Mostrando entradas con la etiqueta Anselmo Ballester. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Anselmo Ballester. Mostrar todas las entradas

24/8/14

Un último baile


Tengo la impresión de que a la altura de 1943 para los jefes de los estudios y buena parte de la crítica y de los espectadores a Lubitsch ya se le había pasado el arroz; apostaría que al cineasta no le disgustaba demasiado mientras pudiera seguir haciendo películas, que era lo que más le importaba. Quizá su cine ya no tenía lugar en este mundo pero ya tenía un sitio reservado en el Cine; su tiempo había pasado pero nadie podría arrebatarle el Tiempo perdido.


Entonces rodó Heaven Can Wait -El cielo puede esperar, aquí El diablo dijo no-, su única película en color (en Technicolor, concretamente); si no era su testamento, nada se le parece más. Cuánto me gusta insertar el cartel de Anselmo Ballester (uno de mis cartelistas de cine preferidos):


El cineasta echa la vista atrás de la mano de la memoria de su cine y se ve en Don Ameche que, en la encrucijada del más allá, mejor que ir al cielo prefiere acompañar a una bella joven camino del Purgatorio; ya de chaval una institutriz francesa le había tomado la medida: tenía el alma más grande que los pantalones. De hecho, pensaba que no merecía el Paraíso asi que, cuando le llegó la hora, se encaminó a donde tantos tantas veces lo habían mandado, y se presentó a las puertas del Infierno.


Como algunos maestros en sus últimas obras no le cuesta nadita cambiar de tono sin desafinar lo más mínimo y pasa del humor mordaz a la sonrisa leve o destila la pura emoción. Digámoslo así, Lubitsch saca a bailar a la memoria. Un último baile. Eso sí, con Gene Tierney. Faltaría más. Para rememorar y recordarnos el profundo desamparo de nuestra condición y tanta belleza velada por nuestra mezquindad. Ninguna película suya destila tal sentimiento de fugacidad. En palabras de Bogdanovich, Heaven Can Wait es la comedia divina de Lubitsch -iluminada por Edward Cronjager-; nunca fue más elegante ni más sensible con la debilidad humana.


Dije una vez que si me fuera dado escoger me gustaría irme de este mundo después de ver por última vez en compañía de los que quiero El hombre tranquilo; bueno, es mucho pedir, pero ya puestos que sea una sesión continua, empezando con la comedia divina.


De momento, uno se la receta cuando el cuerpo le pide algo tierno, preñado de humor y melancolía, sabiendo que Ángeles nunca se niega a ver una vez más Heaven Can Wait.


Hace año y medio hablé de Amistad el maravilloso libro que le dedicó su guionista Samson Raphaelson. Aquí va un párrafo:
Lubitsch no era lo que un escritor llamaría un escritor y no perdía el tiempo intentando serlo. Dudo que alguna vez intentase escribir él solo una historia o una película, ni tan siquiera una escena. No tenía vanidad ni se hacía ilusiones sobre sí mismo. Pero era lo suficientemente astuto para conseguir atraer y acoger a los mejores escritores disponibles y para hacer que fuesen más allá de sus límites, interviniendo en cada etapa de la escritura de una manera que no alcanzo a medir ni a definir. De algo estoy seguro: su sentido para apreciar en su justo valor una escena, una imagen o una interpretación era el de un genio. Es ese don mucho más escaso y preciado que el simple talento, enfermedad tan común entre los mediocres.

Bueno, de acuerdo, un párrafo más:
Intento recordar a qué se parecían las miles de horas que pasamos juntos. Yo no sabía nada del cine; él era el mejor artesano cinematográfico de su tiempo. Siempre trabajábamos juntos en la misma habitación. Podía ser su oficina o la mía en el edificio de los estudios, o en una sala en su casa o en la mía, o en un hotel de Nueva York o de Palm Springs. trabajábamos seis horas al día, cinco días por semana. No había conflicto de egos ni rencor cuando no estábamos de acuerdo, a veces de manera violenta, sobre una escena o una réplica. No importaba lo fuerte que gritásemos, era por el bien de nuestra tarea. Escribíamos hablando. De todas maneras, siempre he escrito hablando, no se me daba muy bien eso de estar solo frente a la máquina de escribir. Por suerte Lubitsch también prefería hablar y, por supuesto, siempre había una secretaria con nosotros. [Tildy Jones, la secretaria de Samson Raphelson. Como recuerda el guionista unas páginas después, la secretaria siempre la  aportaba yo. La de cosas que podría haber contado la buena de Tildy: lástima de unas memorias suyas.] Él escribió algunas de mis mejores réplicas y yo inventé algunos de los típicos "toques Lubitsch". No llevábamos la cuenta de nuestros logros respectivos y yo nunca volvía a casa dándole vueltas a ningún detalle. Había cumplido con mi trabajo diario y ganado mi preciada paga. Mi nombre en los créditos era algo sin importancia. En cuanto me alejaba de Lubitsch y del cine me abalanzaba sobre mi "verdadera" vida: mi próxima obra, mía y sólo mía. Sentía cierta curiosidad por ver la película terminada, pero en esos diecisiete años fui a un rodaje menos de media docena de veces y aun entonces era tan sólo porque Lubitsch quería cambiar una réplica. Tampoco me quedaba mucho rato, no era muy instructivo ver rodar una y otra vez una escena de tres minutos. 

