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1/11/16

Oficio de difuntos


Fotograma de Volver (2006), de Almodóvar.

Fotograma de Körkarlen (La carreta fantasma, 1921), 
de Víctor Sjöstrom.

Velatorio en Deleitosa (Extremadura). 
Fotografía de la serie Aldea española (1951), 
de W. Eugene Smith.

Fotograma de Ordet (1955), de Dreyer.

Imagen de la serie Treme (2010), 
de David Simon y Eric Overmyer.

Fotograma de Lightning Over Water (1980), 
de Nicholas Ray y Wim Wenders.

Fotograma de Manon (1949), de Clouzot.

Fotograma de El camino del pino solitario (1936), 
de Hathaway.

Fotograma de The Searchers (1956), de John Ford.

Fotograma de Colorado Territory (1949), de Raoul Walsh.

Fotograma de Ugetsu monogatari (1953), de Mizoguchi.

Fotograma de Vértigo (1958), de Hitchcock.

Fotograma de Sin perdon (1992), de Clint Eastwood.

Fotograma de 36 vues du pic Saint-Loup (2009), de Rivette.

Fotografía de Ricard Terré.

Fotograma de Río salvaje (1960), de Elia Kazan.

Fotograma de Casa de lava (1994), de Pedro Costa.

Fotografía de la serie Subway (1980), de Bruce Davidson.

Fotograma de Der müde Tod (Las tres luces, 1921), 
de Fritz Lang.


24/1/16

La mar de justificado


Ya referí alguna vez (quizá más de una) mis trifulcas con los proyeccionistas de unos cuantos cines de A Coruña en los noventa. Nuestro hijo aún recordaba hace unas semanas, en su página de facebook, la escandalera que monté durante una proyección (imperdonable) de Sin perdón en el cine Goya (cerró cuatro años después, en 1996, sobra decir que no por mi culpa). En aquellos años ya casi nadie protestaba por la imagen desenfocada o por el sonido deficiente.


El nuevo siglo llegó con otros quebrantos, como esos espectadores que se comportan en el cine como en el sofá de su casa ante el televisor, comentando lo que sucede en la pantalla con la mayor naturalidad, hasta el punto que si le afeas la conducta te miran como a un marciano, ¿desde cuándo no se puede hablar en el cine? Y desde luego el insufrible uso de los móviles por los espectadores durante la proyección de una película. Me quedo corto con insufrible. Criminal. Un botón de muestra. Por noviembre o diciembre de 2003, en una sala de los cines de la plaza Elíptica de Vigo, nos disponemos a disfrutar de una película de aventuras, Master and  Commander, de Peter Weir.


Ya en esa escena donde la fragata Surprise, con sensibles destrozos en la arboladura y en el casco, debe desaparecer en la niebla, el chaval que tenía delante empieza a escribir sms como un poseso, pasando con todo desparpajo de las molestias que nos ocasionaba la pantalla iluminada del móvil. Llegué a avisarle tres veces en el curso de la proyección. Ni caso. Entonces ya no aguanté más y... Si no fuera por Ángeles, al día siguiente habrían hablado de mí en las páginas de sucesos del Faro de Vigo. Debió acordarse de alguno de esos raptos (míos) de (divina) cólera en sesiones de infausta memoria, porque una madrugada de las últimas navidades Ángeles se echó a reír con una novela negra, escucha, esto te va a gustar, y me leyó unas páginas de Veneno, de Ed McBain, publicada en 1987. (Tanto Ed McBain como Evan Hunter son seudónimos de Salvatore Lombino. Como Evan Hunter firmó el guión de Los pájaros, de Hitchcock, y escribió un libro sobre el trabajo con el cineasta, Hitch y yo.)

Hitchcock con Evan Hunter en los días de Los pájaros.

