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23/4/16

When Are You Going to Finish Don Quixote?


¿Cuándo vas a terminar Don Quijote? Así acabó por titular Welles su filme inacabado por excelencia quince años después de rodar las primeras pruebas en el Bois de Boulogne en París, con Akim Tamiroff, su amigo y actor favorito en el papel de Sancho Panza, y con Mischa Auer en el de don Quijote; venía de rodar con ellos Mr. Arkadin (1955). Dos años después -apartado del montaje de Sed de malempieza el verdadero rodaje de su Don Quijote a finales de julio de 1957 en México, durante cuatro o cinco semanas de aquel verano, yendo y viniendo a Hollywood para visionar el montaje de Sed de mal o a Baton Rouge en Louisiana para rodar El largo y cálido verano, de Martin Ritt (una adaptación de El villorrio de Faulkner), un dinero que le venía de perlas para financiar una película que -imaginó entonces- podía llevar por subtítulo (como le escribió a Jonas Mekas en noviembre de ese mismo año) "Variaciones sobre un tema de Cervantes", ya con Francisco Reiguera, un actor español exiliado en México, como don Quijote.


Lo acontecido en el curso de 1957 deviene una miniatura del proceso que ocupará a Welles hasta el final de su vida en 1985. Un verdadero work in progress, su Don Quijote. Sin guión, aunque en una carta a Akim Tamiroff, mientras está rodando El largo y cálido verano, le agradece las sugerencias y le asegura:
Tenemos un guión completo sobre el papel y sin embargo queda espacio para introducir mejoras. Antes de que quede libre lo tendré muy revisado y a punto, con un detallado plan de rodaje.
Nadie vio nunca ese guión completo, pero sí páginas con escenas sueltas. Tampoco un detallado plan de rodaje, pero sí páginas con requerimientos sobre diferentes aspectos de la producción (localizaciones, logística, atrezo, figuración, vestuario...). Y desde luego nunca hubo un presupuesto: Welles financiaba Don Quijote de su propio bolsillo. Vale la pena mencionar algunas de esas operaciones financieras. Se hace pagar su trabajo en Las raíces del cielo (1958), de John Huston, con una  moviola de segunda mano, así podrá trabajar (en casa) en el montaje (donde colaborarán sucesivos montadores: en México, Alberto Valenzuela; en Italia, Renzo Lucidi y su hijo Mauricio; en Madrid, Peter Parasheles; y de vuelta en Italia, Mauro Bonnani).


En agosto de 1959, puede traer a Reiguera y Tamiroff a Italia para rodar en los alrededores de Roma nuevas escenas de Don Quijote, gracias a que lo contrataron para hacer el papel de Saúl en David y Goliat (1960), de Ferdinando Baldi y Richard Pottier, en la que puede dirigirse a sí mismo de 5 de la tarde a 2 de la madrugada, mientras de 6 de la mañana a 4 de la tarde trabaja con Reiguera y Tamiroff, como en México -como siempre en esta película- con un equipo muy reducido, un rodaje más parecido al de una home movie que a otra cosa, y como en David y Goliat le pagan por día trabajado, alarga hasta donde puede las jornadas de rodaje, ganando tiempo para la película de su vida.


Y en 1961 le llega como caído del cielo El proceso (1962), una adaptación de la obra de Kafka que escribe y dirige (e interpreta un papel secundario), un trabajo que le permitirá ir saldando las deudas que genera Don Quijote. Y así sigue rodando escenas a salto de mata, hasta que las muertes de Francisco Reiguera en 1969 y de Akim Tamiroff tres años después lo dejaron huérfano de nuevas imágenes de sus protagonistas (aunque sin dejar de pensar en incluir nuevos pasajes sin su presencia, y hasta poco antes de morir el propio cineasta continuaba faenando en la copia de trabajo de Don Quijote, grabando una nueva narración over, por ejemplo). Nada describe mejor el placer que le deparaba rodar con Reiguera y Tamiroff, que la descripción del propio Weles (del rodaje en México) en una celebre entrevista de André Bazin publicada en Cahiers du cinéma en 1958:
Cada mañana, los actores, el equipo técnico y yo nos encontrábamos delante del hotel, salíamos e inventábamos el filme en la calle, como Mack Sennett [una biografía de Mack Sennett era uno de los pocos libros de cine que Welles tenía en su biblioteca]. Por eso es apasionante, porque es una verdadera improvisación: la historia, los pequeños incidentes, todo es improvisado.

