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1/11/13

Lo que amas



Ahora que hemos pasado ya de las ochocientas entradas (ésta hace la 827: da no sé qué ver la cifra así, en número) y ha llegado noviembre (y hoy es hoy), me atrevo a contar lo que, en el fondo, me movió a publicar esta bitácora (y quizá a perseverar en ella).

Fotogramas de Delitos y faltas (1989). 
Cliff (Woody Allen) lleva a su sobrina 
al cine de la calle Bleecker.
El amor al cine como legado.

El motivo primordial puede cifrarse en unos versos del Canto LXXXI de Ezra Pound, que un día me dio a leer el maestro y, en su momento, a punto estuve de fijar en el umbral de esta escuela; los versos que abrían el primer número de la revista Trafic, fundada por Serge Daney:

What thou lovest well remains,
                                                the rest is dross
What thou lov'st well shall not be reft from thee
What thou lov'st well is thy true heritage

(Lo que bien amas perdura,
                                          lo demás, qué más da
Lo que bien amas no te será arrebatado
Lo que bien amas es tu verdadera herencia.)

Las primeras imágenes que me deslumbraron en una pantalla también me aterrorizaron.

Fotograma de Marcelino, pan y vino (1955) 
de Ladislao Vajda.

Vislumbres casi fantásticos aquellos fotogramas, como esculpidos con el material de los sueños. En el regazo de mi madre. Y en el refugio de su abrazo cuando llegaba el miedo y yo cerraba los ojos y me escondía en su pecho. Relámpagos en la memoria del cine. La herencia cardinal.

21/6/13

En las ruinas de un poema


En un artículo de Cunqueiro (en el periódico compostelano La Noche, el 25 de junio de 1960), un poema de Ezra Pound,

PAPIRO
Primavera...
demasiado tiempo...
Gongula...


Ezra Pound evoca un trozo de papiro encontrado en las ruinas de una aldea, antaño de habla griega, en Egipto. Apenas cuatro palabras, quizá los restos de un gran poema. Cuatro palabras -primaverademasiado, tiempoGongula- es cuanto podemos recobrar en un cacho de papel. Cunqueiro anota que Gongula es el nombre de una discípula de Safo. Sólo se sabe que Safo la amaba. Y cita un comentario de Gilbert Highet (escritor, crítico, historiador de la literatura nacido en Escocia y emigrado a los EE.UU.) sobre ese poema mínimo titulado Papyrus:

...lo que Pound ha hecho es escribir cuatro palabras en las que se trasluce un poco de los sentimientos de Safo por la naturaleza, un poco de sus apasionadas añoranzas, y el nombre de una muchacha muy querida.


Y Cunqueiro abrocha el artículo con estas líneas:

Es cierto. Es cierto también que Pound ha creado un fragmento de un poema que Safo mismo pudo haber escrito. Las cuatro palabras que eran el poema. No lo toquéis más.

Palabras perdidas, enterradas en el tiempo. En las ruinas de un poema.

¿Habrá forma más bella de despertar(nos) el amor por un poeta?


25/11/11

Miguitas en el bosque




El origen no está detrás, sino delante de nosotros.
(Heidegger)


La belleza nunca se cansa de acompañarnos, de salvarnos.
(Vladimir Makanin)


Lo inmortal nace todos los días.
(Félix de Azúa)


Cuando te mueves en los lugares adecuados, en el tiempo adecuado, en la luz adecuada, el mundo, todavía, se convierte en cuento.
(Peter Handke)


La completa oscuridad de la noche oscura es el único amanecer que puede conocer el alma.
(Juan de Yepes)


La infancia, ya se sabe, es sobre todo trabajo de ficción.
(Xuan Bello)


Cae o cayó. La lluvia es una cosa / que sin duda sucede en el pasado.
(Borges)


Con una voz muy fuerte en la garganta está uno casi incapacitado para pensar cosas delicadas.
(Nietzsche)


Lo que amo del cine es la saturación de signos magníficos que se bañan en la luz de su ausencia de explicación.
(Manoel de Oliveira)


Todos los escritores y artistas, por mucho que vivan, dicen únicamente una y la misma cosa.
(Dino Buzzati)


Cuando veo en la plaza a mi amor / y no me hace caso / me parece que soy un extranjero / que llegara del lejano país de Punt.
(Versos egipcios traducidos por Ezra Pound)


Cuando te quieren, siempre es primavera.
(Jean Gabin)


(La fotografía es obra de Ansel Adams.)

