Me convertí en un letraherido con las novelas. Me inocularon el veneno de la lectura Alejandro Dumas (El conde de Montecristo), Víctor Hugo (Los miserables) y Dostoievski (Crimen y castigo). Contraje el vicio de la lectura con los novelistas del XIX. Con novelones. Cientos de páginas en las manos, como una casa grande para quedarse a vivir una temporada y tomarse tiempo para recorrer todas las habitaciones, incluidos sótano, bodega y desván. Un sábado de esos que me encontré con Miguel Cuña en la librería Michelena de Pontevedra, comentó: Uno puede librarse del tabaco pero de la lectura jamás. Tiene toda la razón, lo sabemos por experiencia: somos ex-fumadores que seguimos evocando el humo con nostalgia. No hay vicio más adictivo. Ni más tóxico. Ni más tónico. O sea, un veneno con todas las de la ley.
Quizá ya no se encuentran entre mis favoritos -hay que ser ingrato-, pero cómo no admirar a aquellos novelistas -qué sería de Ángeles sin Dickens-, qué digo novelistas: titanes, colosos, gigantes de la literatura. Novelistas homéricos: aquel Balzac que en 1844 fue capaz de concebir la Comedia humana, ciento treinta y siete novelas donde la vida de la Francia de su tiempo encontraría asiento. Asombra pensar sólo en el trabajo de inventar ¡137 títulos! No digamos en escribir los libros. Da vértigo sólo de leer la carta que Balzac escribió aquel año y en la que cifraba su propósito: ¡Yo habré llevado una sociedad entera dentro de mi cabeza!
Nadie ha dado un cuadro tan completo de la vida del hombre como Tolstoi. Nadie ha explorado tan profundamente el alma del hombre como Dostoievski. Creo que E. M. Forster escribió algo así en Aspectos de la novela. En aquellos primeros años de lector voraz de mis doce o trece años, ninguna novela me conmocionó tanto como Crimen y castigo. Fue mi primer Dostoieveski, probablemente no era la mejor traducción, pero representó una experiencia radical. La leí mientras remitía la gripe que me mantenía en cama, todavía con fiebre, y en mi memoria también Raskolnikov vive en estado febril, a 38,5º por lo menos. Aquella gripe medicada por Dostoievski me cambió la mirada. Si bajas a la mina (del alma), y te quedas allí el tiempo que exige la novela, cuando vuelves te cuesta reconocer incluso las cuatro paredes de tu cuarto. El mundo ha cambiado. Bueno, tú has cambiado. Porque uno no descubre impunemente sótanos y desvanes de los adentros que ni siquiera imaginaba que existían. El último Dostoievski fue Los demonios, pero entonces fue mi hijo quien me lo recomendó. En el prólogo, Borges cuenta que leyó Crimen y castigo a los quince años en una versión inglesa: Esa novela cuyos héroes son un asesino y una ramera me pareció no menos terrible que la guerra que nos cercaba. Borges lee el libro durante la primera guerra mundial, en Ginebra. También la leyó muy pronto Patricia Highsmith y no sería exagerado decir que su obra se cobija en la alargada sombra de Raskolnikov. Como lo mejor de la de Simenon, otro lector fervoroso de Dostoievski. Como Kurosawa, que adaptó El idiota en 1951. Borges termina el prólogo de Los demonios recordando que Nabokov declaró no haber encontrado una sola página de Dostoievski digna de ser incluida en la antología de la literatura rusa que editó, y añade: Esto quiere decir que Dostoievski no debe ser juzgado por cada página sino por la suma de las páginas que componen un libro. Cuando destinaron a Ángeles en estos finisterres, nos vinimos con lo puesto y pasamos la primera semana en un hotel, mientras encontrábamos un sitio donde meternos para buscar con calma un lugar donde vivir. Cuando se nos acabó la lectura que trajimos, recuerdo que el primer libro que compré en una papelería fue El maestro de Petersburgo, en bolsillo, una novela en la que Coetzee recrea un episodio de la vida de Dostoievski que acabará nutriendo Los demonios. Y hace unos días encontré en su libro de ensayos, Costas extrañas, una reseña a propósito de la monumental biografía de Dostoievski en cinco volúmenes de Joseph Frank, allí leí un episodio que fue el detonante de esta entrada.
