Mostrando entradas con la etiqueta Emmanuel Devos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Emmanuel Devos. Mostrar todas las entradas

15/11/09

La mirada encendida


Llevo unas semanas volviendo a los filmes de Ingmar Bergman. Hoy hemos visto en Cineuropa Comment je suis disputé... (ma vie sexuelle) de Arnaud Desplechin que no es la primera vez que traigo por aquí, y seguro que no será la última. Creo que el cineasta francés es de los pocos cineastas que merecen el calificativo de herederos de Bergman. Gracias a Desplechin he vuelto a sentir con Emmanuelle Devos o Chiara Mastroianni lo que no había vuelto a sentir desde los filmes de Bergman con Bibi Andersson, Ingrid Thulin, Harriet Andersson o Liv Ullmann: esa entrega absoluta en el aquel de explorar los límites de las emociones en carne vida, hechas palabra y cuerpo, encarnadas en una intimidad táctil y desnuda, ofrendada a la mirada del espectador como quien se decanta en una vibración de luz, sensación en estado puro, visión destilada de la erosión del tiempo en la piel que tiembla y que cifra la única eternidad posible de una vida tan frágil.

Arnaud Desplechin con Jeanne Balibar
en el rodaje de Comment je suis disputé...

Es imposible ver Comment je suis disputé... (1996) sin que resuene en sus imágenes la memoria imborrable de Reyes y reina (2004), la película que nos descubrió a Desplechin. Reyes y reina recupera a la maravillosa pareja protagonista (Mathieu Amalric y Emmanuelle Devos), aquí separados, y cuya separación se fragua, es un decir, en Comment je suis disputé... No se trata de que ambas películas se vinculen argumentalmente, que una sea secuela de otra, sino, como explica Emmanuel Bourdieu, el guionista habitual de Desplechin, el cineasta vive asediado por el cine y sus películas remiten a otras películas suyas: los secretos y rencores familiares, la mala madre (o la madre mala), la locura, la culpa, amores exacerbados y tempestuosos. Cuando empiezo, pienso que sería formidable hacer una película que no fuera de Arnaud Desplechin, cuenta con ironía quien no puede sino llevar a cuestas un pasado (que pesa) y que, según su guionista, no tiene más remedio que intentar resolver la ecuación en cada película de conseguir hacer una obra ligera con un background de partida pesado, que deviene irremediablemente saga. El trayecto que va de Comme je suis disputé... hasta Reyes y reina y Un cuento de navidad amojona los episodios de un logro mayor del cine de hoy, un trayecto que, mira por donde, también podría encontrar un paralelo en el de Bergman.

Arnaud Desplechin con Jeanne Balibar,
Mathieu Amalric y Marianne Denicourt
en el rodaje de Comment je suis disputé...

En el cine de Arnaud Desplechin advertimos, además de la herencia de Bergman, una filiación con la obra de Truffaut, Eustache o Pialat, un cine locuaz y frondoso, de mirada febril, que cerca los cuerpos a la busca de las emociones en un flujo torrencial, un cine generoso, desbordado y excesivo, que desdeña la brevedad para entregarse a la fruición del misterio que emerge del círculo de unos actores, que se inmolan en el altar del íntimo estremecimiento y que la cámara de Eric Gautier trata de registrar en el trance de desaparecer. Comment je suis disputé... (donde ya encontramos todo Desplechin) cuenta los amores de Paul Dedalus (Mathieu Amalric) con Esther (Emmanuelle Devos), Silvia (Marianne Denincourt), Jeanne (Jeanne Balibar) y el anhelo de Patricia (Chiara Mastroianni), e indaga en un microcosmos culto y burgués en donde los personajes se acorazan a base de palabras frente al miedo a entregarse al azaroso juego de vivir y al desgarrador abismo del amor, mostrado con humor, con mucho humor (¡bendito humor!). Pero la vida y el amor los enfanga sin remedio, desesperadamente, hasta quebrar las defensas y descubrir el desamparo primordial de Esther en la ducha, de Paul rescatando el mono muerto, de Jeanne , de Silvia, de Patricia, del profesor que olvida dónde dejó el coche, de Esther y Paul en la calle buscándose y rehusándose con una dolorosa angustia a flor de piel, la visita de Paul a una escena de la infancia (como Victor Sjöström en Fresas salvajes), la carta de Esther a Paul que ella desgrana mirando a cámara, mirándonos, tomándonos por testigos de una íntima confesión. Un desamparo que Arnaud Desplechin nos entrega como una arqueología de las emociones y una genealogía de los sentimientos (y una cartografía del corazón humano a la luz de la Ética de Spinoza), como brasas del pasado que aviva con la mirada encendida.