12/11/10

Lo que no está escrito


Mientras llovía a mares, Ángeles leía. Yo veía llover y ella, tras un suspiro, hace un alto en la lectura de El final del desfile de Ford Madox Ford que la tiene encantada, y para mostrarme qué bien escribe me pone en antecedentes de la situación con un par de pinceladas y me lee un párrafo de la página que acaba de leer.  La verdad, me dio envidia. No hay premio comparable a causar con tu escritura la necesidad de compartirlo. Claro, era uno de esos párrafos que retratan a un escritor, un escritor que apresa en unas líneas el movimiento del alma de un personaje en un instante fugitivo. Luego, Ángeles siguió con su novela y yo viendo llover. Y me acordé de Roberto Bolaño.


O mejor, me acordé de una columna que leí en un libro suyo que disfruté mucho, Entre paréntesis, con un centenar de textos diversos y  su última entrevista publicada. Aquella pieza se titulaba El invierno de las lectoras, ésta:

EL INVIERNO DE LAS LECTORAS

Durante el invierno pareciera que sólo ellas tienen el valor suficiente para asomarse a las calles heladas. Las veo en los bares de Blanes o en la estación o sentadas a lo largo del Paseo Marítimo, solas o con sus hijos o con alguna amiga silenciosa, y en sus manos siempre descubro un libro. ¿Qué leen estas mujeres?, se preguntaba Enrique Vila-Matas hace unos años. Lo que pueden. No siempre buena literatura (¿pero qué es la buena literatura?), a veces revistas, a veces los peores best-sellers. Cuando las veo caminar, abrigadas, los rostros enrojecidos por el viento frío, pienso en las rusas que hicieron la revolución y que soportaron el estalinismo, que fue peor que el invierno, y el fascismo, que fue peor que el infierno, y siempre estuvieron acompañadas por un libro, cuando lo lógico hubiera sido suicidarse. De hecho, muchas de esas lectoras del invierno acabaron suicidándose. Pero no todas. Hace unos días leí que Nadeshda Jakovlevna Jhazina, lectora excepcional, autora de dos libros de memorias, uno de ellos llamado Contra toda esperanza, y mujer del poeta asesinado Osip Mandelstam, participó, según su más reciente biografía, en relaciones triangulares en compañía de su marido y que la noticia había causado estupor y decepción en las filas de sus admiradores, que la tenían por una santa. A mí, por el contrario, me hizo feliz saberlo. Supe que en medio del invierno Nadeshda y Osip no se congelaron y me confirmó que al menos intentaron  leer todos los libros. Las santas lectoras del invierno son mujeres de carne y hueso y no les falta audacia. Algunas, es cierto, se suicidaron. Otras remontaron la infamia y volvieron a abrir sus libros, los libros misteriosos que leen las mujeres cuando hace frío y pareciera que el invierno no se va a acabar nunca.

