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10/10/13

Lejos de casa


En el cine de los libros olvidé Mi Antonia (de Willa Cather) en Ángeles sin brillo (1957) de Sirk. Lo olvidé para rememorarlo algún día, como hoy, con el realce que requiere uno de los libros preferidos de Ángeles; un libro, además, de una de sus escritoras de cabecera.


El guión de George Zuckerman, que ya había colaborado con Sirk en Escrito sobre el viento (1956), adapta Pylon de Faulkner, una novela escrita en noviembre de 1934. Como se verá, el asunto no parece, a primera vista, muy Faulkner pero moja la pluma en su propia experiencia como piloto acrobático, volando en las ferias del Mississippi en los primeros años treinta -los años de la depresión- del siglo pasado.


En los primeros meses de 1934, Faulkner andaba con problemas de dinero -nada nuevo, por otro lado- y trataba de reciclar material para las revistas como fuera. Hasta llegó a pensar en una serie de piezas titulada Antología infantil de guiones de cine, donde se proponía ironizar sobre el tratamiento de las obras clásicas por los guionistas cinematográficos. Acabó escribiendo Pylon, que Sirk leyó en Alemania, recién publicada, cuando aún no hacía cine -recuerda el cineasta-; escribió un tratamiento para la Ufa, y lo contrataron para desarrollar el proyecto, pero dieron marcha atrás al considerarlo un material demasiado americano. Dos décadas después consiguió llevar la novela a la pantalla, en América.


Guionista y director decidieron desfaulknerizar la historia pero manteniéndose cerca de sus personajes, esos seres desarraigados en tierra, que ya no tienen ningún lugar al que volver, errantes, criaturas del aire. Creo que la película mejora la novela -tampoco es Luz de agosto, vamos- y quizá sea -de momento- la mejor adaptación de una novela de Faulkner a la pantalla; desde luego, Ángeles sin brillo era la película, basada en uno de sus libros, que el escritor prefería.


El título, Ángeles sin brillo -The Tarnished Angels: ángeles deslucidos-, por lo que recuerda Sirk, fue propuesto por alguien del departamento de ventas de la Universal; consideraban que Pylon no funcionaba como título. Al cineasta le gustaba el título que le dieron en Francia, Ronde de l'aube, ronda del amanecer, que nos hace pensar en esos aviadores locos volando en torno a las torres de la muerte. Novela y película centran el foco sobre una familia de aviadores acrobáticos -unos perdedores, atrapados en el fracaso y a dos velas- que participan en la feria de Nueva Orleáns durante el Carnaval en tiempos de la Depresión. Una familia formada por el capitán Roger Shumann (Robert Stack) -piloto de aeroplano-, su mujer, Laverne (una espléndida Dorothy Malone, en el papel de su vida) -paracaidista-, Jiggs (Jack Carson) -mecánico- y el hijo de Laverne, un niño que oficialmente es hijo del capitán pero corren rumores sobre la paternidad del mecánico.


Una familia que deviene tema de reportaje para Burke Devlin (Rock Hudson), un periodista bebedor que los acoge en su casa y acabará atrapado, no ya por el tema, también por Laverne, que se le mete dentro como una extraña y hermosa... criatura venida de un planeta remoto.


 Burke llega de noche a casa y encuentra leyendo a Laverne.



Burke.- Hola.


Laverne.- Hola. (Se estira la falda hasta las rodillas.)
Burke.- ¿Qué está leyendo?


Laverne.- Uno de sus libros...


Laverne.- (Mostrándole la cubierta del libro.) Mi Antonia de Willa Cather.


Burke.- Nostalgia de Nebraska. Granjas perdidas y amores olvidados.
Laverne.- Me trae recuerdos de mi hogar. De quién era yo y de cómo era cuando lo empecé a leer hace doce años.
Burke.- ¿No lo terminó?
Laverne.- No. Nunca lo terminé. Lo dejé allí cuando me fui de casa.
Burke.- ¿Se escapó?


