nada define mejor su universo que unas líneas -en primera persona- de Nick Corey, el corrupto jefe de policía de 1.280 almas, uno de los personajes capitales de la literatura americana del siglo XX:

Me estremecí pensando lo maravilloso que había sido nuestro Creador al fabricar cosas tan absolutamente horrendas en el mundo que, en comparación, algo como un asesinato parecía insignificante.

16/7/10

Un manual de geografía (íntima)

Como tengo trabajo, con plazos estrictos de entrega, no puedo abandonarme en lecturas de largo aliento ni abordar entradas de largo recorrido. Y me gusta este nuevo régimen de lectura y escritura. Se siente uno como un caminante que recogiera flores silvestres, pocas, a la orilla de un río, y, de vuelta en casa, las dejara en un cuenco con agua fresca de una fontana fría para lavarse los ojos a la mañana siguiente. Cuando venimos a pasar unos días en Tui, como es el caso, cada vez que hago un alto en la redacción de una minibiblia –un documento de seis páginas que contiene los ingredientes básicos de una serie (son sólo seis páginas, pero me costaría bastante menos escribir sesenta de cualquier otra cosa)-, me doy una vuelta por el pasillo para estirar la espalda y aprovecho para hojear los libros de cine –qué subrayados están algunos, El lenguaje del cine de Marcel Martin, Cinematismo de Sergei Einsestein, El Cine-Ojo de Dziga Vertov-, o por la habitación de nuestro hijo con parte de sus libros, o por la sala donde han quedado los libros que no tenemos con nosotros más que cuando venimos aquí. Esta casa se ha convertido en los últimos veinte años en un asilo de libros, aquí se han quedado los que se caen a cachos –como los de bolsillo de la colección Libro Amigo de Bruguera o de la vieja Alianza-, los que ya no volveremos a leer, los que quizá volvamos a leer pero pueden esperar y aquéllos de los que uno debe separarse porque donde vivimos desde hace diez años ya no hay sitio para más, aunque los eche de menos. Dos o tres veces al año, hay trasiegos de libros entre una y otra casa, y algunos de los que vienen acaban volviendo. Debe tener razón Adelita y esto de los libros es una enfermedad. Cuántas veces me he dicho que los libros de aquí necesitarían una purga definitiva y que algún librero de viejo nos liberara de ellos definitivamente. Vaya palabra, definitivamente. Pues eso, que hago un descanso en la dichosa minibiblia (es broma, no me quejo) y recorro los anaqueles. Y encuentro los libros -de novela negra- con el canto quebrado de tantas lecturas y de tantas manos, los de Dashiell Hammett, Raymond Chandler, David Goodis, Chester Himes, Ross Macdonald, Lawrence Block, Jim Thompson, Horace McCoy… Y recuerdo incluso cuándo y dónde los leímos, sobre todo aquéllos que quedaron unidos a una montaña, a un bosque, a un río, a una playa, a una sombra… En verano. En Tarifa, en Locmariaquer, en O Courel, en Oggebbio, en el valle del Cabuérniga… Siempre con tienda de campaña, aunque yo suspirara cada vez que pasábamos delante de un hotel, Ángeles y nuestro hijo se derretían por esas noches estrelladas contempladas, ya acostados boca arriba, antes de cerrar la tienda. Y me alegro de haberme resignado porque ahora la memoria de aquellas noches nos acompañan a todos. Recuerdo a nuestro hijo echado boca abajo junto a la corriente del río Mao en el Xurés leyendo Cien años de soledad o unos años antes junto al río Ser en Os Ancares, El señor de Ballantree… A Ángeles leyendo Mar de fondo de la Highsmith en la playa de Mareta junto a la Punta de Sagres… Y recuerdo como si fuera hoy la lectura de los cuentos de Cortázar aquel verano del 79, cuando en Galicia apenas había campings y se podía acampar en cualquier sitio desde Corrubedo hasta Ribadeo, y recorrimos las rías altas y las del norte de playa desierta en playa desierta como aquel que dice. Y los vecinos de las aldeas adonde íbamos a parar incluso no ofrecían los eidos para montar la tienda e insistían en que cogiéramos agua del pozo y se preocupaban por si teníamos suficiente comida… Cuando recorro con la mirada los cantos de los libros aquí en Tui, es como si hojeara un manual de geografía íntima, algo parecido a recorrer con el dedo el mapa de una memoria feliz. Como leer un libro con los pies en el agua de un regato, algo parecido a lo que hace Sócrates con Fedro en el diálogo de Platón; interrumpí a Ángeles, que anda embebecida -por segunda vez- en Casa desolada de Dickens, para leerle ese fragmento del Fedro y, tras escucharlo, le puso por título “El pediluvio”:


