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8/12/19

La noche de la memoria


A veces sale uno del cine celebrando el milagro de una película pero temiendo que no lo vaya a tener fácil en su recorrido por los cines y que no encuentre un cálido amparo en la mirada de los espectadores, y de las películas que uno ha visto este año pocas lo merecen tanto como Longa noite, de Eloy Enciso.

Cartel de Longa noite iluminado 
por un grabado de Luís Seoane, 
La otra cara de la luna.

Nos había gustado tanto Arraianos (2012) que esperábamos con ganas otra película suya, y valió la pena cada año de espera. Las películas de Eloy Enciso Cachafeiro llueven la mirada despacito y calan hondo, como el orballo. En realidad se parecen mucho al propio cineasta, a su forma de entender y hacer, a su poética del cine. Películas de producción austera (incluso precaria) pero nunca pobres de cine. Ni por asomo. Longa noite aflora en un trabajo riguroso de preparación que cuaja en la belleza sensual del habla (admirable también en Arraianos) y en el esplendor de esa noche transfigurada que cobra visos espectrales, oníricos y aun mitológicos en el tramo final de la película.


Habría que mencionar una a una, uno a uno, a cuantos cómplices encontró el cineasta para llevar a la pantalla Longa noite: desde la productora Beli Martínez a la montadora Patrícia Saramago pasando por la fotografía de Mauro Herce o los sonidistas Juan Carlos Blancas y Joaquín Pachón, a cada actriz y cada actor que encarnan las voces que habitan e iluminan Longa noite.


Escuchando al director y a la productora en el coloquio posterior a la proyección en Numax el jueves pasado me vino a la cabeza aquello de Straub:
Si haces una película es como hacer un regalo, compartir lo que tú mismo has descubierto, con cierto trabajo y paciencia (...). Este regalo sólo es posible a través de otros regalos, los que nos hacen los actores, el que hace la luz, etc. Pero todos los regalos sólo pueden producirse si hay una construcción, un encuadre de hierro, (...) en el que el azar hace que todo explote. ¡En eso consiste! Pero si no hay desde el comienzo una construcción o un pensamiento, el azar no te dará ningún regalo. Lo abarca todo. Si no se le deja la posibilidad de intervenir, qué pobreza. El azar es lo más importante de todo. Tanto en la vida como en el arte.

El cine de Eloy Enciso propicia fértiles correspondencias con la obra -y el método- de Robert Bresson, Danièle Huillet y Jean-Marie Straub, Pedro Costa o Víctor Erice en el trabajo sobre los textos y el habla con actores aficionados, en la música de las palabras y en las palabras hechas carne de cine.


Desde el mismo título -Longa noite- el poema de Celso Emilio Ferreiro resuena en el filme, donde se hilvanan textos de Luis Seoane, Max Aub, Ramón de Valenzuela, Alfonso Sastre o Rodolfo Fogwill y cartas de represaliados más o menos anónimos para rememorar los años más duros de la noche del franquismo; pongamos por caso ese texto que alienta en la voz de Celsa/Nuria Lestegás, como si tuviera manos y nos tomara el corazón en un puño, y culmina con un corte doloroso a un gran plano general de un paisaje helado, un calvario de nieve que apenas pueden remontar quienes la escuchaban.


Longa noite no pretende reconstruir una época. El presente es un palimpsesto donde yace lo olvidado. Sólo hay que recordar. Longa noite no es una película histórica. O sí, pero en las antípodas de las películas ambientadas en la guerra civil o la postguerra. O sea, lo es de forma radical: la historia como raíz del presente. O por decirlo con las palabras de Walter Benjamin en sus Tesis sobre la historia:
Articular históricamente el pasado no significa conocerlo "como verdaderamente ha sido". Significa apoderarse de un recuerdo tal como relampaguea en un instante de peligro.

En Longa noite revivimos el latido de un tiempo de silencio en las palabras de los derrotados. Palabras de la noche y noche de las palabras. Hablan las heridas. Y aun más importante: Longa noite nos devuelve de viva voz y en carne viva a quienes -en verdad- nunca se fueron. Los derrotados siguen aquí con nosotros. Nos esperaban. Nos esperan. Fantasmas de la noche de la memoria. Memoria insomne de la noche más larga.

15/10/11

Cuando fuimos Félix Muriel


Tal día como hoy hace treinta años murió Rafael Dieste. Ya puestos a morir, el día de Teresa de Ávila no es una mala fecha. Por eso os convoqué hace casi un mes con El quinqué color guinda, esa lámpara maravillosa que ilumina el desván de la infancia del autor de Historias e invenciones de Félix Muriel, justamente para contaros algo más de este libro donde cuaja el aquel memorioso de un maravillado mirar.


