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20/10/13

El futuro de la novela


Casi no puedo imaginar un día sin leer o sin ver una película (pero ya puedo pasar sin el periódico, y no debe ser buena señal). Eso sí, cada año leo menos novelas. Estos días, Años luz de James Salter. Creo que la última la leí en abril o mayo, Uno de los nuestros de Willa Cather. Desde entonces volví a leer El señor de Ballantrae y Pedro Páramo y El blues del Misisipí. Y para de contar; quizá me olvide de alguna, una miseria en todo caso, ¿qué fue del lector de novelas que uno era? En casa, la verdadera lectora de novelas -y aun diría la lectora por excelencia- es Ángeles; leídas o releídas no baja nunca de las cien por año (y creo que me quedo corto). No considero atrevido conjeturar que los novelistas viven de las mujeres (de las lectoras, se entiende), ni que Ian McEwan exagere al pensar que cuando las mujeres dejen de leer novelas, el género habrá muerto, según leí en una entrevista publicada en Babelia (sí, aún leo algún que otro... suplemento).

Mujer leyendo en un jardín de Matisse.

Barbara Laage, en su apartamento de París en 1946. 
Fotografía de Nina Leen.

Fotografía de Ruth Orkin.

El comentario venía a cuento de un experimento del escritor: Saqué a la calle unas trescientas novelas y se las ofrecí a la gente que pasaba. Las mujeres las aceptaban encantadas, pero no conseguí que ningún hombre se llevara un ejemplar.

Fotografía de Alfred Stieglitz.

Por lo visto (remedando el título de la película que más me gusta de Hong Sang-soo), la mujer es el futuro de la novela.

21/7/12

El sentido de los pasos


Apenas conocía a John O'Hara. Había leído un relato suyo, ¿Nos vamos mañana?, en una antología del relato norteamericano y sabía que había participado en la escritura de algunos guiones (de películas nada memorables) en el Hollywood de los primeros cuarenta en la Fox.

John O'Hara

No hace mucho supe algo más por unas líneas de Quemar los días, las memorias de James Salter: "escritor deslumbrante del New Yorker", "personaje complicado e imprevisible", "maestro del desaire". Y la semana pasada buscando en una librería de Santiago algo con que entretener una más que previsible espera encuentro Cita en Samarra, en una (estupenda) traducción de Miguel Temprano García.



La edición (de bolsillo) se abre con un prólogo de John Updike que se debe leer como un (perfecto) epílogo. Como se la recomendé a Ángeles -y leerá (y editará) estos parrafitos-, ya os imagináis (por la cuenta que me tiene) cuán cuidadoso voy a ser para no desvelar ni el más mínimo ingrediente de la trama. Pero también porque esta historia de una caída se pespunta con nudos que son poca cosa, pero su tejido deviene la trama oculta del destino, y con esta línea basta de momento para señalar uno de los logros mayores de la novela.

John O'Hara bebía lo que no está escrito -para tomarse vacaciones de sí mismo (por una noche, muchas noches), apuntó alguna vez-, no se privaba de derramar su acidez por donde iba y se metía en cuantos charcos se topaba; era un broncas, vamos. Sobra decir que no le duraban los empleos y su carrera de escritor quedó amojonada por despidos, por muy bien que escribiera (que escribía). Publicó su primer artículo en el New Yorker en 1928. Cita en Samarra era su primera novela. le llevó menos de cuatro meses, entre mediados de diciembre de 1933 y primeros de abril de 1934. Decía que tenía que trabajar mucho más en pulirla, corregirla, y quizá contaba con hacerlo mientras el libro viajara de editorial en editorial, pero la mandó en abril y en agosto ya se había publicado. Quedó tal cual. Una obra perdurable.

