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24/7/13

Fantasmas de luz


Me pierdo algunas horas estos días (como por estas mismas fechas el año pasado) entre las páginas de La edad de los prodigios.Terror y belleza en la ciencia del Romanticismo de Richard Holmes, donde se hilvanan preciosas historias de luces y letras, como en los capítulos que le dedica a Herschel y el retoñar de la astronomía.


William Herschel fabricaba en casa un telescopio y, mientras pulía los espejos horas y horas, su hermana Caroline -William la llamaba Lina- leía de viva voz, el Quijote, el Tristram Shandy o Las mil y una noches. Por aliviarle la tarea. Sólo se negaba a recitar el Paraíso perdido de Milton, que tanto le gustaba a su hermano y tanto detestaba ella. Eran músicos consagrados a la astronomía. Y con ese telescopio, a mediados de marzo de 1781, van a descubrir Urano. El primer planeta encontrado en el Sistema Solar desde los griegos. Causó admiración, despertó vocaciones y animó el imaginario romántico por décadas. William avizoraba los espacios siderales y Caroline tomaba notas precisas y tenaces de las observaciones que le iba dictando su hermano, y llevaba la contabilidad de los astros. A esos desvelos se refería Lina como cuidar los cielos.

Caroline y William Herschel 
en el aquel de cuidar los cielos.

Una noche de octubre de 1816, Keats lee por primera vez la Ilíada traducida en verso por el poeta isabelino Chapman, gracias a una edición en folio de 1616 que acaba de comprar su amigo y mentor Charles Cowden Clarke. Se pasan la noche leyendo -ora uno ora otro- pasajes de la Ilíada


Keats tenía veinte años y, por lo visto, al palabrear algunos versos, tanto le gustaban que los voceaba, como al hermanar Homero los fulgores del casco de Diomedes y del planeta Júpiter suspendido sobre el  mar, la dorada lámpara de Otoño... alegre se refresca en las olas altaneras de Océano y se ciñe los cielos. 


A la mañana siguiente Keats escribe el soneto Al leer por primera vez el Homero de Chapman, donde hermana a Homero, el descubrimiento de un planeta (con el hallazgo de Urano en la memoria) y el primer encuentro con el Océano Pacífico, aunque prefiriendo las razones de la rima a las de la historia se lo atribuye a Cortés, olvidando a Núñez de Balboa (a sabiendas). Razones de poeta.  

On First Looking into Chapman’s Homer

Much have I travell'd in the realms of gold,
    And many goodly states and kingdoms seen;
    Round many western islands have I been
Which bards in fealty to Apollo hold.
Oft of one wide expanse had I been told
    That deep-brow'd Homer ruled as his demesne;
    Yet did I never breathe its pure serene
Till I heard Chapman speak out loud and bold:
Then felt I like some watcher of the skies
    When a new planet swims into his ken;
Or like stout Cortez when with eagle eyes
    He star'd at the Pacific--and all his men
Look'd at each other with a wild surmise--
    Silent, upon a peak in Darien.

Esta -de Alejandro Valero- es la única traducción que tengo a mano: Mucho tiempo he viajado por los mundos del oro, /  y he visto muchos reinos e imperios admirables, / y he estado en torno a muchas occidentales islas / que los bardos protegen como feudos de Apolo. / He oído hablar a veces de un vasto territorio / que rigió en propiedad el taciturno Homero, / mas nunca he respirado su aire sereno y puro / hasta que he oído a Chapman hablar con vehemencia: / entonces me he sentido como el que observa el cielo / y ve un nuevo planeta surgir ante su vista, / o como el gran Cortés cuando con ojos de águila / contemplara el Pacífico – mientras todos sus hombres / se miraban atónitos y con incertidumbre – / silencioso, en la cumbre de un monte de Darién.


