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7/8/16

Remordimientos


Con un sentimiento de culpa (inconfesable), como sólo se puede experimentar a los quince años, vi por primera vez C'era una volta il West (1968), de Sergio Leone; aquí se tituló Hasta que llegó su hora (debió parecerles un titulo que sonaba más a spaghetti western que "Érase una vez en el Oeste"). Salí del cine con el remordimiento de haber traicionado a John Ford.


Devoto de los westerns desde que vi a los ocho años Pasión de los fuertes en el Teatro Principal de Tui, para entonces ya tenía a Ford en el altar de la cinefilia, y la anterior de Leone, El bueno, el feo y el malo (1966), la primera suya que vi, me había parecido una parodia del western, o sea, una afrenta -lacerante como sólo se viven a los quince años los agravios- al cine que veneraba. (Cómo no, si había visto de chaval -en el cine Yut- El hombre que mató a Liberty Valance, de Ford, Una trompeta lejana, de Walsh, o El Dorado, de Hawks, como si de la cosa más normal del mundo se tratara y fuera a durar para siempre.)

Sergio Leone, cámara en mano, 
en el rodaje de C'era una volta il West.

Y ahí estaba yo viendo en la pantalla cómo Leone profanaba Monument Valley, el Oeste de John Ford:  tierra sagrada, en palabras de Michael Cimino (hace un año en Locarno), donde sólo aquel Feeney de Maine tenía el derecho a plantar su cámara. (Bien es verdad que son contadas las escenas de C'era una volta il West rodadas en Monument Valley.)


Por no hablar de la usurpación de figuras fordianas como Henry Fonda, el Wyatt Earp de Pasión de los fuertes, o Woody Stroode, el sargento negro.


Tonino Delli Colli, el director de fotografía de C'era una volta il West, recordaba cómo un encendido Leone le contaba, mientras recorrían Monument Valley en busca de localizaciones, los planos de cada película que Ford había rodado allí, y le mostraba el lugar exacto de los emplazamientos de cámara.


El director artístico Carlo Simi levantó la casa de postas en Monument Valley. Un decorado en medio de ninguna parte. Un tinglado, a la vez cuadra de caballos, almacén, herrería, bar, posada y baños públicos. En realidad sólo se edificó la carcasa en Monument Valley, el interior se construyó en Cinecittà. Eso sí, se llevaron sacos de la tierra sagrada de Ford, para ambientar con polvo auténtico la entrada de los viajeros en semejante factoría.


Viajeros como ella. Sí, es verdad, lo confieso; a los quince años traicioné a John Ford por Claudia Cardinale. Por Jill McBain, el personaje central de C'era una volta il West. La radiante aparición que recibe con gozosa lascivia en la mirada el barman y posadero, encarnado por Lionel Stander.


Por lo visto le debemos Jill McBain (que cobrará vida con la gloriosa presencia de Claudia Cardinale) a la porfía de Bertolucci, quien colaboró con Leone y Darío Argento en el tratamiento que Sergio Donati convertirá en un guión. Bertolucci le rompió la cabeza a Leone para que, al fin, hubiese una verdadera mujer (un personaje femenino como es debido) en una película suya, una mujer con pasado y coraje, una superviviente nata que, ya sola -al final- deviene la mujer del agua, preciados dones -el agua y la visión de una mujer como ella- para los trabajadores del ferrocarril. Y para que de una vez cayera de la burra, lo llevó a ver Johnny Guitar.


(Dicho sea al bies, hay pocas actrices con el coraje de Claudia Cardinale, tanto como para presentarse en las navidades de 1980 a sus cuarenta y dos años cumplidos -y hay que subrayarlo, toda una estrella- sola, a cuerpo gentil y con una única maleta en Iquitos, en pleno Amazonas, para rodar Fitzcarraldo con un intrépido y tenaz Werner Herzog, a sabiendas -o sea, con información detallada por el director- de la loca aventura en la que se embarcaba, más loca aún en compañía de otro que tal baila como Klaus Kinski.)


