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22/6/14

Lágrimas de Welles


Quizá ningún capítulo del excelente Ciudadano Welles de Bogdanovich tan conmovedor como la conversación en torno a The Magnificent Ambersons (1942), titulada aquí El cuarto mandamiento.

Publicidad en  The New Yorker

Quizá la película de Welles que duele más cada vez que la vemos (Truffaut dijo una vez que si Flaubert volvía a leer el Quijote todos los años, ¿por qué no vamos a ver El cuarto mandamiento siempre que nos sea posible?), porque cada vez salta a la vista cuánto daño le hizo George Schaefer, el ejecutivo de la RKO que llevó a Welles a Hollywood y lo protegió mientras rodaba Citizen Kane pero, temeroso ante un segundo batacazo en taquilla tras una proyección de prueba (en Pomona), acabó ordenando la masacre; no merece otro nombre la amputación de unos cuarenta minutos del montaje original y la alteración sustantiva del tramo final de la película con escenas rodadas bajo su supervisión, aprovechando que Welles estaba en Río rodando It's All True y -lo que es más importante- ya no gozaba del derecho al final cut como en su opera prima. En un último intento, por teléfono, el cineasta consigue convencer a Shaefer y preservar -al menos- la magnífica escena de la cocina.


Y qué maravillosa película podría haber sido The Magnificent Ambersons; basta cotejar lo que queda de Welles en esos 88 minutos del montaje final con la "reconstrucción en papel" que puede consultarse en un apéndice del libro de Bogdanovich. Durante casi una hora aún tenemos la sensación de estar viendo una gran película, a pesar de que uno siente que hay movimientos de cámara en la secuencia del baile que debían ser -y lo eran- más prolongados y suntuosos, quizá la más deslumbrante coreografía wellesiana (el cineasta había resuelto la escena del baile en un plano secuencia de diez minutos en el que se conjugaba el trabajo de los actores y unos cien técnicos con la cámara en la grúa, fluyendo a través a través de las diversas estancias de la mansión de los Ambersons), y notamos planos en movimiento que fueron cercenados en el montaje ordenado por Schaefer.


Por decirlo con las palabras del cineasta, en los cinco o seis primeros rollos no hicieron demasiados estropicios, y luego... esa última media hora donde empieza a quebrarse el ritmo hasta convertirse en una película sin profundidad de campo, donde "cantan" esos planos que no fueron rodados por Welles: ni siquiera se tomaron el trabajo de imitarlo.

Welles -cuarto por la izda.- con los actores 
en un descanso del rodaje de The Magnificent Ambersons.

Mira -le cuenta Welles a Bogdanovich-, la intención fundamental era hacer el retrato de un mundo dorado -casi un mundo de recuerdo- y después mostrar en qué se había convertido. Después de haber escenificado esta ciudad soñada de "buenos tiempos pasados", el punto básico consistía en mostrar cómo el automóvil lo destruía todo, no sólo la familia, sino también la ciudad. Todo eso se ha perdido. Sólo quedan los primeros seis rollos. hay una especie de caída de telón arbitraria con una serie de estratagemas torpes y precipitadas. Ese mundo perverso y negro se supone que es demasiado para la gente. Todo mi tercer acto se pierde debido a todo ese histérico intento de arreglar las cosas. Y fue histérico. Todo el mundo estaba haciendo cortes...

Agnes Moorehead en el rodaje de la escena de la caldera.

La escena de la caldera, de la que sólo sobrevive la mitad de lo que el cineasta rodó originalmente (la amputaron porque el público se echó a reír en la proyección de prueba), cifra uno de los escasos momentos wellesianos del tercer acto, donde la tía Fanny (Agnes Moorehead), le confiesa a George Amberson (Tim Holt) que ya no le quedan ahorros ni para pagar el alojamiento. La actriz recuerda haber rodado doce tomas de la escena. Tras la primera, Welles le dijo: "Perfecto. Ahora interprétalo como una chiquilla." Después le pidió que lo hiciese como una trastornada. Y luego como una borracha... Cada enfoque de la escena generaba nuevos matices que cuajan en una admirable interpretación quebrada por modernas rupturas de tono. El papel de Fanny Minafer representa un tributo de Welles al arte de Agnes Moorehead.


Y no habrá restauración posible -a la manera de Sed de mal, por ejemplo (recuperando en la medida de lo posible el montaje de Welles de 131 minutos). Shaefer, quién sabe si por remordimientos, mandó conservar las copias de las versiones anteriores, pero él mismo pronto cayó en desgracia y Charles Koerner, que lo releva al frente de la RKO, mando destruir el (excelso) material desechado, tanto positivo como negativo.

Fotograma de una de las escenas amputadas 
de The Magnificent Ambersons.

Cuenta Bogdanovich cómo una noche, treinta años después, en un hotel de Beverly Hills, Welles manipula los mandos de un televisor y se encuentra con una de las primeras escenas de The Magnificent Ambersons. Enseguida cambia de canal. Bogdanovich le pide que vuelva a poner la película, pero Welles se niega en redondo. Los demás que estaban en la habitación insisten, uno de ellos nunca la ha visto. Finalmente, exasperado, Orson transige y se marcha. Todos se sienten incómodos. Le piden que vuelva. Welles les grita desde el otro lado de la puerta, en broma, que se va a una habitación insonorizada. Pero no pasó mucho tiempo antes de que volviera, se apoyó en el marco de la puerta y miraba la pantalla con aire triste. Todos hicieron como si no notaran su presencia y siguieron viendo la película. Luego, como al acaso, Welles cruzó la habitación y se sentó en el borde de un sofá. Siguió viendo la película. Con interés. Y desesperación. Y desasosiego. En el curso del resto de la película, Orson comentó la pérdida de algunas escenas. Después se levantó y se acercó a la ventana, de espaldas a la pantalla. Todos se miraron. Se habían dado cuenta de que tenía lágrimas en los ojos. Un año después, en París, Bogdanovich le recuerda aquella noche, la impresión de que a Welles le resultaba doloroso ver su película mutilada, como si hubiera pasado por las manos de un carnicero. No, no fue eso lo que me emocionó. En absoluto. Mira... Sólo hizo que me sintiera furioso. Me emocioné porque aquello era el pasado..., algo que ya había quedado atrás. Sí, habían pasado más de treinta años, pero el pasado, como muy bien supo ver Faulkner, ni siquiera ha pasado.

Orson Welles en el rodaje de The Magnificent Ambersons 
con el director fotografía Stanley Cortez.  

Para Welles, incluso si nunca existió el "mejor tiempo pasado", el que podamos concebir un tiempo así es, de hecho, una afirmación del espíritu humano. El que la imaginación del hombre sea capaz de crear el mito de un tiempo pasado más abierto y más generoso no es un signo de nuestra locura. Basta recordar Campanadas a medianoche para calibrar hasta qué punto destilaba en The Magnificient Ambersons un asunto cardinal en su obra. El paraíso perdido: con Proust y Borges aprendimos que no hay otro.

Orson Welles con Joseph Cotten y Dolores Costello 
en el rodaje de The Magnificent Ambersons 

(Una digresión. Creo que a Welles le gustaría, le gustaban las digresiones. El último día del año pasado me entero -escuchando Cuando los elefantes sueñan con la música (el programa de Carlos Galilea en Radio 3)- que Vinicius de Moraes conoció a Welles en Río y el cineasta quedó asombrado cuando el poeta le recitó palabra por palabra el texto -narración y diálogos- de Ciudadano Kane.)