Os dejo entonces esas páginas de Veneno, que narran un episodio acontecido en un cine donde pasan Memorias de África (1985), de Sidney Pollack; además pueden leerse como un relato autónomo.
El hombre esposado que estaba sentado entre Meyer y Hawes en la sala de interrogatorios tendría unos cincuenta años. Era un caballero de aspecto digno que llevaba puesta una chaqueta deportiva marrón, pantalones color café, camisa tono crema, calcetines marrones y zapatos también marrones. En las sienes tenía canas. También el bigote mostraba signos de encanecimiento. La pistola que había sobre la mesa era una Smith & Wesson del calibre 38.
- Le he leído sus derechos –dijo Meyer-, y le he informado de que puede estar presente un abogado si lo desea y también que puede negarse a responder cualquier pregunta, en cualquier momento del interrogatorio.
-No necesito ningún abogado – afirmó el hombre- Responderé a cualquier pregunta que me formulen.
-También sabe que hay un casete sobre la mesa y que cualquier cosa que diga será grabada para...
-Sí, le he entendido.
-¿Quiere responder a las preguntas que el detective Hawes o yo le hagamos?
-Ya le he dicho que sí.
-¿Sabe que tiene derecho a que esté presente un abogado si...?
-Lo sé. No quiero abogado.
Meyer miró a Hawes. Hawes asintió.
-¿Puede decirme su nombre completo, por favor?
-Peter Jannings.
-¿Le importaría deletrear el apellido?
-Jannings. J-A-N-N-I-N-G-S.
-Peter Jannings, ¿correcto?¿No tiene segundo nombre?
-No.
-¿Y su dirección, señor Jannings?
-South Knowlton Drive 5318.
-¿Número de apartamento?
-3-C
-¿Qué edad tiene, señor Jannings?
-Cincuenta y nueve años.
-Parece más joven –le dijo Meyer sonriendo.
Jannings asintió. Meyer supuso que ya se lo habrían dicho muchas veces.
-¿Es ésta su pistola? –preguntó Meyer-. Estoy señalando una Smith & Wesson calibre 38, modelo 32, comúnmente conocida como Terrier de Doble Acción.
-Es mi pistola.
-¿Tiene permiso?
-Sí.
-¿De Transporte o de Tenencia?
-Transporte. Me dedico al negocio de diamantes.
-¿Estaba en posesión de esta pistola... me refiero otra vez a la Smith & Wesson, Modelo 32... estaba en posesión de esta pistola cuando los agentes le arrestaron?
-Sí.
-¿Fue a las tres cuarenta y cinco de esta tarde?
-No miré el reloj.
-La hora que indican los agentes en el informe sobre el arresto...
-Si ellos dicen que fue a las tres cuarenta y cinco, seguro que lo fue.
 
-¿Y fue arrestado en un cine llamado Twin Plaza, señor?
-Sí.
-¿En Knightsbridge Road 3748?
-No sé la dirección.
-Un local donde hay dos cines, señor. El Twin Plaza Uno y el Twin Plaza Dos. ¿He identificado correctamente el cine donde fue usted arrestado?
-Sí.
-Usted estaba en el Twin Plaza Uno, ¿correcto?
-Sí.
-¿Tenía en la mano esta Smith & Wesson, Modelo 32 en el momento del arresto?
-Sí.
-¿Había disparado recientemente la pistola?
-Sí.
-¿Cuántas veces disparó la pistola?
-Cuatro.
-¿Contra quién disparó la pistola?
-Contra una mujer.
-¿Sabe su nombre?
-No.
-¿Es usted consciente, señor Jannings, de que la mujer que estaba sentada en el asiento inmediatamente posterior al ocupado por usted... al ocupado por usted cuando los agentes arrestaron... recibió cuatro disparos en el pecho y en la cabeza...?
-Sí, soy consciente de ello. Yo fui quien disparó.
-Disparó contra la mujer que estaba sentada tras usted, ¿correcto?
-Sí.
-¿Sabe que la mujer murió mientras la llevaban al hospital?
-No lo sabía, pero me alegro –dijo Jannings.
Meyer volvió a mirar a Hawes. Sobre la mesa, la cinta del casete seguía girando implacable.
-Señor Jannings –dijo Hawes-, ¿podría decirnos por qué disparó contra ella?
-Estaba hablando –contesto Jannings.
-¿Perdón?
-Durante toda la película.
-¿Hablando?
-Hablando.
-¿Perdón?
-Que se pasó toda la película hablando detrás de mí; identificando a los personajes. "¡Oh, mira, ahí está el marido! ¡Oh, mira, ahí viene el amigo! ¡Oh, oh, hay un león! ¡Oh, oh, hay dos!" Explicando el escenario. "Ésa es la granja de ella. Ahora están en la selva. Esa es la consulta del médico. Ése es el médico". Adivinando el argumento. "Seguro que ahora se va a la cama con él. Seguro que el marido se entera". En un momento dado, cuando el médico le dice, Tiene sífilis, la mujer de detrás pregunta, "¿Qué tiene?" Yo me volví y le dije: "Tiene sífilis, señora". Ella me dijo, "Métase en sus asuntos, estoy hablando con mi marido". Yo volví para ver la película, para intentar verla. Entonces la mujer dijo, "Sea lo que sea, se lo ha pegado el marido". Me estuve controlando toda la película a pesar de la incesante charla que oía detrás de mí, pero hacia el final de la película ya no lo pude soportar más. Hay un monólogo largo junto a la tumba, Meryl Streep lee ese precioso poema y entonces sale hacia el límite del cementerio y mira a lo lejos. Sabemos lo que siente en ese momento, pero la mujer de detrás dijo, "Esa chica que está con el marido es la rica con la que se casó". Yo me volví y dije, "Señora, si quiere hablar, ¿por qué no se queda en casa a ver televisión?". Ella respondió: "Creí haberle dicho que se metiera en sus asuntos". "Esto es asunto mío, he pagado por este asiento", contesté yo. "Entonces, siéntese y calle", dijo ella. Fue entonces cuando disparé.
Hawes miró a Meyer.
-Lo único que siento es que esperé demasiado –añadió Jannings-. Debería haber disparado antes; al menos habría disfrutado la película.
Meyer se preguntó si el acusado pensaba alegar homicidio justificado.