Pasaron años hasta que pude apreciar la ritualización de los motivos del western en los filmes de Sergio Leone y valorar como merecía el rendido réquiem por las formas de un género que amaba en C'era una volta il West. Era su sueño hacer un western como ése, cuando ya nadie hacía nada parecido, y, como dice un personaje de la película, el sueño de tu vida no se vende. (Un cine, el de Leone, propenso a una diástole sostenida y ceremonial, y al destello súbito, formas seminales, dicho sea de paso, en el estilo de Tarantino.)


Sí, pasó tiempo suficiente para redimir la culpa y disfrutar de C'era una volta il West. Ya sin la pesadumbre de traicionar a John Ford por Claudia Cardinale. Sólo que... La verdad, no puedo evitar la sensación de una pérdida irremediable. Sin los remordimientos de los quince años, digo.

18/5/09

El sueño del tigre


La última película de Pasolini que vi fue la primera película de Pasolini. Fue hace diez años cuando pasaron Accattone (1961) en algún canal de televisión. Verla supuso iluminar la obra de un cineasta que conocí de forma desordenada e incluso atropellada. A partir de Accattone me fue posible redescubrir y rebobinar la obra de Pasolini, y apreciar las huellas de su cine en la películas de cineastas como Carlos Reygadas, pongamos por caso. El primero que me habló con pasión de Pasolini fue Manolo González -un ragazzo de las riberas del Sil- al poco de conocernos hace más de treinta años en Valencia, mientras hacíamos la mili. Aún lo escucho hablándome de los referentes pictóricos de El Decamerón (1971). Por aquellos días fuimos juntos a ver Porcile (1969) en uno de los cines del barrio del Carmen. Era 1977 y los filmes de Pasolini irrumpían en las salas de arte y ensayo en los años de la transición.


En el centro, en segundo término Pier Paolo Pasolini
en el rodaje de
El evangelio según San Mateo


A esas alturas, lo único que yo conocía era El evangelio según San Mateo (1964), la había visto cuando tenía diez años -fue toda una aventura colarme en el cine Yut: la habían calificado con un 3R, ¡para mayores de 18 años!- y me había desconcertado (y desasosegado), no parecía cine: aquella matanza de los inocentes, aquellos rostros, aquellos pedregales... No tenía nada que ver con Rey de reyes (1961) de Nicholas Ray, la versión cinematográfica de la misma historia, que sí era (y parecía) una película. Tampoco Porcile se parecía nada al cine que había visto. Aquellos años el cine italiano nos regaló algunos de los filmes más turbadores de nuestra incipiente cinefilia, como Padre padrone (1977), de los Taviani. También el cine de los Taviani lo conocí a través de Manolo: ¡cuánto le gustaban sus películas, especialmente Allosanfan (1973)! El último que me habló con pasión de Pasolini fue Xosé Luis de Dios -un ragazzo de la rive gauche del Barbaña-, precisamente a propósito de Accattone.


Fotograma de Accattone


Cada cierto tiempo vuelvo sobre Force of evil (1948) de Abraham Polonsky, Los amantes de la noche (1949) de Nicholas Ray, Los cuatrocientos golpes (1959) de François Truffaut, Shadows (1959) de John Cassavetes, A bout de souffle (1959) de Jean-Luc Godard, Eraserhead (1977) de David Lynch... Las primeras obras muestran una mezcla de inocencia, descaro, fervor, riesgo, fatalidad y temblor; comunican sentimientos contradictorios, algo así como que cualquier cosa podría suceder y de que nada podría ser de otra forma; y cifran la promesa de todas las películas que vendrán: todo el cine que vendrá ya estaba allí. Así Accattone.