28/8/09

Desnudo fulgor


Una negra sombra se desplaza sobre un árido paisaje y se cierne sobre una carreta de dos caballos que se acerca al borde inferior de la pantalla. La angulación de la cámara abate el horizonte y el formato scope ensancha la pradera por la que discurre un camino oblicuo en un territorio inhóspito. Estamos a las puertas de un western en blanco y negro. Un encadenado nos coloca en contrapicado con tres cuartos de pantalla ocupada por un cielo tormentoso y en primer término Griff Bonnell (Barry Sullivan), el protagonista que conduce la carreta y se detiene en plano medio mientras escuchamos el rumor tronante que se acerca. Las patas de los caballos que cabalgan retumban en la pradera. Wes y Chico, los hermanos de Griff, asoman tras él y la pradera se estremece. Los jinetes descienden la colina encabezados por Jessica Drummond (Barbara Stanwyck) que cabalga un caballo blanco. Los caballos uncidos a la carreta se mueven inquietos. Los cuarenta jinetes de Jessica se nos echan encima -la cámara pegada al camino- y nos flanquean. A Griff Bonnell le cuesta sujetar a los caballos encabritados. La cabalgada atronadora de los jinetes envuelve la carreta en un remolino de polvo. Griff se las ve y se las desea para dominar a los caballos, y sus hermanos se refugian en la caja de la carreta mientras los jinetes de Jessica siguen pasando por los flancos. Desde la parte trasera de la carreta vemos a los hermanos de Griff acurrucados, el polvo que los envuelve y los últimos jinetes que pasan. La cámara en la grúa sobre el frontal de la carreta nos muestra a los cuarenta pistoleros de Jessica alejándose en la pradera, descendemos sobre Griff que echa la vista atrás y contempla la estela de polvo, ya sólo queda el rumor de un trueno que se aleja y unos hombres aliviados tras la galopada que los zaranadeó a base de bien. Estamos a las puertas de un western de Fuller. Un gran plano general con Jéssica cabalgando al frente de los cuarenta jinetes en medio de la pradera, recogidos en un suntuoso movimiento de grúa envuelto en la música vibrante de Harry Suckman, sirve de fondo a los créditos:


Veinticinco planos coreografiados con movimientos de grúa, imágenes de Joseph Biroc en blanco y negro con trazas de grabado, montadas por Gene Fowler Jr. como latidos enérgicos del corazón mismo de la película que vamos a ver: ahí están las cuerdas que tensarán el duelo que se avecina y las claves tonales de la partitura dramática. La forma como el fondo que asoma a la superficie. El qué y el cómo. El cómo como el qué. Y viceversa. Efectivamente, un prólogo puro Fuller.

Samuel Fuller

Una mujer dueña de las praderas y de cuarenta pistoleros anónimos. Tres tipos en un carreta, ni siquiera a caballo, que parecen tan poca cosa. Detalles. Nada más llegar al pueblo de Cochise Country el polvo del camino se hace patente cuando Wes sacude el sombrero y el alguacil, que se está quedando ciego, le da a Griff un golpe amistoso en la espalda. Detalles. Una canción dedicada a Jessica Drummond y su mundo sirve para mostrarnos la cotidianidad del pueblo -que se verá alterada por la borrachera de Brockie, el hermano de Jessica, y de varios de sus pistoleros-, mientras Barney, cantando -cuando creíamos que era la típica canción country del score de la película-, lleva unos cubos de agua hasta las tinas en las que se bañan los hermanos Bonnell, entonces descubrimos a un amigo del propietario de los baños tocando la guitarra -cuya música considerábamos extradiegética- y nos ponemos al tanto de la misión que trae a Griff al pueblo: detener a Swain, uno de los forty guns. Los baños cumplen en el filme de Fuller la función que en la mayoría de los westerns se le asigna al saloon: un espacio de encuentro. Detalles.

Detalles de un filme que denotan, desde la exposición misma, una decidida voluntad de inscribir una mirada propia en un universo, el del western, de sobras codificado y a las puertas de su revisión temática y formal. Una mirada que araña las formas y subvierte el tratamiento de las figuras de la historia, la retórica del género. Porque los arañazos insólitos -la potencia de lo inmediato, inacabado y febril- resultan más reveladores que una bella trama. Aliento poético, desparpajo y arrebato propulsan la película más allá de la serie B, el refugio escogido por Samuel Fuller para contarnos en un puñado de filmes que, tras el derrumbe de la Humanidad representado por la 2ª guerra mundial y toda la violencia y aniquilación que trastornó a una generación -la de la violencia: Robert Aldrich, Richard Brooks, Anthony Mann, Nicholas Ray, Richard Fleisher, Donald Siegel, Budd Boeticher, Joseph H. Lewis, Phil Karlson y, claro, Fuller(todos nacidos entre 1906 y 1918)- y los cimientos de la civilización, ya no era posible mantener los códigos clásicos de representación fílmica, empezando -obviamente- por la representación de la violencia, y menos aún en el relato fundacional de la identidad americana, el western. Porque es de identidad, de lo que hablan los filmes de Fuller. De quiénes somos y de si podemos aspirar a ser. De si somos actores o si somos actuados, poseídos por la hybris, la ebriedad de la violencia y la desmesura de las emociones. La hybris de Jessica Drummond y Griff Bonnell. Forty guns, un western de 1957 -un años después, no lo olvidemos, de Centauros del desierto de John Ford-, rodado -parece imposible- en diez días, con una deslumbrante inventiva para la puesta en escena bajo la mirada arrebatada de Samuel Fuller (de la que hablábamos en una entrada anterior, Una cámara que escribe).

Decía Scorsese -de los cineastas, con Godard, en los que resulta más palpable la huella del director de Forty guns- que Fuller lleva la realidad al límite del absurdo y eso lo hace aún más realista. Hay otra manera de verlo: Fuller sabe que llegado a cierto punto se cae en el ridículo, pero si se va más allá se alcanza la poesía; y no olvida que si traspasas la frontera de la poesía vuelves al ridículo. Pero si existió alguna vez un cineasta deshibido ése es Fuller, si alguien despreció el miedo al ridículo ése fue Fuller, si alguien inventó la (propias) reglas mientras filmaba (nunca antes ni después, sino cuando filmaba: cineasta libre, o sea, moderno) ése era Fuller. Por eso nos muestra la ceguera galopante del alguacil con planos subjetivos borrosos, y la mirada encandilada de Wes Bonnell por Louvenia Spanger (la armera -otra vez, detalles- de Cochise Country) en un primer plano de la chica a través del cañón de un rifle (un plano que "cita" Godard en À bout de souffle dos años después), desenfoque, nos vamos a negro, y cuando volvemos Wes y Louvenia se besan apasionadamente, una historia de amor que nace -y Fuller nunca presagia en vano- de una mirada a través un arma.


Cuántas veces Fuller se mueve a uno y otro lado de la frontera que separa la poesía del ridículo con el descaro del que ha visto demasiado como para, a esas alturas, andarse con remilgos.

A Fuller no le tiembla la mano a la hora de reinventar las señas de identidad del género como en la escena en que Griff Bonnell se dispone a detener a Brockie Drummond, que acaba de matar al alguacil, y que en compañía de varios pistoleros, borrachos como él, se entrega a la furia destructora. Griff se acerca a Griff protegido por Wes que le guarda las espaldas armado con un rifle que le suministra Louvenia y Fuller compone la puesta en escena con un travelling frontal de retroceso mientras avanza Griff y en contracampo un plano de Brockie con el arma en la mano casi fascinado por el descaro con que aquel tipo se aproxima por el medio de la calle con el arma metida en la cintura del pantalón y aún con la toalla al cuello del afeitado interrumpido (detalle que nos recuerda una escena similar al comienzo de Pasión de los fuertes de Ford, once años antes, pero que también nos permite establecer un contraste de miradas sobre el género y de temperamentos a la hora de abordar la puesta en escena). Hasta aquí Fuller sólo ha subvertido algunos códigos genéricos pero en la aproximación de Griff a Brockie despedaza el campo/contracampo: primer plano de Griff/Brockie, los pies de Griff/Brockie, los ojos de Griff/Brockie...