SOCRATES.- ¡Por Hera! Hermoso rincón, con este plátano tan frondoso y elevado. Y no puede ser más agradable la altura y la sombra de este sauzgatillo, que, además, está en plena flor, seguro que es de él el perfume que inunda el ambiente. Bajo el plátano mana también una fuente deliciosa, de fresquísima agua, como me lo están atestiguando los pies. Por las estatuas y figuras, parece ser un santuario de ninfas o de Aqueloo. Y si es esto lo que buscas, no puede ser más suave y amable la brisa de este lugar. Sabe a verano, además, este sonoro coro de cigarras. Con todo, lo más delicioso es este césped que, en suave pendiente, parece destinado a ofrecer una almohada a la cabeza placenteramente reclinada. ¡En qué buen guía te has convertido, querido Fedro!

FEDRO.- ¡Asombroso, Sócrates! Me pareces un hombre rarísimo, pues tal como hablas, semejas efectivamente un forastero que se deja llevar, y no uno de aquí. Creo yo que, por lo que se ve, raras veces vas más allá de los límites de la ciudad; ni siquiera traspasas sus murallas
.

SÓCRATES.- No lo tomes a mal, buen amigo. Me gusta aprender. Y el caso es que los campos y los árboles no quieren enseñarme nada; pero sí, en cambio, los hombres de la ciudad. Por cierto, que tú sí pareces haber encontrado un señuelo para que salga. Porque, así como se hace andar a un animal hambriento poniéndole delante un poco de hierba o grano, también podrías llevarme, al parecer, por toda Ática, o por donde tú quisieras, con tal que me encandiles con esos discursos escritos. Así que, como hemos llegado al lugar apropiado, yo, por mi parte, me voy a tumbar. Tú que eres el que va a leer, escoge la postura que mejor te cuadre y, anda, lee.

Sobra decir que también nosotros nos preguntamos por el sauzgatillo. Según el diccionario de la RAE se trata de un arbusto de la familia de las Verbenáceas, que crece en los sotos frescos y a orillas de los ríos hasta tres o cuatro metros de altura, con ramas abundantes, mimbreñas, cuadrangulares y de corteza blanquecina, hojas digitadas con pecíolo muy largo y cinco o siete hojuelas lanceoladas, flores pequeñas y azules en racimos terminales, y fruto redondo, pequeño y negro.


El traductor Emilio Lledó apunta en una de sus notas al texto que el gran filólogo Ulric von Wilamowitz-Moellendorf, en su obra a propósito de Platón, tituló el capítulo sobre el Fedro: “Un feliz día de verano”.

