6/6/12

Depósito de acasos



Esta mañana, pasmando por la ventana al filo de un párrafo que no acababa de cuajar, la lluvia trazaba surcos con tiralíneas y, como si cartografiara un cálido paisaje de la memoria, me devolvió, con visos de un sueño vívido, aquella mañana de verano en la terraza de un café de la Praça da Figueira en Lisboa, leyendo al acaso algunos fragmentos del Livro do desassossego de Pessoa, editado en dos volúmenes por la editorial Ática, que acababa de comprar allí al lado, en la Livraria Diário de Noticias. En la primera página anoté la fecha: 9 de julio de 1984. Ángeles estudiaba en un mapa rutas posibles hacia el sur y nuestro hijo de tres años jugaba con las palomas bajo la estatua ecuestre de Don João I.


Aquellos volúmenes de la edición de Jacinto do Prado Coelho y uno posterior con la traducción de Ángel Crespo me han acompañado todos estos años y los tengo siempre a mano, con subrayados a lápiz, a marcador (verde, amarillo), a bolígrafo (azul, negro), a rotulador (negro, verde), cada uno de su época (iba a escribir de su era), y cuando vuelvo sobre sus páginas leo a Bernardo Soares y a mí leyéndole en otro tiempo -en otros tiempos (estratos de la geología lectora)- o quién sabe si a otro que le leía -y aun otros- y que ya no soy yo, y al que -o a los que- ya sólo me unen esas líneas que volvería a subrayar hoy.

...decir lo que se siente exactamente como se siente -claramente si es claro; oscuramente, si es oscuro; confusamente, si es confuso-; comprender que la gramática es un instrumento, y no una ley. (...) Obedezca a la gramática quien no sabe pensar lo que siente. Sírvase de ella quien sabe mandar en sus expresiones.

Dar a cada emoción una personalidad, a cada estado del alma un alma.

Vivir es ser otro. Ni sentir es posible si hoy se siente como ayer se sintió; sentir hoy lo mismo que ayer no es sentir: es recordar hoy lo que se sintió ayer, ser hoy el cadáver vivo de lo que ayer fue la vida perdida.

El olfato es una vista extraña. Evoca paisajes sentimentales mediante un dibujar súbito de lo subconsciente.

Envidio a todo el mundo no ser yo. Como de todos los imposibles, éste me ha parecido siempre el mayor de todos, ha sido el que más se ha constituido en mi ansia cotidiana, mi desesperación de todas las horas tristes.

Si existiese en el arte el oficio de perfeccionador, yo tendría en la vida (de mi arte) una función... / Tomar la obra hecha por otro, y trabajar sólo en perfeccionarla. Así, tal vez, fue hecha la Ilíada... / ¡Sólo el no hacer el esfuerzo de la creación primitiva! / ¡Cómo envidio a los que escriben novelas, que las empiezan y las hacen y las terminan! Sé imaginarlos, capítulo a capítulo, a veces con las frases del diálogo y las que están entre el diálogo, pero no sabría decir en el papel esos sueños de escribir.


Pessoa murió el 30 de noviembre de 1935 prácticamente inédito. Apenas algunos poemas y unos pocos textos aparecieron en revistas minoritarias. Nada, si lo comparamos con lo (inimaginable) que quedaba por editar, un proceso que aún, casi ochenta años después, no ha concluido. Porque Pessoa dejó un baúl y una biblioteca con mil doscientos libros; eran cuanto tenía.


Pero en ese baúl había 27.543 papeles, de los cuales 25.000 eran textos de Pessoa en papel de envolver, papel timbrado, sobres de azúcar, cajas de cerillas, trozos de periódico. Era el arca de Pessoa, como lo llamó Teresa Rita Lopes. Un baúl lleno de gente, escribió Tabucchi. Y entre esos materiales, cientos de papeles con más de quinientos fragmentos componían ese aluvión de escritura -entre 1913 y 1935- que representa el Libro del desasosiego, verdadero obrador poético, una biblioteca en sí mismo, con tantos libros como el lector quiera componer. Porque no le queda otra sino escribir su propio libro del desasosiego a partir de los fragmentos depositados por Pessoa en el arca.