El drama de la secuencia se desnuda en la puesta en escena, en un desplazamiento descompuesto en fragmentos de movimiento, en gestos que revelan una tensión interna, un impulso psíquico que deviene una colisión gráfica abstracta de sus componentes esenciales sobre la pantalla. A los héroes de Fuller no les queda otra que actuar como lo hacen, el impulso que los guía nace de una pulsión interna más que de la situación concreta en la que están inmersos, así que ponen un pie delante del otro y dan el siguiente paso. No es de extrañar que haya tantos planos de pasos en los filmes de Fuller. Y por si le quedara algo por reiventar también la resolución de la secuencia rematará con un gesto subversivo que instala en Forty guns una inusitada reflexión sobre la violencia y su representación. Y no digamos nada de la secuencia del juicio de Brockie que despacha con una economía envidiable -Fuller huye de las escenas de juicios como de la peste (basta ver cómo elide la de The Naked Kiss)-: un travelling mientras lo absuelven y sacan de la celda, empalmado con otro travelling simétrico en el exterior montando y alejándose con Jessica y los forty guns. Quizá nunca se haya resuelto tan rápido una escena de juicio -reducida a puro movimiento- en toda la historia del cine.

Cuando Griff Bonnell acude al rancho de Jessica Drummond a la hora de la cena para detener a Swain por haber robado la diligencia -la misión que le trae a Cochise Country-, Fuller toma nota de la memorable secuencia del desayuno de Citizen Kane: Plano americano de Griff que entra en el comedor/ Plano medio de Jessica y su hermano Brockie/Primer plano de Griff: trae una orden de detención.../Primer plano de Jessica: (off de Griff)... de uno de sus hombres/Plano medio de Griff: (off de Jessica) "¿Quieres enseñármela?" Entonces Griff se la acerca a uno de los forty guns y, mediante un travelling de retroceso y hacia la derecha (hacia la cabecera de la mesa), mientras el papel va pasando de mano en mano, descubrimos que cuarenta pistoleros sentados a la mesa los separaban. Cuando Jessica ordena que se vayan todos y en el comedor sólo quedan ella y Griff, a medida que éste se acerca a la cabecera de la mesa, la cámara se desplaza en la grúa de izquierda a derecha, desde un plano general en picado hasta el plano medio frontal de ambos. Jessica le ofrece güisqui. Griff bebe, compulsivamente.

Jessica.- No me interesa usted, señor Bonnell, sino su pistola. (Tiende la mano) ¿Puedo tocarla?.

Griff.- No.

Jessica.- (Sigue con la mano tendida) Pura curiosidad.

Griff.- Podría estallarle en la cara.

Jessica.- Me arriesgaré.

Griff accede y le tiende la pistola por las cachas. Fuller no se corta un pelo a la hora de escribir unos diálogos de explícita sexualidad que ya nutría la escena de seducción entre Wes y Louvenia en la armería de Cochise Country. El exceso era su medio natural: ir más allá era la esencia de su estilo.



Un estilo que combina capacidad de síntesis e imaginación en cuanto a las soluciones expresivas de la puesta en pantalla. Como ese memorable plano secuencia de cinco minutos que arranca en la habitación del hotel donde están Wes y Chico, descendemos con ellos hasta la calle donde se reúnen con Griff y los acompañamos retrocediendo mientras ellos avanzan por la calle hacia la oficina de telégrafos (al otro extremo del pueblo) conversando con el sheriff Logan, llegan a la oficina, Griff dicta el telegrama, Logan se despide y se va por una calle lateral. Entonces se escucha el grito de Jessica, la cámara panoramiza con rapidez hacia la izquierda y recoge el momento en que la mujer cabalga rauda su caballo blanco, la cámara se vuelve para encuadrar a los hermanos Bonnell en un plano frontal mientras pasa junto a ellos la veloz cabalgata de los forty guns que los envuelve en una nube de polvo y estableciendo una rima visual con el prólogo de la película. Y por corte directo aistimos a esa escena del jucio que Fuller resuelve pitando.


O esa secuencia en que un tornado propicia la reunión de Jessica y Griff en la cabaña: dos amantes fundidos en un abrazo gracias a la furia de los elementos, que se presagiaba en aquella negra sombra que se cernía sobre las praderas al comienzo del filme. Una secuencia donde Jessica descarga su corazón con Griff, en el lugar que le recuerda lo que no debe olvidar, allí donde abusaron de ella cuando tenía quince años y donde su padre murió intentando defenderla, porque no era bueno con las armas. Pero Jessica también le coloca un espejo delante de Griff: "Has dejado un rastro de agujeros de bala a tus espaldas, pero has llegado a la frontera. Es hora de que tires con la pistola". Una réplica que tiene su correspondencia en aquélla de Griff a su hermano pequeño cuando éste le pregunta qué ha hecho mal, tras haberlo salvado de una emboscada traicionera: "Has matado a un hombre".


O la escena de la boda de Wes y Louvenia. Suena un disparo.Y aún tardamos unos instantes en advertir qué ha sucedido, hasta que vemos a la novia en el suelo bajo el cuerpo de Wes, entonces advertimos que Louvenia abraza el cadáver de su marido: la muerte de un recién casado filmada como un abrazo nupcial. Godard escribió en la reseña del filme en Cahiers (nº 76, noviembre de 1957): "Tres segundos tan sólo, pero tres segundos que recuerdan Tabú [el filme de Flaherty y Murnau, 1931]". Y luego la bellísima escena del entierro con un travelling en contrapicado entre Barney que entona una canción de despedida y la novia de luto, en la colina, junto los caballos del carruaje fúnebre. Primero novia y luego viuda, a la vuelta de un plano. Truffaut tomó buena nota para La novia vestía de negro, diez años después.



Hay un cierto regusto de humor macabro que salpica Forty guns ( o mejor, la irrupción de la muerte desnuda la vida de sus máscaras sociales y rasga el velo de la convenciones -también narrativas- con la navaja surrealista de la mirada arrebatada de Fuller), como ese momento en que el beso entre Griff y Jessica en el rancho es interrumpido por unos golpes secos, los de los pies del sheriff Logan que se acaba de ahorcar y percuten la pared. O en el hecho de que Brockie se escude en el cuerpo de Jessica y de que Griff no dude en disparar atravesándola. Y luego eche a andar y pase por encima de los cuerpos yacentes. No sólo era el final de un mundo, era también el final de un género, de su mitología, o si se quiere la confirmación, tras Centauros del desierto, de su crepúsculo.


Pero Zanuck no consintió en que Forty guns acabara así. O eso le gusta contar a Fuller. Y lo cuenta con delectación, cómo Zanuck le imploró que cambiara ese final. Y uno está tentado de creerle, si no fuera porque la resurrección de Jessica Drummond le sienta muy bien a Forty guns. Por tres razones:

-porque le permite cerrar la reflexión sobre la violencia (y su representación) con la última lección que Griff trata de inculcarle a su hermano pequeño (porque Forty guns también es una película sobre la educación de un adolescente que quiere convertirse en pistolero cuando los pistoleros ya no tienen lugar en este mundo): "Hay que ser muy grande muy grande para perdonar";

-porque comprendemos que es a Jessica a quien se refiere Griff -las mujeres de los filmes de Fuller son capaces de los mejores impulsos (como el personaje de Moe Williams en Manos peligrosas)-, cuando echa a correr tras la carreta de Griff, en el último y hermoso plano general del filme, que se aleja para siempre por la calle de Cochise Country, y llegamos a tiempo de ver como lo alcanza justo en el momento en que la carreta dobla a la derecha y sale de campo, y desaparece de nuestra mirada;

-porque en el último tramo de la película los encadenados producen un efecto fantasmático sobre la figura de Jessica Drummond: ya no es la mujer que era, transformándose en una mujer-otra, transfigurándose en el fantasma que vuelve de la muerte, como también Griff ya no es el que era tras enamorarse de Jessica, muerto él mismo tras disparar sobre ella; Jessica y Griff, ambos más allá del bien y del mal (como todo lo que acontece por amor), se van de Cochise Country en busca de un lugar que quizá no exista, fantasma de un mundo perdido para siempre.


Fuller representa la vida como una batalla interior de personajes escindidos en impulsos contradictorios, abocados a la muerte como desnudez terminal de la existencia y donde la violencia es el resultado irremediable de una hybris que posee a los personajes y que viven los espectadores. A través de la violencia, Fuller retrata la vida en su entraña primordial y telúrica bajo formas extremas de representación. "Lo que nos pasa es como la guerra. Fácil de empezar, difícil de parar", le dice Jessica a Griff. Por eso cuesta tanto dejar de hablar de Forty guns, por eso ocupó tantas de nuestras conversaciones este verano, porque la mirada arrebatada de Fuller deja una huella imborrable.