Keats enhebra el resplandor de las epifanías, iluminando, por así decir, lo que ya no está allí, rescatando con la mirada en la noche de los adentros lo que ya no se ve. Como la mirada de Herschel velando los rastros de lo invisible en el cielo negro. Al contar lo que veía en el cosmos explicaba que muchas estrellas distantes habían dejado de existir millones de años antes. Ese paisaje estelar ya no está allí. El cielo -decía Herschel- rebosa fantasmas: la luz viaja una vez que el cuerpo se ha ido. Fantasmas de luz. Como si hablara del cine.

13/7/12

¡Cómo te habría gustado el Cabo Norte...!


No es sólo que belleza rime con tristeza, es que la destila. Sólo entonces lo bello deviene también verdadero. Porque no hay belleza sin verdad. De eso trata la estética. De la verdad, como forma del arte. Belleza triste, entonces. La bella tristeza que desprende, pongamos por caso, El fantasma y la señora Muir (1947).


Sobran razones para traer a la señora Muir a esta escuela, es uno de esos filmes que podríamos enhebrar en diversas constelaciones: los fantasmas, desde luego -¿habrá figura más cinematográfica?, ¿y cómo no imaginar que la película podría titularse "El fantasma de la señora Muir"?-, pero también las fronteras -entre lo real y lo imaginario, entre los vivos y los muertos, entre la memoria y el sueño-, las metáforas -de la escritura (el fantasma le dicta sus memorias a la señora Muir, ¿una voz de su imaginación?, ¿un sueño de la razón?) y del cine mismo (fantasmagoría primordial y la más onírica de las artes)-, las historias de amor -entre las más bellas, delicadas, líricas y elegantes que se hayan filmado-, los poemas de cine -esta vez la Oda a un ruiseñor de Keats-, los retratos -tiene su aquel ver a Gene Tierney como señora Muir fascinada por el retrato del capitán Gregg (Rex Harrison), cuando el suyo (tres años antes), como Laura, tanto fascinó a tantos-, las películas freudianas -el fantasma como fantasía sexual, como proyección de los deseos reprimidos y depositados en el inconsciente (¿habrá algo más freudiano que el cine?)-, las películas de la familia -ésas que nunca nos cansamos (cansaremos) de ver- y... las películas de Gene Tierney, faltaría más, razón sobrada para recrearnos en El fantasma y la señora Muir...


Claro que si esta escuela hubiera existido hace veinte años, le habría bastado con ser una película de Mankiewicz, y ya habrían encontrado cobijo también Eva al desnudo y La condesa descalza, como mínimo. Recuerdo haber subrayado una frase suya (de una entrevista): Dirigir una película es la segunda fase del trabajo de un guionista; escribir el guión es la primera fase del trabajo de un director. Fue la lección esencial de Lubitsch, que produjo su primera película, El castillo de Dragonwyck, también con Gene Tierney.

Mankiewicz, tercero por la izda., dirige a Gene Tierney 
en El castillo de Dragonwyck

Recuerdo también cómo lamenté que nunca pudiera llevar al cine El cuarteto de Alejandría de Lawrence Durrell (una de mis lecturas preferidas entonces y aun antes)-la gran decepción de mi vida es no haber realizado este proyecto- ¡Cuanto me gustaba el cine de Mankiewicz! Ese cine hablado, ese cine de la representación -el teatro (de la vida, del escenario, de la pantalla) era su centro de interés primordial y la vida destruye el guión, era uno de sus temas favoritos-, ese cine (tan) escrito -porque la vida se parece a las malas películasdice el guionista y director Harry Dawes/Bogart en La condesa descalza (una de las películas preferidas del cineasta)-, ese cine de mirar con el oído y de oír con la mirada que ya no me encanta como entonces, salvo El fantasma y la señora Muir, que me gusta cada vez más