Franco Citti (Accatone)
en un fotograma de
Accattone


Pero Accattone es una opera prima especial. En 1961, Pasolini tenía casi cuarenta años, había publicado varios libros de poemas -La mejor juventud, Las cenizas de Gramsci y La religión de mi tiempo-, dos novelas -Ragazzi di vita en 1955 y Una vita violenta en 1959-, ensayos, escribía en revistas y había colaborado en los guiones de varias películas -La donna del fiume (Mario Soldati, 1954), Las noches de Cabiria (Federico Fellini, 1956)- y desde hacía catorce años había padecido la difamación y la persecución judicial por corrupción de menores, obscenidad y escándalo público -más de treinta procesos, algunos a raíz de sus novelas y películas, que acabaron unos tras otro con su absolución-. El primer proceso, en 1947, le cuesta la explusión del PCI y la suspensión como maestro de la escuela de Valvasone donde ejercía, en una pequeña aldea cercana a la aldea natal de la madre, Casersa Della Delizia, en la región del Friuli: era la primera estación del calvario de su homosexualidad y de su visibilidad pugnaz e irreductible. Nunca dejó de ser objeto de la atención injuriosa de la prensa amarilla, antes incluso de que él mismo, en los últimos diez años de su vida, llamara la atención desde las páginas de los periódicos con sus artículos sobre asuntos cívicos cívicos candentes, sobre el 68, el terrorismo, el aborto, el fascismo, la vida cotidiana o el racismo -recogidos en Escritos corsarios-, en un combate intelectual de genealogía gramsciana, hasta su brutal asesinato en la playa de Ostia durante la noche del 1 al 2 de noviembre de 1975.

Un autor sólo puede ser un extraño en una tierra hostil: habita la muerte, aunque habite la vida (Pasolini)


Pasolini ante la tumba de Gramsci en 1961 en Roma


Pero aun antes, en 1961, Pasolini ya era un gran escritor cuando dirige su primer filme. Accattone representa el encuentro de un poeta con un nuevo medio de expresión, de una nueva lengua escrita de la realidad, como él definió el cine, y supone, por una parte, un cambio de rumbo en su obra generado por la búsqueda en la imagen cinematográfica de una fisicidad que lo protegiera de los riesgos del sociologismo y del simbolismo de la prosa literaria, y por otra, un relevo, o quizás un engarce: el interés creciente por la cultura de la periferia urbana de Roma respecto al interés por los campesinos friulanos y su dialecto que lo había apasionado desde su juventud.


Pasolini en un suburbio de Roma


El amor de Pasolini por el cine venía de lejos. En una página del diario de 1946 evoca el recuerdo imborrable de la imagen de un programa de mano donde se anunciaba una película: un hombre en el suelo entre las garras de un tigre: Comenzaba a desear ser yo el explorador devorado vivo por la bestia. Desde entonces, muchas veces, antes de dormir, fantaseaba con estar en medio de la selva y ser atacado por un tigre. Me dejaba devorar... Y después, naturalmente, a pesar de ser absurdo, intentaba la manera de conseguir librarme y matarlo. Y en Amado mío, una novela publicada póstumamente, describe una sala de cine como territorio de una experiencia onírica colectiva durante la proyección de Gilda, en una atmósfera de orgía consumada en el tiempo alrededor de una Rita Hayworth equívova y angélica. Mientras prepara el rodaje de Accattone, invita a Tonino Delli Colli, el director de fotografía, a ver juntos Juana de Arco de Dreyer y Luces de la ciudad de Chaplin.


Pasolini en el Trastévere, 1961


Poco antes de morir, Pasolini escribirá sobre su primer filme a propósito de su pase por la televisión. Según el cineasta, Accattone puede ser vista como el documento de un modo de vida, de una cultura, de un tiempo que denota la continuidad perfecta entre el régimen fascista y el de la democracia cristiana, una continuidad cuyos síntomas resultan palpables en la segregación del lumpenproletariado en la marginalidad (exiliado en la otredad, llagado por la diferencia) y en la despiadada y criminal violencia policial. En palabras de Pasolini, para los burgueses el subproletariado era el rostro del mal. Subproletarios que no eran sino los hijos de la emigración de los campesinos meridionales hacia las periferias urbanas del centro y del norte. Los veían como una raza distinta. Un racismo que Pasolini combatirá sin tregua toda su vida. Ahí están los rostros, los cuerpos, la geografía del borgate, la aglomeración suburbana de la periferia de Roma, de Accattone, de los colegas del protagonista, los ragazzi di vita, así en la vida como en la pantalla.