Emmanuelle Devos (Esther)
y Mathieu Amalric (Paul)
en
Comment je suis disputé...

Conviene, a modo de epilogo, reseñar que la película dura tres horas, que la proyección en el Salón Teatro (incómoda a más no poder) alcanzó la frontera de lo inaceptable (sobre todo si tenemos en cuenta que se trata de un festival llamado Cineuropa y que presentaba un ciclo dedicado a Arnaud Desplechin): más de media hora de retraso, proyección con luz insuficiente (imperdonable, una injusticia para el maravilloso trabajo de Eric Gautier), doble subtitulado (en inglés y español), corte de diez minutos en medio de la proyección... Y por si fuera poco, asistir al abandono de la sala de la mayoría de los espectadores (que presumen de cinéfilos), incapaces de apreciar la obra de uno de los cineastas europeos realmente grandes y con historias que contar. Respecto al retraso y a la proyección en sí, la película de Desplechin no fue una excepción, vivimos el mismo retraso y la misma proyección deplorable cuando asistimos el martes pasado, esta vez en el Teatro Principal, a la de El lazo blanco (2009) de Michael Haneke, Palma de Oro en Cannes. Por cierto, nadie se queja, a casi todo el mundo le parece de perlas. En fin que vimos Comment je suis disputé... en el cine -es un decir- y sólo esperamos que algún día la editen en dvd como se merece para verla... como si fuera la primera vez. Y aun así, volveríamos a pasar por el sacrificio de verla como la vimos si no hubiera otra forma de volver a verla. Creo que nada mejor se puede decir del cine de Desplechin.

9/4/09

Una fiesta del cine


Lo mejor que puedo decir de Un cuento de Navidad (2008) de Arnaud Desplechin es que, tras haberla visto ayer y haber salido de ella en estado de trance, ya me tarda la edición en dvd para verla otra vez, y aun una vez más, para desentrañar las preguntas que germinan al hilo de sus impulsos, para aventurarse en sus recovecos y volver a sentir el tacto de sus imágenes. Valió la pena los trescientos quilómetros que hicimos (mitad de ida, mitad de vuelta) para verla. Y más si hubieran hecho falta.
La película se exhibe en una única sala en A Coruña y antes de entrar en la película viene a cuento traer aquí la escena con la chica que atendía la taquilla. Eran las 15,30:
-¿Me da dos entradas para Un cuento de Navidad?
-¿Sabe usted que la película es en versión original subtitulada?
-Sí, claro.
-¿Y quiere dos entradas?
-Pues sí, para la sesión de las 15,45. ¿Están numeradas?
-Sí, ¿quiere dos butacas centradas en la fila 10, por ejemplo?
-¿Cuántas filas tiene la sala?
-Trece.
-Entonces déme dos centradas en la fila tres.
-Ah, bueno, para esa fila nadie quiere entradas.
-Estupendo.
-Y menos en una película subtitulada.
Por cierto, es la única sala comercial de Galicia que proyecta películas en versión original subtitulada. Más aún, se trataba de la primera película de Desplechin con distribución comercial en España, hasta ahora sus filmes se había podido ver sólo en festivales o filmotecas. Fuimos los dos únicos espectadores en esa sesión. Imagino que no fuimos los únicos espectadores de la película. Todavía se proyecta. ¿A qué estáis esperando? Esta entrada puede esperar, siempre va a estar aquí, el filme de Desplechin no.

