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16/5/13

El pato de goma de Bábel



Tal día como hoy, en 1939, dos funcionarios de la NKVD (policía política de Stalin) se llevaron a Bábel de madrugada. Fueron a buscarlo al apartamento de Moscú. No estaba. Lo encontraron en la casita de Peredelkino, la aldea de los escritores. No le gustaba mucho ir por allí (rehuía a los colegas y aun ponerse a hablar de literatura con ellos); Nadiezhda Mandelstam lo recuerda (en Contra toda esperanza) viviendo siempre en sitios inesperados -a Bábel le encantaba sorprendernos-, pero nunca en las casas destinadas a los escritores. Quizá se había encerrado en Peredelkino a escribir; sin duda presagiaba que tenía los días contados y no podía perder un minuto. Cuando  lo detienen, sólo atina a decir: No me dejaron terminar. Le confiscaron nueve carpetas allí mismo y otras quince en el apartamento de Moscú. Por las mismas fechas se llevaron también, entre tantos, a Meyerhold (uno de los grandes innovadores del teatro del siglo XX) y a Koltsov (corresponsal de Pravda en la guerra civil española y autor de Diario de la guerra de España); los fusilaron unos días después después de Bábel.

(Cuesta contar estas cosas, dicho sea entre paréntesis. Y el caso de Bábel tiene un aquél de muerte merodeada que incomoda especialmente.) Antes de cabalgar con el regimiento de los cosacos como corresponsal de guerra en el frente de Galitzia y verter la experiencia en el Diario de 1920 y en Caballería roja, había trabajado en la Cheka (años después y con otras siglas quedaría integrada en la NKVD, el departamento de seguridad de la URSS). Se veía con Yezhov, el jefe de la NKVD, y era (o había sido) amante de su mujer, que celebraba reuniones con escritores y artistas; cuando Osip Mandelstam le reprochó esas amistades (o le comentó su perplejidad), Bábel confesó que quería estar cerca del olor de la muerte. Quería verlo todo. Y tomar buena nota en sus cuadernos. Recorrió la geografía soviética. Lo vio todo (colectivizaciones incluidas). No podía llamarse a engaño. Sabía cómo se las gastaban. Sabía lo que pasaba. Lo que estaba pasando. La gran purga de Stalin. Y lo que es más importante: sabía que él nunca iba escribir cómo -o lo que (que viene siendo lo mismo)- querían que escribiera. De hecho, cuando muere Gorki en 1936, que siempre lo había protegido, es consciente de que vienen tiempos duros. Sabe que en adelante cada día será un día de prórroga. Y aún así llega a comentar: No me importa que me arresten, si me dejan seguir escribiendo. ¿¡Pero dónde tenía la cabeza este Bábel?! En algún cuaderno de notas, claro.
De izda. a dcha. Koltsov, Bábel, Malraux y Gorki. 
En Peredelkino, 1936.

Nunca traicionó su mirada: Hay que penetrar en el alma del soldado, penetro en ella, todo esto es horrible, son fieras con principios, escribe en el Diario de 1920. Su (única) causa era la literatura y su única ideología el estilo: No hay hierro que se clave tan hondo en el corazón humano como un punto en el sitio justo, escribe en ese cuento titulado como su maestro, Guy de Maupassant. Y para ganarse la vida -y mantener a Eugenia, su primera mujer, en París (desde 1925) donde nacerá su hija Natalie, y a su madre y hermana en Bruselas (desde 1926)- escribe guiones. Sabemos de su colaboración en algunas películas -Evreyskoe schaste (1925) de Alexis Granowsky, Benya Krik (1926) de Vladimir Vilner (un guión en el que había trabajado con Eisenstein, que iba a dirigirlo hasta que se cruzo el Potemkin), Dzhimmi khiggins (1928) de Georgi Tasin, El circo (1936) de Grigori Aleksandrov y El prado de Bezhin (1937) de Eisenstein-; tras la purga, su nombre fue borrado de los créditos de las películas, así que su filmografía como guionista figura incompleta.

Cartel de El circo de Grigori Aleksandrov

Durante todos esos años, a pesar de viajar con frecuencia a París para estar con su familia, rechazó siempre la posibilidad de exiliarse, aunque su mujer, madre y hermana le insistían en que abandonara la URSS; es más, trata de convencer a Eugenia para que vuelva con la niña a Moscú. (Es que hay cosas que son verdad pero resultan inverosímiles.) Sólo entonces, cuando ella se niega, empieza a vivir con Antonina Pirozhkova. Resulta revelador a propósito de la voracidad visual -o de la curiosidad voraz, que decía Nadiezhda Mandelstam-, de Bábel, cómo se conocieron. Lo contó la propia Antonina en sus memorias. Fue presentarlos y quiso ver lo que llevaba en el bolso, y cuando se lo permitió, fue poniendo sobre la mesa, una a una, todas las cosas, las examinó minuciosamente y luego volvió a guardarlas... menos una carta, y le pidió si podía leerla... No sólo eso, le propuso un trato: por cada carta que recibiera y le dejara leer, le daría un rublo. Y como ella no puso inconveniente a que la leyera, le pagó  el primer rublo. Es de imaginar que después apuntaría todo en su cuaderno de notas. Así empezó su historia.