Los ragazzi di vita
en un fotograma de
Accattone


Accattone
otorga carta de visibilidad fílmica al subproletariado de las periferias urbanas: el lumpen asciende a la pantalla. La metáfora religiosa define en buena medida la operación estética que promueve Pasolini en su primer filme. El viaje existencial de Accattone aparece amojonado por signos premonitorios, estamos ante una muerte anunciada desde que el protagonista la desafía en las aguas del Tíber, como si de un exorcismo se tratara; se encontrará mientras deambula con un cortejo fúnebre y, en una de las más hermosas escenas de la película, soñará con su propio entierro, y le pedirá al enterrador que cave su tumba donde pueda recibir la luz del sol. Hasta los ragazzi di vita componen una especie de coro trágico que profetizan el destino de Accattone.


A las orillas del Tíber, en el rodaje de Accattone


En realidad, desde la primera imagen el filme se presenta como una secuela del Purgatorio de la Divina Comedia de Dante, a través de una cita del Canto V que anticipa la visión del lumpen como almas perdidas (y heridas) condenadas:

l'angel di Dio mi prese, e quel d'inferno
gridava: "O tu del Ciel, perchè mi privi?

Tu te ne porti di costui l'eterno
per una lacrimetta che'l mi toglie"

(me asió el ángel de Dios, y el del infierno/ "¿Por qué así me despojas?" le decía./ "De éste te apropias tú lo que es eterno/ porque una lagrimilla me lo niega")


Pasolini y Franco Citti (Accattone)
en el rodaje de Accattone


El calvario de Accattone acompañado por la música de Bach -véase la huella de Pasolini en Batalla en el cielo (2005) de Carlos Reygadas-, especialmente en las escenas más violentas de la película, constituye otro recurso de sacralización del lumpen. Pasolini entendía que en la brutalidad y en la degradación de sus personajes había algo sagrado. De ahí también la frontalidad del encuadre y el hieratismo de los cuerpos, que remiten a las imágenes pictóricas de los primitivos, de los retablos o de Masaccio, donde se conjuga delicadeza y rusticidad: las figuras como centro de la representación mientras el tiempo fluye. Así, el material fílmico de Accattone trasciende el realismo del mundo representado para alcanzar la plasticidad de una visión religiosa, de una forma sagrada. No puedo ser impresionista. Amo el fondo, no el paisaje, escribía Pasolini que, en su primera película, convirtió la historia del arte en escuela de la mirada y en libro de imágenes. Desde esa contigüidad de Dante, Bach y Masaccio con los cuerpos y los rostros del lumpen que propicia Accattone, busca el abordaje -Pasolini corsario- de la conciencia del espectador.


Pasolini en un suburbio de Roma, 1955


Nunca los suburbios habían sido mostrados con tanta crueldad y tanta ternura, basta recordar las escenas de Accattone con su hijo en las que se entrevera la vileza -de infame, califica el propio Accattone alguno de sus actos- y la delicadeza. Al atravesar esa geografía existencial del lumpen con una vía mística hacia la redención, Pasolini proclamó una nueva poética, un soplo de vida en el cuerpo exánime del neorrealismo, y restauró su legado: una forma moral de acercarse a lo real basada en un profundo respeto por las manifestaciones de la vida.




En los últimos cuatro años se han publicado dos libros (a ellos me refería hace unos días) sobre la obra de Pasolini en los que merece la pena sumergirse: Pier Paolo Pasolini, palabra de corsario, editado en 2005 que recorre la obra fílmica, periodística y literaria, con una especial atención a la obra poética; contiene algunos de los textos más cálidos que he leído sobre Pasolini, uno de Bernardo Bertolucci, que fue su ayudante de dirección en Accattone y que realizó a los 22 años su opera prima, La commare seca (1962) a partir de un argumento de Pasolini y con su colaboración en el guión; y otro de Vicenzo Cerami que fue alumno suyo en el instituto de Ciampino cerca de Roma. Y Pier Paolo Pasolini. O sonho de uma coisa, el volumen que en 2006 le dedicó la Cinemateca Portuguesa, uno de los más hermosos libros que hayan publicado, y mira que ha publicado libros memorables tan docta y entrañable institución. En la red también podéis encontrar una página corsaria interesante sobre Pasolini.