Pero si hay alguna película que reúna en su metraje la más exacerbada muestra de las fulguraciones estilísticas de Fuller, de los arrebatos extremos de su mirada (en los confines de lo surreal) y de los más brillantes relámpagos de su filmografía, esa película es The Naked Kiss (Una luz en el hampa, 1964). Una película catalogada por Tavernier y Coursodon como sólo apta para cinéfilos, cabría añadir que para cinéfilos fullerianos, convictos, confesos e incorregibles. Constance Towers contó que una noche en Nueva York, cuando representaba El rey y yo con Yul Brynner, recibió en el camerino la visita de Andy Warhol, que le dijo cuánto significaba para él conocer a la actriz que había protagonizado su película favorita, The Naked Kiss.



Ya describimos con pormenor en Una cámara que escribe el arranque -puro pulp, puro Fuller- de The Naked Kiss: esa paliza que Kelly (Constance Towers) le aplica a su chulo y en la que, al defenderse, le arrebata la peluca y descubrimos el craneo rapado de la prostituta. Una somanta fechada el 4 de julio de 1961, el día de la independencia de... Kelly, decíamos.


Tras los créditos Kelly llega a Granville el 18 de agosto de 1963. Es una nueva Kelly pero en Granville la aguarda el destino (langiano) para cerrar el círculo fatal. Lo presagia la película que se anuncia en la fachada del cine del pueblo, Schock Corridor (Corredor sin retorno, la película que Fuller había estrenado en 1963, donde un negro poseído por la paranoia pronuncia un discurso racista que culmina -algo así sólo podría suceder en un filme de Fuller- poniéndose la capucha blanca del KKK), y el libro que se sienta a leer Kelly en el parque, Dark Page (cómo no, la novela pulp de Fuller). En el curso de la película descubriremos que esa prostituta que se convertirá en cuidadora de niños minusválidos es la única persona decente del pueblo: no puede extrañarños, seguimos en territorio Fuller, un territorio propicio a lo imprevisible.


Una película que bordea el filo finísimo que separa lo sublime y lo grotesco y en la que el cineasta asume con su peculiar desparpajo el tono desasosegante (y por qué no, chirriante) del relato y, sin atajos, nos lleva al corazón de los hechos.

En el parque, Kelly conoce a Griff (otra vez Griff, un nombre que Fuller adjudica de película en película, por lo visto le daba una tremenda pereza buscar otros nuevos), charlan un rato y en la secuencia siguiente la vemos desperezarse tras hacer el amor. Griff bebe champán echado en un sofá mientras Kelly, sentada en el suelo y con la espalda apoyada en el sofá, se cepilla el pelo, disfrutando con las enérgicas pasadas con el cepillo:

Kelly.- Maravilloso. Sencillamente maravilloso.

Griff.- Gracias.

Kelly.- Tú no. Estoy hablando de mi pelo.

Griff.- Es absurdo. Te lo vas a estropear.

Kelly.- Tú no sabes lo que significa. Es todo nuevo.

Griff.- ¿Nuevo?

Kelly.- (Asiente) Acaba de crecerme.

Griff.- ¿Se te cayó por alguna enfermedad?

Kelly.- (Niega con la cabeza) ...

Griff.- ¿Te afeitaron la cabeza?

Kelly.- No fue idea mía.

Griff.- (Incorporándose) ¿Qué pasó?

Kelly.- (Esbozando un gesto amable con el cepillo) Ya ves.

Algunos críticos despachan el asunto de la cabeza rapada de Kelly como un detalle del prologo al que Fuller no vuelve a referirse. La memoria, y no es de extrañar (ya confesé aquí alguna de esas jugarretas que le gastó a uno), hace de las suyas, como acabamos de ver. Lo que esta escena cuenta de forma elíptica se contará explícitamente en el careo que mantiene Kelly con el chulo, en presencia de Griff, hacia el final de la película: el chulo le afeitó la cabeza cuando decidió abandonarlo tras haber promovido la deserción de varias chicas.


Rimas, correspondencias y simetrías -en definitiva, circularidades- forman parte de la forma fílmica de Fuller.

Y una atmosfera surreal que envuelve la caída fatal de la protagonista en Granville. Como esa escena nocturna en que Kelly, vestida con un vestido de noche negro y escote "palabra de honor" recorre el dormitorio de los niños inválidos, hasta la cuna de un bebé despierto, y se le desbordan las lágrimas. Es la escena que precede a la fiesta en donde conocerá a Grant, el dueño y benefactor de la ciudad, que por algo se llama Grantville.


El delirio de la escena romántica entre Kelly y Grant haría las delicias de cualquier surrealista de los años veinte. Merece la pena describirla: Grant le proyecta a Kelly una película casera que filmó (el propio Fuller) en Venecia y le va comentando las imágenes con referencias a Byron (el poeta favorito de la chica), empieza a escucharse la canción del gondolero y en el momento en el que la propia Kelly parece transportada a Venecia, los amantes ya forman parte de la película casera y la orquestación de la escena refuerza el efecto visual, sopla la brisa de los canales y caen las hojas del otoño sobre Kelly que yace sobre almohadas de raso como en la góndola y los planos de los palacios y puentes de Venecia se articulan son su mirada que los contempla.


Grant se inclina sobre Kelly, la besa. Y con el beso ya estamos de vuelta en el salón, ya sólo escuchamos el sonido del proyector... y algo no funciona: Kelly rechaza el beso de Grant, lo aparta, presiente algo oscuro que no sabe definir, pero finalmente parece superar esa mala impresión , sonríe y atrae a Grant, se besan, descubrimos que Kelly yace en el sofá, panoramizamos por su cuerpo hasta el proyector, cuya luz directa produce un efecto de elipsis que nos lleva hasta la canción de los niños inválidos que graba Grant, una canción que sonará también cuando Kelly descubra que es un pederasta. Las elipsis empujan la película con la determinación pura que encarna la protagonista interpretada por Constance Towers.

Samuel Fuller y Constance Towers
en el rodaje de
The Naked Kiss


The Naked Kiss
es el único filme de Fuller cuyo protagonismo absoluto recae en una mujer, y no hay mujer más echada p'alante que esta prostituta-enfermera-asesina. Cuando Kelly descubre a Grant con la niña, la inocencia ha llegado a su fin y le golpea con el auricular del teléfono, y en la lucha mortal el cadáver del tipo queda cubierto por el velo del vestido nupcial a modo de irónico sudario.


Lástima que no usara el busto de Beethoven que había al lado para matarlo, sobre todo porque el Claro de luna había envuelto su historia de amor y la 5ª sinfonía había sellado el compromiso de boda que ahora Kelly ha abortado. Compartían el amor por la música de Beethoven con el propio Fuller que había comprado precisamente ese busto, que había pertenecido a Mark Twain y que incluyó en el atrezo del filme a modo de amuleto. Lástima también que Fuller no pudiera contar con Robert Ryan para interpretar a Grant tal como había imaginado. Y aún así, el descaro de Fuller, los productores Leon Fromkess y Sam Firks, la fotografía del gran Stanley Cortez, el montaje de Jerome Thoms, el decorador Eugene Lourie, el diseñador de vestuario Einar H. Bourman y el músico Paul Dunlap -el equipo con el que el cineasta trabajaba más a gusto- y los arrestos de Constance Towers, esa mujer que polariza las pulsiones subterráneas que anidan en Grantville, transfiguran esta película de serie B en un joya del cine libre. Como esa Kelly que se aleja para siempre de Grantville al final de The Naked Kiss.


Después de The Naked Kiss ya nada fue igual para Fuller. Conseguir financiación para sus películas se volvió un proceso arduo. Se convirtió en un viajero. Incluso en un errante. Se refugió largas temporadas en París donde los cineastas (algunos) y críticos (algunos) lo veneraban y donde disfrutaba contando mil historias a quien quisiera escucharle, a Fuller no hacía falta tirarle de la lengua. Se encontraba con colegas...