¿Hace falta preguntarlo? La mar de justificado.

10/5/13

El proyeccionista


Para nosotros siempre fueron proyeccionistas, pero en tiempos también se les mencionó el oficio como operadores cinematográficos. De niño, me asomaba a la puerta entreabierta de la cabina de proyección del Teatro Principal, o del cine Yut o del Bolívar, los cines de Tui, como al umbral del misterio, al secreto de un alumbramiento: allí nacía el cine en cada sesión y el proyeccionista era su comadrona.

El proyeccionista Buster Keaton 
en El moderno Sherlock Holmes (1924)

Durante los noventa, tuve mis broncas con los proyeccionistas de media docena de cines de A Coruña. Quizá debería haberles leído la cartilla -literalmente- como hace Jean-Pierre Léaud en Masculin Féminin de Godard, cuando va al cine con las chicas y proyectan la película en un formato incorrecto. (No me olvido de aquella proyección infame de Sin perdón en el cine Goya, recién estrenada la película de Clint Eastwood.) Me acuerdo también del cuidadoso proyeccionista del cine Valle-Inclán, que se cabreaba cuando  tenía que pasar una película que sólo íbamos a ver cuatro gatos, porque ya había pasado el tiempo de un cine para exquisitos (pensaba en su cine, y en el puesto de trabajo, claro). Todos aquellos cines han desaparecido. Muy probablemente aquellos proyeccionistas o se jubilaron o quedaron en paro. Ahora se cierran cines una semana sí y otra también. Sin ir más lejos las últimas salas que se inauguraron en Pontevedra, no hace ni diez años, los únicos cines que había en la ciudad: todo apunta a que antes del verano será un ciudad sin cines. (No tengo los datos de proyeccionistas en paro, aunque deben haber aumentado significativamente.)

El proyeccionista Robert Ryan 
en Clash by Night (1952) de Fritz Lang

A nosotros, de los cines, ya nos echaron antes. La programación de las salas, el hartazgo de los doblajes y la mala educación de tantos espectadores (las pantallas luminosas de los móviles, chateando durante la película, ya fue la gota que colmó el vaso). Y estos últimos años hay que añadir la proyección en soporte digital de películas rodadas en 35 mm (sin molestarse ya en advertirlo cuando compras la entrada). A casi nadie le importa.

Barbara Stamwyck, la amante del proyeccionista, 
en Clash by Night

Según vengo leyendo en el blog de Kristin Thompson y David Bordwell, la proyección de cine en 35 mm en las salas comerciales tiene los días contados. En diciembre de 2000 había en el mundo unas 164.000 pantallas, sólo en treinta de ellas se pasaban películas con proyección digital. En 2005, eran 848. A finales de 2010, 36.103, o sea, cerca del 25%. En algún momento de este 2013, en todos los cines de EEUU habrá ya únicamente proyección digital. Y según los medios especializados, en 2015 se habrá extinguido la proyección en 35 mm en las salas comerciales del mundo (porque ya sólo se distribuirá cine en soporte digital). A casi nadie le preocupa. Bordwell cuenta que en pocos años -en el curso de la reconversión digital- miles de proyectores de 35 mm han sido retirados de los cines como chatarra (muchos casi nuevos), miles de proyeccionistas fueron despedidos o reasignados a tareas de mantenimiento... Y muchos cines cerrarán al no poder afrontar la  reconversión. Por lo visto da igual.