El biógrafo de Dostoieveski denominó al periodo entre 1865 y 1871 como "los años milagrosos", los años en los que escribió Crimen y castigo, El idiota y Los demonios. Las novelas que amojonan la exploración de la Razón -ilustrada- como fundamento de la sociedad moderna, o dicho de otra forma, las intersecciones entre la búsqueda de la verdad y de la justicia, y el asalto al poder, un tema cardinal de la modernidad: la revolución bolchevique, la utopía comunista, en fin, el siglo XX. Dostoievski había simpatizado con el socialismo utópico, había convivido con las corrientes nihilistas de la intelectualidad rusa y fue condenado a muerte bajo el cargo de conspirar contra el zar. En la prisión padeció un simulacro de fusilamiento y escuchó los disparos del pelotón con los ojos vendados. Le conmutaron la pena de muerte por cinco años de trabajos forzados en Siberia, donde los ataques epiléticos que padecía desde la infancia se hicieron más frecuentes, y cinco años en el ejército como soldado raso en un batallón acuartelado en Kazajistán. En Siberia conoció, por así decir, al pueblo ruso condenado, campesinos en su mayor parte, y percibió la distancia entre la ideología y las pobres gentes. Era otro Dostoievski el que regresó a Petersburgo.
En 1864 murió su primera mujer y su hermano mayor, y Dostoievski asumió la responsabilidad de cuidar de la mujer y de los hijos de su hermano, además de hacerse cargo de las enormes deudas que había dejado en este mundo, así como del hijo de un matrimonio anterior de la mujer fallecida. Todos se aprovecharon del sentido del deber del novelista que escribió a destajo para ganar lo suficiente para mantener a toda la parentela con el nivel de comodidades al que se había acostumbrado.
Dostoievski trabajó siempre con la presión de los plazos y por culpa de una de esas entregas improrrogables conoció a su segunda mujer. Tenía que escribir una novela en un plazo muy corto y contrató a una taquígrafa, se llamaba Anna Grigorievna Snitkina. Gracias a la ayuda de Anna, al cabo de un mes Dostoievski había dictado y revisado El jugador, y pudo reanudar Crimen y castigo, la novela que había interrumpido. Tres meses después se casaron. Fiódor tenía cuarenta y cinco años, Anna veintiuno.
Dostoievski trabajaba en su escritorio desde la diez de la noche hasta las seis de la madrugada. Dormía toda la mañana y por la tarde daba un paseo que acababa siempre en un café para leer los periódicos, un material precioso para el novelista. Trabajaba sus novelas a partir de un guión dramático, estructurando las escenas con acotaciones y diálogos, acotaciones que en el proceso de elaboración se transformaban en prosa narrativa. Mientras escribía y escribía, descubría la espina dorsal y el foco de la novela a partir de materiales que a menudo encontraba en los periódicos; a veces sucedía que la realidad imitaba algún hecho de sus novelas y entonces lo celebraba como un éxito. La primera entrega de Crimen y castigo fue publicada en El mensajero de Moscú en enero de 1866. A los pocos días, un estudiante de Moscú asesinó a un usurero y a su criada en circunstancias similares a las que Dostoievski había imaginado. Hay que ver la rapidez con que la naturaleza imitó al arte en esta ocasión.
Como no conseguía librarse de los acreedores de su difunto hermano, le propuso a Anna que marcharan a vivir al extranjero. A ella le pareció de perlas, cualquier cosa con tal de librarse de la familia de Dostoievski. Durante cuatro años, entre 1867 y 1871, vivieron en Alemania, Suiza e Italia. Apenas tenían para vivir, dependían de los adelantos del editor de Dostoievski, pero aun así Anna tenía que empeñar su ropa y sus joyas para pagar las deudas. El novelista nunca pudo evitar un sentimiento de amargura respecto a Tolstoi o Turgueniev que gozaban de mayor consideración -y eso que Crimen y castigo había resultado un éxito de ventas-, además gracias a las fortunas personales gozaban de una tranquilidad que él envidiaba, sometido siempre al yugo de los plazos, y de la literatura misma.
Anna cuidaba de Dostoievski durante los ataques epilépticos y soportaba con buen humor la irritación posterior. Pero lo peor de sobrellevar fue la afición al juego del escritor. Siempre reservaba una parte del presupuesto para las partidas de su marido, temiendo que, si se oponía, la excitación agravara la epilepsia, pero él acaba culpándola por ser tan dulce y porque no le regañaba. Anna nunca juzgó a Dostoievski, siempre mantuvo en dos esferas independientes al jugador compulsivo, al ludópata, y al escritor. Con los años, acabó haciéndola partícipe del proceso de escritura, recabando sus opiniones, escuchando sus críticas. Anna demostró ser la compañerra ideal para Dostoievski, lo acompañó en la pobreza, lo sostuvo en las enfermedades y guardo celosamente su memoria. Pero todo pudo haber sido distinto para el escritor.
