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30/9/12

Un libro de sombras



Podéis leer sin miedo. No voy a desvelar nada de lo que cuenta Las leyes de la frontera de Javier Cercas, que me agarró desde la primera página y hasta la última no me dejó ir. Doce horas de lectura cautiva. Ya se sabe, a veces la escritura tiene manos. Soy de los que piensan -dice uno de los personajes- que la ficción siempre supera a la realidad pero la realidad siempre es más rica que la ficción. En realidad, lo cardinal de la escritura consiste en llevarnos hasta los bordes movedizos de lo real, allí donde comienza lo desconocido; que todo el entramado de la ficción no es más que una delicada tentativa de iluminación de ese silencio del corazón que nunca podremos desentrañar, pero que sólo la escritura puede hacernos presentir. La grandeza de la literatura aflora en el reconocimiento de sus límites, de que no hay omnisciencia posible, de que sólo nos queda asumir que somos poquita cosa, pero también que fracasar (como sólo un artista se atreve a fracasar, que decía Beckett) revela la hondura del misterio. El misterio que desprende un gran personaje, como la Tere de Las leyes de la frontera, un libro de sombras en el corazón de una gran novela. Y de una gran historia de amor.      

24/1/10

Una cara de ángel, el ogro y un lobo feroz

Ante la perspectiva de varias semanas a pico y pala (léase escribir con la única motivación de pagar las facturas), uno se ha curado en salud y se ha entregado este fin de semana a un uso gozosamente improductivo del tiempo. Y como si la meteorología quisiera pasarnos la mano por la espalda con el aquel de "venga, hombre, ya verás como lo vas a pasar bien después de todo", nos ha regalado un domingo luminoso y azul como esos días de la infancia de los últimos versos de Antonio Machado. El camino de las dunas, que se llama Camiño do Río do Mar, desprendía una fragancia húmeda y la vegetación reverdecía con las últimas lluvias que han sembrado los arenales de cursos y ojos de agua.

Jean Simmons

Ayer nos enteramos de la muerte de Jean Simmons, cuánto me gustó siempre esa actriz (bueno, y la mujer, una belleza de las de antes, diríamos), la hemos disfrutado en muy buenas películas desde Cadenas rotas (1946), la adaptación de Grandes esperanzas de Dickens por David Lean, pasando por el Hamlet (1948) de Laurence Olivier, Ellos y ellas (1955) de Joseph Mankiewicz, Horizontes de grandeza (1958) de William Wyler, El fuego y la palabra (1960) de Richard Brooks, hasta Espartaco (1960) de Stanley Kubrick. En su día me conmovió en Con los ojos cerrados (Richard Brooks, 1969) pero no volví a verla y no sé si me gustaría tanto a estas alturas.

Ayer, a modo de merecido homenaje póstumo volvimos a ver Cara de ángel (1952) de Otto Preminger, lástima que tuviera que rodar esa película con una peluca, por lo visto el suyo se lo había rapado después de una bronca con Howard Hughes, que produjo el filme de Preminger cuando gobernaba la RKO, y aprovechó para vengarse de la actriz metiéndola en el reparto de Cara de ángel para que no se fuera de rositas sin haber trabajado hasta el último día que estipulaba el contrato. Como el tiempo se echaba encima y apenas iban a contar con dieciocho días de rodaje, Hughes le encargó la película a Preminger, un déspota redomado que hizo repetir una y otra vez la escena de la bofetada de Robert Mitchum a Jean Simmons, quejándose de que el actor no la abofeteaba con la suficiente fuerza, hasta que Mitchum se volvió hacia el director, le soltó una bofetada con todas sus ganas y le preguntó si era así de fuerte como le gustaba. Jean Simmons tenía 22 años y borda ese papel de mantis religiosa.