Esa pasión por rodar y montar esta película -más que ninguna otra- fue su gloria y en cierta manera su gozosa perdición. En 1960, Welles decía en una entrevista que su Don Quijote estaba prácticamente terminado y que se trataba de una película experimental. (Home movie, ensayo fílmico, cine experimental: por lo que sabemos, podemos conjeturar que el Don Quijote de Welles cobija, transita y conjuga cada una esas derivas, y más; hay diez películas diferentes en este filme, dirá el cineasta en 1982, más o menos como novelas en el Quijote de Cervantes.)


En 1961, hablaba de llegar a tiempo para estrenarla en el Festival de Venecia. Más adelante confesaba que le había pasado lo mismo que a Cervantes, que empezó escribiendo una novela corta -otra de sus novelas ejemplares- y acabó poseído por los personajes. Y al final ya se enconaba con quien le preguntaba cuándo iba a terminar Don Quijote: la pagaba de su bolsillo y tenía todo el derecho a acabarla cómo y cuándo quisiera. Más que una película inacabada, una película inacabable. La película de nunca acabar. Más que ninguna otra, la película que lo retrata como cineasta, el espejo en el que podía (quería) reconocerse, la clave de su poética.


De esas escenas que Welles escribió para su Don Quijote, dos cobraron visos de leyenda. La del baile de máscaras y la del cine. En una carta a Tamiroff -fechada el 5 de abril de 1961- le cuenta la escena de un baile donde los asistentes van disfrazados de personajes de la literatura universal (el propio cineasta aparecía disfrazado también), cada uno con unas líneas de diálogo que los caracterizaba, y por supuesto, Don Quijote y Sancho, los únicos que no iban disfrazados. Había pensado rodar la escena en una sala del viejo palacio Gangi (de Lampedusa), donde poco después Visconti filmaba el baile de El gatopardo, pero Welles no pudo reunir el dinero suficiente para afrontar los gastos. La escena del baile de máscaras nunca se rodó. El 14 de julio de 1959, cuando vive en Fregene (al sur de Roma), el cineasta redacta una lista de localizaciones con sus requerimientos para el operador, entre ellas...
9. SALA DE CINE PROVINCIANA. En todas la ciudades por las que pasemos hay que ver el cine, pues debe tener el máximo de personalidad... Habría que buscar una sala de cine pequeña, la menos moderna del mundo... y lo más latina... (lo menos parecido a las salas de hoy que pueda encontrarse). Quizá nunca demos con ella, pero hay que buscarla y hacer fotos de todas las posibilidades... (Sólo necesitamos el exterior).
Dos años antes había escrito la escena del interior:
SALA DE CINE
(Esto es una continuación de la secuencia de La búsqueda. Si cabe podríamos decir que se la puede considerar más muda, al menos, en el sentido de que no irá acompañada de diálogo ni de narración. Durará unos seis minutos, pero aquí sólo damos una breve sinopsis).
Dando traspiés por la sala a oscuras, SANCHO se cruza con MISS GUMP, la institutriz de DULCIE, que sale. Es evidente que MISS GUMP sobrelleva mal el calor reinante. Abanicándose nerviosamente, va hacia la calle en busca de aire fresco.
Sin embargo, DULCIE se queda en su butaca, chupando un pirulí y mirando a la pantalla.
(No vemos la pantalla. Vemos el haz de luz y el movimiento en los rostros de los espectadores. Sí que oímos la banda sonora. Está claro que se trata de un espantoso film de época).
SANCHO, escudriñando en la oscuridad mientras busca a DON QUIJOTE, cae sobre un grupo de espectadores, que le repelen violentamente.
SANCHO recorre el patio de butacas en busca de su señor... DON QUIJOTE está allí, pero SANCHO no le ve. Acaba buscando una butaca del pasillo lateral, pasmado de asombro por las maravillas de la pantalla.
SANCHO molesta mucho y parte del público, indignado, le obliga a sentarse. Ocupa justamente el lugar que MISS GUMP ha dejado vacante junto a DULCIE.
Es su primer encuentro...
La niña y el achaparrado escudero cambian breves y amistosas miradas; luego, DULCIE vuelve a mirar a la pantalla. SANCHO sigue su movimiento y pronto queda totalmente embebido...
DULCIE le da un pirulí... Ambos chupan sus caramelos y devoran la película con los ojos...
Por sus rostros seguimos el desarrollo del film...