Luis Buñuel y Sam Fuller, en 1967, en México

Jim Jarmusch y Sam Fuller

Apareció en varias películas, como si de un profeta (o patriarca) del nuevo cine se tratara: Brigitte y Brigitte (1965) de Luc Moullet, en Pierrot le fou (1965) de Godard -una intervención más recordada y citada hoy día que sus propias películas-, en El amigo americano (1977) y en El estado de las cosas (1982) de Wim Wenders, en La vie de Bohème (1992) de Aki Kaurismäki...



Y pudo rodar un filme que puede considerarse su testamento vital, The Big Red One (Uno Rojo, División de Choque, 1980), un relato desnudo transfigurado en danza macabra que exorciza la barbarie de la guerra, matadero y moridero. La guerra nunca resulta hermosa en los filmes bélicos de Fuller. Y aquí muestra su experiencia de la 2ª guerra mundial en carne viva. La belleza de Uno Rojo se desprende del sentimiento y la sinceridad que traspasan la pantalla. La belleza es su verdad. Es la película que llevaba incubando desde 1957 y que llegó hasta nosotros de milagro, fue masacrada para su estreno y restaurada por Richard Schickel veinte años después. Se rodó en cincuenta días, otro milagro, con Samuel Fuller pistola en mano, por el aquel de ser fiel a su papel (se hizo muy famosa una foto con Fuller gritando ¡acción! revólver en mano cuando rodaba, mira por dónde, Forty guns).

Sam Fuller en rodaje de The Big Red One

Los diez mandamientos del filme bélico según Fuller son: 1. El combate nunca cesa cuando alguien es alcanzado. Si un tipo cae, los demás deben continuar. ¿Qué puede hacerse si no? 2. No permitir que un soldado moribundo saque y mire la foto de su novia. Eso nunca ocurre. 3. Que vuestros soldados estén sucios, cansados y barbudos. Cuando se está en el frente, nadie se afeita. 4. Non pongas nunca flashbacks del soldado con su chica en casa ni a ella esperando su retorno. Si no eres capaz de definir qué tipo de hombre es tu personaje sin mostrar cómo es él en casa, sácalo del guión. 5. No dejar que los actores hagan muchas cosas. 6. Obligad a los actores a realizar un periodo de entrenamiento como si fueran reclutas y no los miméis demasiado. Sobra decir que Fuller siguió a rajatabla sus propios mandamientos. Más aún, Lee Marvin trató a su pelotón como si de un verdadero sargento se tratara, y vivieron juntos todo el rodaje sin mezclarse con los demás actores, tal como hace el pelotón en Uno Rojo. Veneraban a Fuller y a Marvin que habían luchado realmente en la 2ª guerra mundial, uno en Europa y el otro en el Pacífico.


La verdad que desprende el filme no es casual, es el resultado de un proceso gradual, un proceso que hizo posible escenas como la de Omaha Beach o la de la matanza de nazis en el manicomio, a las que ya nos referimos en Una cámara que escribe. Una verdad que germina en detalles reveladores como los mil usos de los preservativos o el trozo de alambrada convertido en aro de una canasta de baloncesto en la plaza de un pueblo francés tras Omaha Beach. Y los niños perdidos, abandonados que pueblan Uno Rojo: los niños de África que ofrecen cigarrillos o a sus hermanas, el niño que tira de un carro con su madre muerta buscando un cementerio para darle sepultura, la niña que corona con flores el casco de Marvin en Sicilia, los niños y niñas que filma el propio Fuller en Alemania con una cámara de 16 mm, el niño nazi al que azota Marvin o el niño judío que muere a hombros del sargento tras haber sido liberado del campo de concentración. Y los toques Fuller, como ese caballo que ataca a Marvin al final de la 1ª guerra mundial en el prólogo de la película, o ese nazi que se esconde ¡en el horno crematorio! o la escena en que Griff (una vez más, Griff) hace el amor con la mujer de la Resistencia en el manicomio, bajo una mesa y mientras un loco disfruta pegando tiros a diestro y siniestro tras cogerle el arma a un nazi agonizante. Deseo y muerte. O el diálogo entre dos soldados que tratan de dormir tras los combates: "Quítame tu maldito rifle de la espalda/ No es mi rifle".

En la guerra, la única gloria es sobrevivir. Aunque nadie consiga escapar del círculo del destino, desde luego no el sargento encarnado por Marvin, apresado en la simetría de la primera y la última escena de Uno Rojo. Más que ante una película bélica, estamos ante el testamento de un superviviente. El testimonio de una mirada cuya visión de los campos de exterminio se inscribió en la mirada (arrebatada) sobre el mundo que destilan sus películas.

Tanto José Luis Guarner como Tag Gallagher han emparentado el cine de Fuller con el de Rossellini. Ambos cineastas vivieron la experiencia de la 2ª guerra mundial como una evidencia decisiva, sus películas tratan de la guerra y como vivir después de aquello. Gallagher ve en el cine de Rossellini una tentativa de reconstruir una nueva realidad (vivible, por así decir), mientras que Fuller pone el ojo en las violentas colisiones entre uno mismo y el mundo, en el filo donde se licúan las emociones. Guarner hermana el cine de Fuller y Rossellini en el carácter sintético de sus películas, la aproximación a la realidad sin florituras y la urgencia por llegar a lo esencial, despreciando pasos intermedios o lo que consideran secundario.

Lo que me interesa es el hervor de la historia. Cuando la temperatura aumenta, si hay suerte, uno empieza a darse cuenta de dónde está, uno empieza a ver quién es quién, y entonces uno empieza a darse cuenta de lo que está haciendo. Yo sigo mi instinto. Son palabras de Fuller. El autorretrato de un cineasta que buscaba la incadescencia del arrebato como combustible de la mirada.

Violencia y lirismo conjugados en historias donde los personajes viven suspendidos en un clima de amenazadora precariedad, entre el cine clásico y el cine moderno donde cultivó -no por casualidad en el western, el cine negro y el cine bélico (los géneros de la violencia)- una fértil y vital turbulencia fílmica de desnudo fulgor.

1/6/09

El sueño del miedo



Si uno quisiera demostrar la existencia de los dioses del cine, podría presentar pocas pruebas pero todas irrefutables. Una de esas pruebas es La noche del cazador de Charles Laughton, una película de 1955 que puede considerarse un milagro y, como tal, atribuible a la gracia divina. Tampoco cabe duda de que los dioses del cine intervinieron con plena dedicación a sabiendas de que la película, en su momento, cosecharía un fracaso sin paliativos e incluso, para más inri, la burla de los espectadores y, aunque ya no importa tanto, la incomprensión de la crítica. Una película que ha impresionado algunas de las más insólitas imágenes que hayan cobrado vida en una pantalla, imborrables en nuestra retina e imperecederas en nuestra memoria; y algunos de los momentos más bellos, arrebatados y subyugantes de la historia del cine. Basta desgranar la historia de su producción para comprender la magnitud del milagro -porque no todos los milagros son iguales- que representa La noche del cazador. La opera prima y única obra de Charles Laugton.

Charles Laughton

La noche del cazador no hubiera sido posible sin el encuentro de Charles Laughton con Paul Gregory, el productor de la película, a principios de los años 50. Paul Gregory era un joven empleado de la agencia MCA cuando un día vio a Charles Laughton en televisión leyendo pasajes de la Biblia. La lectura lo impresionó. Paul Gregory consiguió una cita con Charles Laughton y le propuso una gira de lecturas bíblicas por diversas ciudades. El gran actor se mostró remiso pero Gregory lo convenció. La gira de diez semanas por ciudades de EUA y Canadá, para sorpresa de Laughton, fue un éxito. Gregory no lo pensó dos veces, abandonó su trabajo en la MCA y se convirtió en agente y socio del actor.