El proyeccionista Philippe Noiret 
en Cinema Paradiso (1988) de Giuseppe Tornatore

Habría mucho que hablar sobre la calidad de la proyección -celuloide/digital- y a propósito de la conservación de tantas películas en soporte de 35 mm (quedará para otra ocasión), pero ¿es demasiado suponer que se seguirán proyectando películas en 35 mm en las cinematecas? Si no es así, y aun podemos contar, pongamos por caso, con el CGAI, la Cinemateca Portuguesa o la Filmoteca de Madrid para ver películas rodadas y proyectadas en 35 mm, entonces se convertirán en la reserva del proyeccionista, un oficio en vías de extinción.

2/4/13

Trazos de lluvia



Ponerme a ver con Ángeles los grabados de la lluvia de Utagawa Hiroshige y empezar a llover a mares fue todo uno. Bueno, mejor sería decir que ha vuelto a llover como todo marzo.


Los vecinos dicen que llueve como llovía en los inviernos de antes.


Cuándo antes, ahí ya hay matices en la memoria de cada cual. Hay quien no recuerda los campos tan anegados que ni entrar se puede, y plantar ni por asomo. (Y los ríos van tan colmados que se derraman.)


Recuerdo inviernos así de niño. Será porque, como escribía Borges, la lluvia es una cosa / que sin duda sucede en el pasado.


Pero, desde luego, no cae una lluvia minuciosa, como en el poema, sino a cántaros. Una lluvia a la Kurosawa, digamos.

Fotogramas de Los siete samuráis
Y de Vivir.

Más de una vez estas semanas llovía en la pantalla -en In the Mood for Love, pongamos por caso- y llovía también fuera, como si la lluvia del cine hubiera llamado por la del tiempo para cerrar el círculo de un efecto de lluvia comme il faut.

Fotograma de In the Mood for Love de Wong Kar-wai

Recuerdo que de niño me gustaba mucho cuando llovía en la película del Teatro Principal y, al tiempo, sentía la lluvia en el tejado del cine.

Fotograma de El enemigo público de William A. Wellman

O cuando había llovido en el cine y al salir llovía en el mundo, y no digamos si en el mundo ya era de noche y uno había entrado en el cine de día.

Fotograma de Psicosis de Hitchcock

Italo Calvino cuenta muy bien -en su Autobiografía de un espectador- la experiencia de esa frontera entre el universo del cine y de lo cotidiano: la oscuridad amortiguaba en parte la discontinuidad entre los dos mundos y en parte la acentuaba, porque señalaba el paso de aquellas dos horas que no había vivido, tragado por una suspensión del tiempo, o en la duración de una vida imaginaria, o en el salto hacia atrás de los siglos.

Fotograma de Vinieron las lluvias de Clarence Brown

Pero a Calvino la lluvia en la película le recordaba el mundo de fuera y se preguntaba si había empezado a llover también allí, y se angustiaba. En cambio, uno siempre vivió la correspondencia de la lluvia entre la pantalla y la vida como un efecto del cine, como si el cine lloviera sobre el mundo.

Fotograma de Un ascensor para el cadalso de Louis Malle

( Había otra lluvia -y tantas veces llovía así- en las rayas de la película trasteada de cine en cine -y pase tras pase- hasta resultar una obra casi experimental, como la película recuperada de Fleury -maltratada por Guerín- en Tren de sombras.)


Con el tiempo, la salida del cine bajo la lluvia, como dijo alguna vez André Téchiné, deviene un momento melancólico.

Fotograma de Los puentes de Madison de Clint Eastwood

Pura melancolía ya, la lluvia en el cine.

Fotograma de Ukikusa de Ozu

Llamando por la lluvia en el mundo.

Fotograma de Un día de campo de Renoir

En los trazos de lluvia de los grabados de Hiroshige ya se presiente -ya se escucha- la lluvia del cine por venir.


Van Gogh descubrió aquellos grabados en las exposiciones universales de París. Le gustaba mucho la lluvia de Hirosighe.


Y pintó al oleo una copia de Un aguacero repentino sobre el puente cerca de Atake. Cómo resistirse a la caligrafía del tiempo. A la belleza de los trazos de lluvia.

20/1/11

El río y los ríos

Con o sin razón soy de río, tal como otra gente es de mar, escribió el poeta Carlos Casanova. Lo mismo digo; que este finisterre atlántico me haya adoptado en lo que va de siglo se lo debo a Ángeles, una mujer de mar. Me gustan los ríos; cuando era un niño, deletrear sus nombres era casi un ejercicio de geografía fantástica: Brahmaputra, Orinoco, Azul, Limpopo, Volga, Zambeze, Amu Daria, Mississippi, Mekong, Colorado, Amarillo, Nilo...