Mathieu Amalric y Catherine Deneuve en
Un cuento de Navidad

Un cuento de Navidad
es una película sobre una familia que se reúne para pasar juntos la Nochebuena en torno a la madre, Junon/Catherine Deneuve, enferma de mielodisplasia y que sólo podrá salvarse si se le practica un transplante de médula ósea de un hijo o un nieto compatibles. Pero ese trasplante es un pretexto para convertir la casa familiar en una encrucijada de almas a la intemperie.
La película de Desplechin se abre con una ceremonia de duelo por un hijo muerto hace años pero cuyo fantasma sigue rondando los recuerdos de su padre, Abel/Jean-Paul Rossillon, y el hogar de los Vuillard. Una ausencia que sigue pesando e infectando los vínculos afectivos en el presente, hasta convertir a Henri/Mathieu Amalric en un indeseable, porque no cumplió con la función que se le había asignado desde la concepción: nació para salvar a su hermano, pero infelizmente nació tarde.
Y Henri vuelve como el hijo pródigo, abocado a enfrentar el odio de su hermana Elizabeth/Anne Consigny, que lo identifica como el gen maligno que propaga la enfermedad de la sangre de la familia, y el desamor de la madre. Los lazos de sangre están emponzoñados y la Navidad convoca a los Vuillard a un exorcismo de los demonios familiares.

Emmanuelle Devos y Jean-Pierre Rossillon
en
Un cuento de Navidad

La familia como genealogía de la moral (no faltan las citas nietzcheanas) y la genealogía de la familia como arqueología de las filiaciones, nido de las representaciones fundacionales, corazón de las mentiras primeras, nicho de pérdidas (no faltan las referencias a Emerson que vivió en carne propia la de su hijo), incesante cascada de interrogantes que nos acucian desde una mirada que las desgrana en forma de imágenes preñadas de una búsqueda desesperada de sentido, huérfanos de los saberes primordiales: quiénes somos, quiénes son nuestros padres, qué heredamos. He ahí la cartografía de un filme en el que Desplechin no cesa de abrir canales, de crear texturas y tonos en ese palimpsesto de voces que constituye una familia, de tal forma que la película deviene un inventario de catas en el yacimiento arqueológico de los afectos, de las filiaciones, de la genealogía.
Un cuento de Navidad puede contemplarse como un ajuste de cuentas con la familia. Los muertos siempre están aquí, como fantasmas y/o como monstruos con que jugamos a asustar a los niños (a los nietos), como don o como duelo. Y no nos queda otra sino invocarlos si queremos comprender la masa de la sangre que nos funda, y resolver los cortocircuitos con que los ausentes enredan los afectos de los vivos. Y de los que van a morir, como Junon. La herencia cobra entidad genética en el filme de Desplechin. La mala sangre adquiere carta de naturaleza, y no sólo metafórica: es una cuestión de vida o muerte. Y se pliega sobre si misma: los descendientes sobre los ancestros. Para Junon la filiación se convierte en un martirio, teme arder con el trasplante de médula de su propio hijo.