Laverne.- No me lo planteé así...


Laverne.- Vivía muy a gusto. Era mi casa.
Burke.- Entonces, ¿por qué se fue?


Laverne.- Por un cartel pegado en la pared de nuestro granero.
Burke.- ¿Cuándo y cómo fue eso?
Laverne.- En 1918, en Iowa.
Burke.- ¿Y qué vio en aquel cartel?


Laverne.- El retrato de un piloto en un avión de guerra. El capitán Robert Schumann.
Burke.- Con una mirada de águila en sus ojos.
Laverne.- ¿Sabe una cosa, algo vergonzoso? En todos estos años no he vuelto a tocar un libro.
Burke.- No la imagino como una rata de biblioteca.
Laverne.-  Ahora me doy cuenta de lo mucho que echaba de menos la lectura.

Sirk con Dorothy Malone y Rock Hudson, 
preparando el rodaje de la escena.

Mi Antonia era también una de las novelas preferidas por Sirk, donde resuena el Walden de Thoreau (citado en All That Heaven Allows -aquí Sólo el cielo lo sabe-), un libro que el cineasta leyó de joven y en cuyas páginas empezó a amar América antes de conocerla.


Mi Antonia destila un viaje cardinal por el río de la memoria hasta las nacientes de la sensibilidad, en busca de los lugares primordiales, para descubrir -o sea, recordar-, como Laverne -y tal como escribe Willa Cather en las líneas finales de la novela (memoria fermentada)- hasta qué punto es pequeño el círculo de la experiencia de un hombre.


Tan pequeño como un libro. Tan poquita cosa para tanto desamparo.


Donde llueve lo perdido.

Farewell my Antonia, se despide Buck de Laverne.

En el último refugio de la memoria. Lejos de casa.

5/2/12

Espejo de navegantes


Mapa del atlas de Abraham Ortelius, 1570


Ver claro para escribir justo.
(Pessoa)


Si se coge la nota de un suicida y se cambian de orden las palabras, se puede escribir una carta de amor. (Tom Waits)


Un escritor debe saber y tener siempre presente que éste es un mundo de idiotas y rufianes, atormentados por la envidia, consumidos por la vanidad, egoístas, falsos, crueles y bajo la maldición de sus propias ilusiones.
(Ambrose Bierce)


Como el tejedor en la superficie de la corriente,
Su imaginación se mueve sobre el silencio.
(W. B. Yeats)


En la escritura de ficción, salvo en muy contadas ocasiones, el trabajo no consiste en decir cosas, sino en mostrarlas.
(Flannery O'Connor)


Mis fuerzas ya no bastan para ninguna frase más. Sí, si se tratara de palabras, si fuera suficiente colocar una sola palabra, para apartarse luego con la conciencia tranquila de haber colmado esa palabra con todo nuestro ser.
(Kafka, 28 de diciembre de 1910)


Antes de tomar la pluma, hay que saber exactamente cómo se expresaría de viva voz lo que se tiene que decir. Escribir debe ser sólo una imitación. (Nietzsche)


Mirar lo que se tiene delante de los ojos requiere un constante esfuerzo.
(George Orwell)


Lo importante no es dónde se roban las cosas, sino hasta dónde se llevan.
(Godard citado por Jarmusch)


Algunos pájaros son llamas.
(Marguerite Yourcenar)


No podemos llenar un vaso de vino hasta el borde sin que se derrame.
La sencillez es exuberante.
(Henry David Thoreau, 23 de marzo de 1842)


Sin sintaxis no hay emoción duradera. La inmortalidad es una función de los gramáticos.
(Pessoa)



(Uno de los primeros días del año, Esther Casal me contó la visita a una exposición en la Biblioteca Nacional; entre las obras de la muestra figuraba Espejo de navegantes de Alonso de Chaves, un tratado de náutica de 1537, escrito con meridiana claridad, pero inédito en su tiempo porque revelaba secretos de navegación. "Espejo de navegantes, qué título precioso para una de tus entradas..." )

21/10/11

Por qué hemos tardado tanto...



