19/1/10

El corazón delator

Cada vez con más frecuencia en cursos para guionistas suelen hacerme una de esas preguntas que nunca debería hacerse quien escribe, o dicho de otra forma, si se hace uno en serio esa pregunta, es decir, si no se trata de una queja retórica, y responde a una cuestión íntima, entonces acaba de dar con el síntoma inequívoco de que no debería dedicarse a escribir jamás: ¿vale la pena escribir? ¿Compensa? Y me extraña que me lo pregunten porque suelo menudear algunas de estas advertencias -disuasorias: respecto a lo de escribir y a lo de preguntas semejantes- espigadas de mi Casa de citas (para guionistas).

Ésta que nos devuelve a los tiempos de las cavernas es una de mis favoritas:

E. M. Forster

El hombre neanderthal escuchaba cuentos, a juzgar por la forma de su cráneo. El público primitivo era un público desgreñado que se reunía alrededor del fuego de campamento, fatigado de su lucha contra el mamut o los rinocerontes lanudos, y solamente se mantenía despierto por el suspense. El narrador continuaba recitando monótonamente, y tan pronto como el público adivinaba lo que sucedía a continuación, o se dormía o le mataban. (E. M. Forster)

Ésta que sigue cifra una fantasía que me valió no pocos comentarios irónicos de mi hijo cuando estudiaba los últimos cursos de la EGB y empezaba a saber de la inclemencia de los tiempos oscuros en torno al primer milenio: "¿Y tú crees que ibas a ser de esos pocos juglares a los que trataban a cuerpo de rey? Lo más normal es que te saltearan en cualquier camino, te robaran la bolsa con las pocas monedas que hubieras mendigado con tus cuentos y te dejaran malherido, si no muerto, en una cuneta". Cosas así me soltaba. Cría hijos... En fin, la cita:

Robertson Davies

Un escritor de verdad desciende de los contadores de historias medievales que solían ir a la plaza de las ciudades, extender una alfombrilla en el suelo, sentarse sobre ella, golpear un cuenco y decir: 'Si me das una moneda de cobre, te daré un cuento de oro'. Si el narrador era bueno, reunía a un pequeño grupo a quienes contaba una historia hasta que llegaba al punto más interesante; entonces se detenía y pasaba de nuevo el cuenco. Así se ganaba la vida: si no conseguía retener a su público, debía dedicarse a otra cosa. Eso debe hacer un escritor. (Robertson Davies)

Jean-Claude Carrière

Jean- Claude Carrière ha recopilado un montón de historias por el mundo adelante -como las que reunió en El círculo de los mentirosos. Cuentos filosóficos del mundo entero, un libro para disfrutar-, algunas tienen un aquel de poética y las suele sembrar en sus cursos y conferencias a propósito de la escritura del guión. Como ésta:

Quiero contaros una breve alegoría del siglo VIII que viene de Persia: El contador de historias es un hombre que está de pie delante del océano y le narra historias y el océano escucha tranquilo o interesado. Si un día el contador de historias calla o alguien le hace callar, nadie puede decir lo que hará el océano.

También ha acopiado preceptivas sugerentes, ésta me gusta especialmente:

Hay unas reglas del teatro de la India del siglo III a. C. que ofrecen tres leyes para que una obra de teatro resulte perfecta: 1) debe ofrecer respuestas a alguien el público: aquel que se pregunta sobre su vida personal o profesional; 2) proponer respuestas a otra persona que se interesa sobre el cosmos, la existencia de Dios y la vida de su alma; y 3) la misma obra debe ofrecer consuelo al borracho que entró por casualidad en la sala.

Un guionista argentino ha compuesto con humor este cuento a propósito del poso de decepción -y tantas veces amargura- que lleva aparejado el oficio de guionista:

Había una vez un campesino llamado Toshikiro que vivía en el Monte Fuji y quería ser guionista. Vendió el búfalo y los útiles de labranza y se mudó a la ciudad donde vio miles de películas, leyó a Aristóteles y a Bordwell, soportó todo el teatro Nô, se apuntó en talleres, escribió decenas de guiones. Un día aceptaron uno de sus proyectos y cuando, desbordante de ingenua esperanza, fue al estreno, ¡catástrofe! No quedaba nada de sus intenciones ni de su estilo. Esto se repitió tantas veces que finalmente decidió consultar a un sabio maestro. Esperó hasta la primavera y cuando llegó el Festival de la Diosa de la Fertilidad -en el fondo seguía siendo un campesino- fue hasta el santuario donde, después de una larga cola, el maestro lo atendió. El desdichado guionista le preguntó si existía en el mundo algún director capaz de realizar bien sus guiones. Su corazón latió con más fuerza y los ojos se le humedecieron cuando escuchó la respuesta: "Sí, lo hay. Pero... -añadió el maestro después de una pausa eficaz- no necesita ningún guionista". (Roberto Scheuer)