Un fotograma de Un cuento de Navidad
Se ha señalado repetidamente que una de las grandes cuestiones que atraviesan el cine contemporáneo consiste en preguntarse cómo es posible narrar cuando una cierta posmodernidad rompió los lazos de las causas y los efectos, y dejó al aire las tripas del relato, los mecanismos de la narración. Desplechin (hermano del alma de Truffaut) despliega sus películas impulsadas no sólo por la voluntad, sino por la confianza en el acto de contar, de contarse, de vaciarse en la fruición de las grandes narraciones, a la manera de un Balzac o de un Dickens. En ese gusto cabe hablar de lo novelesco a propósito de Desplechin, como era posible hacerlo acerca de Truffaut, pero de ninguna forma puede hablarse de un cine novelesco (ni acerca de Truffaut ni de Desplechin). Cine incandescente, incluso en llamas, es lo que nos regala el director de Un cuento de Navidad (como nos lo regalaba Truffaut), por más que las palabras, los textos, las voces pueblen sus imágenes de la misma forma que han traspasado y nutrido su mirada.


Arnau Desplechin con Mathieu Amalric
en el rodaje de
Un cuento de Navidad

El dolor, el desgarro y la crueldad, la comedia y el melodrama más oscuro se maridan en el cine de Desplechin que toma en sus manos con energía y precisión los mecanismos del relato para innovar y alentar el aquel de contar, y lo hace de una forma apasionada y torrencial, sin reservas, sin red, sin pudor, poniendo en escena los caminos sombríos de la genealogía de una educación sentimental. Las apariencias desnudas, la cruda verdad de ese refugio infernal que constituye la familia, nido de la infección sentimental que gobierna los impulsos de los personajes. Desplechin pone el microscopio en la vibración febril de la piel de las apariencias, a punto de ser rasgada, herida por la revelación de esas cartas y confesiones a cámara que, lejos de constituir efectos distanciadores, se transmutan en espacio íntimo de confidencias. Y con esa mirada microscópica atenta a cada mínimo detalle saja el tumor canceroso que crece en el núcleo de los vínculos afectivos y familiares, Así, los diálogos en carne viva apenas si consiguen represar el espesor inagotable de lo no dicho, de lo indecible; psicodrama donde fluye a borbotones el fraseo como síntoma de las tensiones que se han ido acumulando en el interior de los personajes, acercándose al punto de fusión, al borde del estallido que nunca dejará de producirse, con la descarga emocional que lleva aparejada.
Las ficciones de Desplechin se fraguan cerca del punto de ebullición donde las compuertas que han retenido rencores, odio, celos y resentimiento van a reventar sin remedio, y las palabras se harán carne, herida, llaga, dolor no ya simbólico, sino encarnado. Dotar de carnalidad a las palabras representa el efecto que persigue Desplechin con la puesta en escena, es la transmutación del guión que persigue el cineasta. El cine, señala el coguionista Emmanuel Bordieu, es una enfermadad que se contrae a partir de la nada (las palabras del guión), pura somatización. Es su forma de habitar el filme. Sus personajes son tan carnales que encarnan también el mito al que remiten, alojado en la noche de los tiempos. Y, en correspondencia, sus imágenes son tan táctiles que la maravillosa escena de amor entre Sylvia y Simon –la primera y la última- es una cuestión de manos, que nace y muere a flor de piel, que necesitará reinventarse para ser recordada a base de la memoria de las manos. Ese milagro de un alma en pena atrapando el tacto del cuerpo amado y perdido. Porque como recuerda Simon que dijo Auguste Renoir, si un pintor siente las tetas y los traseros está salvado.

