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15/2/10

El terror de las máscaras


Desde que publiqué la entrada anterior me entretuve en leer aquí y allá algunas páginas sobre los pasajes rituales que comunican el terror y la máscara. El sabio Francisco R. Adrados en su obra de referencia Fiesta, Comedia y Tragedia. Sobre los orígenes griegos del teatro cuestionó los orígenes dionisíacos del teatro e indagó en el sustrato campesino de los géneros dramáticos. De paso, trazó los itinerarios que me guiaron por los pasajes misteriosos que me interesaban. El teatro griego sistematizaría elementos de los rituales agrarios, satíricos y dionisíacos en la Tragedia, el primer género teatral, que sería incorporado en las fiestas en honor de Dionisos que se celebraban en Atenas por estas fechas.

El teatro (y la poesía en general), en la tradición griega antigua, son el resultado del entusiasmo -o inspiración divina- que produce la manía -o locura- en el poeta, en los actores, en el público. Por así decir, la inspiración divina atraviesa al autor, actores y público con una corriente orgiástica y los reúne en un rapto en el que quedan abolidas las coordenadas temporales, los roles sexuales y el mundo se vuelve del revés. Es el encuentro del Mito con el Rito en la Fiesta donde todo es posible. Supone una liberación que pone al hombre en el camino de un nuevo conocimiento. En ese sentido, el teatro representa un espectáculo demoníaco (de daimon), es decir, debe trastornarnos. Dicho de otra forma, el teatro debe causar un efecto.

Relacionados con los fundamentos metafísicos del teatro -el entusiasmo y la manía-, encontramos dos conceptos claves en el espectáculo teatral para los griegos, y particularmente en la Tragedia: la mímesis y la catarsis. La mímesis -o imitación- tiene que ver con la representación de una acción humana y la catarsis con el efecto -purificador- causado por la representación. La mímesis deriva de términos como mimos, que se refería originariamente al cambio de personalidad que se experimentaba en ciertos rituales agrarios en que los fieles sentían que se encarnaban en ellos seres de otra naturaleza -animales, dioses o héroes-, o como mimeísthai que se refiere a representar o encarnar un ser alejado de uno. Como mimos, somos poseídos por otro ser. Como mimeísthai, hacemos como que somos otro.

El teatro griego, o mejor, el primero de sus géneros, la Tragedia, cuaja en torno al 535-534 a. de C. en las Grandes Dionisas, las fiestas fundadas por Pisístrato y cuyo primer concurso trágico fue ganado por Tespis. Es decir, la Tragedia nace en un ritual creado para las fiestas dionisíacas, pero no nace de esas fiestas, no tiene carácter dionisíaco sino que era un espectáculo que se celebraba durante las fiestas dedicadas a Dionisos. Ese primer concurso ganado por Tespis lo ha investido con el título de "inventor" de la Tragedia. Era un orkhestés -un bailarín- del coro que inventó al primer actor, el hypokrites. Aunque hay quien habla de un hypokrites anterior a Tespis, o a quienes represente (o enmascare) ese tal Tespis. Con el hypokrites la Tragedia se aleja de la lírica coral al tratarse de un actor que no vuelve a integrarse en el coro y cobra protagonismo. Aun cuando hay otros elementos codificados del teatro griego a mediados del siglo VI a. C., que provenían de una tradición que hundía sus raíces en los rituales agrarios, cabe señalar otro "invento" atribuido a Tespis.



Habría que subrayar el carácter palpablemente visible de las innovaciones de Tespis. No es casual, teatro significa en griego "lugar para ver". Sacar un actor del coro para convertirlo en protagonista supone un rasgo de visibilidad que facilita tanto la mímesis como la catarsis. El otro "invento" de Tespis consiste en visibilizar la mímesis con ayuda de la máscara, que está ligada en sus orígenes a un carácter entre terrorífico y grotesco de los muertos y de las divinidades infernales, divinidades de la vida que renace, es decir, de las fiestas agrarias de final de invierno y comienzos de la primavera, y de la que el carnaval o entroido o carnestolendas es una manifestación que cuajó en las culturas de origen cristiano, tal como se representa en la batalla de don Carnal y doña Cuaresma del Libro del Buen Amor del Arcipreste de Hita. Se conserva un vaso ático del 470 a. C. con la figura de un muchacho con una máscara teatral. Por lo visto al principio se untaba el rostro de albayalde, luego se lo cubría de verdolaga y finalmente se introdujo la máscara de lino. Sucesores de Tespis como Querilo y Frínico generalizaron el uso de las máscaras y el primero habría introducido las máscaras de mujeres.

