30/9/12
Un libro de sombras
Podéis leer sin miedo. No voy a desvelar nada de lo que cuenta Las leyes de la frontera de Javier Cercas, que me agarró desde la primera página y hasta la última no me dejó ir. Doce horas de lectura cautiva. Ya se sabe, a veces la escritura tiene manos. Soy de los que piensan -dice uno de los personajes- que la ficción siempre supera a la realidad pero la realidad siempre es más rica que la ficción. En realidad, lo cardinal de la escritura consiste en llevarnos hasta los bordes movedizos de lo real, allí donde comienza lo desconocido; que todo el entramado de la ficción no es más que una delicada tentativa de iluminación de ese silencio del corazón que nunca podremos desentrañar, pero que sólo la escritura puede hacernos presentir. La grandeza de la literatura aflora en el reconocimiento de sus límites, de que no hay omnisciencia posible, de que sólo nos queda asumir que somos poquita cosa, pero también que fracasar (como sólo un artista se atreve a fracasar, que decía Beckett) revela la hondura del misterio. El misterio que desprende un gran personaje, como la Tere de Las leyes de la frontera, un libro de sombras en el corazón de una gran novela. Y de una gran historia de amor.
24/1/10
Una cara de ángel, el ogro y un lobo feroz
Ayer nos enteramos de la muerte de Jean Simmons, cuánto me gustó siempre esa actriz (bueno, y la mujer, una belleza de las de antes, diríamos), la hemos disfrutado en muy buenas películas desde Cadenas rotas (1946), la adaptación de Grandes esperanzas de Dickens por David Lean, pasando por el Hamlet (1948) de Laurence Olivier, Ellos y ellas (1955) de Joseph Mankiewicz, Horizontes de grandeza (1958) de William Wyler, El fuego y la palabra (1960) de Richard Brooks, hasta Espartaco (1960) de Stanley Kubrick. En su día me conmovió en Con los ojos cerrados (Richard Brooks, 1969) pero no volví a verla y no sé si me gustaría tanto a estas alturas.
Ayer, a modo de merecido homenaje póstumo volvimos a ver Cara de ángel (1952) de Otto Preminger, lástima que tuviera que rodar esa película con una peluca, por lo visto el suyo se lo había rapado después de una bronca con Howard Hughes, que produjo el filme de Preminger cuando gobernaba la RKO, y aprovechó para vengarse de la actriz metiéndola en el reparto de Cara de ángel para que no se fuera de rositas sin haber trabajado hasta el último día que estipulaba el contrato. Como el tiempo se echaba encima y apenas iban a contar con dieciocho días de rodaje, Hughes le encargó la película a Preminger, un déspota redomado que hizo repetir una y otra vez la escena de la bofetada de Robert Mitchum a Jean Simmons, quejándose de que el actor no la abofeteaba con la suficiente fuerza, hasta que Mitchum se volvió hacia el director, le soltó una bofetada con todas sus ganas y le preguntó si era así de fuerte como le gustaba. Jean Simmons tenía 22 años y borda ese papel de mantis religiosa.
En la página 94 de La fiesta del oso leemos: ...me siento como quien jala la punta de una raíz y al tirar de ella descubre que es mucho más larga de lo que había calculado y que toda esa longitud no es más que una mínima parte de la red de raíces que va ganando grosor conforme se acerca al tronco de un árbol enorme, que está muchos metros más allá, y que es la criatura que mantienen viva todas esas raíces, un árbol inmenso y saludable que me gustaría llamar La Guerra Perdida. Un párrafo que define muy bien el motivo temático de la novela (o de la trilogía de la guerra civil probablemente), pero quisiera resaltar dos elementos compositivos: por un lado, la construcción de la voz narrativa que le permite al lector en dos o tres momentos claves mantener una cierta distancia sobre la narrado, la distancia justa para anticipar lo que vamos a descubrir y vivir esos momentos -diferidos y dilatados con maestría- con una mezcla de incomodidad y conmoción que duele; por otro, la potencia metafórica del texto que sin forzar los hechos nos permite leer una historia de derrota como si se tratara de un cuento terrible con un gigante, una bruja y un ogro en el corazón del bosque.
Y hoy, claro, fui a recoger El País con la motivación añadida de La isla del tesoro que entregaban con el periódico y que algunos de los lectores de esta escuela se cuidaron tan amablemente de que no olvidara. De paso nos enteramos de que Xosé Luís Méndez-Ferrín ya es el Presidente de la Real Academia Galega. Y uno se alegra, sobre todo por la Academia. Las instituciones se engrandecen por los hombres que las ocupan, pobres hombres los que necesitan de las instituciones para engrandecerse, pobres instituciones también. Uno se alegró cuando José Luis Borau fue elegido presidente de la Academia del Cine, porque es un gran cineasta. Y se alegra ahora con la elección de Méndez-Ferrín para presidir la Real Academia Galega porque es un gran escritor.