Un fotograma de Un cuento de Navidad

Los filmes de Desplechin optan por expandir el marco de la trama para dar curso a nuevas vertientes que afluyen al cauce del relato. En Un cuento de Navidad, los retratos pueblan la casa familiar y desde las imágenes iniciales invocan a los ausentes –muertos, desaparecidos, regresados, perdidos- y los recién llegados, como Faunia/Emmanuelle Devos -la amante de Henri-, se verán obligados a confrontarse con ese pasado que corrompe las filiaciones y los afectos. El filme se convierte de hecho en una circulación de afectos cuyo tráfico ordena el cineasta en ese castillo encantado donde habitan los fantasmas, los monstruos, la leyenda de la familia. Hasta convertirse para nosotros espectadores en esa membrana que separa a madre e hijo tras el transplante. Hasta dejarnos sobrecogidos ante la pantalla en carne viva. Y van pasando los créditos. Y desde lo más profundo rendimos tributo a las imágenes materializadas por Eric Gautier, el sentimiento conservado en cada plano por la montadora Laurence Briaud, y las sensaciones intraducibles que nos atravesaron con el uso de la/s música/s -que inundan pero no invaden el filme- como muy pocos cineastas consiguen hoy en día. Y nos faltarían palabras para trasmitir siquiera la piel de las emociones que transmite un reparto sencillamente perfecto. Cómo hablar de la verdad que transmiten Catherine Deneuve y Jean-Paul Rousillon, los magníficos Mathieu Amalric y Emmanuelle Devos… Baste subrayar, porque hacía tiempo que no la disfrutábamos, la sublime Chiara Mastroianni, más madura y mejor actriz que nunca.
Un cuento de Navidad carece de espina dorsal, de eje dramático, o si se quiere, de centro de gravedad permanente, más bien se trata de una constelación de núcleos dramáticos que se atraen con diferentes intensidades (y tonalidades) en el curso del relato cuya estructura muda constantemente y se acaba pareciendo al árbol genealógico que deviene el motivo temático que enhebra las escenas del filme, incluso los filmes de Desplechin, a modo de patrón de crecimiento o ley de gravitación de la obra del cineasta francés, o de la casa de la ficción que habita.
Un cuento de Navidad es una fiesta de la pasión de vivir, de la forma poliédrica de la vida, luminosa y miserable, generosa y mezquina, tierna y cruel, gozosa y triste, desmedida y dolorosa. Bella desmesura la forma de habitar el filme la de Desplechin, celebración del exceso de la pasión de filmar. Diríase que no tiene estilo sino una forma inconfundible de contar que transforma cada película en una fiesta del cine.

31/3/09

El pasado



Esta tarde nos hemos concedido un regalo inesperado, así que no voy a esperar a mañana para contarlo. Hemos visto Reyes y reina (2004) de Arnaud Desplechin. Y no puedo comprender cómo este cineasta que al fin y al cabo es francés, es decir, de ahí al lado, sea un desconocido, o casi, aquí. En fin, sí que lo entiendo, de qué me voy a extrañar a estas alturas. Hacedme caso, en cuanto podáis, dejad que este filme extraordinario de Desplechin os acompañe a lo largo de dos horas y media que se os pasarán volando.

En Reyes y reina se destila la mejor tradición de la nouvelle vague –ahí está Las dos inglesas y el amor de Truffaut, por ejemplo- pero también los fantasmas del pasado que se instalan en el presente –o mejor, que no se han ido nunca- de Bergman. En esa encrucijada germina el gran cine de Desplechin. Y Reyes y reina es una muestra ejemplar de ese cine.

La película desgrana dos historias, la de Nora y la de Ismael. Durante buena parte del metraje no sabemos que ambas son segmentos de la misma historia. Una historia que se nos presenta como una confesión de Nora. Y como en toda confesión: el pasado y los muertos cuentan mucho, nada podría contarse sin ellos: es lo que llevamos a cuestas. Una película sobre padres e hijos, en particular sobre esos padres que nos dan tantas sorpresas. Un tema inscrito, a modo de adn, en cada una de las escenas de Reyes y reina.


Arnaud Desplechin (a la dcha.) con
Maurice Garrel (el padre de Nora)
en el rodaje de Reyes y reina.