Érase una vez en el exilio, a principios de 1943. En el Café Tortoni de Buenos Aires, Rafael Dieste y su mujer Carmen Muñoz se reunían con los amigos Luis Seoane, Manuel Colmeiro, Lorenzo Varela, Arturo Cuadrado. Allí el exilio dolía menos. Luis Seoane le encarga a Rafael Dieste un libro para la colección de narraciones -Camiño de Santiago- de la Editorial Nova, que acaba de fundar con Arturo Cuadrado y la Imprenta López. Y le da un plazo de entrega de dos meses. Dieste acepta el encargo con un gesto de asentimiento que provoca no pocas bromas entre los contertulios a propósito del cumplimiento, no tanto del encargo cuanto del plazo. En el desafío quizá encontró el escritor la motivación para el reto.

Dieste trabajaba en la editorial Atlántida y, después de la jornada laboral, empezó a dictarle a Carmen las historias de Félix Muriel. Me gustó mucho saber de esa destilación oral, porque son cuentos que se leen muy bien en voz alta, y se disfrutan doblemente al decirlos y decírselos a quien quieres. De hecho, aquellas historias que, por así decir, fueron desafiadas en público, en público certificaron la vigencia del reto. Durante aquel mes de enero de 1943, Rafael Dieste escribió cuatro de los cuentos y cada sábado leía uno en la tertulia del Tortoni. Juana Rial, limonero florido, pongamos por caso. O quizá era Carmen quien lo leía. A Dieste escritor le encantaba que Carmen le leyera en voz alta, no sólo lo que él escribía, sino lo que leían de otros autores. De vez en cuando él comentaba algún detalle, algún episodio, algún párrafo, y a Carmen le fascinaba la iluminación de los textos revelando vetas insospechadas, y le apenaba que aquellos alumbramientos se perdieran. Pero no se perdían, le aseguraba Rafael, porque los compartía con ella. ¡Qué fácil imaginar esas escenas a la luz de su Epistolario amoroso!

Dichosos aquellos que degustaron los cuentos de Félix Muriel recién salidos de la cocina de Dieste. Qué envidia retrospectiva. Pero las lecturas del Tortoni se interrumpieron con las vacaciones del verano en febrero. Qué raro resulta dicho así. El verano austral de febrero de 1943, que Dieste aprovechó para escribir La asegurada, la historia de Eloísa, esa mujer que vaga por los caminos preguntando por su amor, esperando cada día a que vuelva de las Américas, interrogando desde los cantiles a los navíos que se asoman por la línea del horizonte, una de las piezas más bellas del libro. Escribió el cuento el propio Dieste, a mano, pero no llega a categoría de conjetura pensar que Carmen se lo iba leyendo y que Rafael corregía al hilo de aquella voz en la que cobraban verdadera vida las palabras en las que vivirá para siempre la loca Eloísa.

Los nueve cuentos llevaron más de dos meses, claro, aun resulta milagroso que sólo precisara de cuatro, y el libro salió de la Imprenta López en junio de 1943. Aquella primera edición de Historias e invenciones de Félix Muriel por la Editorial Nova iba ilustrada con once dibujos a toda página de Luis Seoane, cualquier día os traeré algunas de esas ilustraciones.

Cuando el espíritu de un escritor alcanza cierto estado de disponibilidad, qué poco se necesita para transitar los desvanes del pasado y abrir los arcones de la memoria. Alguna vez contó Dieste que el Félix Muriel nació cuando andaba sumergido en meditaciones sobre el tiempo y su relación con la memoria, en busca de las raíces de una temporalidad inmortal. En los cuentos de Historias e invenciones... encontramos ese acorde íntimo que resucita nuestra propia experiencia y nos la devuelve significativa y reveladora, como si un cristal perfectamente tallado reflejara la prosa de Dieste y nos devolviera la imagen prístina de aquel que habíamos olvidado que somos.

Que lo más insignificante se transfigure en transporte iluminador y memorioso da idea de esa alquimia de la escritura que sólo es posible en la gran literatura. El recorrido de un pasillo se convierte en la gran aventura de cruzar el país del miedo en Este niño está loco, el viaje homérico de un niño que teme a las sombras, porque la mirada infantil transforma lo cotidiano en crisol de prodigios -los mil cielos claros o terribles que hacen viajar la casa- y un espacio doméstico en un territorio tenebroso, en un camino de aprendizaje, en una odisea vital. Dieste remonta el río de la memoria y nos arrastra con él hasta ese niño que fuimos, y lo que pasó una noche es nuestra noche de miedo, y en un relámpago final, que estalla tras condensar las impresiones sucesivas en el curso de la lectura, somos aquel niño en el umbral del cuarto oscuro, pero esta vez atrapados en el latido lírico de un tiempo recobrado.