Para Mankiewicz, su cuarta película como director era una obra de aprendizaje, quería demostrarle al estudio que era un realizador solvente y la recordaba como una película para coger oficio, sólo eso; para el guionista Philip Dunne, El fantasma y la señora Muir era una de las películas de las que se sentía orgulloso de haber escrito. Creo que esta hermosa comedia de fantasmas, con toda su contención, sobriedad y (milagroso) equilibrio de humor, romanticismo y melancolía, perdura como una -por no decir la- obra mayor de MankiewiczBénard da Costa cuenta en Os filmes da minha vida que tuvo siempre cerca el cartel de la película, primero en la Gulbenkian y luego, ya descolorido -¿a quién se le ocurre poner los fantasmas al sol?-, en la Cinemateca de Lisboa, y anota que Mankiewicz persiguió toda su vida un cine total, del que nunca estuvo tan cerca como en El fantasma y la señora Muir, una película de la que el cineasta decía recordar sobre todo el viento, el mar y la búsqueda de algo diferente. Y la decepción, o cómo la vida destruye una vez más el guión soñado de Lucy Muir.
  

La señora Muir lleva luto por su marido, muerto hace un año; en realidad, lleva luto por ella, porque nunca ha tenido una vida propia. Pero ha llegado la hora de ponerle remedio. Siempre quiso vivir junto al mar (muir, en gaélico) y se queda prendada de la casa del capitán Gregg, un marino que, según el de la inmobiliaria, se suicidó cuatro años antes. Es como si Gulls Cottage, o sea, la casa de las gaviotas, la estuviera esperando. Y la llamara.



Y es como si la música -qué score tan maravilloso- de Bernard Herrmann nos transportara con la señora Muir donde todo y nada le va a suceder: he ahí el nudo de la película, el centro de gravedad de las emociones, el corazón del tiempo. Porque la historia de la señora Muir y el fantasma del capitán Gregg es un amor imposible: a ella todo podría sucederle pero a él ya todo le ha sucedido. El fantasma y la señora Muir es la historia de un amor al que se le niega el presente, esta vida, este mundo.




Qué bello movimiento de cámara cuando el travelling se acelera hacia la espalda de la señora Muir con el vigor de una presencia, la del fantasma que sentimos antes de verlo, y lo vemos con ella, y con ella tardamos aún un instante en comprender que se trata de un retrato. 


Y ya puede el de la inmobiliaria desaconsejarle el alquiler, la casa del capitán Gregg era lo que buscaba. A la señora Muir le gusta todo, atrezo incluido, sólo mandará talar aquel árbol que estraga las vistas -la decisión suscita la invisible reacción del fantasma que le hace sentir un escalofrío-, y cuando una réplica suya provoca la carcajada del capitán Gregg que resuena en todas las estancias, prueba sonora palpable de la presencia espectral, ya nada podría disuadirla: ¡Una casa encantada. Es perfecta! Y estando encantada, cómo no va a encantarle la casa. Cuánto se van a reír el fantasma y la señora Muir.


¡Qué bien contada El fantasma y la señora Muir! Cómo se exprime el detalle de que ella se lastime la mano al cerrar la ventana cuando va a echarse una horita, justo antes de que el fantasma  la visite por primera vez cuando esté dormida. Al despertar ve la ventana abierta y recuerda que la había cerrado, que se lastimó al cerrarla, y entonces sabe que el fantasma (entró por la ventana y) la ronda.


Pero tal como filma Mankiewicz la escena, nada impide imaginar que ese fantasma sea un sueño de la señora Muir, y así lo evocará ella un año después, cuando ya se ha ido el capitán Gregg. Pero no sólo ella ha sido visitada por el fantasma, también Martha -la criada- lo soñó y muchos años después Lucy descubrirá que su hija también se había enamorado del capitán Gregg y, como ella, también lo recuerda como un sueño. Memoria y sueño, una permeable frontera que deviene la piel misma de la película.


Pero la función principal de haberse lastimado cuando cerraba la ventana -como prueba de que no lo soñó y, por tanto, de la visita del fantasma- consiste en preparar la escena primordial de la película, la invocación del fantasma por la señora Muir. Es una noche de tormenta y baja a la cocina a calentar el agua para la bolsa de cama, pero pasa primero por el salón, quiere echarle una miradita al retrato del capitán Gregg... ¡Qué maravillosa iluminación de Charles Lang!