Nora se encuentra en vísperas de su tercer matrimonio –aunque descubriremos que dicho así es demasiado simple- y descubre que su padre está gravemente enfermo. Ismael se recupera en un psiquiátrico, abandonado y con el corazón roto –pero tampoco en su caso las cosas son tan simples con ser tan dolorosas-. Ante la muerte inminente de su padre, el pasado vuelve a Nora y la obliga a enfrentar el remordimiento y la culpa. El pasado tampoco se olvida de Ismael, y Nora vuelve a él para pedirle que asuma una responsabilidad abrumadora. Y ese pasado que ambos padecen está preñado de ficciones, las historias que nos montamos sobre nosotros y sobre los que queremos o nos quieren, o eso parece. Porque la vida es también la ficción con que la vivimos. Y la filiación a la que nos acogemos. Porque la vida también es el envoltorio de apariencias con que enmascaramos la radical soledad a la que estamos abocados. Y da miedo. El miedo que amasa el terrible monólogo con que el padre de Nora se despide de ella, abismado a las puertas de la nada. Y de ese vértigo nace la verdad que alienta desde el primer fotograma en Reyes y reina.


Emmanuelle Devos y Catherine Deneuve

El arte de Arnaud Desplechin se despliega en la sabiduría con que dosifica el drama y la comedia, lo cómico y lo patético, la ironía y la tragedia, y en la elegancia con que nos sitúa ante los personajes, haciéndonos sentir que asistimos a momentos privilegiados de las vidas de unos seres en un trance decisivo, donde se juega el ser o no ser, la redención o una esquinita de felicidad. Una historia de desgarro y culpa que evita anegarse en la emotividad pedestre y logra iluminar los rincones oscuros de la intimidad de los personajes sin pretender explicarlo todo. Como la inspirada fotografía del gran Eric Gautier.

Pero además Desplechin no es un cineasta estrecho, de los que se la coge con papel de fumar, y mezcla con el mayor desparpajo la música clásica con el rap, el personaje más entrañable y el más despreciable, géneros y estilos, lo mitológico y lo popular. La generosidad con que despliega los recursos y la convicción con que narra, maridando lo vulgar y lo poético, lo tierno y lo amargo, el humor y la desesperación, lo convierten en digno heredero de un Renoir. Semejante dadivosidad en un cineasta de hoy en día merece ser correspondida disfrutando de sus películas.

Mathieu Amalric (a la dcha.)

Reyes y reina
se cierra con un epílogo que contiene algunos de los momentos más hermosos que haya visto en años. La escena del Museo del Hombre en París con Ismael administrándole a Elías, el hijo de Nora, uno de los monólogos mejor escritos y mejor dichos de este siglo, explicándole que no puede convertirse en su padre, y al tiempo regalándole las palabras que todo hijo le gustaría escuchar de su padre. Ismael, encarnado por ese gran actor llamado Mathieu Amalric, le explica al niño que el crió que el pasado no es lo que ha desaparecido, al contrario: es lo que nos pertenece. Y como Elías no entiende –en realidad, creo que quiere que su padre que no es su padre le siga hablando, prolongando ese momento irrepetible en el Museo del Hombre que le acompañará toda la vida-, Ismael añade: Es lo que tenemos, los recuerdos de los dos. Y así podría resumirse toda la película.

Eso si Desplechin no le concediera a la maravillosa Emmanuelle Devos/Nora el privilegio de cerrar la confesión en que, hasta cierto punto, consistió Reyes y reina. Y lo hace recordando un poema que le recitaba Ismael cuando vivían juntos y con el que se dormía en sus brazos. Uno de los poemas más hermosos que se hayan escrito nunca:

El agua se aprende por la sed,
La tierra por los mares navegados,
El éxtasis por la agonía,
La paz por las batallas relatadas,
El amor por la memoria.


Emily Dickinson

El poema de Emily Dickinson invita a releer la obra de la dama de Amherst, ¿o no?  Y añade Nora: Ya no tengo sed, tengo los pies en la tierra, y ahora por fin estoy en paz.

Y mientras su Elías reconstruye su genealogía, la película acaba.

Pero no acaba. Reyes y reina no acabará nunca. Cómo va acabar una película que habla de lo único que poseemos, el pasado.