Rafael Dieste en Galicia, de vuelta del exilio 

Historias e invenciones de Félix Muriel enhebra la luz con las sombras. Las tinieblas son insondables y la luz muy poquita cosa, un quinqué -color guinda, eso sí-, unos farolillos, una luciérnagas, así que todo lo más podemos alcanzar vislumbres, un rayito apenas pero que basta para animar a un personaje, como en Un quinqué color guinda a Matilde, con una sonrisa que era como un poquito de limón, o a doña Joaquina, hecha de boj y de luto. Parece como si Rafael Dieste dispusiera las palabras en una  sintaxis a modo de cedazo para atrapar destellos del tiempo perdido o sombras fugitivas de un pasado remoto, reminiscencias de las imágenes primordiales cuando fuimos Félix Muriel.

18/9/11

Un maravillado mirar

Después de publicar esa llamémosle descarga (en un sentido musical, por ejemplo las sesiones del maestro Cachao) de la entrada anterior, esa misma noche, como si me llamara, busqué las Historias e invenciones de Félix Muriel de Rafael Dieste; para mi sorpresa, apenas me llevó tiempo encontrarlo, lo tenía muy a mano, como si me esperara.



Un ejemplar de la edición de 1974 en la colección Alianza Tres. En la portada había anotado la fecha en que lo compré, el 26 de noviembre de 1982, en una librería de Pontevedra, ¿hace falta añadir que ya no existe?  Nueve relatos y ciento cincuenta páginas. Si tuviera que elegir los libros más queridos de la literatura del siglo XX, éste sería de los primeros. Diré más, creo que se trata de uno de los libros fundamentales de la literatura en castellano. Mencioné que contiene nueve relatos, pero Historias e invenciones de Félix Muriel, más que un libro de relatos es un libro de iluminaciones, una indagación poética en torno a las nacientes de la identidad, un tapiz de motivos primordiales. Historias e invenciones de Félix Muriel deviene la odisea íntima de  Rafael Dieste, que remonta  el río del tiempo para alumbrar los adentros con la candela de la memoria fermentada en la imaginación.

En cuanto tuve el libro en las manos -creo que la última vez que lo leí fue hace once años, recién llegados a este finisterre vecino a los paisajes evocados en Félix Muriel- recordé aquel aforismo de Dieste: El cuento -traduzco del gallego- es el remolino que hacen alrededor de una lámpara muchas mariposas, todas abismadas en la misma luz. Una bella definición que cierra algo así como un hexálogo -centrado en la unidad y en el final del cuento- que puso como introducción a su libro Dos arquivos do trasno (De los archivos del trasgo), pero que muy bien puede leerse como una metáfora de la concepción que alienta en Félix Muriel; y aun otro aforismo -El final [de un cuento] ha de tener la virtud de hacer simultáneas en el espíritu las imágenes que fueron sucesivas [en la lectura]- puede verse como expresión de la forma en que cristalizan esas historias e invenciones: espejos del alma, revelaciones, epifanías.

No he podido apartarme del libro en estos días y he interrumpido las lecturas de Ángeles para leerle fragmentos de las Historias e invenciones de Félix Muriel, como si los leyera por primera vez. Aquella edición de Alianza Tres ya sólo puede encontrarse en alguna librería de viejo, pero en las librerías de nuevo podéis encontrar -espero- la edición de Cátedra -los libros negros de las Letras Hispánicas-, que incluye la narración De cómo vino al mundo Félix Muriel que se había publicado medio año antes de que Historias e invenciones... saliera de la Imprenta López (calle Perú, 666) de Buenos Aires con la que se habían asociado Luis Seoane y Arturo Cuadrado para fundar la Editorial Nova.

De pie y de izda. a dcha., Otero Espasandín, Rafael Dieste, 
Antonio Baltar y Luis Seoane; sentadas, 
Mireya Dieste, Carmen Muñoz (la mujer de Dieste) 
y Maruxa Fernández, en Buenos Aires, 1943. 
(Fotograía de A Nosa Terra)

Fue el propio Luis Seone quien le encargó a Rafael Dieste, durante una tertulia en el Café Tortoni (muy probablemente en enero de 1943), un libro para la colección de narraciones de la editorial. La primera edición de Historias e invenciones de Félix Muriel en la Editorial Nova -colección Camiño de Santiago nº 5- que apareció aquel mes de junio de 1943 en Buenos Aires llevaba once dibujos a toda página de Luis Seoane que no incluye la edición de Alianza Tres pero sí -aunque con una impresión deficiente- la de Cátedra. De aquella primera edición os contaré el próximo 15 de octubre -quedáis emplazados-, de la de Cátedra sólo añadiré que data de 1985 y, que yo sepa, no se ha reeditado.