Pero lo terrorífico no alienta sólo en los orígenes de la máscara sino en su transformación por obra y gracia de la Tragedia griega en personaje, o mejor aún, en persona, que es lo que significa máscara. Y aquí os remito a la muy oportuna entrada del blog de Eligio Montero y sus reflexiones a propósito de la identidad de la máscara y el ser. Porque ahí radica la clave terrorífica de la máscara en relación con la identidad: si somos la máscara que nos ponemos y cambiamos de máscara en la medida en que vivimos, ¿quiénes somos? Si somos la máscara a través de la cuál resuena la voz de la persona que representamos, ¿es nuestra voz o la voz de la máscara? Cómo no imaginar que tras la máscara no hay sino otra máscara. O peor, cómo no imaginarse que quizá sin máscara, sencillamente no somos. Que no es que la máscara proteja nuestro yo, es que nuestro yo es una pura máscara. Y aun más, si la máscara es un espejo y nos reconocemos en las máscaras, ¿este mundo es algo más que un baile de máscaras? Y eso explicaría que, si queremos contar, necesitamos una máscara -una voz narrativa, un sujeto de la enunciación, un proyector- que a la vez sea un espejo. Y así la condición humana cuaja en una pura danza macabra de máscaras que devienen la piel del ser. Y debajo de la piel, nada, el vacío, el abismo. El vértigo. El vértigo de no ser más que la piel de otros, habitada por otros, encarnadura de otros. El vértigo de la frágil piel de nuestra identidad que puede cifrarse en unas cuantas fotos viejas, como las que alimentaban la falsa memoria de los replicantes en Blade runner. El vértigo de no reconocernos en las fotografías de nuestra infancia, y aun de nuestra juventud cuando pasamos de los cincuenta: ¿soy realmente yo ese tipo de pelo larguísimo y barba hasta el pecho que soñaba con -y militaba por- una sociedad sin clases? ¿Y quién es ese niño vestido con el uniforme de un sargento de aviación -al que no le faltaba detalle- en un baile de disfraces por más que me digan que soy yo? Y ya puestos ¿quién es más real el doctor Jeckyll o Mr. Hyde? ¿O no resulta inquietante que R. L. Stevenson supiera con tanta certeza de qué estaba hablando? O que lo presintiera o lo temiera o lo conjurara, como sugiere Vila-Matas de la mano de Nabokov en su relectura de El extraño caso del doctor Jeckyll y Mr. Hyde. Y si somos dos, ¿por qué no tres o cuatro o...? O todos los heterónimos que a modo de máscaras dan vida a las voces de Fernando Pessoa. Porque ¿quién es más Pessoa? ¿Ricardo Reis? ¿Alberto Caeiro? ¿Bernardo Soares? ¿Y el poeta es un fingidor o fingimiento puro? ¿Acaso no tenía razón Seamus Heaney? Nuestra identidad, como Las ciudades invisibles de Calvino, apenas si es otra cosa que sueños cobijados en la máscara del lenguaje, que nos atrapa en redes de significantes azarosos a los que dotamos de significados consoladores bajo la máscara -otra más- de la conciencia. Por eso, quizá el teatro, la literatura y el cine no sean sino invenciones -pantallas- para conjurar el terror de las máscaras. Máscaras de una memoria borrada de la que apenas si nos queda algo más que un desasosiego y el miedo a abrir puertas selladas bajo montañas de tiempo, como ésas que socava a fuerza de una prosa paciente y embriagadora W. G. Sebald. Pero de las máscaras de la memoria hablaremos quién sabe si mañana.

24/6/09

De vita beata

Giuseppe Tomasi di Lampedusa

Stendhal ha logrado resumir una noche de amor en un punto y coma
, le contó Giuseppe Tomasi di Lampedusa un día de 1955, a media tarde, a su alumno Francesco Orlando, durante una de las clases de literatura que le impartía graciosamente desde hacía dos años. En esa frase inolvidable se resumen dos de los talentos de Lampedusa: era un gran lector y un gran profesor, y aun más, un maestro. Ese maestro con el que sueñan todos los que han encontrado en el aquel de aprender uno de los grandes placeres que la vida. Yo hubiera querido tener un maestro como Lampedusa cuando, como Francesco Orlando, aún no había cumplido los veinte años. A estas alturas, envidio muy pocas cosas, por ejemplo a los que disfrutaron de grandes maestros, como a Esther Casal y a Miguel Cuña que recibieron el don del magisterio de Francisco R. Adrados, y cuando leo su maravilloso (y ya inencontrable) libro Fiesta, comedia y tragedia. Sobre los orígenes griegos del teatro, no puedo resistirme a imaginarlo en un aula, impartiendo una clase magistral e inolvidable, y casi es verdad. Lampedusa, por suerte, preparaba concienzuda y creo que también gozosamente sus clases, y gracias a esos cuadernos podemos disfrutar, al menos, de sus notas a través de las ediciones que se van vertiendo a cuentagotas. Hace ya veinte años, se publicó una bella edición (como todas las de la ya desaparecida editorial Trieste, de Valentín Zapatero y Andrés Trapiello) de Stendhal, un libro delicioso para todos los que amamos al autor de Rojo y negro. Ahora acaba de publicarse Shakespeare, editado por Nortesur, os dejó aquí la reseña que le dedicó Enrique Vila-Matas; he empezado a leerlo, a media tarde, como lo escuchaba Francesco Orlando, y si cierro lo ojos, casi lo escucho, como sucede con los maestros dignos de tal nombre.