Charles Laughton en escena,
durante una lectura de la Biblia

Los primeros proyectos que pusieron en pie Gregory -como productor- y Laughton -como director- fueron montajes en Broadway que gozaron del aplauso del público: Don Juan en los infiernos o El consejo de guerra del motín del Caine. Había llegado el momento, entonces, de elegir un proyecto con el que Laughton regresara al cine como director. Gregory había leído las galeradas de una novela de un autor primerizo, Davis Grubb, su título: "The Night of the Hunter". La noche del cazador. Una novela sobre la época de la Depresión con ecos de Erskine Caldwell o William Faulkner que se publicó en 1953. Era un elección arriesgada porque la censura no transigiría fácilmente con uno de sus personajes principales: un predicador, un hombre de Dios, que asesina mujeres mientras recita pasajes de la Biblia y que se queja ante al Divino Hacedor: ni siquiera él puede matar tantas mujeres, hay demasiadas que se lo merecen.


Paul Gregory había encontrado un vínculo íntimo con la novela y cuando la entretelas del alma tiemblan no hay razones que valgan, por muy productor que sea, o mejor, si eres un productor como debe ser, como debieran ser todos los productores. Cerramos paréntesis y volvemos al vínculo íntimo: Gregory había sufrido la Depresión y había sido abandonado por su padre, así que se sintió identificado con el desamparo de los niños, John y Pearl, y con el mundo rural sureño en el que trascurría la historia de Grubb.


El propio novelista, que había nacido en 1919, también vivió una infancia y adolescencia marcada por la Depresión. Huérfano de padre desde muy pequeño, su madre trabajó como asistente social durante los años 30 y Grubb modeló a su imagen y semejanza el personaje de Rachel Cooper. Toda la obra del escritor se desarrolla en Virgina Occidental, en la frontera del río Ohio.


A Laughton le encantó la novela. Halló resonancias de Herman Melville pero, sobre todo, le cautivó el aroma de uno de sus autores favoritos, Charles Dickens. Era lo único que Gregory necesitada saber. Compró los derechos de La noche del cazador por 75.000 dólares y a partir de ese momento la película empezó a germinar en el interior de un triángulo de noveles: el autor de la obra, el productor y el director. Grubb, Gregory y Laughton.


Puede resultar más o menos interesante, útil o productivo comparar la novela -muy buena, por cierto- con la película, o viceversa. Bastarán dos ejemplos para calibrar la potencia visual de la prosa de Grubb y comprobar hasta que punto inspiró dos de las escenas inolvidables de la película, sin que ello quiera decir que ésta es una mera traslación de la novela. La obra de Grubb alimentó la imaginación de quienes debían llevarla a la pantalla, una traslación que se plasmó a través de una tonalidad muy distinta a la novela aunque la evoque en muchos momentos. Vayamos con esas dos escenas tal como Grubb las escribió, traslado aquí los fragmentos correspondientes a la edición de la novela por Anagrama (2000) en una traducción de Juan Antonio Molina Foix:


[Monólogo interior del tío Birdie, borracho, hablando con el retrato de Bess, su mujer muerta] Allí fue donde lo vi, Bess. En el fondo del agua. ¡El viejo Ford T de Ben Harper con ella dentro...! ¡Que Dios me proteja!... ¡Con ella dentro...! Sentada allí con un vestido blanco y mirándome a los ojos, con una enorme raja bajo la barbilla tan nítida como las agallas de un siluro... ¡Oh, Dios Todopoderoso...! Y su pelo ondeaba suave y perezosamente como la hierba en un prado inundado por las aguas. ¡Willa Harper, Bess! ¡Era ella! (p. 181-182)


John contuvo la respiración para escuchar mejor, luego respiró rápidamente y volvió a aspirar, y a contener la respiración, a fin de escuchar de nuevo, con los ojos escocidos y cansados de mirar el halo luminoso de la luna, dispuesto a no dejar pasar el más mínimo movimiento en la vasta llanura que se extendía entre el granero y el río. Se oía con tanta claridad y nitidez como si la vocecita estuviera en la montaña de heno bajo su codo, y, de repente, John lo vio a lo lejos, en la carretera; surgió de pronto por detrás de un alto ciclamor como a medio kilómetro de distancia: un hombre montado en un gran caballo, que avanzaba a paso lento y con una horrible y laboriosa parsimonia por el liviano polvo del camino del río. Desde aquella perspectiva la figura del hombre sobre el caballo era tan minúscula como un juguete, y, sin embargo aun con aquellas limitadas dimensiones, John podía distinguir cada espantoso y maligno detalle de aquellos hombros tan familiares. (...) ¿Es que no duerme nunca? (p. 210-211)

Pero conviene señalar desde ahora mismo y aquí que pocas veces se ha producido una colaboración más estrecha y sostenida entre el autor de una novela y el director de la película, más allá incluso de la escritura del guión, más aún si hablamos del cine de Hollywood. Y eso que Grubb se negó en redondo a moverse de Filadelfia donde vivía a la sazón y Laughton tuvo que echar mano del teléfono y del correo para mantener el cordón umbilical con quien había concebido y parido La noche del cazador.
El director se enteró de que Grubb era un dibujante aficionado y que acostumbraba a hacer dibujos de los personajes mientras escribía la novela. Consciente del valor de esos dibujos surgidos de la mano del propio autor, mantuvo el contacto con el escritor y le pidió que mandara dibujos, incluso durante el rodaje. A veces le pedía que dibujara la expresión exacta de un personaje tal como la había imaginado al escribir determinada escena.


Viene a cuento entonces que echemos mano de las palabras que Grubb escribió en el cartapacio que contiene los 111 bocetos que dibujó para Laughton, una declaración fechada el 10 de agosto de 1973: "He visto La noche del cazador quizá una docena de veces en los últimos quince años, y sólo puedo declarar -quizás con inmodestia- que no sólo fui el autor de la novela en la que se basó el guión, sino también el diseñador de los escenarios. (...) Si alguna vez se ha producido en la historia de la industria del cine una colaboración semejante entre el director de la película y el escritor de la novela adaptada es algo que desconozco completamente". Los bocetos no son, entiéndase, un story board, pero constituyeron un material muy valioso para Laughton y el director artístico Hilyard Brown, y, en todo caso, representan una prueba sobre el grado de colaboración -totalmente infrecuente- que el director solicitó del equipo y estimuló durante la preparación y el rodaje de la película.


Antes de encargar el guión y elegir un equipo de producción, Laughton y Gregory querían encontrar al actor que encarnara a Harry Powell, el predicador asesino y que, de paso -pero muy decisivo-, representara un atractivo para la taquilla. La primera opción de Laughton era Gary Cooper quien, después de mucho insistirle, leyó la novela pero rechazó el papel, convencido de que resultaría mortal para su imagen. Entonces, Gregory puso encima de la mesa su primera opción: Robert Mitchum. Pero Laughton no las tenía todas consigo y además no conocía el trabajo de Mitchum que en cinco años había encadenado tres obras maestras: Retorno al pasado (1947) de Jacques Tourneur, Pursued (1947) de Raoul Walsh y The Lusty Men (1952) de Nicholas Ray.


Mitchum leyó la novela y se le pusieron los dientes largos. Acudió a casa de Laughton e interpretó pasajes de la obra de Grubb, como el de la lucha entre la mano izquierda (hate, odio) y la mano derecha (love, amor), con tal convicción que a Laughton se le evaporaron las dudas y tuvo la certeza de que habían encontrado al actor perfecto para interpretar a Harry Powell. Ya dentro del proyecto, Mitchum visitó al director a menudo hasta el punto de que llegó a hartar un tanto a Elsa Lanchester, la mujer de Laughton, que interpretaba la asiduidad del actor como una estrategia para ganarse la admiración de su marido, demostrándole lo culto que era, y no sólo por el aquel de trabajar el papel, aunque una actriz como ella -La novia de Frankenstein, sin ir más lejos- debería saber -y sin duda lo sabía- cuántas veces ambas tareas son vertientes del mismo proceso; cabe imaginar que, sencillamente, a la Lanchester no le caía simpático. En cualquier caso, durante aquellas visitas se estableció una complicidad entre Laughton y Mitchum que resultaría providencial para la película. Una complicidad que sólo se quebró en la última semana de rodaje cuando Mitchum, "perjudicado" por las drogas y el alcohol, no podía ponerse delante de la cámara. Laughton tuvo que pasar un fin de semana con el actor rodando los planos que no pudieron rodarse en su momento, un añadido al plan de rodaje que significó el único coste adicional al presupuesto de la película.