Arraianos desde su primera edición en 1991 se convirtió en uno de mis libros favoritos, creo que es el mejor libro de cuentos de la literatura gallega y Lobosandaus, el primer cuento del libro, uno de los mejores que se hayan escrito nunca; sin olvidar Botas de elástico un cuento estremecedor sobre la represión brutal en Galicia aquel verano de 1936. Pero en 1982 había publicado Amor de Artur -creo que acaba de publicarlo Impedimenta en castellano- y allí leímos Fría Hortensia, un cuento inolvidable, y aprendimos fragmentos enteros, porque Ferrín cuando escribe, por encima de todo, mejora el idioma, le arranca ecos olvidados y alumbra resonancias secretas, y por eso engrandece a la Academia que la presida un escritor tan grande. Porque Ferrín es un poeta que en 1976 publica Con pólvora e magnolias, una obra cuyos poemas aprendimos de memoria como antes habíamos memorizado los de Rosalía de Castro o Manoel Antonio. Podéis encontrar una antología de sus relatos traducido al castellano en Fría Hortensia y otros cuentos en Alianza ed., y Con pólvora y magnolias en Hiperión. Por eso resulta triste -y revelador- que en un día como hoy el periódico, en vez de celebrar a un escritor como Méndez-Ferrín, se dedique a subrayar la controversia derivada de su peligrosidad ideológica a cuenta de su militancia independentista y de izquierdas, y que el Presidente de la Real Academia Galega haya tenido que dedicar sus primeras declaraciones a precisar que no es un lobo feroz.
7/6/09
El tiempo de las cerezas
Ayer Pepe Coira, después de un día entrañable con amigos muy queridos, me puso en las manos Solo de flauta, una antología de los artículos de Carlos Casanova publicados en El Progreso entre 1998 y 2005, editada por TrisTram en 2005 con una cálida "puesta en página". He salpicado el domingo con la lectura feliz de algunos de esas colaboraciones semanales de treinta o cincuenta líneas. Llovía al otro lado de los ventanales y en el mudo oleaje se remansaba la mirada tras la lectura de una de esas piezas deliciosas de Carlos Casanova.
Mientras iba a comprar el pan, recordé una de las conversaciones de Eckermann con Goethe, cuando éste le recomienda que se guarde de una gran obra, limítese a tratar temas menores (...) Que no se diga que a la realidad le falta interés poético, pues es precisamente en ella donde el poeta se pone a prueba, demostrando tener el ingenio suficiente para sacarle una faceta interesante a un tema ordinario. Goethe no deja de insistir en que cualquier asunto por pequeño o concreto que sea sólo se volverá universal y poético caundo lo trate el poeta.
Y ése es el Carlos Casanova que emerge de las piezas reunidas en Solo de flauta, el poeta que mientras desgrana el tema ilumina una línea, un borde, un instante fugaz, pero manteniendo la necesaria penumbra, ésa en la que nos invita a entrar ya solos, cuando el texto acaba, sabedor que esa penumbra no es más que el prólogo de una sombra inagotable. Una librería o un molino que cierran sus puertas, las iglesias visigóticas, Lisboa, las tierras de Castilla, la feria, una película, un libro, un cuadro, una exposición, la guerra de Irak, Shakespeare, Chejov o Poe. Cualquier esquirla de la realidad deviene pretexto para alumbrar el poso de una experiencia y enhebrar el dibujo de la prosa con el hilo de la memoria. Un hilo que desovilla nuestros recuerdos como quien descubre pétalos secos en libro olvidado y nos devuelve extraviadas fragancias de tiempos perdidos, el bagazo melancólico del aquel de vivir.
A veces, una columna nos golpea con la fuerza de las metáforas que nacen de la yuxtaposición de dos imágenes distantes, cuando Carlos Casanova convierte a una en piel de la otra y a ésta en lluvia de aquélla, como en la magistral Mitch; o consigue iluminar los abismos de Macbeth, su obra favorita; o reflexiona con levedad y hondura sobre la necesidad de la ficción de terror en el corazón de la noche de los niños, en La caseta del terror; o traza una lúdica y surreal odisea de cronopio en Turismo doméstico. Percibimos su amor por la música, por Vermeer, los ríos, el cine de Jean Renoir y el soneto 128 de Shakespere.
Pero si hay algo que me encantó desde las primeras páginas de Solo de flauta fue el latido de la memoria, el peso destilado del pasado, el tiempo decantado en la escritura. En cada texto, Carlos Casanova alambica las experiencias fundadoras de la sensibilidad, como sólo un poeta es capaz de embalsamar los detellos de una danza de los orígenes sobre un telón oscuro que pone entre paréntesis definitivos el tiempo que vivimos. No sé ustedes: yo me miro de vez en cuando en el espejo, con una foto de antaño en la mano, y compruebo qué ha quedado en mi alma y en mi rostro de aquel rostro y de aquel alma. Caricatura de entonces, sólo es importante lo que de entonces permanece, leemos al final de Sueños y ensueños. Carlos Casanova pespunta la escritura con el hilo de la infancia que nos lleva de vuelta al tiempo de las cerezas.