Pasolini pensaba que la verdad se agota en la evidencia de que vivimos en un infierno, devorados por el deseo de matar y matarnos que anida en nosotros, producto del fracaso de nuestra socialización. No existe salvación, porque la edad de la inocencia es irrecuperable y hemos sido expulsados para siempre del paraíso. Sólo nos queda la escritura (el cine, la poesía) como forma de redención y, al tiempo y contradictoriamente, como síntoma de la caída (desde el paraíso donde la escritura no era necesaria). Lo nunca dicho y la pulsión irrefrenable de decir. Pura contradicción. Ser devorado y devorar. Como en el sueño del tigre.

14/5/09

Las buenas personas



Esta mañana leí en El País un artículo de Tzvetan Todorov y me acordé de El verdugo. Creo que ningún otro filme ha retratado el adn de la condición humana cuando se movilizan nuestros temores elementales, o mejor, cuando nuestros temores elementales son movilizados de forma interesada por el poder. El filme de Luis G. Berlanga cuenta, como es bien sabido, la historia de un enterrador que acaba convertido en verdugo. No es que quiera ser verdugo, incluso cuando conoce a uno al principio de la película le da grima. Pero José Luis Rodríguez, nuestro enterrador, es incapaz de decir que no y la película documenta una sucesión de "noes" que son "síes", una cadena de despropósitos, una profunda metedura de pata.

Fotograma de El verdugo.

José Luis (Nino Manfredi) conoce a Amadeo (Pepe Isbert), un viejo verdugo a las puertas de la jubilación, tras haberle aplicado a un reo el garrote vil en una cárcel. El bueno de José Luis está allí con un colega para recoger el cadáver resultante. A instancias del colega, nuestro enterrador transige y llevan a Amadeo de vuelta al centro de la ciudad. Como el viejo olvida el maletín en el furgón, José Luis se lo lleva a casa donde conoce a Carmen (Emma Penella), la hija de Amadeo. Y de paso nosotros asistimos a una "conferencia" del viejo verdugo, no se trata de que ejerza de tal, sino que ama su oficio, ha reflexionado sobre los distintos procedimientos institucionalizados para finiquitar al condenado a muerte, y no hay comparación: el garrote vil es el método más humano que se ha inventado. Es cierto, Amadeo es un verdugo, pero buena gente, considerado con el reo, que bastante desgracia tiene. En fin, una cosa lleva a la otra y José Luis empieza a salir con Carmen, se acuesta con ella, la deja embarazada, se casan y para conservar el piso de protección oficial acepta recoger el testigo (el maletín) de Amadeo y se convierte en verdugo. José Luis hace todo lo que está en su mano para evitar ejercer y, si ve a dos tipos discutiendo, enseguida se afana en reconciliarlos o, cuando menos, en separarlos. Pero un día llega una citación y José Luis debe presentarse en Palma de Mallorca para ejecutar a un condenado. Entonces piensa en dimitir, pero a esas alturas tiene una familia a su cargo, tiene que pensar en el niño, le recuerda Carmen... ¿Hace falta seguir?

Emma Penella, Pepe Isbert y Nino Manfredi en El verdugo.

En la primera escena de la película José Luis acudía a recoger un cadáver. En la última escena de la película José Luis ha dejado, con todas las de la ley, un cadáver a sus espaldas. El verdugo se cuenta a través de unas pocas situaciones que van cerrando un garrote metafórico -pero no menos real- alrededor del cuello del protagonista. Así de simple, así de rutinario, así de terrible.

A la izda. Berlanga en El verdugo.

Pero hay más. No hay una sola escena de la película donde la muerte no esté presente, no hay una sola escena de la película en la que no se provoque la risa -y aun la carcajada-, no hay ni una sola escena de la película que no contenga un retrato de aquel 1963, no hay ni una sola escena de la película donde no asome la piedad, no hay ni una sola escena de la película donde no se dé cuenta del engranaje social que tritura al individuo.

Fotograma de El verdugo.

La maravilla de El verdugo procede de una conjugación de elementos muy difíciles de casar y más aún de cuajar: la negrura y la ternura, la ácida disección y la compasión, la tragedia y el humor. De esa alquimia emerge una película imperecedera que, siendo un documento de aquellos primeros años sesenta del pasado siglo en esta España nuestra, trasciende las coordenadas sociales, la atmófera de una época, el hedor de un tiempo para radiografiar las almas muertas, los pobres hombres, los pequeños seres. El verdugo nos retrata ayer, hoy y siempre.