Quizá recordé esta pieza porque nosotros pasamos unos días en Blanes en pleno invierno de 1978, recién casados, cuando me destinaron a una escuela en Balsareny, y Ángeles leía a Raymond Chandler en los mismos lugares que evoca Bolaño, como una de esas lectoras de invierno. Y me acordé también de El buen soldado, la primera novela que leímos de Ford Madox Ford y que comienza con una primera línea peligrosísima -Ésta es la historia más triste que jamás he oído-, porque lo arriesga todo desde el principio y además lo hace confiando en el trabajo del lector, por así decir, en una lectura de los márgenes, de lo que el escritor se calla, de lo que las páginas velan. Ford Madox Ford, que se definió muchas veces como un tipo loco por la literatura, tenía un aire que me recordaba al viejo coronel Blimp de la película de Michael Powell y Emeric Pressburger. Y me acordé de una foto que recorté más de una vez y que pegué en mis libros de imágenes, ésta:


 O esta otra de la misma sesión:


Ahí tenéis sentados -en esta segunda foto- a Ezra Pound, Ford Madox Ford y James Joyce. De pie, John Quinn, un abogado americano, coleccionista de arte -Brancusi, Matisse, Roualt, Picasso- y de manuscritos literarios -Conrad, Yeats, Pound, Joyce (entre otros el del Ulises)-, dispuesto a poner la pasta para publicar una de las revistas míticas de los años veinte del siglo pasado, la Transatlantic. Es la reunión fundacional en el estudio de Pound en París, allá por 1923.


En la revista, aparecerán por primera vez fragmentos de Finnegan's Wake de Joyce que adoptó como su subtítulo para su obra Work in Progress, el título de la sección de Transatlántic donde Ford Madox Ford, como editor, publicó aquellas partes de la obra inacabada. Publicará también obras de William Carlos Williams, E. E. Cummings -el de aquel verso, nadie, ni siquiera la lluvia, tiene las manos tan pequeñas-, Thomas Hardy o Jean Rhys.


Con Jean Rhys, la de El ancho mar de los sargazos -que tantas resonancias tiene para Esther de su infancia en el Oriente, de Cuba, como nos desgranó hace dos veranos mientras regresábamos de Aios en compañía del maestro (recordar es el cuento de nunca acabar)-, con Jean Rhys, digo, tuvo una aventura Ford Madox Ford cuando la tomó bajo su protección en París. La apoyó, aconsejó y afianzó su vocación de escritora, y ella reconoció la generosidad de Ford con los autores jóvenes y la utilidad de sus consejos. Como él mismo había cuajado la suya colaborando con Joseph Conrad entre 1898 y 1908, cuando el marino en tierra escribió El corazón de las tinieblas o Lord Jim. Ford fue una especie de secretario y amanuense al que Conrad dictó algunos de los textos de El espejo del mar -uno de mis libros favoritos de tema marítimo- y buena parte de Nostromo

   
Tanto Joseph Conrad como Henry James representaban para Ford Madox Ford una referencia fundamental para el llamado movimiento modernista de renovación de la novela -ruptura modernista, le dicen-, que impulsó y en el que militó, y del que Transatlantic hacía de altavoz;


que se apartaba de la novela como forma de entretenimiento para entregarse en cuerpo y alma a la novela como forma de arte, una novela que buscaba no sólo hacerse de una forma nueva -una nueva arquitectura y nuevos efectos- sino nuevos lectores. Ford creía que el novelista debe escribir como si registrase las impresiones de una persona que está presente en la escena, debe recordar que una persona en una escena no lo percibe todo. Una novela que necesitaba, por decirlo pronto, un lector que leyera lo que no está escrito.   

Ángeles sigue leyendo. Pasa la página 565. El final del desfile tiene mil. Es una novela larga como los inviernos de mi infancia. A la medida de una lectora como ella, uno ya no está para esos trotes. Una tetralogía que Ford Madox Ford publicó entre 1924 y 1928. Entonces ella levanta la vista del libro y me dice que siempre le pasa lo mismo, no hay forma de definir a un gran escritor, sólo puede vivirse. O sea leerse. Entre líneas. Quizá ahí resida el misterio de la verdadera escritura, que representa una experiencia. De escuchar silencios. De ver tras una cortina de lluvia o entre la bruma. De leer esos párrafos que no aparecen en la página. Como lentos fundidos a negro en una película. Cae la noche. Y Ángeles enciende la luz.

(La fotografía que encabeza esta entrada es una obra de Ansel Adams, en 1949)