Hay ocasionales irrupciones de diálogo pomposo y enfático, diálogo de estilo histórico (grandilocuencia con acento americano), pero el pequeño altavoz de este pequeño cine provinciano emite más alta la música que las palabras... (música de persecución, Corazones y flores..., Peligro nos acercamos al número diecinueve..., todo el archivo de música de fondo...).
En las caras de DULCIE y de SANCHO se reflejan todas estas emociones: felicidad, aprehensión, sobresalto, melancolía y dicha...
Las cosas empiezan a ponerse al rojo vivo... Se prepara una batalla encarnizada... Los chicos del gallinero silban y aplauden... DULCIE y SANCHO, asombrados, están muy juntos... Si SANCHO está dominado por su primera experiencia como espectador cinematográfico, el efecto sobre DON QUIJOTE es realmente tremendo...
Ahora, cuando la acción de la película se acerca a su climax de violencia, el caballero se pone en pie de un salto.
SANCHO le ve, se levanta presuroso y va hacia él..., pero es demasiado tarde. Desenvainando su espada enmohecida, y blandiéndola enérgicamente, DON QUIJOTE ha saltado al escenario.
¡¡¡Sensación!!! El público se levanta como un solo hombre gesticulando al estilo latino.
DON QUIJOTE desafía a los caballeros que aparecen en la pantalla, y luego... ¡entra en combate!
En el patio de butacas, SANCHO, bloqueado por el público, ve, profundamente consternado, cómo DON QUIJOTE carga contra la tela de la pantalla y la hace jirones.
Vemos los altavoces que la tela blanca tapaba. La espada de DON QUIJOTE, impotente contra la banda sonora, continúa atacando encarnizadamente, mientras fragmentos de la violenta acción de la película se proyectan en el rostro del caballero...
El público se acerca, y DON QUIJOTE, volviéndose para hacer frente a esta nueva amenaza, descubre a DULCIE...
Ella alza la mirada hasta él...
Él la mira desde arriba...
Es evidente que sus ojos están llenos de la visión de su señora DULCINEA...
En la banda sonora, la orquesta sigue in crescendo, para llegar al final de la secuencia y disolver; nos ofrece la más dulce de las músicas de amor.
Llegó a pensarse que esta escena no existía, que nunca había llegado a rodarse. Pero existe. Se rodó durante aquellas primeras semanas de Don Quijote en México. Jonathan Rosenbaum pudo verla en 1992 durante una conferencia sobre Welles en Roma, la conservaba (junto con los demás materiales de la película) Mauro Bonnani, el último montador que trabajó con Welles en Don Quijote. Hace cosa de un mes, nuestro hijo me recomendó que leyera Profanaciones (Anagrama 2005) de Giorgio Agamben. El último de los ensayos reunidos en el libro se titula Los seis minutos más bellos de la historia del cine:

Sancho Panza entra en un cine de una ciudad de provincias. Está buscando a don Quijote y lo encuentra sentado aparte, mirando a la pantalla. La sala está casi llena, y su galería superior –una especie de gallinero– se halla enteramente ocupada por niños alborotadores. Después de algunos intentos inútiles por reunirse con don Quijote, Sancho se sienta de mala gana en la platea, junto a una niña (¿Dulcinea?), que le ofrece una golosina. La proyección ha comenzado, es una película histórica, sobre la pantalla corren los caballeros armados, en un momento determinado aparece una mujer en peligro. De golpe don Quijote se pone en pie, desenvaina su espada, se precipita sobre la pantalla y sus mandobles empiezan a rajar la tela. En la pantalla siguen todavía la mujer y los caballeros, pero el agujero abierto por la espada de don Quijote crece cada vez más y devora implacablemente la imagen. Al final casi no queda nada de la pantalla, solamente el bastidor de madera que la sostenía. El público, indignado, abandona la sala; pero en el gallinero los niños no paran de animar frenéticamente a don Quijote. Sólo la niña de la platea lo mira con reprobación.
¿Qué debemos hacer con nuestras imaginaciones? Armarlas, creérnoslas al punto de deber destruirlas, falsificarlas (éste es, quizás, el sentido del cine de Orson Welles). Pero cuando, al fin, éstas se revelan vacías, insatisfechas; cuando muestran la nada de la que están hechas, sólo entonces hay que pagar el precio de su verdad, comprender que Dulcinea –a la que hemos salvado– no puede amarnos.
Os dejo aquí una copia (de mala calidad) de la escena, probablemente una copia de una grabación de su pase por la Rai (¿donde la vio Agamben?):