¿Por qué hemos tardado tanto en ver otra vez esta película? Eso pregunta Ángeles cuando acaba Esplendor en la hierba. Se estrenó por estas fechas hace cincuenta años y han pasado casi cuarenta desde que la vimos en aquel cine Yut de aquel Tuy, imagino que se trataba de una reposición porque aquí se había estrenado en enero de 1963.


La pasaron varias -por no decir muchas- veces en televisión, la tuvimos grabada en vídeo y, desde hace años, a menudo le he puesto los ojos encima al dvd. Pues nunca la habíamos vuelto a ver, ni la he recomendado ni siquiera mencionado nunca en ninguna clase, y en esta escuela la cité apenas en tres ocasiones, pero dos de ellas a propósito del director de fotografía y del actor protagonista respectivamente, y la otra incluyéndola en una serie de películas con un poema dentro. Y la verdad, si hemos visto otra vez Esplendor en la hierba, es porque anda uno remirando algunas de esas películas con poemas de cine para continuar aquella serie.


Por qué hemos tardado tanto... Recordaba como si fuera ayer la última secuencia de la película, sin duda uno de los más bellos -y tristes- finales de la historia del cine; un final nada Hollywood y realmente moderno.


Desde luego temía que la memoria hubiera hermoseado esa secuencia pero, las cosas como son, si no he vuelto a Esplendor en la hierba antes, es porque se trata de una película de Elia Kazan, con el que casi siempre mantuve una relación digamos incómoda, de profundo malestar, y eso que había empezado muy bien con Pánico en las calles (1950) en una sesión continua a mediados de los sesenta en el Teatro Principal,


aunque en aquel tiempo no me fijaba en el director,

Elia Kazan en el rodaje de Pánico en las calles

y continuó a finales de la década o a principios de la siguiente -a esas alturas ya sabía que Kazan era un director del que había visto aquella película- con una novela suya que encontré en la biblioteca municipal, El arreglo, sin saber que con ese material había hecho una película titulada aquí El compromiso (1969)-, que pude ver cuando se pasó por televisión.

Elia Kazan dirige a Faye Dunaway y Kirk Douglas 
en El compromiso

Hasta que en una sesión del Cine-club de Tui, en 1974, durante la presentación de La ley del silencio (1954) Miguel Ángel Santos Guerra nos habló de la caza de brujas y de cómo Elia Kazan había delatado a sus compañeros. Desde aquel día el cineasta se convirtió para uno en el símbolo de la traición y en el delator por excelencia del cine (por encima incluso de El delator de Ford).

A la dcha., Elia Kazan con Marlon Brando y Eva Marie Saint 
en el rodaje de La ley del silencio

Conviene añadir que vi casi todas las películas de Kazan, y leí sus exuberantes memorias -las casi mil páginas de Mi vida- y el libro de entrevistas con Michel Ciment, pero desde aquel día de La ley del silencio vi todo lo de Kazan con el colmillo retorcido. Y aun así me gustaron mucho algunas de sus películas, en especial las tres que encadenó a principios de los sesenta: Río salvaje (1960), Esplendor en la hierba (1961) y América, América (1963). Me resultan cargantes algunas de sus películas más famosas Un tranvía llamado deseo (1951), Viva Zapata (1952) o Al este del Edén (1955).

Elia Kazan con Julie Harris en el rodaje 
de Al este del Edén

En fin, que mi relación con Kazan fue irritante, enojosa y, por momentos, perturbadora pero, como queda demostrado, amojonada por la fidelidad. Creo que tampoco está de más apuntar que el hecho de que Kazan se convirtiera en un símbolo de la delación -y aun de toda aquella época infausta- se debió en buena medida a su notoriedad como director teatral -el más importante del teatro americano a comienzos de los cincuenta- y a una carrera cinematográfica en alza, pero también a su propia actitud que se percibía como desafiante, insolente y arrogante.