Rafael Dieste había empleado antes el seudónimo de Félix Muriel para firmar algunos textos, pongamos por caso, en la revista que dirigía durante la guerra civil, Nova Galiza -llevaba por subtítulo Publicación quincenal dos escritores galegos antifeixistas-, entre 1937 y 1938 en Barcelona; también había fundado en Valencia con Gil-Albert, Sánchez Barbudo, Manuel Altolaguirre y Ramón Gaya la revista Hora de España, y en 1938 se incorporó al Ejército del Este para compartir con Sánchez Barbudo la redacción de la revista El Combatiente del Este. Cuando llega la derrota de la República, Rafael Dieste y Carmen Muñoz -se habían conocido durante las Misiones Pedagógicas- toman en compañía de tantos miles de republicanos el camino del exilio hacia la frontera francesa.

Misiones pedagógicas. Estreno del Teatro de Títeres 
con Retablo de fantoches de Rafel Dieste 
en Malpica el 20 de octubre de 1933.
(Fotografía de José Val del Omar) 

Rafael acaba confinado en el campo de concentración de Saint-Cyprien y Carmen, herida en el bombardeo de Figueres, en el hospital de la Piedad de París. Las cartas de Carmen Muñoz y Rafael Dieste durante esa separación componen el Epistolario amoroso, editado por La Voz de Galicia en 1995 y que leí gracias a la calurosa recomendación de Pepe Coira hace unos años (me hice socio de la Biblioteca Municipal de Ribeira para poder sacarlo y fotocopiarlo), es uno de los más bellos y tiernos epistolarios que haya leído nunca.


En Historias e invenciones de Félix Muriel, la voz de Dieste, desde el exilio de Buenos Aires y con las heridas de la guerra en el alma aún en carne viva, aflora en la memoria transfigurada por el sueño y el tiempo vivido para destilar una experiencia fundacional, trasformando el viaje al pasado en  una forma de introspección y la escritura en herramienta de conocimiento, de producción de sentido. Y Rafel Dieste/Félix Muriel encuentra su lámpara maravillosa para iluminar el desván de la infancia en el quinqué color guinda que da título a la primera de las narraciones, verdadero aleph (el de Borges se publicó un año después) del tiempo primordial. Empieza así:

Alumbrando el rellano de la escalera había un quinqué de petróleo, cuyo depósito era de cristal color guinda y levemente modelado como un pequeño mar en que estuviera meciéndose el crepúsculo.

Aquel rellano fue siempre lugar donde se dieron cita a la vez la gran franqueza y el dilatado misterio...

Pero no me resisto a traeros el cuarto párrafo:

Allí se despedía por última vez a los hermanos y se salía al encuentro de los que volvían de ciudades lejanas y espléndidas, que están más allá de aquellos montes, mucho más allá; y más allá de la línea remota del mar abierto, donde se desvanecen, ya muy pequeñitas, las velas de los bergantines.

Y un pedacito del séptimo:

La primavera está en todas partes. Las grandes promesas se hacen de mil maneras, viajan en las nubes, son crines de caballos, o de repente se quedan enjauladas como un pajarillo de sol en un vaso de agua. Así es que pueden muy bien estar en el color guinda de un quinqué de petróleo, sin que lo sepa nadie más que uno, el niño que lo mira...

El quinqué color guinda no es sólo el umbral de las Historias e invenciones de Félix Muriel, también nos muestra el tono de la voz y la partitura del canto. A menudo se ha traído a cuento el realismo mágico para ubicar el ámbito literario del libro de Dieste. Pero si el realismo mágico alude a la preocupación estilística por mostrar lo fabuloso, lo prodigioso, como cotidiano, nada más lejos del mundo de Félix Muriel. Como pone en escena El quinqué de color guinda, se trata de la mirada -y aun de una mirada excesiva- cargada de tiempo, que se abisma en el pequeño mar del ocaso en una íntima y ensimismada procura de la infancia. Quizá nada como unas líneas de Valle-Inclán en La lámpara maravillosa para desvelar el latido de la escritura de Dieste: ...cuando se rompen las normas del tiempo, y el instante más pequeño se rasga como un vientre preñado de eternidad. En el vientre del quinqué color guinda se halla la matriz donde anida lo mágico de lo cotidiano -nada más mágico que la realidad, apuntaba Dieste-, donde cuaja el aquel memorioso de un maravillado mirar.