Azcona, Berlanga y Muñoz Suay (ayte. de dirección) 
en el rodaje de El verdugo.

El guión de El verdugo lo escribieron Rafael Azcona y Luis G. Berlanga, aunque la escritura propiamente dicha fuera obra de Azcona. Hay escenas magistrales como la ya citada de la "conferencia" de Amadeo, la del espectáculo en la cueva donde aparece la Guardia Civil buscando a José Luis o la de la cocina de la cárcel previa a la ejecución final, en la que abren una botella de champán para cumplirle la última voluntad al condenado y, de paso, le sirven una copa al protagonista, a ver si se calma. Y momentos inspiradísimos como cuando Amadeo le presenta a Carmen: "Es muy limpia"; o aquél en que José Luis baila con Carmen aquel domingo en la sierra y le pregunta: "¿Y a ti, Carmen, dónde te gustaría morir?". Frases e instantes que valen por todo un tratado de inteligencia emocional. Una historia que cobró vida a través de la encarnadura de Pepe Isbert como el viejo verdugo, Emma Penella como Carmen, esa mujer maternal y atroz, y Nino Manfredi como el pusilánime José Luis. Un reparto extraordinario en estado de gracia, para interpretar personajes humanos, demasiado humanos, verdaderos.

Emma Penella y Nino Manfredi en El verdugo.

Pero como se trataba de una coproducción con Italia -de ahí Nino Manfredi, por ejemplo, o Tonino Delli Colli como director de fotografía-, también intervino en el guión Ennio Flaiano. Su contribución fue escasa, tanto le había gustado el guión, pero resultó decisiva, en particular en el final de la película. Berlanga cuenta que su final era diferente y se modificó por la intervención de Ennio Flaiano.

Flaiano, Fellini y Anita Ekberg en el rodaje de La dolce vita.

Al guionista italiano no le gustaba el final cínico de Berlanga: José Luis volvía al barco tras la ejecución y le decía a Carmen que la próxima vez se comprará una muñequera. Y convenció a Azcona. En el final que vemos en la película, José Luis le dice a Amadeo: "No lo haré más, ¿me entiende? No lo haré más". Amadeo, con el nieto en brazos, se da la vuelta, se acerca a la borda para despedirse de Mallorca y susurra: "Eso mismo dije yo la primera vez". Hay pocos finales tan perfectos en la historia del cine. Una simple frase de Pepe Isbert envuelve la película en una nueva luz. Es como si la película que acabamos de ver no fuera la historia de José Luis, sino la historia de la primera actuación de Amadeo, y ya sabemos qué amor por la profesión acaba por incubar en el curso del tiempo. A Berlanga le parecía un final blando. Nada de eso. No sólo se trata del final que exigía la historia sino que no puede derramar una luz más desoladora ni más verdadera sobre la condición humana. Concedamos que Flaiano contribuyó con una pequeña aportación, pero admitamos también que sin ella El verdugo no sería la obra maestra que conocemos. La que desvela los mecanismos de dominación con que el poder manipula el código génetico de nuestras emociones. La que nos da que pensar.

El final de Fort Apache.

En su artículo, Todorov se refería además, en el último párrafo, a la interiorización del sentido del deber como factor de control, como herramienta de alienación. Y eso me recordó otra película cuyo final apunta directamente al corazón de la mitología militarista (y patriótica), Fort Apache (1948), y el comentario de Tag Gallagher en torno a un filme tan mal (o insuficientemente) entendido: lo que nos demuestra John Ford es que el mito, la leyenda heroica, no sólo es una mentira, peor aún, el mito es una producción interesada del estado para que buenas personas como nosotros -como el John Wayne del filme- acabemos convirtiéndonos en unos asesinos (o torturadores o verdugos o lo que el poder requiera) porque queremos (y/o creemos) hacer lo que debemos.

Albert Camus.

¿Qué es un hombre rebelde?, se preguntaba Albert Camus. Un hombre que dice no.