Cuando se disponía a contratar los servicios de Anna como taquígrafa, Dostoievski le hizo pasar una prueba de dictado y luego le ofreció un cigarrillo. Anna lo rechazó. Sin saberlo, acababa de pasar la prueba definitiva. Rechazar el cigarrillo significaba que no era una mujer liberada y probablemente tampoco una nihilista. Hay que ver, el destino de Dostoievski pendiendo del azar de un cigarrillo.
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30/5/10
Un cigarrillo
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19/1/10
El corazón delator
Cada vez con más frecuencia en cursos para guionistas suelen hacerme una de esas preguntas que nunca debería hacerse quien escribe, o dicho de otra forma, si se hace uno en serio esa pregunta, es decir, si no se trata de una queja retórica, y responde a una cuestión íntima, entonces acaba de dar con el síntoma inequívoco de que no debería dedicarse a escribir jamás: ¿vale la pena escribir? ¿Compensa? Y me extraña que me lo pregunten porque suelo menudear algunas de estas advertencias -disuasorias: respecto a lo de escribir y a lo de preguntas semejantes- espigadas de mi Casa de citas (para guionistas).
Ésta que nos devuelve a los tiempos de las cavernas es una de mis favoritas:
El hombre neanderthal escuchaba cuentos, a juzgar por la forma de su cráneo. El público primitivo era un público desgreñado que se reunía alrededor del fuego de campamento, fatigado de su lucha contra el mamut o los rinocerontes lanudos, y solamente se mantenía despierto por el suspense. El narrador continuaba recitando monótonamente, y tan pronto como el público adivinaba lo que sucedía a continuación, o se dormía o le mataban. (E. M. Forster)
Ésta que sigue cifra una fantasía que me valió no pocos comentarios irónicos de mi hijo cuando estudiaba los últimos cursos de la EGB y empezaba a saber de la inclemencia de los tiempos oscuros en torno al primer milenio: "¿Y tú crees que ibas a ser de esos pocos juglares a los que trataban a cuerpo de rey? Lo más normal es que te saltearan en cualquier camino, te robaran la bolsa con las pocas monedas que hubieras mendigado con tus cuentos y te dejaran malherido, si no muerto, en una cuneta". Cosas así me soltaba. Cría hijos... En fin, la cita:
Un escritor de verdad desciende de los contadores de historias medievales que solían ir a la plaza de las ciudades, extender una alfombrilla en el suelo, sentarse sobre ella, golpear un cuenco y decir: 'Si me das una moneda de cobre, te daré un cuento de oro'. Si el narrador era bueno, reunía a un pequeño grupo a quienes contaba una historia hasta que llegaba al punto más interesante; entonces se detenía y pasaba de nuevo el cuenco. Así se ganaba la vida: si no conseguía retener a su público, debía dedicarse a otra cosa. Eso debe hacer un escritor. (Robertson Davies)
Jean- Claude Carrière ha recopilado un montón de historias por el mundo adelante -como las que reunió en El círculo de los mentirosos. Cuentos filosóficos del mundo entero, un libro para disfrutar-, algunas tienen un aquel de poética y las suele sembrar en sus cursos y conferencias a propósito de la escritura del guión. Como ésta:
Quiero contaros una breve alegoría del siglo VIII que viene de Persia: El contador de historias es un hombre que está de pie delante del océano y le narra historias y el océano escucha tranquilo o interesado. Si un día el contador de historias calla o alguien le hace callar, nadie puede decir lo que hará el océano.
También ha acopiado preceptivas sugerentes, ésta me gusta especialmente:
Hay unas reglas del teatro de la India del siglo III a. C. que ofrecen tres leyes para que una obra de teatro resulte perfecta: 1) debe ofrecer respuestas a alguien el público: aquel que se pregunta sobre su vida personal o profesional; 2) proponer respuestas a otra persona que se interesa sobre el cosmos, la existencia de Dios y la vida de su alma; y 3) la misma obra debe ofrecer consuelo al borracho que entró por casualidad en la sala.