23/9/09

Negra, black, noir

Jim Thompson

Tengo aquí al lado 1280 almas, la novela de Jim Thompson publicada por Bruguera en la colección LibroAmigo en marzo de 1980. En la página del título anoté debajo: Santiago, abril 80. Era la primera obra de Jim Thompson que leía. Durante años la novela negra colmó de forma preferente mis lecturas. Desde aquel día de 1977, durante la mili en Valencia, me iba de permiso y compré Cosecha roja de Dashiell Hamett, con aquella portada sangrienta de la edición de Alianza de bolsillo, en un quiosco de la estación. Hubo otros permisos en que me abastecí en un quiosco de la estación de Atocha en Madrid. En mi memoria, la prosa de Hammett y Chandler tiene el ritmo de un tren que atraviesa la península hacia el noroeste. Luego vinieron James M. Cain, Horace McCoy, Ross MacDonald, Chester Himes, David Goodis, William Irish. Y Jim Thompson. La mayoría de LibroAmigo que costaban alrededor de 150 ptas. Los amantes de la novela negra éramos casi una cofradía. Si descubrías a alguien que le gustaba la novela negra, las coordenadas de la conversación eran propicias y no tardaba en fluir envuelta humo de cigarrillos, en medio de la noche. También le gustaría el cine negro, o sea sería alguien de gusto, de buen gusto. Extraños en un paraíso común, cifrado en volúmenes que se descuajaringaban (¡cuantas ganas tenía de colocar esta palabrita!) de mano en mano, de lectura en lectura, y a fe mía que no necesitaban de muchas para que empezaran a caérsele las páginas.

Donald Westlake en su cuarto de trabajo

Luego llegaron Donald Westlake que murió el pasado 31 de diciembre cuando acudía a la cena familiar de fin de año y que adaptó para el cine Los timadores de Jim Thompson, una estupenda película dirigida por Stephen Frears, y Elmore Leonard, quizá los últimos con los que disfrutamos casi como hace veinte o treinta años. Y los más recientes, Dennis Lehane y George Pelecanos, a los que debemos también los guiones de varios episodios de The Wire.


Creo que la última novela negra que leí fue El jardinero nocturno de Pelecanos, este verano, en la que resuena el mundo de la serie de David Simon, o viceversa. Y la última película de cine negro quizá haya sido Adiós pequeña, adiós, basada en una novela de Lehane, escrita y dirigida por Ben Affleck y protagonizada por su hermano Casey. Lo que más nos gustó de la película fue el clímax, que no es un estallido de violencia, sino un dilema moral de gran calado, de esos cuya resolución -cualquiera que sea- te va a cambiar la vida para siempre, pero además un dilema convincente, porque tanto el protagonista como el antagonista tienen sus razones, dicho de otra forma, nosotros mismos nos vemos arrastrados a poner las razones de uno y otro en la balanza de lo justo, y no lo tenemos nada claro, y somos conscientes de lo que se le viene encima al protagonista ante la decisión que va a tomar.


Me he extendido sobre este filme porque me acabo de enterar, con meses de retraso, de que la última película de Michael Winterbottom -creo que se estrenará en 2010- es una adaptación de El asesino dentro de mí, una de las mejores novelas de Jim Thompson. Y por lo visto, y me cuesta verlo, Casey Affleck interpreta a Lou Ford, uno de esos sheriffs thompsonianos por excelencia, como el Nick Corey de 1280 almas. Y no es que sea un mal actor, me gustó en El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford (Andrew Dominik, 2007), pero imaginarle como esa mala bestia -una mezcla de crueldad brutal y pulsión sexual- creada por Thompson... Alguna vez Carlos Amil nos comentó que Tom Waits bordaría el papel de Nick Corey. Quizá, no me cuesta imaginar a Tom Waits dando vida a un tipo taimado bajo la máscara de un badulaque, puro cálculo tras la fachada de un cateto (me puse a pensar y pensé, pensé y luego pensé otro poco; y por fin llegué a una conclusión: no sabía qué mierda hacer, ¿recordáis?); y más de una vez durante estos treinta años ensoñé con actores que pudieran encarnar a Nick Carey (tampoco me convenció Coup de torchon, la adaptación de Tavernier, y eso que tenía su aquel, y la Huppert)... pero Casey Affleck como Lou Ford... Tampoco veo a Winterbottom dando forma a un material como El asesino dentro de mí, de la que Kubrick dijo que era la historia más escalofriante que había leído sobre una mente deformada por el crimen, y no lo veo por más que sea un director que cambia de registro de película en película y ha rodado más de una al año en veinte años -ninguna me gustó tanto como Wonderland (1999)-. En fin, veremos.