Leo la última novela de Jordi Soler, La fiesta del oso. No había leído nada suyo, y me tentó ésta por una recomendación que dejó Javier Cercas en uno de sus artículos. Yo fui de esos a los que gustó mucho Soldados de Salamina, la novela quiero decir, que no sé por qué algunos lectores se quejaron en su día de que perdiera el tiempo contado la historia de Rafael Sánchez Mazas, justo lo que dice uno de los personajes de la propia novela, cuando Soldados de Salamina trama el desvelamiento de un héroe a su pesar. Bueno, y me gusta cómo escribe, así que le hice caso. La fiesta del oso es otra novela sobre la guerra civil, aunque yo creo que lo raro es que no se hayan escrito más y no se hayan hecho más películas sobre el asunto, porque pocos acontecimientos históricos han cifrado las esperanzas del mundo y han representado una encrucijada más preñada de idealismo, sacrificio y heroísmo. La última novela de Jordi Soler es la tercera de las suyas sobre la guerra civil, o mejor, sobre su propia historia familiar que hunde sus raíces en la guerra civil, pero sus 157 páginas tienen entidad propia y uno lee La fiesta del oso sin echar de menos las otras dos, Los rojos de ultramar y La última hora del último día.


En la página 94 de La fiesta del oso leemos: ...me siento como quien jala la punta de una raíz y al tirar de ella descubre que es mucho más larga de lo que había calculado y que toda esa longitud no es más que una mínima parte de la red de raíces que va ganando grosor conforme se acerca al tronco de un árbol enorme, que está muchos metros más allá, y que es la criatura que mantienen viva todas esas raíces, un árbol inmenso y saludable que me gustaría llamar La Guerra Perdida. Un párrafo que define muy bien el motivo temático de la novela (o de la trilogía de la guerra civil probablemente), pero quisiera resaltar dos elementos compositivos: por un lado, la construcción de la voz narrativa que le permite al lector en dos o tres momentos claves mantener una cierta distancia sobre la narrado, la distancia justa para anticipar lo que vamos a descubrir y vivir esos momentos -diferidos y dilatados con maestría- con una mezcla de incomodidad y conmoción que duele; por otro, la potencia metafórica del texto que sin forzar los hechos nos permite leer una historia de derrota como si se tratara de un cuento terrible con un gigante, una bruja y un ogro en el corazón del bosque.

Y hoy, claro, fui a recoger El País con la motivación añadida de La isla del tesoro que entregaban con el periódico y que algunos de los lectores de esta escuela se cuidaron tan amablemente de que no olvidara. De paso nos enteramos de que Xosé Luís Méndez-Ferrín ya es el Presidente de la Real Academia Galega. Y uno se alegra, sobre todo por la Academia. Las instituciones se engrandecen por los hombres que las ocupan, pobres hombres los que necesitan de las instituciones para engrandecerse, pobres instituciones también. Uno se alegró cuando José Luis Borau fue elegido presidente de la Academia del Cine, porque es un gran cineasta. Y se alegra ahora con la elección de Méndez-Ferrín para presidir la Real Academia Galega porque es un gran escritor.


Xosé Luís Méndez-Ferrín

Arraianos
desde su primera edición en 1991 se convirtió en uno de mis libros favoritos, creo que es el mejor libro de cuentos de la literatura gallega y Lobosandaus, el primer cuento del libro, uno de los mejores que se hayan escrito nunca; sin olvidar Botas de elástico un cuento estremecedor sobre la represión brutal en Galicia aquel verano de 1936. Pero en 1982 había publicado Amor de Artur -creo que acaba de publicarlo Impedimenta en castellano- y allí leímos Fría Hortensia, un cuento inolvidable, y aprendimos fragmentos enteros, porque Ferrín cuando escribe, por encima de todo, mejora el idioma, le arranca ecos olvidados y alumbra resonancias secretas, y por eso engrandece a la Academia que la presida un escritor tan grande. Porque Ferrín es un poeta que en 1976 publica Con pólvora e magnolias, una obra cuyos poemas aprendimos de memoria como antes habíamos memorizado los de Rosalía de Castro o Manoel Antonio. Podéis encontrar una antología de sus relatos traducido al castellano en Fría Hortensia y otros cuentos en Alianza ed., y Con pólvora y magnolias en Hiperión. Por eso resulta triste -y revelador- que en un día como hoy el periódico, en vez de celebrar a un escritor como Méndez-Ferrín, se dedique a subrayar la controversia derivada de su peligrosidad ideológica a cuenta de su militancia independentista y de izquierdas, y que el Presidente de la Real Academia Galega haya tenido que dedicar sus primeras declaraciones a precisar que no es un lobo feroz.