Porque, todo hay que decirlo, si Kazan denunció a dieciséis  personas, Robert Rossen delató a más de cincuenta, pero el director de El buscavidas nunca concitó el rechazo público de aquél, aunque sí el desprecio de aquéllos que se sintieron traicionados y de los que fueron perseguidos. Pero si Rossen arrastró aquella debilidad como un baldón, Kazan lo hizo con la cabeza alta y, eso sí, nunca, ni en una sola línea de sus memorias intentó gustar a nadie ni que se le perdonara lo que había hecho, lo contó pero no lo justificó, desgranó sus razones pero no descargó su conciencia, simplemente lo llevó a cuestas. Aquel malestar, ese exceso, este desbordamiento de Kazan lo encontramos también en sus películas, donde se destila un retrato doloroso y nada complaciente de América y del propio cineasta.

Elia Kazan trabajando en El arreglo El compromiso

A finales del pasado abril David Pérez Iglesias escribió para contarme que un grupo de sus alumnos de SonCine, mientras rodaban una peliculita sobre el cine Queiruga (de Queiruga) abandonado desde hace años, quizá décadas, encontraron en la ya ruinosa cabina de proyección un programa de mano de Baby Doll (1956)  -iluminada (como La ley del silencio y Esplendor en la hierba) por Boris Kaufman, el director de fotografía de las películas de Jean Vigo, como L'Atalante- y nos preguntamos que impresión causaría aquella película en la parroquia, qué les removería por dentro a quienes la vieron, de qué hablarían a la salida del cine, a pesar de que la censura la masacró con cortes que la volvían casi incomprensible (la versión íntegra no se estrenó hasta 1982);


a principios del verano Esther me preguntó si no pensaba continuar la serie de poemas de cine y, de paso, hablar de Esplendor en la hierba; y el pasado domingo vi Carta a Elia, un tributo fílmico de Scorsese a Kazan, el cineasta que despertó su vocación con películas que lo veían mejor de lo que él mismo se conocía y que le hablaban de cosas que nadie podría contarle, y que le hizo preguntarse qué tipo de persona debía ser un director de cine. Analizarse a sí mismo sin luces favorecedoras -declaraba Kazan-, eso es lo que hace ese tipo de persona que es director de cine. Eso se lo debemos. Parecía que los azares conspiraban -sería el destino- para traer Esplendor en la hierba a esta escuela.


Esplendor en la hierba puede verse como un retrato de una América a las puertas de la gran depresión a través de los protagonistas -Deanie (Natalie Wood) y Bud (Warren Beatty)- y sus familias en una pequeña ciudad de Kansas. Una historia de padres e hijos pespuntada con una historia de amor. Cuando la vi por primera vez no pude dejar de verla, más allá de las apariencias (americanas) como un retrato de Tui en aquella frontera de los sesenta y setenta, sobre todo en aquel vector que me atravesaba más directamente: la represión sexual. También se ve como una muestra del genio de Kazan como cineasta, con pleno dominio de los resortes del lenguaje cinematográfico, tanto en la vertiente de la dirección de actores, recuperando a Natalie Wood -a la que todos daban por acabada tras la fulguración de Rebelde sin causa- y llevándola con mano firme aun en el paroxismo de la escena de la bañera, donde conjuga una vez más el simbolismo del agua -pureza, sexualidad, amenaza, olvido, muerte- que enhebra significativamente toda la película,


como en la puesta en escena y los encuadres donde aflora aquello que las palabras acabarían por neutralizar, aplastar o ensordecer, como el último plano de Deanie en la clínica,


o aquél que nos la muestra de vuelta en su habitación, en la casa familiar, ante el espejo donde sólo quedan las huellas del altar que un día dedicó a Bud.