¡Esa mirada retadora de Gene Tierney! Y ya en la cocina, se va la luz de gas, y harta de que las cerillas se le apaguen una tras otra, desafía al fantasma a presentarse, sabe que quiere amedrentarla con la oscuridad, y lo provoca tratándolo de cobarde por dedicarse a asustar mujeres. Entones irrumpe el vozarrón del capitán Gregg conminándola a encender la vela de una vez.



Y lo ve por primera vez. 


El fantasma se manifiesta como una presencia arrancada a las tinieblas por la luz de la vela. Por la llama del deseo de la señora Muir.
  

Un fantasma malhumorado -que despide huéspedes, vamos-, el tal capitán Gregg, pero no puede evitar conmoverse cuando la señora Muir le habla de la casa y ve transfigurado en sus palabras el mismo sentimiento que lo embargó cuando le puso los ojos encima al primer barco que iba a mandar. Las palabras, no es que sean importantes en el filme de Mankiewicz, devienen decisivas. Desde la primera conversación entre el fantasma y la señora Muir. Una historia de amor enhebrada con palabras. No pueden hacer otra cosa, sino hacer el amor con las palabras; el espacio -la casa- los reúne, pero una herida de tiempo les veda el abrazo por el que pronto van a suspirar. Los corazones se descargan a base de palabras y el amor se consuma en un erotismo de las voces. Una conversación inacabada, El fantasma y la señora Muir. 


A la señora Muir la arquitectura de la casa de las gaviotas le trae a la memoria una vieja canción o quizá un poema. Y el fantasma pronuncia unos versos de la Oda a un ruiseñor...

Las mágicas ventanas, abiertas a la espuma
de mares peligrosos, en tierras de leyendas ya olvidadas...

Y la  señora Muir: ¿Keats, verdad? Palabras para saberse, para tocarse, para quererse. Hasta no poder pasar sin ellas. Por eso, cuando la señora Muir se queda sin los ingresos que le permiten alquilar la casa de las gaviotas, el fantasma  le propone escribir las memorias del capitán Gregg. Y si van a tramar una relación tan íntima como literaria -la señora Muir, amanuense y musa de la voz del fantasma (ya lo apuntamos: qué otra cosa es escribir sino escuchar y dar vida a una voz)-, entonces ya pueden llamarse por el nombre. Puedes llamarme Daniel -le dice el fantasma-. Yo te llamaré Lucía. Ella protesta, su nombre es Lucy. Pero en el fondo le gusta ser Lucía. Sólo para el capitán Gregg. Y empiezan a escribir la cruda historia de un marino     


Y Lucía lo aprende todo del fantasma. Las palabras del mar. Y las palabras de la vida, como esa de cuatro letras que ella se resiste a escribir y luego teclea (en un gesto encantador) como si no quisiera tocarlas. La escritura se vuelve una alquimia del lenguaje amoroso, pura puesta en escena. La de ese libro que se convierte en la única prueba fehaciente de la existencia del fantasma: la literatura, en fin, como documento de un pasaje espectral. Puro Mankiewicz. 


El fantasma le refiere las calaveradas de juventud y despierta en ella el dolor de lo perdido: Ojalá te hubiera conocido entonces. Y cuando le cuenta episodios de la infancia, de la tía que lo crió, de la que dice que se alegró de que se embarcara tan joven, así no le llenaría la casa de cachorros ni le mancharía las alfombras con las botas llenas de barro, y que murió mientras él navegaba por alguno de los siete mares... Qué sola debió sentirse con sus alfombras tan limpias, acierta a decir Lucía, como si diera voz al presentimiento de lo que le espera. ¿Hace falta decir cuánto envidio a Philip Dunne por esa réplica cada vez que llega esa escena?     


Escribir el libro representa una revelación. La escritura sólo es verdadera si incuba una metamorfosis de los adentros. El fantasma y la señora Muir se ven transformados. 