Sé de sobra que no le hace ninguna falta, pero siendo el día que es me permito -haciendo gala de un inofensivo despotismo ilustrado- exigir el Cervantes para Orson Welles.

15/1/14

El cine de los espejos


La aventura (1960) de Antonioni

El cine que nace con Griffith hizo de la pantalla una ventana abierta al mundo y un espejo donde el mundo se reflejaba. La ubicuidad de la cámara le ofrendaba al espectador inmóvil en su butaca la total accesibilidad a un mundo en plenitud; un mundo despedazado en planos, es verdad, pero que el montaje suturaba para hacernos sentir su legibilidad y una impresión de convincente totalidad. El cine clásico esconde los artificios narrativos -y técnicos- para presentarse ante el espectador en toda su transparencia (como si el cine se hiciera solo).

Baby Doll (1956) de Kazan

Tan transparente el cine clásico que el rostro se ve como espejo del alma; dicho de otra forma, los personajes pueden mentir, pero sus rostros nunca. Béla Balazs, uno de los primeros teóricos del cine, nos recuerda que en tiempos del cine mudo (por llamarlo de alguna manera: en el cine mudo los personajes hablaban, aunque no se les escuchara, y tampoco era silente, porque casi siempre tenía acompañamiento musical, y aun en las proyecciones de postín, efectos sonoros en directo, tras la pantalla, como en el estreno de El nacimiento de una nación, pongamos por caso), los espectadores se sumergían en los rostros proyectados en la pantalla como en un espejo en el que aparecía la raíz del alma, su fundamento.

The Scarlet Empress (1934) de Sternberg

Como ya casi hemos dejado de ir a las salas, ya casi hemos olvidado esa mirada excesiva que se destilaba al contemplar un rostro de treinta metros cuadrados o más que inundaba la pantalla de los cines; por así decir, los rostros en la pantalla del televisor o del portátil son rostros a escala doméstica, domesticados; aquellos rostros elíseos -sagrados- y fascinantes del cine de nuestra infancia (más que haberlos visto pareciera que los hemos soñado) sólo podemos invocarlos con la memoria y la escritura. Como escribe Raymond Bellour -en El cuerpo del cine, ese libro inagotable-, en el adulto que piensa en el cine hay siempre un pensamiento dirigido al niño de cine que lleva dentro, y aun a todo niño poseído por la fascinación del cine. Nos vemos en aquel niño que fuimos como en un espejo que cobijara el último reducto de nuestra identidad como espectadores. El rostro como espejo del alma, decíamos, en el cine clásico...

La edad de oro (1930) de Buñuel

Hasta que los espejos tomaron el espejo de la pantalla al asalto de la mirada cándida del espectador (ya desde la experimentación fílmica en los años veinte) y empezó a inquietar -y quebrar- los modos de ver el cine, hasta empañar la transparencia y volver visible el artificio, la representación; en definitiva, empezamos a ver que el cine era una construcción, no ya para nuestra mirada, sino de nuestra propia mirada. (Lo venimos anticipando en la subtrama de las imágenes que hilvana estas líneas.)

La terra trema (1948) de Visconti

Los espejos en el cine ponen en escena el aquel de ver -de ver mirar-, que deviene un espectáculo para nuestra mirada. Por un lado, los espejos nos hacen más conscientes del acto de ver y, por otro, subrayan la naturaleza del artificio, de la imagen: el cine no es una ventana abierta al mundo ni un espejo que refleje de forma natural lo que se ha visto; lo que vemos es una representación, o sea, como escribía Godard en aquel cartel rotulado de Vent d'est, no es una imagen justa, sino justo  una imagen.