Un guionista argentino ha compuesto con humor este cuento a propósito del poso de decepción -y tantas veces amargura- que lleva aparejado el oficio de guionista:
Había una vez un campesino llamado Toshikiro que vivía en el Monte Fuji y quería ser guionista. Vendió el búfalo y los útiles de labranza y se mudó a la ciudad donde vio miles de películas, leyó a Aristóteles y a Bordwell, soportó todo el teatro Nô, se apuntó en talleres, escribió decenas de guiones. Un día aceptaron uno de sus proyectos y cuando, desbordante de ingenua esperanza, fue al estreno, ¡catástrofe! No quedaba nada de sus intenciones ni de su estilo. Esto se repitió tantas veces que finalmente decidió consultar a un sabio maestro. Esperó hasta la primavera y cuando llegó el Festival de la Diosa de la Fertilidad -en el fondo seguía siendo un campesino- fue hasta el santuario donde, después de una larga cola, el maestro lo atendió. El desdichado guionista le preguntó si existía en el mundo algún director capaz de realizar bien sus guiones. Su corazón latió con más fuerza y los ojos se le humedecieron cuando escuchó la respuesta: "Sí, lo hay. Pero... -añadió el maestro después de una pausa eficaz- no necesita ningún guionista". (Roberto Scheuer)
Y una confesión en carne viva, sin concesiones al sarcasmo o al cinismo, por una escritora de lengua afilada:
A través del sudor y de las lágrimas que derramé ante mi primer guión, percibí una gran verdad -una de esas verdades eternas, universales, que sirven para que uno se sienta mucho peor que cuando empezó- y ésta es que ningún escritor, ya escriba por vocación o por dinero, puede hacer concesiones en lo que escribe. No puede inclinarse ante lo que pone por escrito. No sé por qué no puede, pero no puede. No importa la forma que tome, no importa el resultado ni lo cáusticamente burlón que se sienta después. Lo hizo lo mejor que pudo y hacer algo lo mejor que uno puede es siempre duro. (Dorothy Parker)
En realidad, olvidamos que nuestra patrona es Sahrazad -o Sherezade, o Scherezade- que se jugó mil y una noches la vida en torno a una pregunta definitiva, su cuello dependía de que el sultán quisiera saber cómo seguía la historia. Conservo cerca una edición de Los más bellos cuentos de las mil y una noches desde hace más de treinta años traducidos por Juan Vernet. Como indica el título, no es una edición completa sino una antología de unas setenta de las historias que cuenta Sherezade, pero para nosotros representa un libro sagrado. Allá por 1979 Ángeles me fue leyendo el libro cada noche a lo largo de tres meses. Un trimestre memorable. Como si las noches se hilvanaran en una cinta de sueños, como alguien -¿quién?- definió las películas. Es fácil advertir después de semejante experiencia que Sherezade se olvidaba cada noche del hacha que pendía sobre su cabeza, tal era el encanto desplegado por los cuentos, el poder de fascinación del propio poder de contar, de la capacidad de metamorfosis de la propia voz. Un contador de historias despliega el poder de resultar necesario. Un poder que deriva de la capacidad de metamorfosis con que dota a las palabras. Las palabras hacen ver... lo que no existe. Un contador de historias se la juega cada vez que cuenta un cuento. Preguntar si vale la pena revela como el corazón delator del cuento de Poe el latido de aquél que no ha sido llamado a la cofradía de los juglares.
Ésta que nos devuelve a los tiempos de las cavernas es una de mis favoritas:
El hombre neanderthal escuchaba cuentos, a juzgar por la forma de su cráneo. El público primitivo era un público desgreñado que se reunía alrededor del fuego de campamento, fatigado de su lucha contra el mamut o los rinocerontes lanudos, y solamente se mantenía despierto por el suspense. El narrador continuaba recitando monótonamente, y tan pronto como el público adivinaba lo que sucedía a continuación, o se dormía o le mataban. (E. M. Forster)
Ésta que sigue cifra una fantasía que me valió no pocos comentarios irónicos de mi hijo cuando estudiaba los últimos cursos de la EGB y empezaba a saber de la inclemencia de los tiempos oscuros en torno al primer milenio: "¿Y tú crees que ibas a ser de esos pocos juglares a los que trataban a cuerpo de rey? Lo más normal es que te saltearan en cualquier camino, te robaran la bolsa con las pocas monedas que hubieras mendigado con tus cuentos y te dejaran malherido, si no muerto, en una cuneta". Cosas así me soltaba. Cría hijos... En fin, la cita:
Un escritor de verdad desciende de los contadores de historias medievales que solían ir a la plaza de las ciudades, extender una alfombrilla en el suelo, sentarse sobre ella, golpear un cuenco y decir: 'Si me das una moneda de cobre, te daré un cuento de oro'. Si el narrador era bueno, reunía a un pequeño grupo a quienes contaba una historia hasta que llegaba al punto más interesante; entonces se detenía y pasaba de nuevo el cuenco. Así se ganaba la vida: si no conseguía retener a su público, debía dedicarse a otra cosa. Eso debe hacer un escritor. (Robertson Davies)
Jean- Claude Carrière ha recopilado un montón de historias por el mundo adelante -como las que reunió en El círculo de los mentirosos. Cuentos filosóficos del mundo entero, un libro para disfrutar-, algunas tienen un aquel de poética y las suele sembrar en sus cursos y conferencias a propósito de la escritura del guión. Como ésta:
Quiero contaros una breve alegoría del siglo VIII que viene de Persia: El contador de historias es un hombre que está de pie delante del océano y le narra historias y el océano escucha tranquilo o interesado. Si un día el contador de historias calla o alguien le hace callar, nadie puede decir lo que hará el océano.