Y transportados a un umbral intransitable, a un abismo insalvable. Qué será de nosotros, se pregunta Lucía. Nada puede ser de mí, todo ha sucedido, nada puede ya suceder, sostiene fatalmente Daniel. Los raccords de mirada en el cine se inventaron para momentos así, cuando ella ve donde no puede ir y él donde no puede quedarse. Un corte entre dos miradas, una herida que declina despeñaderos del sentido, como todo y nada, como siempre y nunca.



Ahí se agrieta la comedia en El fantasma y la señora Muir. Porque comprendemos (con ellos) que sólo la muerte le permitirá a Lucía traspasar el umbral y cruzar el abismo, y viajar más allá del tiempo con el capitán Gregg. En qué problema nos hemos metido, Daniel, se duele Lucía.


Y sí, deseamos que muera, porque a esas alturas somos espectadores cautivos de la belleza atrapada en las palabras, en la voz del fantasma en el aquel de hechizar a la señora Muir mientras le dicta sus memorias y embrujarnos aún más cuando sólo es ya pura voz, la llamada voz over, voz de otro mundo, de ese mundo donde deseamos que, al fin, la señora Muir se reúna con el capitán Gregg. Pero el fantasma la ama tanto (y tan bien como Spinoza define en amor en su Ética), que su mayor bien es el mayor bien de la mujer amada, y no quiere verla atada a un espectro de por vida. Aunque eso signifique saber que va a sufrir con ese escritor -encarnado maravillosamente (como siempre) el gran George Sanders- que conoce el día que lleva el manuscrito de las memorias del capitán Gregg al editor. 


Entonces llega el momento de la despedida, la única escena de la que Mankiewicz conservaba un vivo recuerdo. 


El fantasma contempla a la señora Muir dormida. 


A la hora del adiós cantamos lo que nunca podremos vivir (y qué bien lo escribe ¿Philip Dunne? ¿Mankiewicz? ¿Mankiewicz reescribiendo a Philip Dunne?): Lo que te has perdido, Lucía, por haber nacido demasiado tarde para cruzar conmigo los siete mares. Y cuánto lo echo de menos.


¡Cómo te habría gustado el Cabo Norte, y los fiordos bajo el sol de media noche, y navegar junto el arrecife en Barbados donde el agua azul se torna verde, y hacia las Falkland donde la galerna del sur desgarra el mar entero y lo vuelve blanco! Lo que nos perdimos, Lucía, lo que nos hemos perdido.


Y el fantasma la libera de la memoria de lo vivido y se convierte en un sueño de Lucy, uno de esos sueños que mueren al despertar.



Alguna vez, a la hora de la siesta, la señora Muir deseará que ese sueño se haga realidad, que efectivamente el fantasma entre por la ventana y se quede a verla dormir, y volver a ser Lucía para él.


Y como el mar erosiona la costa al pie de la casa de las gaviotas, así el tiempo roe la memoria y hasta los sueños se vuelven ceniza, polvo, casi nada. El soplo de una voz atrapada en el silencio. Un espejismo.


¿Fue una visión o un sueño despierto? 
Esa música ya ha huido. ¿Duermo o estoy despierto?

Cuántas veces habrá evocado Lucy los últimos versos de la Oda a un ruiseñor de Keats, aunque ya no recuerde que son la memoria viva del fantasma. Que la espera. Que vendrá a buscarla. Con el último sueño. 


Y entonces, fantasmas los dos, pueden dejar atrás tanta pérdida, desencanto, soledad. La muerte. Lo real. 




Tenía razón Bénard da Costa (la tiene siempre). El fantasma y la señora Muir muestra (hasta la evidencia) que el amor no es real.  El amor es surreal. Como el cine.


6/6/12

Depósito de acasos



Esta mañana, pasmando por la ventana al filo de un párrafo que no acababa de cuajar, la lluvia trazaba surcos con tiralíneas y, como si cartografiara un cálido paisaje de la memoria, me devolvió, con visos de un sueño vívido, aquella mañana de verano en la terraza de un café de la Praça da Figueira en Lisboa, leyendo al acaso algunos fragmentos del Livro do desassossego de Pessoa, editado en dos volúmenes por la editorial Ática, que acababa de comprar allí al lado, en la Livraria Diário de Noticias. En la primera página anoté la fecha: 9 de julio de 1984. Ángeles estudiaba en un mapa rutas posibles hacia el sur y nuestro hijo de tres años jugaba con las palomas bajo la estatua ecuestre de Don João I.