Cómo se le llame a este cine (barroco, manierista) es lo de menos, lo que importa es que reclama -como el cine moderno- otra forma de ver y depara otros placeres para el ojo goloso y fascinado del espectador. Como ese ojo -de Norman Bates (en Psicosis)- arrebatado en el aquel de mirar que Hitchcok ofrenda a nuestros ojos cautivos en el aquel de ver mirar.


Y hay (ya) tantos espejos en el cine que un cine sin espejos deviene casi inverosímil.

Nosferatu (1922) de Murnau
Los muelles de Nueva York (1928) de Sternberg
Ninotchka (1939) de Lubitsch
Las tres noche de Eva (1941) de Preston Sturges
Detour (1945) de Ulmer
The Dark Mirror (1946) de Siodmak
On Dangerous Ground (1951) de Nicholas Ray
Los sobornados (1952) de Fritz Lang
Los amantes (1958) de Louis Malle
À bout de souffle (1960) de Godard
El año pasado en Marienbad (1961) de Resnais
Naked Kiss (1964) de Fuller
Repulsión (1965) de Polanski
Effi Briest (1974) de Fassbinder
Taxi Driver (1975) de Scorsese
Opening Night (1977) de Cassavetes
Loulou (1980) de Pialat
Paris-Texas (1984) de Wenders
Tabú (2012) de Miguel Gomes

El cine ama los espejos.

(Pasión de los fuertes, 1946) de Ford

Y los espejos se ven en el cine como en casa propia.

Gun Crazy (1950) de Joseph H. Lewis

(No podía ser de otra forma: todo espejo es una cámara y un proyector en la medida en que capta y devuelve la imagen.)

El imperio de los sentidos (1976) de Oshima

Pantallas dentro de otra pantalla, encuadre dentro de otro encuadre, laberintos de la mirada. Múltiple y voluble. Lunar.

Chungking Express (1994) de Wong Kar-wai

Ejercicios de máscara y sudarios de desnudo desvalimiento.

El ángel azul (1930) de Sternberg
Casablanca (1942) de Michael Curtiz

Yo que sentí el horror de los espejos... escribió Borges.

Los ojos sin rostro (1960) de Franju

Cuántas películas con los espejos como motivo cardinal. Y filmes que ya nos resultan inconcebibles sin espejos.

Vértigo (1958) de Hitchcock

Y aun aquellos que parecen haber caído en un espejo y aguardar por una mirada que los invoque y entonces dejarse ver.

Un verano con Mónica (1953) de Bergman: 
Mónica se nos aparece en el espejo.

Filmes devorados por los espejos. El espejo como pozo de ausencias, un nido de fantasmas. Lo que han visto las espejos. Abismos de la memoria.

Final de Un verano con Mónica
La memoria de lo perdido en el espejo.

Espejos como puertas: otro mundo al otro lado del espejo.


Orfeo (1950), Cocteau a través de los espejos.


Espejos como heridas de la mirada.

El apartamento (1960) de Billy Wilder

Y de la identidad.

Bigger Than Life (1956) de Nicholas Ray

Hasta el agua cobra visos de espejo para el Narciso que lleva dentro el cine.

El ladrón de Bagdad (1940) de Michael Powell

Un cine que ama ver -y verse- mirar, como si el cine se contemplase en el espejo de la conciencia (del cine: de ser cine, ficción y documento de la ficción, un como si y el documento que acredita la producción del como si).

Cautivos del mal (1952) de Minnelli

Espejos como palacios de cristal de una memoria inconsciente.

Cloak and Dagger (1945) de Fritz Lang

Cuenta Giorgio Agamben que entre la percepción de una imagen y el reconocerse en ella existe un intervalo que los poetas medievales -fascinados por los espejos- llamaban amor. El amor que desprende nuestra mirada cuando reconocemos a aquel niño que aún somos en el espejo de la memoria de las películas de nuestra vida. No otra cosa que ese espejo se quiere esta escuela que hoy cumple cinco años.