Fotografía de Ansel Adams

Y me gusta que el río haya servido como metáfora de la vida y de los relatos. Y las ciudades con río, o con ríos: Nueva York, Roma, París, Florencia, Lisboa... Y las escenas de río, en The Naked Spur (1953) -aquí Colorado Jim- de Antonhy Mann o en Wagon Master (1950) de John Ford.

Wagon Master de John Ford

Me gustan las películas de ríos, sublimes como L'Atalante (1934) de Jean Vigo, oníricas como La noche del cazador (1955) de Charles Laughton; excesivas y lisérgicas como Apocalypse Now (1979) de Coppola; leves y serenas como Steamboat Round the Bend (1935) de John Ford, con fotografía de uno de sus operadores preferidos, George Schneiderman; casi íntimas como Une partie de campagne (1936) de Jean Renoir, que conjuga con encanto los efectos de realidad (de lo documental) en clave de teatro de los afectos (de la ficción);

Une partie de campagne de Jean Renoir


o épicas como The Big Sky (1952) de Howard Hawks, que aquí se tituló Río de sangre, una aventura en un barco río arriba por el Missouri, filmada en exteriores con ingredientes de un convincente verismo y en un hermoso blanco y negro por Russell Harlan, que me hubiera encantado ver de niño.

The Big Sky de Howard Hawks

Y me gustan las películas que llevan la palabra río en el título original, el river, la mayoría. Dos de las mejores se titulan así, The river, sin más. El río.

The River de Pare Lorentz

Como The river (1938), una película sobre las inundaciones del Mississippi en 1937, un poema cinematográfico que me recuerda las inundaciones del río Miño -mi río- a su paso por el Arrabal en Tui, donde desembocaba el río Tripes, un espectáculo -riadas o cheas le decían- que, durante los años de mi infancia, podía arrebatarme horas la mirada, abismada en tanta agua, con los vecinos del Arrabal en barcas de hechuras afiladas, navegando por las callejas y entrando en sus casa por la ventanas de la primera planta, cuando la había, en aquel paisaje de diluvio, una escena primordial de la memoria a la que también me remite la majestuosa puesta en escena con visos mitológicos de la inundación en Eleni (2004) de Theo Angelopoulos;

Eleni de Theo Angelopoulos

The River de Pare Lorentz

en fin, The River, un "clásico" del cine documental, obra de Pare Lorentz, un escritor y cineasta del grupo Frontier Film formado en Nueva York a mediados del los 30  en el que también se habían integrado Paul Strand, Leo Hurwitz, Herbert Kline o Ralph Steiner, dedicados a la producción de documentales con la idea de hacer películas como herramienta de lucha política -eran comunistas o próximos, o sea, compañeros de viaje-, pero que dejaron muestras del mejor cine -sin adjetivos- de su tiempo.

El río de Jean Renoir

Como The River (1951) -El río-, una obra maestra -maravillosa, bellísima, imprescindible- de Jean Renoir, donde la ficción y el documental afluyen a la corriente del río (Ganges), como la vida y la muerte, una corriente ante la que cualquier relato, cualquier representación, deviene prueba palpable de la fragilidad de las formas -abocadas a una derrota presentida- en el aquel de aprehender el delicado misterio de la existencia, como el relato destilado por la película que comienza con estas palabras: Esta es la historia de mi primer amor, en ella se cuenta lo que es crecer a orillas de un río salvaje, aunque el primer amor debe ser igual en todas partes. Ya estoy escuchando al amigo Diomedes Díaz: "A qué estás esperando para escribir sobre El río, y no me vengas con evasivas -¿Sobre cuál de los ríos?-, que te conozco".  

Río Rojo de Howard Hawks

Y, claro, me gustan mucho  Río Rojo (1948) y Río Bravo (1959), ambas de Howard Hawks, que también rodó Río Lobo (1970), y se merece el título de cineasta de los ríos; Río Grande (1950) de John  Ford,  House of the River de Fritz Lang, Bend of the River (1952) -aquí, Horizontes lejanos- de Anthony Mann. No quiero olvidarme de  Río sin retorno (1954) de Otto Preminger, de Wild River (1960) de Elia Kazan, Río Conchos (1964) de Gordon Douglas, Río abajo (1984) de Borau y The River (1997) de Tsai Ming-Liang. De este siglo me quedo con Mystic River (2003) de Clint Eastwood -aquí enterramos nuestros pecados y lavamos nuestras conciencias-, y Frozen River (2008) de Courtney Hunt.

Bend of the River de Anthony Mann

Algunas películas las habré olvidado sin querer, pero de éstas quise acordarme: prueban que a los ríos les sienta bien el cine. Y al cine le sienta bien el river, el río y los ríos.