Si tipos como Nick Corey devienen personajes memorables, es porque emergen de una voz inconfundible. Jim Thompson no era un estilista como Hammett o Chandler, nada de eso, poseía una escritura febril en el aquel de abrir en canal la América profunda, destapando el pozo negro de la corrupción en pueblos de mala muerte, sajando con el filo del humor el velo de las apariencias, hasta el punto de alcanzar visos oníricos en un territorio fantasmagórico, que no era otra cosa que el retrato fiel e inesperado de una sociedad enferma. Jim Thompson no sólo escribía novelas negras, no sólo reflejaba en el espejo de la literatura realista el mundo en que vivía, sino que creaba un universo verbal que era su adn de escritor. Una voz que destilaba una experiencia en los límites de la razón, donde apenas quedaban grietas para la esperanza, porque por esas hendiduras en el edificio de lo real lo que asomaba era la verdad, una verdad que aún consevaba las huellas de los abismos de los que la había arrancado. Un cuchillo en la mirada, Una mujer endemoniada, Sólo un asesinato, Libertad condicional, Tierra sucia, Al sur del paraíso... Le bastaban doscientas páginas para demoler las apariencias y poner al desnudo la maquinaria implacable del orden social. A golpes de Underwood.

Jim Thompson

En las novelas de Jim Thompson oímos la voz de un escritor que vagabundeó por todo tipo trabajos eventuales, ingresó en el Partido Comunista en Oklahoma en 1936 (más que nada porque con los comunistas de allí tenía temas interesantes de conversación), que escribió, bebió y fornicó a destajo (su mujer le obligó a hacerse una vasectomía), hasta que arruinó la salud y acabó en la miseria, y, lo que es peor, incapaz de escribir una línea. Entonces un amigo suyo, productor de Adiós, muñeca (Dick Richards, 1975) -la adaptación de la novela de Chandler- le dio un pequeño papel en la película -Mr. Grayle, el esposo de la mujer que interpreta Charlotte Rampling-. No era su primer trabajo en el cine, en 1955 había interrumpido la producción novelística para escribir, gracias a la mediación del productor James B. Harris, el guión de Atraco perfecto con Kubrick, y repetirán dos años después en Senderos de gloria. Jim Thompson murió el 7 de abril de 1977. En cada novela podemos rastrear retales de su biografía, especialmente en El trueno, Aquí y ahora, y En bruto; y personajes como Nick Corey o Lou Ford tienen rasgos de su propio padre, un sheriff de Cado County en Oklahoma, y de otro al que conoció en su errancia tejana.


Hay 32 maneras de escribir una historia, y yo las he usado todas, pero sólo hay una trama y es que las cosas nunca son lo que parecen,
dijo alguna vez Jim Thompson. Esa trama única nutrió una de las corrientes realistas más fecundas de la literatura del siglo XX de la que él fue un maestro: la novela negra, black, noir.

29/1/09

Vidas ejemplares

A lo largo de los años, me he entretenido en anotar cualquier curriculum vitae que me llamara la atención por ocupaciones sorprendentes que componen el montaje acelerado de una biografía insólita. Como no me mueve ningún ánimo catalogador, andan por ahí, a la ventura, desperdigadas en cuadernos de varia condición. Traigo a estos asientos algunas que he rescatado en catas recientes por motivos, perfectamente confesables, pero que no vienen al caso.

Raimundo Lulio (1235-1315). Beato, retórico, viajero, alquimista, poeta, místico, aventurero, filósofo, novelista, misionero, mártir. Enamorado de la carne, entró un día a caballo en una iglesia persiguiendo a su amada, Blanca de Castelo; se le rompió el corazón cuando la dama le mostró los tiernos senos desgarrados por la enfermedad maligna.

Henry David Thoreau (1817-1862). Maestro de escuela, tutor privado, agrimensor, jardinero, granjero, pintor (de casas), carpintero, albañil, jornalero, fabricante de lápices y de papel de lija, escritor y poetastro. El 23 de agosto de 1842 anotó: Estoy seguro de escribir la verdad más ruda por los callos de mis manos. Le dan firmeza a la frase.