En la biblioteca de Pessoa figuraba una biografía de Keats. A Pessoa le gustaba subrayar y hacer anotaciones en los márgenes. Dialogaba con los libros que leía y a veces hasta se peleaba con ellos. En aquella biografía subrayó unas palabras de Keats con la definición de poeta: El poeta es la cosa menos poética de toda la existencia porque no tiene identidad; está continuamente en el lugar de otro, rellenando otro cuerpo. De aquí a un paso el poeta es un fingidor.  Es otro en cada uno de los heterónimos: Alberto Caeiro, Ricardo Reis, Álvaro de Campos. El teatro del ser, que dijo la gran pessoana Teresa Rita Lopes.

He creado en mí varias personalidades. Creo personalidades constantemente. Cada sueño mío es inmediatamente, en el momento de aparecer soñado, encarnado en otra persona, que pasa a soñarlo, y yo no. / Para crear, me he destruido; tanto me he exteriorizado dentro de mí, que dentro de mí no existe sino exteriormente. Soy la escena viva por la que pasan varios actores representando varias piezas.

Pero con Bernardo Soares, a quien Pessoa atribuye el Libro del desasosiego, la cuestión de la identidad -o del fingimiento de la identidad- cobra visos más sutiles, porque no es un heterónimo sensu stricto: no es Pessoa, pero tampoco totalmente diferente -no es propiamente otro-, soy yo menos el raciocinio y la afectividad; un Pessoa mutilado, vamos. O esculpido. O afilado. O un Pessoa en el aquel de escribir, en palabras de su traductor Ángel Crespo, un diario íntimo intermitente. El propio Pessoa llegó a definir el Libro del desasosiego como un diario al acaso. Al acaso del fantasma, porque Bernando Soares deviene una aparición: aparece siempre que estoy cansado o somnoliento, de suerte que tenga un tanto suspensas las cualidades de raciocinio e inhibición; esa prosa es un constante devaneo. Un deambular en duermevela. Por Lisboa. O mejor, por el sueño de la ciudad:

Hay sosiegos del campo en la ciudad. hay momentos, sobre todo en los mediodías de estío en que, en esta Lisboa luminosa, el campo, como un viento, nos invade. Y aquí mismo, en la Calle de los Doradores, tenemos el sueño bueno.

Dietario de sueños también el Libro del desasosiego, Sueños de ser otro y otro y otro, tantos que cuesta entender que otra gente exista: cómo es que hay almas que no sean la mía. Cuesta entender, abismado en el Libro del desasosiego, que haya otra escritura más allá de sus márgenes, que no sea ya el libro de todos los libros siendo tantos libros; que siendo Pessoa toda una literatura no sea toda la literatura. Él, que ya de niño, se rodeaba en su cama de gente de su imaginación -ese teatro del paraíso (de su primera infancia)-, quizá para acallar las voces que llegaban desde el fondo del pasillo, los gritos reales de la abuela Dionisia que estaba loca. El Libro del desasosiego también puede leerse como retales de ese paraíso perdido, como ruinas de la memoria del país de la infancia, como laboratorio secreto de una sensibilidad. La de ese autor-enigma, que como señala Jacinto do Prado Coelho, hizo de la literatura un arte de vivir, o de des-vivirse en escritura, porque sin sintaxis no hay emoción verdadera y la inmortalidad es una función de los gramáticos.


Pocos meses antes de morir contó en una carta que tenía intención de publicar su obra, empezando por el Libro del desasosiego, pero le llevaría un año organizar los fragmentos, y en una nota, quizá presintiendo que, organizados o no, no serían más que pedazos de escritura haciéndose sin cesar, dejó dicho que este libro [inacabado] podrá formar parte de uno definitivo de desperdicios... Un depósito de acasos. Como éste:

El mundo exterior existe como un actor en un escenario: está allí pero es otra cosa.


(Aquel baúl, eso sí, vacío, se subastó hace tres años y fue a parar a manos de un coleccionista por sesenta mil euros. Hace quince días se subastaron el escritorio y la máquina de escribir Royal que usaba Pessoa en la Sociedad Portuguesa de Explosivos de Lisboa, una de las empresas donde el escritor trabajó traduciendo correspondencia comercial, y un biógrafo reciente se quedó con las piezas por ochenta mil euros. Hay que ver.)

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