15/4/09
El presente
Para contar una buena historia resulta imprescindible encontrar un lugar desde el que mirar, que polarice el prisma visual y concentre la atención. Un lugar que es una imagen que congela un momento en el curso del tiempo y cifra un misterio a desvelar. Una imagen que es la piedra angular de una construcción desplegada en el tiempo y destinada a sostener una escritura cuya función alquímica constituye una suerte de revelación. Para desvelar en el curso del tiempo ese misterio de la imagen sobre la que ponemos el foco necesitamos encontrar las notas de un acorde, de una melodía, que dibuje una figura dotada de sentido. Una figura que cifra una imagen que es a la vez una piedra angular y una mirada. Física, geometría y música contribuyen al arte de la narración. Lo demás lo pone el instinto y la pulsión (obsesiva) por contar.

Javier Cercas
Estoy hablando de Javier Cercas y de su Anatomía de un instante. Es una buena historia sobre un episodio de
Esa imagen congelada es la del 23-F. Una imagen de la televisión. Una imagen gastada por los años. Como una cinta de vídeo pasada una y otra vez. Una imagen tan lavada que parece irreal, tal es su acuidad. La imagen en la que Javier Cercas bucea para encontrar los trazos de una figura que dote de sentido a un gesto, que desentrañe una actitud y que ilumine un momento decisivo. La imagen de tres hombres que cuando silbaban las balas a su alrededor no se tiraron al suelo, que mantuvieron el tipo, el gesto.
Es verdad: la historia fabrica extrañas figuras y no rechaza las simetrías de la ficción, igual que si persiguiera con ese designio formal dotarse de un sentido que por sí misma no posee. La historia del golpe del 23 de febrero abunda en ellas: las fabrican los hechos y los hombres, los vivos y los muertos, el presente y el pasado…
Si Anatomía de un instante es una obra literaria pero no una novela, es porque Javier Cercas supo encontrar en los hechos históricos aquellos ingredientes que convierten una historia en un gran relato. Dicho de otro modo, supo encontrar la forma de contar los episodios sabidos como no se habían contado nunca, es decir, aplicando el instinto, la obsesión y las herramientas de un escritor, o sea, dando cuerpo a un relato con la música de la escritura y dotando de carne a la complejidad de unos personajes reales, cuyos gestos –casi idéntico gesto los tres- constituye un misterio indescifrable por definición. Ése es el reto del escritor materializado en Anatomía de un instante.
Eran tres traidores; quiero decir: para tantos a quienes debían lealtad por familia, por clase social, por creencias, por ideas, por vocación, por historia, por intereses, por simple gratitud, Adolfo Suárez, Gutiérrez Mellado y Santiago Carrillo eran tres traidores. No sólo lo eran para ellos; lo fueron para muchos más, en cierto sentido lo son objetivamente: Santiago Carrillo traicionó los ideales del comunismo minando su ideología revolucionaria (…) y traicionó cuarenta años de lucha antifranquista declinando hacer justicia con los responsables y cómplices de la injusticia franquista (…); Gutiérrez Mellado traicionó a Franco, traicionó al ejército de Franco, traicionó al ejército de
No es de extrañar que el personaje de Suárez –en tanto que político puro, en tanto que histrión, en tanto que buscavidas- resulte imposible definirlo de otro modo sino como personaje, y que adquiera a través de la escritura de Javier Cercas resonancias novelescas –un Julian Sorel- o novelescas y cinematográficas –el general De
Cómo no percibir, en fin, que Anatomía de un instante deviene una iluminación personal de su propio autor, un diálogo con su propio pasado, una conjura de los fantasmas que se arrastran por los rincones de la memoria.
Aquel lunes 23 de febrero de 1981 acabábamos de traer a nuestro hijo recién nacido del hospital. Se quejaba, lloraba, quizá gases, un trastorno pasajero. Yo era concejal en el ayuntamiento de Tui. Un concejal rojo. Por la tarde llegó a casa –se había ido llenando de gente, amigos, familiares para ver a la criatura- un amigo con la noticia de que un comando de ETA había asaltado el Congreso. Luego pusimos la radio y nos enteramos de que no se trataba de un comando de ETA sino de Tejero y compañía. En ese momento empecé a preocuparme de verdad. Salí a llamar por teléfono. Ya era de noche. A cincuenta metros de casa había un jeep de
Anatomía de un instante de Javier Cercas es un espejo para contemplar por el retrovisor un momento decisivo, pero no del pasado, sino del presente.