Ludwig Wittgenstein (1889-1951). Filósofo, ingeniero, maestro de escuela, matemático, lógico, arquitecto, enfermero, jardinero y adiestrador de pájaros. Incluso se sospecha que ejerció de espía. En 1914 se construyó una cabaña en Noruega y allí emprendió sus investigaciones filosóficas, de las que el Tractatus no es más que una selección de proposiciones.


Raoul Walsh (1887-1980). Grumete en una goleta, domador de caballos salvajes, cow-boy, ayudante de sepulturero, anestesista para un cirujano ambulante, jugador en los barcos del Mississippi, ayudante de Griffith y cineasta. Rodó una película con Pancho Villa donde éste se interpretaba a sí mismo. Gregory Peck contó que un día, al entrar inesperadamente en la habitación de Walsh durante el rodaje de El hidalgo de los mares (1951), observó que el director ocultaba el libro que estaba leyendo, Rojo y negro; prefería enmascararse en el personaje de aventurero y borrachín con aires de corsario.

Jim Thompson
(1906-1977). Portero de hotel piojoso, chófer de un camión de explosivos, vagabundo, bracero, albañil, vendedor a plazos, pastelero, sereno de una constructora, obrero en una fábrica de aviones, actor de burlesque, jugador profesional de cartas, proyeccionista de cine, experto en explosivos, constructor de oleoductos, periodista ambulante, editor de una revista, escritor. En 1936 se afilió al PC americano y fue denunciado por un guionista durante la caza de brujas e incluido en la lista negra. En 1955 escribe para Kubrick Atraco perfecto. Le encantaban los gatos y escribió algunas de las más negras novelas negras.


Cartel del film de Tavernier que adapta
1.280 almas de Jim Thompson

Ante semejantes itinerarios vitales, ¿con qué autoridad escribimos? ¿Qué credenciales presentamos para auscultar el latido de la existencia? ¿Cómo alcanzar la firmeza de la frase que requiere la verdad más ruda si uno no ha sido fabricante de lápices ni de papel de lija, ni siquiera jardinero?

Y sin embargo, en los años de la infancia viví rodeado de personas mañosas, hábiles en las artesanías y trabajos manuales. Mi abuelo hacía hermosos cestos de mimbre. Mi padre se apañaba la mar de bien con la mecánica y la electricidad, incluso trataba de enseñarme. Pasé horas contemplando las manos de un carpintero, maestro de escuela jubilado, mientras tallaba las volutas de la cabecera de una cama o acariciando la madera de castaño tras pasarle el cepillo. Y tardes enteras junto a un zapatero que, infatigable, contaba sucedidos, mientras cambiaba unas suelas o sustituía una pieza de cuero de unos zuecos.

Me sobraron las oportunidades de haber educado las manos, pero en aquel tiempo sólo buscaba con ellas los libros para irme lejos, lejos de la puerca tierra donde mis pies se enterraban sin remedio. Ahora sólo quedan hilachas de memoria de un tiempo perdido. Memoria de un abril del 75. Abril ya no era el mes más cruel, del que hablaba T. S. Eliot en La tierra baldía, desde aquél de los claveles al compás de una canción de Zeca Afonso que desencadenó la más bella de las revoluciones. La de los hijos de la madrugada.


Aquel primer aniversario del rojo abril de Lisboa, en una aldea perdida de la frontera que transitaban contrabandistas y perseguidos, yo construía, en compañía de los niños de mi primera escuela, una tarima –tosca e inestable- sobre la que representaríamos una obra de teatro el día de la fiesta de la parroquia: lo único noble y útil que construyeron estas manos.

Así que, ante la poquedad del currículum vitae, supongo que estamos abocados al trazo mínimo, a la peripecia minúscula, a la épica de la mirada absorta en horizontes nebulosos, a la hora de los venenos de la memoria. ¡Qué remedio!