También ha acopiado preceptivas sugerentes, ésta me gusta especialmente:
Hay unas reglas del teatro de la India del siglo III a. C. que ofrecen tres leyes para que una obra de teatro resulte perfecta: 1) debe ofrecer respuestas a alguien el público: aquel que se pregunta sobre su vida personal o profesional; 2) proponer respuestas a otra persona que se interesa sobre el cosmos, la existencia de Dios y la vida de su alma; y 3) la misma obra debe ofrecer consuelo al borracho que entró por casualidad en la sala.
Un guionista argentino ha compuesto con humor este cuento a propósito del poso de decepción -y tantas veces amargura- que lleva aparejado el oficio de guionista:
Había una vez un campesino llamado Toshikiro que vivía en el Monte Fuji y quería ser guionista. Vendió el búfalo y los útiles de labranza y se mudó a la ciudad donde vio miles de películas, leyó a Aristóteles y a Bordwell, soportó todo el teatro Nô, se apuntó en talleres, escribió decenas de guiones. Un día aceptaron uno de sus proyectos y cuando, desbordante de ingenua esperanza, fue al estreno, ¡catástrofe! No quedaba nada de sus intenciones ni de su estilo. Esto se repitió tantas veces que finalmente decidió consultar a un sabio maestro. Esperó hasta la primavera y cuando llegó el Festival de la Diosa de la Fertilidad -en el fondo seguía siendo un campesino- fue hasta el santuario donde, después de una larga cola, el maestro lo atendió. El desdichado guionista le preguntó si existía en el mundo algún director capaz de realizar bien sus guiones. Su corazón latió con más fuerza y los ojos se le humedecieron cuando escuchó la respuesta: "Sí, lo hay. Pero... -añadió el maestro después de una pausa eficaz- no necesita ningún guionista". (Roberto Scheuer)
Y una confesión en carne viva, sin concesiones al sarcasmo o al cinismo, por una escritora de lengua afilada:
A través del sudor y de las lágrimas que derramé ante mi primer guión, percibí una gran verdad -una de esas verdades eternas, universales, que sirven para que uno se sienta mucho peor que cuando empezó- y ésta es que ningún escritor, ya escriba por vocación o por dinero, puede hacer concesiones en lo que escribe. No puede inclinarse ante lo que pone por escrito. No sé por qué no puede, pero no puede. No importa la forma que tome, no importa el resultado ni lo cáusticamente burlón que se sienta después. Lo hizo lo mejor que pudo y hacer algo lo mejor que uno puede es siempre duro. (Dorothy Parker)
En realidad, olvidamos que nuestra patrona es Sahrazad -o Sherezade, o Scherezade- que se jugó mil y una noches la vida en torno a una pregunta definitiva, su cuello dependía de que el sultán quisiera saber cómo seguía la historia. Conservo cerca una edición de Los más bellos cuentos de las mil y una noches desde hace más de treinta años traducidos por Juan Vernet. Como indica el título, no es una edición completa sino una antología de unas setenta de las historias que cuenta Sherezade, pero para nosotros representa un libro sagrado. Allá por 1979 Ángeles me fue leyendo el libro cada noche a lo largo de tres meses. Un trimestre memorable. Como si las noches se hilvanaran en una cinta de sueños, como alguien -¿quién?- definió las películas. Es fácil advertir después de semejante experiencia que Sherezade se olvidaba cada noche del hacha que pendía sobre su cabeza, tal era el encanto desplegado por los cuentos, el poder de fascinación del propio poder de contar, de la capacidad de metamorfosis de la propia voz. Un contador de historias despliega el poder de resultar necesario. Un poder que deriva de la capacidad de metamorfosis con que dota a las palabras. Las palabras hacen ver... lo que no existe. Un contador de historias se la juega cada vez que cuenta un cuento. Preguntar si vale la pena revela como el corazón delator del cuento de Poe el latido de aquél que no ha sido llamado a la cofradía de los juglares.
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