7/6/09

El tiempo de las cerezas

Hay días que uno no tiene el cuerpo para novelas o películas, él animo remolonea caprichoso dejándose llevar por la pereza, enredándose en prosas breves, apenas una página que te lleva lejos aunque lejos sea aquí mismo, en un viaje inmóvil transportado por un aroma, un eco, una nota. Para esos días tengo siempre a mano libros en los que se recopilan artículos o columnas de periódico. Los de Chesterton, Orwell, Cunqueiro, Julio Camba, Indro Montanelli, Stevenson, Azorín, José Gutiérrez Solana o Andrés Trapiello. Cuántas veces he comprado el periódico sólo por un artículo, pongamos por caso cuando Ferrín publicaba el suyo en la página 2 del Faro de Vigo. O comprado El País, pero minutos después de leerlo ya sólo me acordaba de la columna de Arcadi Espada, Javier Cercas, Félix de Azúa o Enric González.

Ayer Pepe Coira, después de un día entrañable con amigos muy queridos, me puso en las manos Solo de flauta, una antología de los artículos de Carlos Casanova publicados en El Progreso entre 1998 y 2005, editada por TrisTram en 2005 con una cálida "puesta en página". He salpicado el domingo con la lectura feliz de algunos de esas colaboraciones semanales de treinta o cincuenta líneas. Llovía al otro lado de los ventanales y en el mudo oleaje se remansaba la mirada tras la lectura de una de esas piezas deliciosas de Carlos Casanova.


Carlos Casanova (1955-2005)


Mientras iba a comprar el pan, recordé una de las conversaciones de Eckermann con Goethe, cuando éste le recomienda que se guarde de una gran obra, limítese a tratar temas menores (...) Que no se diga que a la realidad le falta interés poético, pues es precisamente en ella donde el poeta se pone a prueba, demostrando tener el ingenio suficiente para sacarle una faceta interesante a un tema ordinario. Goethe no deja de insistir en que cualquier asunto por pequeño o concreto que sea sólo se volverá universal y poético caundo lo trate el poeta.

Y ése es el Carlos Casanova que emerge de las piezas reunidas en Solo de flauta, el poeta que mientras desgrana el tema ilumina una línea, un borde, un instante fugaz, pero manteniendo la necesaria penumbra, ésa en la que nos invita a entrar ya solos, cuando el texto acaba, sabedor que esa penumbra no es más que el prólogo de una sombra inagotable. Una librería o un molino que cierran sus puertas, las iglesias visigóticas, Lisboa, las tierras de Castilla, la feria, una película, un libro, un cuadro, una exposición, la guerra de Irak, Shakespeare, Chejov o Poe. Cualquier esquirla de la realidad deviene pretexto para alumbrar el poso de una experiencia y enhebrar el dibujo de la prosa con el hilo de la memoria. Un hilo que desovilla nuestros recuerdos como quien descubre pétalos secos en libro olvidado y nos devuelve extraviadas fragancias de tiempos perdidos, el bagazo melancólico del aquel de vivir.

A veces, una columna nos golpea con la fuerza de las metáforas que nacen de la yuxtaposición de dos imágenes distantes, cuando Carlos Casanova convierte a una en piel de la otra y a ésta en lluvia de aquélla, como en la magistral Mitch; o consigue iluminar los abismos de Macbeth, su obra favorita; o reflexiona con levedad y hondura sobre la necesidad de la ficción de terror en el corazón de la noche de los niños, en La caseta del terror; o traza una lúdica y surreal odisea de cronopio en Turismo doméstico. Percibimos su amor por la música, por Vermeer, los ríos, el cine de Jean Renoir y el soneto 128 de Shakespere.