Y una confesión en carne viva, sin concesiones al sarcasmo o al cinismo, por una escritora de lengua afilada:

Dorothy Parker

A través del sudor y de las lágrimas que derramé ante mi primer guión, percibí una gran verdad -una de esas verdades eternas, universales, que sirven para que uno se sienta mucho peor que cuando empezó- y ésta es que ningún escritor, ya escriba por vocación o por dinero, puede hacer concesiones en lo que escribe. No puede inclinarse ante lo que pone por escrito. No sé por qué no puede, pero no puede. No importa la forma que tome, no importa el resultado ni lo cáusticamente burlón que se sienta después. Lo hizo lo mejor que pudo y hacer algo lo mejor que uno puede es siempre duro. (Dorothy Parker)

En realidad, olvidamos que nuestra patrona es Sahrazad -o Sherezade, o Scherezade- que se jugó mil y una noches la vida en torno a una pregunta definitiva, su cuello dependía de que el sultán quisiera saber cómo seguía la historia. Conservo cerca una edición de Los más bellos cuentos de las mil y una noches desde hace más de treinta años traducidos por Juan Vernet. Como indica el título, no es una edición completa sino una antología de unas setenta de las historias que cuenta Sherezade, pero para nosotros representa un libro sagrado. Allá por 1979 Ángeles me fue leyendo el libro cada noche a lo largo de tres meses. Un trimestre memorable. Como si las noches se hilvanaran en una cinta de sueños, como alguien -¿quién?- definió las películas. Es fácil advertir después de semejante experiencia que Sherezade se olvidaba cada noche del hacha que pendía sobre su cabeza, tal era el encanto desplegado por los cuentos, el poder de fascinación del propio poder de contar, de la capacidad de metamorfosis de la propia voz. Un contador de historias despliega el poder de resultar necesario. Un poder que deriva de la capacidad de metamorfosis con que dota a las palabras. Las palabras hacen ver... lo que no existe. Un contador de historias se la juega cada vez que cuenta un cuento. Preguntar si vale la pena revela como el corazón delator del cuento de Poe el latido de aquél que no ha sido llamado a la cofradía de los juglares.

4 comentarios:

  1. Bien.
    Del todo de acuerdo. Si te preguntas si vale la pena, es que no te vale a ti. Yo he creído eso siempre de mí, y es una terrible sensación de cárcel la de sentir que por un lado no vale la pena, pero por el otro existe una percepción inquebrantable de que toda existencia, incluso la mía, atraviesa conflictos dignos de ser narrados. Dignos de ser fabulados.

    Es como una simbiosis consciente, en la que uno de los implicados percibe al otro a veces como un parásito, a veces como un juez. Porque en realidad estoy convencido de la afirmación de Forster. Y es que el fabulador, el narrador, el cuentista, el juglar, y hasta la mismísima Scheherezade, comprenden la esquizofrenia de ser a la vez autor y público.

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  2. "Lo hizo lo mejor que pudo y hacer algo lo mejor que uno puede es siempre duro" brutal y tremenda frase de la señorita Parker... e inevitable sentirse así en más de un momento de los que desearíamos.

    De este tema, y otros, habla Faulkner en esta entrevista que quizá ya conozcas (además está muy bien traducida al castellano): http://www.ciudadseva.com/textos/teoria/opin/faulkner.htm
    El tipo es tan contundente y macarra en algunas respuestas que a veces da la impresión de que la va a emprender a hostias con el entrevistador.

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  3. En las buenas ficciones, precisamente porque no han sucedido nunca, las cosas seguirán sucediendo para siempre... Saludos.

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  4. Como bien dices ,el propio saber de contar es lo que produce la fascinación,el interés por laa palabras y lo que cuentan las palabras.
    El guionista debe aliarse eternamente con el director para desmenuzar las palabras y llegar al interior ,unirse .
    Desde un punto de vista lógico un escritor si hace concesiones,es difícil escapar a ellas.
    Un buen cuento o un buen guión ayuda a descansar mejor .
    Un Saludo

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