Con Mitchum en el proyecto, Gregory consiguió el apoyo de United Artists tras haberlo intentado sin éxito con la Columbia, la Warner y Sam Goldwin. Eso sí, un apoyo sin entusiasmos, fijaron un presupuesto de 595.000 dólares, pequeño incluso para una película "independiente". Pongamos por caso un film de la época como Atrapa a un ladrón de Alfred Hitchcock costó casi cinco veces más. Pero por modesto que fuera el presupuesto ahora ya podían encargar el guión. Eligieron a James Agee para escribirlo y lo contrataron: 15.000 dólares por diez semanas de trabajo. Más de una vez se lamentarían de la elección y de que Grubb se resistiera a moverse de Filadelfia, porque en algún momento se consideró la posibilidad de que el propio novelista se encargara la adaptación.

James Agee

James Agee era un gran escritor -ya hemos hablado en esta escuela de su libro con las fotografías de Walker Evans en los años de la Depresión, Elogiemos ahora a hombres famosos, o sea que conocía de primera mano el mundo de la historia de La noche del cazador- y había firmado el guión de La reina de África de John Huston. Lo que ni Gregory ni Laughton sabían era que ese guión había sido reescrito en buena parte por Huston y Peter Viertel, tampoco que Agee se encontraba en la última fase de un proceso autodestructivo y de alcoholismo crónico (murió en 1955, antes del estreno de La noche del cazador). En fin, James Agee se instaló en casa de Laughton y empezó a escribir el guión. Trabajaba junto a la piscina con una mecanógrafa y la botella de Jack Daniels. Estaba siempre borracho y no se entendía con Laughton, así que cuando el director se hartó, trasladaron a Agee a la casa de Gregory en la playa. Y luego a un hotel. "Era un escritor maravilloso -recuerda Gregory- pero algo lo atormentaba. A veces se pasaba horas gritando. O llorando". Por encima, Agee se negó a enseñarles una sola página del guión hasta que no lo terminó. Era más grueso que la novela de Grubb: 350 páginas de descripciones de los años de la Depresión, monólogos interiores y acotaciones que remitían a insertos de viejos noticiarios. Y seguramente algunas de las fulguraciones que iluminaron la pantalla con toda su energía poética. El guión de Agee se ha perdido. Laughton reescribió el guión con los hermanos Terry y Denis Sanders, otros primerizos en la insdustria del cine que también se encargaron de la 2ª unidad, concretamente del rodaje en exteriores en el río Ohio. La reescritura consistió básicamente en un retorno a la novela de Grubb como texto generador, pero resultan apreciables en la película tonos y atmósferas que recuerdan los filmes de Val Lewton que Agee tanto había valorado como crítico, y también la obra de un maestro que inspiró a Laughton a la hora de convertir La noche del cazador en una película que recuperara el magnetismo y la capacidad de deslumbramiento del cine de los orígenes. Hablamos de David W. Griffith.

David Ward Griffith

De igual manera que Orson Welles abordó su preparación para dirigir Citizen Kane viendo una y otra vez La diligencia de John Ford, Charles Laughton hizo lo propio estudiando las películas de Griffith que se conservaban en el MoMa de Nueva York. Quería encontrar las claves de la emoción y de la complicidad con el espectador por las que suspiraba para una película como La noche del cazador. Y aun más, escuchemos la motivación de Laughton mientras preparaba su opera prima: "Cuando antes iba al cine, los espectadores estaban clavados en sus butacas mirando fijamente la pantalla, erguida la cabeza frente a ella. Hoy veo que casi siempre tienen la cabeza inclinada hacia atrás para así poder engullir sus palomitas y golosinas. Me gustaría hacer algo para que recuperen su posición vertical". Y trataba de encontrar la manera de darles suficientes motivos para enderezarse viendo una y otra vez las películas de Griffith. Y en ellas encontró algo más que, con ser mucho, el despliegue de una mirada sobre el paisaje americano, la belleza del viento en los árboles y el sentido del cine. Encontró rostros. Un rostro.

Lillian Gish en Lirios rotos (1919)
de David Ward Griffith


Mientras Agee escribía su inmenso guión, Laughton y Gregory se centraban en completar el reparto y el equipo técnico. El papel de Willa se lo asignaron a una alumna de interpretación de Laughton, Shelley Winters. Pero el papel de Rachel Cooper requirió un intercambio epistolar con Grubb que desaconsejó a Ethel Barrymore y a Jane Darwell. Fue entonces, mientras estudiaba las películas de Griffith, cuando Laughton se encontró con el rostro de Lillian Gish. La actriz se había apartado parcialmente del cine tras el rodaje de Duelo al sol (1946) de King Vidor. La noche del cazador le cargaría las pilas otra vez, pero no adelantemos acontecimientos.


Laughton y Gregory eligieron como director de fotografía a Stanley Cortez que había iluminado películas como El cuarto mandamiento (1941) de Orson Welles o Secreto tras la puerta (1948) de Fritz Lang. Laughton sabía que se trataba de un tipo dispuesto a la experimentación, con fama de detallista y maniático, poco dado a dar el brazo a torcer y menos a plegarse a los dictados de los estudios. Entre ambos se estableció una complicidad tan estrecha como la que Welles había alcanzado con Gregg Toland en Citizen Kane, y aun más, como la que habían logrado Griffith y Billy Bitzer. Cortez se reunió con Laughton todos los domingos durante seis semanas antes de empezar el rodaje de La noche del cazador. Le enseñó cómo funcionaba la cámara pieza por pieza y objetivo por objetivo, hasta que el director se convirtió en el maestro. A su vez, Laughton encontró copias de los filmes de Griffith para que Cortez los estudiara. Hasta que encontraron la misma longitud de onda, la sintonía de miradas con que convertir el material de La noche del cazador en una película única. La huella de Griffith resuena en las imágenes de la película, recordad la primera escena en la que descubrimos a los niños en un campo florido o la escena de la merienda junto al río. "Laughton era un personaje que inspiraba. Hacías lo que fuera para conseguir lo que quería", recordará Cortez.

Laughton dirige a Mitchum
en
La noche del cazador

"Tendría que remontarme a David W. Griffith para encontrar un rodaje tan lleno de motivaciones y armonía", escribió Lillian Gish. Laughton cuidaba hasta el mínimo detalle de ese microclima para que creciera una flor tan singular, frágil y delicada como La noche del cazador. Quiso que el montador Robert Golden permaneciera a su lado durante todo el rodaje, porque deseaba un control absoluto sobre el final cut de la película. Hilyard Brown recuerda que Laughton le dio instrucciones muy precisas acerca del aspecto visual del fime, le pidió que leyera el libro y le dijo que quería narrar la historia desde el punto de vista del niño, que en esencia era un relato sobre un niño y su hermana. En cuanto al aspecto visual conviene no olvidar al autor de la novela, a Grubb se le debe por ejemplo la sugerencia de iluminar la tienda de los Spoon con antorchas durante el oficio religioso con Willa. Otro colaborador fundamental en La noche del cazador y artífice de su tratamiento sonoro fue el compositor Walter Schuman que en los años 40 había trabajado en bandas sonoras para películas de serie B de la Universal y en los primeros 50 en los montajes teatrales de Laughton. Pero también en cuanto al tratamiento sonoro contribuyó con su granito de arena Grubb sugiriendo temas musicales, canciones y matices a propósito de los efectos sonoros, por ejemplo recomendó grabar el silbato cacarterístico de los vapores que navegaban por el río Ohio a cierta distancia para que el sonido derivara suavemente sobre las aguas antes de que llegue a nuestros oídos. Tal grado de colaboración, compromiso e implicación resulta sorprendente y aun difícil de imaginar, y sólo cabe explicarlo recurriendo al talento de Laughton para propiciar la simbiosis de talentos con vistas a un proyecto común. O sea, el talento de un gran director.