Pero si hay algo que me encantó desde las primeras páginas de Solo de flauta fue el latido de la memoria, el peso destilado del pasado, el tiempo decantado en la escritura. En cada texto, Carlos Casanova alambica las experiencias fundadoras de la sensibilidad, como sólo un poeta es capaz de embalsamar los detellos de una danza de los orígenes sobre un telón oscuro que pone entre paréntesis definitivos el tiempo que vivimos. No sé ustedes: yo me miro de vez en cuando en el espejo, con una foto de antaño en la mano, y compruebo qué ha quedado en mi alma y en mi rostro de aquel rostro y de aquel alma. Caricatura de entonces, sólo es importante lo que de entonces permanece, leemos al final de Sueños y ensueños. Carlos Casanova pespunta la escritura con el hilo de la infancia que nos lleva de vuelta al tiempo de las cerezas.

15/4/09

El presente

Para contar una buena historia resulta imprescindible encontrar un lugar desde el que mirar, que polarice el prisma visual y concentre la atención. Un lugar que es una imagen que congela un momento en el curso del tiempo y cifra un misterio a desvelar. Una imagen que es la piedra angular de una construcción desplegada en el tiempo y destinada a sostener una escritura cuya función alquímica constituye una suerte de revelación. Para desvelar en el curso del tiempo ese misterio de la imagen sobre la que ponemos el foco necesitamos encontrar las notas de un acorde, de una melodía, que dibuje una figura dotada de sentido. Una figura que cifra una imagen que es a la vez una piedra angular y una mirada. Física, geometría y música contribuyen al arte de la narración. Lo demás lo pone el instinto y la pulsión (obsesiva) por contar.


Javier Cercas

Estoy hablando de Javier Cercas y de su Anatomía de un instante. Es una buena historia sobre un episodio de la Historia que todos conocemos pero que leemos como si nos lo contaran por primera vez. Y eso es posible porque sin ser una invención es una obra de la imaginación, sin ser una novela es una obra de carpintería dramática y sin ser una ficción es una obra que contiene una imagen enigmática, un juego de simetrías y correspondencias, y una composición de rimas y paralelismos que iluminan un momento dilatado en el tiempo. Física, geometría y música, como en la mejor de las novelas.

Esa imagen congelada es la del 23-F. Una imagen de la televisión. Una imagen gastada por los años. Como una cinta de vídeo pasada una y otra vez. Una imagen tan lavada que parece irreal, tal es su acuidad. La imagen en la que Javier Cercas bucea para encontrar los trazos de una figura que dote de sentido a un gesto, que desentrañe una actitud y que ilumine un momento decisivo. La imagen de tres hombres que cuando silbaban las balas a su alrededor no se tiraron al suelo, que mantuvieron el tipo, el gesto.

Es verdad: la historia fabrica extrañas figuras y no rechaza las simetrías de la ficción, igual que si persiguiera con ese designio formal dotarse de un sentido que por sí misma no posee. La historia del golpe del 23 de febrero abunda en ellas: las fabrican los hechos y los hombres, los vivos y los muertos, el presente y el pasado…

Si Anatomía de un instante es una obra literaria pero no una novela, es porque Javier Cercas supo encontrar en los hechos históricos aquellos ingredientes que convierten una historia en un gran relato. Dicho de otro modo, supo encontrar la forma de contar los episodios sabidos como no se habían contado nunca, es decir, aplicando el instinto, la obsesión y las herramientas de un escritor, o sea, dando cuerpo a un relato con la música de la escritura y dotando de carne a la complejidad de unos personajes reales, cuyos gestos –casi idéntico gesto los tres- constituye un misterio indescifrable por definición. Ése es el reto del escritor materializado en Anatomía de un instante.