Pero quizá la grandeza de la película se cifra en ese desenlace donde cristaliza todo cuanto hemos visto y vivido -sueños y heridas, esperanzas y dolores, recuerdos y pérdidas que se injertan en el encuentro (y despedida) de los protagonistas-, donde Bud y Deanie no pueden decir lo que quizá quisieran expresar pero que tampoco sabrían cómo hacerlo, porque no hay palabras que dieran cuenta de lo que sólo el silencio y las miradas pueden ayudarnos a vislumbrar.


Después de verla otra vez, compruebo que la memoria no me había traicionado, aquel final que tan bien recordaba es, si cabe, aun mejor, quiero decir que ahora puedo valorarlo, por así decir, con más conocimiento de causa, y no tiene nada de extraño que se convirtiera en la motivación primordial de Kazan para realizar la película. El cineasta confiesa en sus memorias que el ultimo rollo de Esplendor en la hierba es lo que prefiere de cuanto rodó.

Elia Kazan con Warren Beatty y Natalie Wood en el rodaje
 de Esplendor en la hierba

Esplendor en la hierba germina en una historia de William Inge, el autor de libretos como Picnic y Bus Stop, llevados al cine por Joshua Logan a partir de respectivos guiones de Daniel Taradash y George Axelrod. Elia Kazan y William Inge se hicieron amigos en el curso del montaje teatral de La oscuridad al final de la escalera y, cuando el cineasta le preguntó si tenía algún material que se pudiera convertir en un guión, el dramaturgo le contó la historia de una pareja de jóvenes de Independence (Kansas), el pueblo donde había vivido. A Kazan le valía, pero lo que le impresionó de verdad fue sobre todo el final, aunque también le tocó la fibra íntima la motivación que le confesó Inge: Me gustaría contar una historia de cómo debemos perdonar a nuestros padres (resulta ejemplar el abrazo de Deanie con su madre donde se conjuga el perdón con la distancia con que ya se ha alejado). Así que Inge escribió un tratamiento que Kazan convirtió en un guión que Inge reescribió y que Kazan pulió.


El rodaje parece que transcurrió como la seda, fue la película más fácil de dirigir para el cineasta: Las escenas escritas por Bill [Inge] fueron las más sencillas que nunca he realizado. En sus memorias y en entrevistas, Kazan no ahorra elogios sobre el talento del escritor como narrador de historias y la de Esplendor en la hierba tenía el ingrediente esencial: era un desarrollo de incidentes que llevaban a un verdadero desenlace.


Para Kazan, el desenlace de Esplendor en la hierba es el que, de todos sus filmes, muestra una mayor madurez. Vale la pena reproducir aquí cómo lo evoca el cineasta con Michel Ciment: Cuando ella [Deanie / Natalie Wood] visita al muchacho [Bud / Warren Beatty] y éste está casado, hay algo ahí muy hermoso y que no logró comprender verdaderamente [en toda su profundidad, debería haberse traducido]. Esto va más lejos de todo lo que he hecho; y surgió así sin más. No es un final feliz en los términos de la mitología hollywoodiense, pero sí en términos de la vida real. Sobra decir que lo de surgió así sin más no debe entenderse en un sentido literal, sino más bien como el deslumbramiento de una epifanía. Y Kazan acaba confesándole a Ciment que fue por ese final que hizo la película, un final en el que Tavernier y Coursodon han percibido la huella de un pasaje de Mi Antonia de Willa Cather: nos reencotramos como en la vieja canción, en silencio, al borde de las lágrimas. Y justo en ese no comprender verdaderamente es donde los versos de Wordsworth despliegan, desde el centro de gravedad de la película (los escuchamos por primera vez cuando casi ha transcurrido la primera hora) toda su pregnancia reveladora en el sentido del que hablaba Thoreau a propósito de la poesía: Es, en realidad, todo lo que no sabemos.