Cuenta también que a Bábel, a la hora de escribir, le gustaba usar hojas más largas y anchas de lo normal, y las cortaba él mismo. Iba y venía por la habitación con un cordel que enrollaba y desenrollaba en los dedos. Cada tanto se sentaba y escribía. Y volvía a recorrer el cuarto. Y salía y entraba en la habitación de Antonina, sin enterarse de su presencia. Y de vuelta en su habitación, se sentaba, escribía. Y se levantaba y enrollaba y desenrollaba el cordel. Escribía.  

Ficha policial de Bábel.
No sólo le quitaron los cuadernos de notas, también las gafas.
A quien todo lo quería ver.

Tras 72 horas de interrogatorios (o sea, de torturas), acusado de conspiración y terrorismo, firmó una confesión: en 1927 había sido reclutado por Iliá Ehrenburg para una red de espionaje y durante años filtró secretos de la aviación soviética a André Malraux (por lo visto, para la confesión de esta trama, se inspiró en su propio guión para la película Plaza Stáraia, 4 estrenada en 1939). A principios de 1940, Bábel escribe una carta al fiscal general de la URSS donde señala que todo eso era falso y que las acusaciones era fruto de mi conducta pusilánime durante la instrucción. El juicio se celebra en los aposentos de Beria -el sucesor de Yezhov (ya purgado entonces y ejecutado unos días después del escritor)-; la sesión dura veinte minutos. En la transcripción consta que Bábel declara: Soy inocente. Nunca fui espía. Me inculpé en falso. Me obligaron a realizar acusaciones infundadas contra mi persona y contra otros. Sólo pido una cosa: déjenme terminar mi trabajo. Lo fusilaron el el sótano de la Lubianka a la una y media de la madrugada del 27 de enero de 1940 y lo enterraron en una fosa común.

Cuenta Elif Batuman en Los poseídos que en el inventario de los bienes confiscados por la NKVD en el apartamento de Bábel en Moscú figuran: binoculares (2 pares), manuscritos (15 carpetas), borradores (43 unidades), esquema de la red de transporte motorizado (1 unidad), periódicos extranjeros (4), revistas extranjeras (9), cuadernos de notas (7 unidades), varias cartas (400), cartas extranjeras y tarjetas postales (87), telegramas diversos (35 unidades), pasta de dientes (1 unidad), crema de afeitar, tirantes (1 par), viejas sandalias, jabonera (1), pato para el baño. Escuece pensarlo, pero parece una página de un cuaderno de notas de Bábel.    


Los últimos meses de la vida de Bábel se acotan entre dos frases: No me dejaron terminar / Déjenme terminar mi trabajo. O lo que es lo mismo: Devuélvanme los cuadernos de notas. Los cuadernos de  notas, lo que más le dolía perder a Bábel. Desaparecidos. Como los manuscritos (los quince de Moscú y los nueve de Peredelkino). Y las cartas. No se mencionan en el inventario ni lápices ni bolígrafos o plumas, ni libros. Pero ese pato de goma... Ese patito en la lista de bienes confiscados a Bábel... Da escalofríos pensar que un detalle así -divino detalle- lleva la marca de un escritor (o de un cineasta o de un fotógrafo o de un pintor), la precisión de la mirada de un artista.

Decía el historiador Jacques Le Goff que la esencia de cada época se revela de forma sencilla y gráfica a través de un cierto número de hechos-documentos de fuerte evidencia simbólica y captación inmediata y fácil. Pues, entonces, he ahí el pato de goma de Bábel.

12/11/10

Lo que no está escrito


Mientras llovía a mares, Ángeles leía. Yo veía llover y ella, tras un suspiro, hace un alto en la lectura de El final del desfile de Ford Madox Ford que la tiene encantada, y para mostrarme qué bien escribe me pone en antecedentes de la situación con un par de pinceladas y me lee un párrafo de la página que acaba de leer.  La verdad, me dio envidia. No hay premio comparable a causar con tu escritura la necesidad de compartirlo. Claro, era uno de esos párrafos que retratan a un escritor, un escritor que apresa en unas líneas el movimiento del alma de un personaje en un instante fugitivo. Luego, Ángeles siguió con su novela y yo viendo llover. Y me acordé de Roberto Bolaño.