Eran tres traidores; quiero decir: para tantos a quienes debían lealtad por familia, por clase social, por creencias, por ideas, por vocación, por historia, por intereses, por simple gratitud, Adolfo Suárez, Gutiérrez Mellado y Santiago Carrillo eran tres traidores. No sólo lo eran para ellos; lo fueron para muchos más, en cierto sentido lo son objetivamente: Santiago Carrillo traicionó los ideales del comunismo minando su ideología revolucionaria (…) y traicionó cuarenta años de lucha antifranquista declinando hacer justicia con los responsables y cómplices de la injusticia franquista (…); Gutiérrez Mellado traicionó a Franco, traicionó al ejército de Franco, traicionó al ejército de la Victoria y a su utopía radiante de orden, fraternidad y armonía regulada por toques de ordenanza bajo el imperio radiante de Dios; Suárez fue el peor, el traidor total, porque su traición hizo posible la traición de los demás: traicionó al partido único fascista en el que había crecido y al que debía cuanto era, traicionó los principios políticos que había jurado defender, traicionó a los jerarcas y magnates franquistas que confiaron en él para prolongar el franquismo y traicionó a los militares con sus veladas promesas de frenar la Antiespaña.

No es de extrañar que el personaje de Suárez –en tanto que político puro, en tanto que histrión, en tanto que buscavidas- resulte imposible definirlo de otro modo sino como personaje, y que adquiera a través de la escritura de Javier Cercas resonancias novelescas –un Julian Sorel- o novelescas y cinematográficas –el general De la Rovere-. No es de extrañar el rendimiento narrativo que provoca la oposición de la tríada de los traidores con la tríada de los golpistas –Armada, Miláns y Tejero-, esquivando siempre cualquier tentación simplificadora, eligiendo siempre la línea de mayor resistencia, ésa que deriva de la búsqueda de la complejidad, de la iluminación de una realidad poliédrica; pero sin evitar la visión del vacío o de la porosidad del yo que constituye a quien vive en un escenario caníbal como la política. Tampoco es de extrañar, en definitiva, la exploración genuina de las maniobras de un monarca aterrorizado ante la posibilidad de perder la corona.



Cómo no percibir, en fin, que Anatomía de un instante deviene una iluminación personal de su propio autor, un diálogo con su propio pasado, una conjura de los fantasmas que se arrastran por los rincones de la memoria.

Aquel lunes 23 de febrero de 1981 acabábamos de traer a nuestro hijo recién nacido del hospital. Se quejaba, lloraba, quizá gases, un trastorno pasajero. Yo era concejal en el ayuntamiento de Tui. Un concejal rojo. Por la tarde llegó a casa –se había ido llenando de gente, amigos, familiares para ver a la criatura- un amigo con la noticia de que un comando de ETA había asaltado el Congreso. Luego pusimos la radio y nos enteramos de que no se trataba de un comando de ETA sino de Tejero y compañía. En ese momento empecé a preocuparme de verdad. Salí a llamar por teléfono. Ya era de noche. A cincuenta metros de casa había un jeep de la Guardia Civil. En un bar cercano llamé al ayuntamiento. Nadie contestaba. Hice tiempo, en la televisión del bar sonaba música militar. Volví a llamar, nada. En Tui, no se constituyó la Junta de Defensa. Iluso de mí. Volví a casa. El jeep de la Guardia Civil no se había movido del sitio. Se me pasó por la cabeza que debíamos coger a nuestro hijo y cruzar la frontera. Pero no lo hicimos. Nos quedamos. Con nuestro hijo pasando “de colo en colo”, hasta que una prima con una maña especial consiguió que se calmara y dejara de llorar. A esas alturas ya había hablado el rey, pero no había logrado tranquilizarme, casi todo lo contrario: ¿qué militar golpista podría volverse atrás ante la voz tan poco marcial del monarca? En fin. Nunca me libré de la idea de que aquella noche cometí una grave irresponsabilidad por no haber cruzado la frontera. Menos mal que al final todo se resolvió. ¿Qué se resolvió? ¿Realmente se resolvió? ¿Había algo que resolver? Todos nos quedamos en casa. Esperando. Como si tampoco nos fuera mucho en eso. Pero yo estaba convencido que tenía las horas contadas. O había muchas posibilidades de que las tuviera. A partir de aquel día comenzó mi retirada: desde luego yo no tenía madera de militante, un flojo bolchevique era yo, estaba visto que yo no estaba hecho para la política.

Anatomía de un instante de Javier Cercas es un espejo para contemplar por el retrovisor un momento decisivo, pero no del pasado, sino del presente.