Heaven can Wait fue la penúltima película que escribió con Lubitsch. El guionista recuerda aquel trabajo como una experiencia feliz. Fue la última obra maestra que hicieron juntos.

28/11/13

Ven y mira (Luigi Martinati)


Luigi Martinati fundó con el gran Anselmo Ballester y Alfredo Capitani la BMC, la primera empresa italiana de diseño gráfico en la postguerra, cuando se produce un incremento notable de la asistencia a las salas de cine y las distribuidoras necesitaban un llamativo cartel (en italiano, locandina, y también il manifesto cinematografico) para promocionar cada película. Podían haber hecho escuela, pero trabajaban sin ayudantes (y seguramente ni se les pasó por la cabeza enseñar el oficio). Luigi Martinati (con una firma bien visible) es uno de los grandes cartelistas de cine italianos (echando la vista atrás, toda una escuela de cartelismo cinematográfico). Alguien comentó -con toda la razón- lo que debió ser callejear por Roma de cine en cine en los 50 y contemplar tantos carteles maravillosos.

 La maldición de Frankenstein (1957) 
de Terence Fisher

Casablanca (1942) de Michael Curtiz

Yo confieso (1953) de Hitchcock

Tener y no tener (1944) de Hawks

El manantial  (1949) de King Vidor

El gran Jim McLain (1952)  de
Edward Ludwig

Amarga victoria (1939) 
de Edmound Goulding

Flamingo Road (1949) 
de Michael Curtiz

Agente confidencial (1945) 
de Herman Shumlin

El signo del Zorro (1940) 
de Rouben Mamoulian

La ley del silencio (1954)
de Elia Kazan

Them (La humanidad en peligro, 1954)
de Gordon Douglas

Ola de crímenes (1954) 
de André De Toth

Jezebel (1938) de William Wyler

High Sierra (El último refugio, 1941)
de Raoul Walsh

He muerto miles de veces (1955)
de Stuart Heisler

The Full Treatment 
(Muerte llega de noche, 1960)
de Val Guest

Extraños en un tren (1950)
de Hitchcock

Gentleman Jim (1942) de Raoul Walsh

Mildred Pierce (Alma en suplicio, 1945) 
de Michael Curtiz

The San Francisco Story (1952)
de Robert Parrish

Kiss Tomorrow Goodbye 
(Corazón de hielo, 1950)
de Gordon Douglas

El tigre de Esnapur / 
La tumba india (1959)
de Fritz Lang

Ponerle los ojos encima  a estos carteles nos devuelve la memoria de un tiempo perdido, cuando el cine era un arte popular y representaba una experiencia comunitaria. (El cine como ritual y ceremonia de la comunidad de espectadores, que evoca Marsé en sus novelas, materia germinal para las aventis de sus chicos del Guinardó.) Aquellos carteles cifraban promesas de sueños, cuando el cine era aún -en palabras de Lubitsch- el trastero de la felicidad.

5/5/13

Delirios de la mirada


Aquel niño que fui vuelve con la memoria encantada de las sesiones continuas en el Teatro Principal (de Tui), transfigurando alguna hora propicia en un sueño de Las mil y una noches, a bordo de un bajel con el trapo (encarnado) al viento y un ojo pintado en la amura de proa.


Prendida (y prendada) aún la mirada en la promesa -de tantas maravillas- cifrada en las primeras imágenes de El ladrón de Bagdad, la producción de Alexander Korda estrenada en 1940. 