Lampedusa


Giuseppe Tomasi di Lampedusa solía levantarse a las siete de la mañana en su casa de Vía Butera nº 42, en el barrio viejo, al este de Palermo, y eso de las ocho ya lo veían paseando por el Corso Vittorio Emmanuelle hacia el centro de la ciudad con una gastada bolsa de cuero al hombro llena de libros, en dirección a la Pasticceria del Massimo en Via Ruggero Settimo. Allí desayunaba, sin prisa, mientras leía uno de los libros que llevaba con él, y comía pastas y pasteles con delectación. Podía pasarse cuatro horas y leer una novela de Balzac de una sentada, y luego escribirle una carta a Licy, su mujer, una psicoanalista letona, que pasaba unos días en Roma: ¡Qué talento, Dios mío! Y no sólo de novelista, sino también de gran historiador. Antes de marchar, compraba una buena provisión de pastas y dulces que iba a parar a la bolsa de los libros, y se iba a alguna de las librerías que frecuentaba. Compraba libros que luego mandaba encuadernar, digamos que ésa era su única manía estrambótica. Como se sentía culpable por comprar tantos, se disculpaba con Licy: estaban de saldo. Y continuaba su deambular por los cafés, el Caflish o el Mazzara. Nunca faltaba en su bolsa algún tomito de Shakespeare, que le servía de consuelo tras un encuentro o una visión desagradable durante el camino, tampoco algún volumen de Proust o una novela de Simenon, al que consideraba de los pocos autores de novela policial con categoría literaria. Leía en inglés, francés, ruso, alemán y, por supuesto, en italiano, incluso llegó a aprender el castellano, y leyó a Calderón y a Góngora. Era un fumador empedernido (murió de cáncer de pulmón), tímido, taciturno y misántropo. Ofrecía una imagen que, según su alumno Francesco Orlando, resultaba difícil de olvidar: una figura corpulenta, aspecto desaliñado, ojos vivos y la bolsa de cuero atiborrada de libros. Por la noche, tres días por semana, solía ir al cine con Licy. En su diario anotaba la impresión que le había causado la película: bellisimo, mediocre, poético, y después de ver 20.000 leguas de viaje submarino anotó: spettacolare. Cuando no iban al cine, se quedaban en casa leyendo en voz alta poemas de Leopardi, fragmentos de Stendhal o de Shakespeare -el soneto 129 era su favorito-, y a veces discutían porque Licy prefería a Dostoievski y Giuseppe a Tolstoi. Me cae muy bien el amigo Lampedusa.


Giuseppe y Licy

En enero de 1955 le diagnostican un enfisema, siente que no le queda mucho y la melancolía le empuja a escribir con verdadera urgencia. Hasta ese momento había escrito más de mil páginas sobre literatura inglesa y francesa pero no ficción. El ocho de febrero de 1956, cuando Orlando acude a clase, Lampedusa, con una sonrisa enigmática, le tendió un cuaderno de ejercicios y le pidió que empezase a leerlo. Y un sorprendido Orlando leyó el primer capítulo de la novela -el talento oculto, latente- que su maestro había terminado en secreto y que aún no tenía título, y se ofreció a mecanografiarla. En mayo, la novela mecanografiada ya tenía título, El Gatopardo. El resto es historia (de la literatura): el rechazo de Mondadori, los nuevos capítulos que escribe en los primeros meses de 1957, uno de ellos El baile, el nuevo rechazo de Einaudi de mano de Elio Vittorini, el 2 de julio, cuando, sometido a radiaciones, Lampedusa ya estaba muy enfermo. Murió el 23 de julio de 1957. Tenía sesenta años y no pudo ver publicada su novela, pero creo que se fue con el convencimiento (y el orgullo) de que había escrito un gran libro. El Gatopardo fue editada por Feltrinelli gracias a un informe favorable de Giorgio Bassani en noviembre de 1958. El mes que viene se cumplirán cincuenta años del primer reconocimiento que recibió la novela y Lampedusa con el Premio Strega, el premio de narrativa más importante de Italia. En 1960 ya sobrepasaba las cincuenta ediciones. Luchino Visconti la llevó al cine en 1963. Definitivamente, un gran tipo, Lampedusa, de vita beata.


Lampedusa, a mediados de los años 30

Si os interesa la vida de Lampedusa (a él siempre le interesaron apasionadamente las vidas de los escritores), podéis leer El último Gatopardo. Vida de Giuseppe de Lampedusa de David Gilmour que editó Siruela. Javier Marías le dedica una semblanza biográfica en su jugoso libro Vidas escritas (hay una edición en bolsillo), creo que es el mejor libro del autor, bueno, el único que pude leer (entero y con gran placer).