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8/11/10
El maestro en Brumario
Anteayer, el VI Brumario Poético acogió en el Teatro Principal de Pontevedra un homenaje a Xosé L. de Dios. Al maestro no sólo le gustaba la poesía, la necesitaba; en la poesía podemos rastrear uno de los veneros primordiales de su pintura y su pintura nos remite con frecuencia a sus amados poetas: Juan de Yepes, Paul Celan, Hölderlin, Leopardi, Valente, Cuña Novás, Emily Dickinson, Rilke o Villon.
Por eso, corresponderle con la poesía nutricia era la mejor forma de celebrar la belleza de su obra -donde el misterio arrebata, en palabras de Vera Pedrosa-, una celebración que culminó Manuel Rivas leyendo algunos de los poemas de Herbas de cego, un libro que afloró en torno a algunas de las últimas y hermosísimas pinturas del maestro.
Pero Xosé L. de Dios tampoco podría entender la vida sin la música y el cine. Y no faltaron ni la música ni el cine en el homenaje. Tomás Camacho interpretó sendas versiones para guitarra de la Courante y de la Chacona de la Partita nº 2 para violín solo de Bach; en las manos de Tomás Camacho, Bach sonó sublime. Y Daniel D. García presentó su pieza A cita segreda, un cortometraje sobre la obra del maestro.
De la película de Daniel D. García y Adela Somoza -nuestros Dani y Adelita- sólo señalaré, a la espera de poder enlazarla aquí, el amoroso cuidado con que la pintura del maestro cobra, por así decir. otra vida, como si la forma del cine la estuviera esperando para cobijarla con el montaje, esa artesanía que Godard llamaba mi bella preocupación.
A Xosé L. de Dios también le gustaban las brumas -o brétemas-, las latitudes norteñas y sus luces declinantes -deitadiñas las llamaba-, las veladuras a las que Vera Pedrosa canta en un bellísimo poema que le dedica a uno de sus cuadros, entonces qué mejor encrucijada que el Brumario para la poesía, la música y el cine que iluminaron la vida y la pintura del maestro, que tanto quería a los brumarios, como él llamaba a esa constelación de seres -Celia, Miguel, Román, Osmundo...- que hacen posible la fiesta de los poetas en Pontevedra, que este año se le dedica también a Idea Vilariño, al poeta iraquí Abdul Hadi Sadoun y al mito de Sísifo.
Y uno quiere precisamente agradecerle aquí a Miguel Cuña la idea de acoger con el Brumario la celebración del homenaje, que él imaginó como el cumplimiento de aquella promesa que manifestó en la despedida del maestro: No hay silencio que pueda acallar todo lo hermoso que hemos compartido con él, ni sombra que enmudezca la luz que su obra nos lega. En el espejo que nos quede por vivir no se borrará la figura de Xosé Luis de Dios. O como proclama aquel poema de Dylan Thomas -uno de los que leímos el sábado-, que tanto le gustaba al maestro y que Esther le leía en inglés: Y no tendrá dominio la muerte.
Un homenaje, en suma, que nos permitió reunirnos en una noche cardinal para envolver en un abrazo entrañable a Esther y la memoria del maestro.
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26/7/10
Juguetes

Tiene razón Rilke -así, en presente-: La única patria del hombre es la infancia. Lo demás es un exilio. Y como los exiliados destilamos añoranza. Y nos cobijamos en un sudario de melancolía. Y soñamos con volver a la patria irremediablemente perdida. Echamos mano, entonces, de algunos elixires que nos alivian el destierro. La música, la poesía, la filosofía. El cine. Como hoy, hemos visto Toy Story 3 de Lee Unkrich. No es una película que haya visto nuestra infancia, pero el niño que fuimos sigue vivo gracias a películas como ésa. A los diez minutos estaba llorando, me pasé el resto de la película con el corazón en un puño y los diez últimos volví a llorar. Quizá porque habla de un momento cardinal que olvidamos, ese día en que ya no volvemos a necesitar los juguetes. Olvidamos que los juguetes abandonados cifran el exilio que seremos. Quizá lloraba también agradecido a la gente de Pixar por recordar nuestra infancia, por consolarnos, por llevarnos de vuelta a la patria perdida aunque sólo sea por dos horas. De cine. Con alma. De juguetes.
Si queréis más razones para ver Toy Story 3 os dejó aquí la entrada que le dedicó LOWON. Comunica un fervor tan contagioso que, literalmente, me empujó a verla. La (preciosa) ilustración también es suya. Gracias, compañero. También en nombre de Ángeles que la disfrutó como una niña. La vimos en una proyección de 35 mm, nada de 3D. Cuando una película se hace con el corazón, lleva ya la tercera dimensión incorporada sin necesidad de gafitas. Y la cuarta, si vamos a eso. Teníais que ver los ojos de unos pocos niños al que unos padres (civilizados) habían llevado al cine. Ellos sí podrán decir que Toy Story 3 es una película que vio su infancia. Teníais que escuchar la vocecita de una niña con el corazón en un puño durante la proyección. Que se quiten todos los Oscares del mundo. Esos ojos, esa vocecita, son los mejores premios que un cineasta pueda soñar. Latir más fuerte el corazón de un niño de la mano de unos juguetes. Unos juguetes a los que la gente de Pixar insufló el alma. Es lo más parecido a ser dioses en este mundo. Tiene razón Rilke: No creáis que el destino sea otra cosa que la plenitud de la infancia. Y Dylan Thomas: La pelota que lancé al aire cuando era un niño aún no ha tocado el suelo. Los de Pixar lo tenían muy presente en Toy Story 3.
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