El primoroso cartel de Anselmo Ballester

Debe ser la primera película que menciono en esta escuela seguida por el nombre del productor (y no del director); de la misma forma que, a propósito de Lo que el viento se llevó, hablaríamos de una película de David O. Selznick. 


En El ladrón de Bagdad aparecen acreditados como directores Ludwig Berger, Tim Whelan y Michael Powell, pero por lo que sabemos merecerían figurar también bajo el Directed by Zoltan Korda -hermano del productor-, Cameron Menzies -el creador de los decorados (también director artístico, y aun más, de Lo que el viento se llevó)- y, desde luego, Alexander Korda. 

Programa de mano 
de El ladrón de Bagdad

Con todo, quizá en las escenas (más) memorables, salta a la vista la puesta en escena de Michael Powell y, mucho más decisivo, como en Peeping Tom el aquel de mirar (o no mirar) deviene un asunto cardinal en El ladrón de Bagdad, donde la trama declina e hilvana delirios de la mirada. En ese ojo que se topa con los nuestros en la apertura de la película no podemos ver un mero elemento decorativo. En ese ojo figura la matriz poética de la película. 


(Aquel niño que fui se maravillaba también con otros transportes fantásticos, esos que tantos espectadores desdeñan en favor de películas de ahora más perfectas técnicamente. Lástima, cuanto ganan resulta apenas un engaño más acabado: han perdido la poesía, el puro sentimiento de lo maravilloso, en fin, la verdadera magia del cine; más aún, la magia del cine verdadero.)

Michael Powell con Conrad Veidt y June Duprez 
en el rodaje de El ladrón de Bagdad

El ladrón de Bagdad se alumbra en el tránsito ardiente por el umbral de la mirada, entre el arrebato y el tabú, entre la dicha y la prohibición de ver: la princesa (June Duprez) se enamora del príncipe que violó el tabú que le prohibía ponerle los ojos encima, cuando contempla su reflejo en el espejo del agua de un estanque; primero teme lo que ve, pero no huye, porque no puede represar el deseo de ver. Delirios de la mirada, delirios de cine.  


Y cuando se encuentran las miradas prohibidas cruzamos la frontera al otro lado del tiempo, hasta el fin de los tiempos. O en palabras en García Calvo, lo propio del Cine es jugar contra el tiempo precisamente jugando con el tiempo de veras, con el ritmo. (Paulino, el amigo de David, el niño protagonista de Rabos de lagartija de Juan Marsé, sabe de memoria los diálogos de la escena y los recita mientras contempla la película en la pantalla del cine Delicias, poniendo las palabras en la hermosa boca de June Duprez abriéndose como una rosa de fuego.)  


Así el amor, así el amor al cine. Y para castigar esa mirada de amor, el visir Jaffar -un magnífico Conrad Veidt, con el deseo absoluto grabado en la mirada (como lo evocaba Bénard da Costa en Os filmes da minha vida/Os meus filmes da vida)-, con una mirada de hielo azul... en sus ojos babilónicos que fascina al protagonista de Rabos de lagartija, 


tan hechizado de amor -o sea, tan ciego- que sólo puede ver a la princesa, y condena al príncipe a la ceguera, pero entonces su amada cae en un profundo sueño, soñando sin tregua en el aquel de ver al príncipe, un sueño sólo turbado por la sombra de la mirada insomne del visir.


Un sueño del que sólo el príncipe puede liberarla.


Y sólo ella puede devolverle la vista al príncipe abrazando al visir. 


Y el príncipe volverá a verla gracias al ojo que todo lo ve que su amigo Sabu -el ladrón de Bagdad- roba de la frente de la diosa gracias a la ayuda del genio de la botella. 


Pero llega a verla cuando el visir va a arrebatársela para siempre, robándole la memoria con las rosas azules del olvido (una escena que evoca vivamente Ringo, el niño protagonista de Caligrafía de los sueños de Juan Marsé, enamoriscado de June Duprez).


Así, una película de aventuras se transfigura, quizá como nunca, en un destilado del erotismo de la mirada, en la gran aventura del mirar. El deseo como arrebato de la mirada y el amor como memoria del mirar, como colmo del ojo. 


Cómo iba a extrañarnos entonces saber que fue el propio Michael Powell  quien mandó pintar el ojo en la amura de proa del bajel. (Como el que aparece -en algunas piezas de cerámica griega con escenas de la Odisea- pintado en la nave de Ulises.) 


Un ojo encendido con el presagio de los mil y un delirios de la mirada que depara El ladrón de Bagdad.