Aquellos volúmenes de la edición de Jacinto do Prado Coelho y uno posterior con la traducción de Ángel Crespo me han acompañado todos estos años y los tengo siempre a mano, con subrayados a lápiz, a marcador (verde, amarillo), a bolígrafo (azul, negro), a rotulador (negro, verde), cada uno de su época (iba a escribir de su era), y cuando vuelvo sobre sus páginas leo a Bernardo Soares y a mí leyéndole en otro tiempo -en otros tiempos (estratos de la geología lectora)- o quién sabe si a otro que le leía -y aun otros- y que ya no soy yo, y al que -o a los que- ya sólo me unen esas líneas que volvería a subrayar hoy.

...decir lo que se siente exactamente como se siente -claramente si es claro; oscuramente, si es oscuro; confusamente, si es confuso-; comprender que la gramática es un instrumento, y no una ley. (...) Obedezca a la gramática quien no sabe pensar lo que siente. Sírvase de ella quien sabe mandar en sus expresiones.

Dar a cada emoción una personalidad, a cada estado del alma un alma.

Vivir es ser otro. Ni sentir es posible si hoy se siente como ayer se sintió; sentir hoy lo mismo que ayer no es sentir: es recordar hoy lo que se sintió ayer, ser hoy el cadáver vivo de lo que ayer fue la vida perdida.

El olfato es una vista extraña. Evoca paisajes sentimentales mediante un dibujar súbito de lo subconsciente.

Envidio a todo el mundo no ser yo. Como de todos los imposibles, éste me ha parecido siempre el mayor de todos, ha sido el que más se ha constituido en mi ansia cotidiana, mi desesperación de todas las horas tristes.

Si existiese en el arte el oficio de perfeccionador, yo tendría en la vida (de mi arte) una función... / Tomar la obra hecha por otro, y trabajar sólo en perfeccionarla. Así, tal vez, fue hecha la Ilíada... / ¡Sólo el no hacer el esfuerzo de la creación primitiva! / ¡Cómo envidio a los que escriben novelas, que las empiezan y las hacen y las terminan! Sé imaginarlos, capítulo a capítulo, a veces con las frases del diálogo y las que están entre el diálogo, pero no sabría decir en el papel esos sueños de escribir.


Pessoa murió el 30 de noviembre de 1935 prácticamente inédito. Apenas algunos poemas y unos pocos textos aparecieron en revistas minoritarias. Nada, si lo comparamos con lo (inimaginable) que quedaba por editar, un proceso que aún, casi ochenta años después, no ha concluido. Porque Pessoa dejó un baúl y una biblioteca con mil doscientos libros; eran cuanto tenía.


Pero en ese baúl había 27.543 papeles, de los cuales 25.000 eran textos de Pessoa en papel de envolver, papel timbrado, sobres de azúcar, cajas de cerillas, trozos de periódico. Era el arca de Pessoa, como lo llamó Teresa Rita Lopes. Un baúl lleno de gente, escribió Tabucchi. Y entre esos materiales, cientos de papeles con más de quinientos fragmentos componían ese aluvión de escritura -entre 1913 y 1935- que representa el Libro del desasosiego, verdadero obrador poético, una biblioteca en sí mismo, con tantos libros como el lector quiera componer. Porque no le queda otra sino escribir su propio libro del desasosiego a partir de los fragmentos depositados por Pessoa en el arca.