What though the radiance which was once so bright 
Be now for ever taken from my sight,
Though nothing can bring back the hour
Of splendour in the grass, of glory in the flower;
We will grieve not, rather find
Strength in what remains behind;
In the primal sympathy
Which having been must ever be;
In the soothing thoughts that spring
Out of human suffering;
In the faith that looks through death,
In years that bring the philosophic mind.

(Fragmento de Intimations of Immortality from Recollections of Early Childhood de William Wordsworth.)

...aunque el resplandor que brilló tanto un día
esté ahora para siempre lejos de mis ojos,
aunque nada pueda devolverme el instante
del esplendor en la hierba, de la gloria de las flores,
en vez de llorar, saquemos
fortaleza de todo lo que vimos,
de esa primordial simpatía
que existió entonces y siempre existirá;
del pensamiento en calma que surge
del sufrimiento humano,
de la fe que es capaz de mirar a través de la muerte
y de los años que forjan la mentalidad meditativa.

(La traducción -la única que tengo ahora a mano- es de Ángel Rupérez, imagino que básicamente literal, y ganas me dan de "recauchutarla", pero, a fuerza de voluntad, me resisto.)

Es decir, el poema de cine no aclara ni simplifica sino que revela el profundo misterio que destila el aquel de vivir, como una frágil candela en las tinieblas; eso que se nos escapa y del que las palabras apenas consiguen aprehender una bella sombra fugitiva, esos versos que nunca podremos olvidar... aunque nada pueda devolverme el instante / del esplendor en la hierba, de la gloria de las flores... y que vuelven a la memoria de Deanie al final, mientras se aleja para siempre del amor de su vida, que regresa al presente y alienta en su mirada, la memoria de aquella belleza perdida donde encuentra la iluminación para seguir viviendo.


Le debo a Esplendor en la hierba el descubrimiento de Wordsworth y quizá también el trabajo (demoledor) del tiempo, en aquellos años cuando uno se creía a salvo de sus ultrajes. Nadie lo ha dicho mejor que Rivette en el número de junio de 1962 de Cahiers du cinéma:  [Esplendor en la hierba] se aplica a describir el trabajo mismo del tiempo, esa oscura degradación y metamorfosis que convierte a una pareja de enamorados en dos extraños para ellos mismos, que hace de un poderoso un hombre roto, de un país estable un país a la deriva, de una moral establecida una moral caduca. El desplome o la transformación de los valores, de todos los valores, tal es el eje de una película cuyas diversas voces se unen bajo el común denominador de la idea de crisis. Ahora también me pregunto yo por qué hemos tardado tanto...

29/1/09

Vidas ejemplares

A lo largo de los años, me he entretenido en anotar cualquier curriculum vitae que me llamara la atención por ocupaciones sorprendentes que componen el montaje acelerado de una biografía insólita. Como no me mueve ningún ánimo catalogador, andan por ahí, a la ventura, desperdigadas en cuadernos de varia condición. Traigo a estos asientos algunas que he rescatado en catas recientes por motivos, perfectamente confesables, pero que no vienen al caso.

Raimundo Lulio (1235-1315). Beato, retórico, viajero, alquimista, poeta, místico, aventurero, filósofo, novelista, misionero, mártir. Enamorado de la carne, entró un día a caballo en una iglesia persiguiendo a su amada, Blanca de Castelo; se le rompió el corazón cuando la dama le mostró los tiernos senos desgarrados por la enfermedad maligna.

Henry David Thoreau (1817-1862). Maestro de escuela, tutor privado, agrimensor, jardinero, granjero, pintor (de casas), carpintero, albañil, jornalero, fabricante de lápices y de papel de lija, escritor y poetastro. El 23 de agosto de 1842 anotó: Estoy seguro de escribir la verdad más ruda por los callos de mis manos. Le dan firmeza a la frase.