El título -Cita en Samarra- proviene de un texto de Somerset Maugham que John O'Hara coloca como pórtico de la novela bajo el rótulo de Habla la Muerte. Aunque sería mejor decir que ese texto lo firma Somerset Maugham, una historia tan suya como de Jean Cocteau -El gesto de la muerte (en Cuentos breves y extraordinarios, la antología de Borges y Bioy Casares)-, de García Márquez -La muerte en Samarra (en Cómo se cuenta un cuento)-, de Juan Benet -Fábula novena (en Trece fábulas y media)-, de Bernardo Atxaga -El criado del rico mercader (en Obabakoak)-, de Godard -en una escena de Pierrot le fou Marianne Renoir (Anna Karina) se la cuenta a Pierrot (Jean Paul Belmondo)-, y, desde luego, de Yalal Al-Din Rumi -Salomón y Azrael-, un poeta sufí del siglo XIII (¿el original?). En fin, variaciones de una historia sobre la ilegibilidad de la trama del destino y una parábola sobre lo impredecible e ineluctable del final de un relato.

Cita en Samarra representa una muestra exquisita de prosa fluida cuyo ritmo transparenta una mirada que encadena seres y lugares -intimidad y geografía-, alumbrando con los faros de un coche que circula hacia ninguna parte las tinieblas domésticas del sueño americano; un sutil ejercicio de composición enhebrando unos incidentes de baja intensidad que, gracias a la maestría de su disposición -orden, combinación, estructura-, y concentrados en el curso de tres días, cobran una potencia inexorable y acaban transformándose en una fuerza fatídica. Y sólo en las últimas páginas empezamos a advertir el (secreto) sentido de los pasos (de la trama) en el dispositivo de John O´Hara, ese hilo de irremediable desamparo que seguimos devanando cuando el libro ya ha terminado, síntoma definitivo del pulso de un escritor que no ha perdido (ni olvidado) detalle, que no ha olvidado (ni perdido) la ternura y la piedad con Julian English, ese protagonista tan desesperante y calamitoso -tan desastriño, diríamos por aquí- que casi maravilla que acabemos queriéndolo. Milagritos de John O'Hara.     

23/2/12

El arte de la tristeza (de los jueves)



Escucho La Internacional en una versión para piano de Giovanni Mirabassi (en Cuando los elefantes sueñan con la música de Radio 3). Cuánta melancolía desprenden esas notas pasadas por el cedazo del jazz. Me acordé de La Internacional al acordeón que se escucha en una de las escenas del Novecento de Bertolucci. La Internacional me pone un nudo en la garganta, quizá porque nunca puedo olvidar que fue una canción que germinó en la derrota de la Comuna de París, cuando reprimían con saña a los comuneros, como recién nacida de las cenizas de la revolución. Ahora La Internacional en el piano de Mirabassi suena con el timbre de estos tiempos tan propicios a la ira o para volver a la clandestinidad, pero la causa de la resistencia sin el horizonte de la utopía nace derrotada sin remedio. Y uno se acuerda también de Gramsci -pesimismo de la inteligencia, optimismo de la voluntad-, pero no ve cómo contener la mengua del optimismo y el derroche del pesimismo, cuando la sociedad del espectáculo ha sustituido -fatal, definitivamente- al espectáculo de la sociedad, y privados de la condición de espectadores -críticos-, hemos quedado reducidos a marionetas de la gran función del estado de las cosas. Y no hay día que no se traiga a colación la deuda griega, pero nadie recuerda nuestra deuda con Grecia. Como dijo Godard, no habría dinero suficiente en Europa -y aun en el mundo- para pagarle a Grecia derechos de autor por la cultura universal. Tristes tiempos.

El escritor portugués Walter Hugo Mae dice que la felicidad es el arte de distribuir la tristeza en pequeñas dosis por todos los días de nuestra vida, y así impedir que acabe por abatirnos. La tristeza es un veneno, puede matar pero también cura (en pequeña dosis). No puede haber nada más portugués que definir la felicidad como arte de la tristeza. Como un fado. Como el Libro del desasosiego; escribe Pessoa en el fragmento 203: Envidio a todo el mundo no ser yo. Como de todos los imposibles, éste me ha parecido siempre el mayor de todos, ha sido el que más se ha constituido en mi ansia cotidiana, mi desesperación de todas las horas tristes.

Y entregado al plan quinquenal de distribuir las horas tristes, se consuela uno con el artículo de Marcos Ordóñez -en la sección El hombre que fue jueves de El País- que hoy dedica al gran James Salter. Un bálsamo mínimo para la tristeza del jueves. De los jueves.