En la biblioteca de Pessoa figuraba una biografía de Keats. A Pessoa le gustaba subrayar y hacer anotaciones en los márgenes. Dialogaba con los libros que leía y a veces hasta se peleaba con ellos. En aquella biografía subrayó unas palabras de Keats con la definición de poeta: El poeta es la cosa menos poética de toda la existencia porque no tiene identidad; está continuamente en el lugar de otro, rellenando otro cuerpo. De aquí a un paso el poeta es un fingidor.  Es otro en cada uno de los heterónimos: Alberto Caeiro, Ricardo Reis, Álvaro de Campos. El teatro del ser, que dijo la gran pessoana Teresa Rita Lopes.

He creado en mí varias personalidades. Creo personalidades constantemente. Cada sueño mío es inmediatamente, en el momento de aparecer soñado, encarnado en otra persona, que pasa a soñarlo, y yo no. / Para crear, me he destruido; tanto me he exteriorizado dentro de mí, que dentro de mí no existe sino exteriormente. Soy la escena viva por la que pasan varios actores representando varias piezas.

Pero con Bernardo Soares, a quien Pessoa atribuye el Libro del desasosiego, la cuestión de la identidad -o del fingimiento de la identidad- cobra visos más sutiles, porque no es un heterónimo sensu stricto: no es Pessoa, pero tampoco totalmente diferente -no es propiamente otro-, soy yo menos el raciocinio y la afectividad; un Pessoa mutilado, vamos. O esculpido. O afilado. O un Pessoa en el aquel de escribir, en palabras de su traductor Ángel Crespo, un diario íntimo intermitente. El propio Pessoa llegó a definir el Libro del desasosiego como un diario al acaso. Al acaso del fantasma, porque Bernando Soares deviene una aparición: aparece siempre que estoy cansado o somnoliento, de suerte que tenga un tanto suspensas las cualidades de raciocinio e inhibición; esa prosa es un constante devaneo. Un deambular en duermevela. Por Lisboa. O mejor, por el sueño de la ciudad:

Hay sosiegos del campo en la ciudad. hay momentos, sobre todo en los mediodías de estío en que, en esta Lisboa luminosa, el campo, como un viento, nos invade. Y aquí mismo, en la Calle de los Doradores, tenemos el sueño bueno.

Dietario de sueños también el Libro del desasosiego, Sueños de ser otro y otro y otro, tantos que cuesta entender que otra gente exista: cómo es que hay almas que no sean la mía. Cuesta entender, abismado en el Libro del desasosiego, que haya otra escritura más allá de sus márgenes, que no sea ya el libro de todos los libros siendo tantos libros; que siendo Pessoa toda una literatura no sea toda la literatura. Él, que ya de niño, se rodeaba en su cama de gente de su imaginación -ese teatro del paraíso (de su primera infancia)-, quizá para acallar las voces que llegaban desde el fondo del pasillo, los gritos reales de la abuela Dionisia que estaba loca. El Libro del desasosiego también puede leerse como retales de ese paraíso perdido, como ruinas de la memoria del país de la infancia, como laboratorio secreto de una sensibilidad. La de ese autor-enigma, que como señala Jacinto do Prado Coelho, hizo de la literatura un arte de vivir, o de des-vivirse en escritura, porque sin sintaxis no hay emoción verdadera y la inmortalidad es una función de los gramáticos.


Pocos meses antes de morir contó en una carta que tenía intención de publicar su obra, empezando por el Libro del desasosiego, pero le llevaría un año organizar los fragmentos, y en una nota, quizá presintiendo que, organizados o no, no serían más que pedazos de escritura haciéndose sin cesar, dejó dicho que este libro [inacabado] podrá formar parte de uno definitivo de desperdicios... Un depósito de acasos. Como éste:

El mundo exterior existe como un actor en un escenario: está allí pero es otra cosa.


(Aquel baúl, eso sí, vacío, se subastó hace tres años y fue a parar a manos de un coleccionista por sesenta mil euros. Hace quince días se subastaron el escritorio y la máquina de escribir Royal que usaba Pessoa en la Sociedad Portuguesa de Explosivos de Lisboa, una de las empresas donde el escritor trabajó traduciendo correspondencia comercial, y un biógrafo reciente se quedó con las piezas por ochenta mil euros. Hay que ver.)