Ludwig Wittgenstein (1889-1951). Filósofo, ingeniero, maestro de escuela, matemático, lógico, arquitecto, enfermero, jardinero y adiestrador de pájaros. Incluso se sospecha que ejerció de espía. En 1914 se construyó una cabaña en Noruega y allí emprendió sus investigaciones filosóficas, de las que el Tractatus no es más que una selección de proposiciones.


Raoul Walsh (1887-1980). Grumete en una goleta, domador de caballos salvajes, cow-boy, ayudante de sepulturero, anestesista para un cirujano ambulante, jugador en los barcos del Mississippi, ayudante de Griffith y cineasta. Rodó una película con Pancho Villa donde éste se interpretaba a sí mismo. Gregory Peck contó que un día, al entrar inesperadamente en la habitación de Walsh durante el rodaje de El hidalgo de los mares (1951), observó que el director ocultaba el libro que estaba leyendo, Rojo y negro; prefería enmascararse en el personaje de aventurero y borrachín con aires de corsario.

Jim Thompson
(1906-1977). Portero de hotel piojoso, chófer de un camión de explosivos, vagabundo, bracero, albañil, vendedor a plazos, pastelero, sereno de una constructora, obrero en una fábrica de aviones, actor de burlesque, jugador profesional de cartas, proyeccionista de cine, experto en explosivos, constructor de oleoductos, periodista ambulante, editor de una revista, escritor. En 1936 se afilió al PC americano y fue denunciado por un guionista durante la caza de brujas e incluido en la lista negra. En 1955 escribe para Kubrick Atraco perfecto. Le encantaban los gatos y escribió algunas de las más negras novelas negras.


Cartel del film de Tavernier que adapta
1.280 almas de Jim Thompson

Ante semejantes itinerarios vitales, ¿con qué autoridad escribimos? ¿Qué credenciales presentamos para auscultar el latido de la existencia? ¿Cómo alcanzar la firmeza de la frase que requiere la verdad más ruda si uno no ha sido fabricante de lápices ni de papel de lija, ni siquiera jardinero?

Y sin embargo, en los años de la infancia viví rodeado de personas mañosas, hábiles en las artesanías y trabajos manuales. Mi abuelo hacía hermosos cestos de mimbre. Mi padre se apañaba la mar de bien con la mecánica y la electricidad, incluso trataba de enseñarme. Pasé horas contemplando las manos de un carpintero, maestro de escuela jubilado, mientras tallaba las volutas de la cabecera de una cama o acariciando la madera de castaño tras pasarle el cepillo. Y tardes enteras junto a un zapatero que, infatigable, contaba sucedidos, mientras cambiaba unas suelas o sustituía una pieza de cuero de unos zuecos.

Me sobraron las oportunidades de haber educado las manos, pero en aquel tiempo sólo buscaba con ellas los libros para irme lejos, lejos de la puerca tierra donde mis pies se enterraban sin remedio. Ahora sólo quedan hilachas de memoria de un tiempo perdido. Memoria de un abril del 75. Abril ya no era el mes más cruel, del que hablaba T. S. Eliot en La tierra baldía, desde aquél de los claveles al compás de una canción de Zeca Afonso que desencadenó la más bella de las revoluciones. La de los hijos de la madrugada.


Aquel primer aniversario del rojo abril de Lisboa, en una aldea perdida de la frontera que transitaban contrabandistas y perseguidos, yo construía, en compañía de los niños de mi primera escuela, una tarima –tosca e inestable- sobre la que representaríamos una obra de teatro el día de la fiesta de la parroquia: lo único noble y útil que construyeron estas manos.

Así que, ante la poquedad del currículum vitae, supongo que estamos abocados al trazo mínimo, a la peripecia minúscula, a la épica de la mirada absorta en horizontes nebulosos, a la hora de los venenos de la memoria. ¡Qué remedio!