El rodaje de La noche del cazador comenzó el 15 de agosto de 1954. Duró 36 días y buena parte de ellos transcurrieron en el rancho de Rowland V. Lee -que había dirigido a Charles Laughton en El capitán Kidd (1945)- en California, alejado de los estudios de Hollywood. Todos los que participaron evocan aquellas semanas como una experiencia memorable. Por la noche, cuando acababa el rodaje, Laughton, el director de fotografía S. Cortez, el director artístico H. Brown, y el ayudante de dirección Milton Carter se reunían en el Frascatti Inn de La Ciénaga para hablar de las escenas que había que rodar al día siguiente. Algunas se decidían horas o minutos antes de rodarse. Laughton animaba a todos a aportar sus ideas. Cortez valoró retrospectivamente la frescura que cobraban los detalles al ser diseñados o recreados en el día a día.


Liberados del corsé del naturalismo, el equipo técnico utilizó trucos visuales que se habían abandonado desde la era del cine mudo. Basta recordar el uso del diafragma mecánico por Cortez para recortar el encuadre mientras Harry Powell avanza hacia la casa y centrarse en los niños que lo observan desde el ventanuco del sótano, un efecto puro Griffith. Recobraron el uso expresivo de las sombras y de las siluetas, y algunos decorados se diseñaron con la voluntad expresa de que parecieran "artificiales", lugares de ensueño. La complicidad de los técnicos con Laughton propició un despliegue de energía creativa inusitada con aportaciones de última hora deslumbrantes, como el cambio en la iluminación del dormitorio para la escena del asesinato de Willa que convierte el decorado en una capilla reforzando, o mejor, poniendo en imágenes el carácter sacrificial con que la mujer se entrega a la voluntad de la espada (navaja) de Dios (Harry Powell).


Laughton animaba también a los actores a experimentar y a dejarse llevar por la intuición a la hora de dar vida a sus personajes. Mitchum lo deleitaba con sutiles sugerencias que eran incorporadas de inmediato, como aquélla de decir sus frases boca abajo en la escena de la prisión. Gracias al estímulo del director, Mitchum abandonó su habitual estilo contenido para trabajar en un registro de intensa e incluso hiperbólica ritualidad gestual, como ese plano en que Harry Powell sube las escaleras del sótano con los brazos extendidos -como un ogro- persiguiendo a los niños, o en aquella escena cuando Rachel Cooper le dispara y huye aullando como una alimaña. El director aprovechó también la fascinación que sentía Billy Chapin, el niño que interpretaba a John, por Mitchum y dejaba que fuera éste quien "dirigiera" las escenas que tenían juntos. En el caso de Pearl, la hermana pequeña de John, Sally Jane Bruce, se limitó -es un decir- a cuidar y embalsamar la inocencia que emanaba de la mirada de esa criatura, una niña que ya tenía cierta experiencia como actriz infantil.


Pero esta experiencia memorable que representó La noche del cazador no hubiera sido posible sin un productor como Paul Gregory. Nadie mejor que Lillian Gish lo sabía, nadie mejor que ella para tributarle el mejor de los homenajes: "A menudo pensaba que ojalá Griffith hubiera contado con un productor como él". Ante un elogio como éste que se quiten de delante todos los oscars del mundo.


Cuando Gregory y Laughton vieron el montaje final de La noche del cazador, el productor comentó: "Charles, no van a saber cómo vender esta película". Un inciso: esas mismas palabras las siguen repitiendo hoy día los (escasos) productores que tienen entre manos una película difícil de catalogar o definir. La película se estrenó el 25 de julio de 1955 en Des Moines, Iowa, y desapareció muy pronto de la circulación. Por lo visto hizo 300.000 dólares en taquilla, la mitad de lo que costó; claro que no hay datos de los ingresos cosechados en otros mercados, como los que sigue cosechando con su explotación en dvd. El fracaso comercial de La noche del cazador deprimió a Laughton y provocó la ruptura de la sociedad con Gregory. No volvió a ponerse tras una cámara. Se ve que hasta los dioses del cine estaban extenuados y se conformaron ya con que existiera una obra inmortal. La noche del cazador no se estrenó aquí hasta el 20 de diciembre de 1985, en Barcelona.


La crítica tampoco sabía clasificarla: ¿era un thriller? ¿una película de terror? ¿un perverso cuento infantil? Era una película que podría ser la proyección de una pesadilla de los niños, que evocaba el mundo perdido de Griffith, el melodrama de Dickens y la comedia negra. Era, es, una película verdaderamente experimental, o dicho con palabras de Truffaut, una película que experimenta de verdad. Es cine, así de simple, así de milagroso, pero cuesta reconocer la evidencia cuando exige recuperar la inocencia de la mirada, el asombro de lo que se ve por primera vez, como el que trasmiten los ojos imposibles de Pearl.


"El miedo es sólo un sueño", escuchamos en la nana que abre la película y envuelve el rostro de unos niños con el fondo de un cielo estrellado. La ambigüedad se instala en el relato desde la primera escena: ¿qué vemos realmente? ¿qué historia se nos cuenta? "Los niños lo aguantan todo", dice Rachel Cooper. Pero incluso esa cualidad cobra un tono ambiguo por momentos y nos recuerda a aquellos niños de Viento en las velas de Mackendrick. La noche del cazador remite a los cuentos de niños perdidos -a Hansel y Gretel, desde luego-, a Barba Azul, a las historias bíblicas, a Huckelberry Finn. Lo real y lo imaginario adquiere una consistencia lábil, movediza, se desestabilizan mutuamente; un universo sombrío rasga la piel de lo cotidiano, donde la depresión se conjuga con el fanatismo y la hipocresía en un retrato tenebroso de la América profunda, donde sólo la naturaleza parece cobijar a los niños desamparados, aunque tampoco la naturaleza -otra vez la ambigüedad- está exenta de crueldad, como se desprende de esa imagen fulgurante de la lechuza cazando el conejo. Rara vez se ha contemplado en la pantalla una síntesis de realismo y expresionismo, de ternura casi naïf y de terrible crueldad, de nostalgia e ironía, de inocencia y horror, en definitiva, de rara poesía como en La noche del cazador.


"Sólo comprendo la revolución como una lucha contra los abusos que permita restaurar la más honda tradición", escribió Rilke. Encontramos ese eco en la obra de Laughton. Las escenas de la película parecen fluir como por ensalmo. Las réplicas finales de una escena convocan las presencias de la siguiente como las palabras de los cuentos invocan a los fantasmas ante los ojos cautivados de los niños y convocan la visión y conjuran el miedo. Todo en La noche del cazador remite, como El espíritu de la colmena, a las experiencias primordiales de la infancia.


Todos somos hijos de una orfandad, escribe Andrés Trapiello en su última -y hermosa- novela Los confines. Somos hijos del desamparo. La orfandad es uno de los grandes temas, que atraviesa otro no menor, el de padres e hijos. Todos los que frecuentáis esta escuela sabéis hasta que punto éste es uno de los asuntos primordiales que me importan. No hace falta demasiada perspicacia para advertir cuántos huérfanos funcionales encerrados en sí mismos deambulan por los patios de escuelas e institutos. La noche del cazador se inserta en la tradición de los cuentos para hablarnos hoy como si fuera la primera vez, con el resplandor de los orígenes.


Se ha malbaratado el adjetivo "onírico" pero si hay alguna película a la que le caiga como anillo al dedo esa película es La noche del cazador. No sólo merece el adjetivo de onírico, sino que la define: La noche del cazador es una película sobre la experiencia onírica primordial. Y radical. La experiencia de quedar abandonado, de estar solo en el mundo. La experiencia de la orfandad. El sueño del miedo.



(Addenda de 19 de enero de 2013.  Leo en una nota a pie de página de La verdadera historia de Hollywood. The Whole Equation de David Thomson que el guión de James Agee ha salido a la luz: cerca de trescientas páginas, muy literario, pero con momentos que aparecen tal cual en la película. La verdad, pudo haberse estirado un poco en las precisiones. A ver qué más averiguamos.)