O mejor, me acordé de una columna que leí en un libro suyo que disfruté mucho, Entre paréntesis, con un centenar de textos diversos y  su última entrevista publicada. Aquella pieza se titulaba El invierno de las lectoras, ésta:

EL INVIERNO DE LAS LECTORAS

Durante el invierno pareciera que sólo ellas tienen el valor suficiente para asomarse a las calles heladas. Las veo en los bares de Blanes o en la estación o sentadas a lo largo del Paseo Marítimo, solas o con sus hijos o con alguna amiga silenciosa, y en sus manos siempre descubro un libro. ¿Qué leen estas mujeres?, se preguntaba Enrique Vila-Matas hace unos años. Lo que pueden. No siempre buena literatura (¿pero qué es la buena literatura?), a veces revistas, a veces los peores best-sellers. Cuando las veo caminar, abrigadas, los rostros enrojecidos por el viento frío, pienso en las rusas que hicieron la revolución y que soportaron el estalinismo, que fue peor que el invierno, y el fascismo, que fue peor que el infierno, y siempre estuvieron acompañadas por un libro, cuando lo lógico hubiera sido suicidarse. De hecho, muchas de esas lectoras del invierno acabaron suicidándose. Pero no todas. Hace unos días leí que Nadeshda Jakovlevna Jhazina, lectora excepcional, autora de dos libros de memorias, uno de ellos llamado Contra toda esperanza, y mujer del poeta asesinado Osip Mandelstam, participó, según su más reciente biografía, en relaciones triangulares en compañía de su marido y que la noticia había causado estupor y decepción en las filas de sus admiradores, que la tenían por una santa. A mí, por el contrario, me hizo feliz saberlo. Supe que en medio del invierno Nadeshda y Osip no se congelaron y me confirmó que al menos intentaron  leer todos los libros. Las santas lectoras del invierno son mujeres de carne y hueso y no les falta audacia. Algunas, es cierto, se suicidaron. Otras remontaron la infamia y volvieron a abrir sus libros, los libros misteriosos que leen las mujeres cuando hace frío y pareciera que el invierno no se va a acabar nunca.

Quizá recordé esta pieza porque nosotros pasamos unos días en Blanes en pleno invierno de 1978, recién casados, cuando me destinaron a una escuela en Balsareny, y Ángeles leía a Raymond Chandler en los mismos lugares que evoca Bolaño, como una de esas lectoras de invierno. Y me acordé también de El buen soldado, la primera novela que leímos de Ford Madox Ford y que comienza con una primera línea peligrosísima -Ésta es la historia más triste que jamás he oído-, porque lo arriesga todo desde el principio y además lo hace confiando en el trabajo del lector, por así decir, en una lectura de los márgenes, de lo que el escritor se calla, de lo que las páginas velan. Ford Madox Ford, que se definió muchas veces como un tipo loco por la literatura, tenía un aire que me recordaba al viejo coronel Blimp de la película de Michael Powell y Emeric Pressburger. Y me acordé de una foto que recorté más de una vez y que pegué en mis libros de imágenes, ésta:


 O esta otra de la misma sesión:


Ahí tenéis sentados -en esta segunda foto- a Ezra Pound, Ford Madox Ford y James Joyce. De pie, John Quinn, un abogado americano, coleccionista de arte -Brancusi, Matisse, Roualt, Picasso- y de manuscritos literarios -Conrad, Yeats, Pound, Joyce (entre otros el del Ulises)-, dispuesto a poner la pasta para publicar una de las revistas míticas de los años veinte del siglo pasado, la Transatlantic. Es la reunión fundacional en el estudio de Pound en París, allá por 1923.


En la revista, aparecerán por primera vez fragmentos de Finnegan's Wake de Joyce que adoptó como su subtítulo para su obra Work in Progress, el título de la sección de Transatlántic donde Ford Madox Ford, como editor, publicó aquellas partes de la obra inacabada. Publicará también obras de William Carlos Williams, E. E. Cummings -el de aquel verso, nadie, ni siquiera la lluvia, tiene las manos tan pequeñas-, Thomas Hardy o Jean Rhys.


Con Jean Rhys, la de El ancho mar de los sargazos -que tantas resonancias tiene para Esther de su infancia en el Oriente, de Cuba, como nos desgranó hace dos veranos mientras regresábamos de Aios en compañía del maestro (recordar es el cuento de nunca acabar)-, con Jean Rhys, digo, tuvo una aventura Ford Madox Ford cuando la tomó bajo su protección en París. La apoyó, aconsejó y afianzó su vocación de escritora, y ella reconoció la generosidad de Ford con los autores jóvenes y la utilidad de sus consejos. Como él mismo había cuajado la suya colaborando con Joseph Conrad entre 1898 y 1908, cuando el marino en tierra escribió El corazón de las tinieblas o Lord Jim. Ford fue una especie de secretario y amanuense al que Conrad dictó algunos de los textos de El espejo del mar -uno de mis libros favoritos de tema marítimo- y buena parte de Nostromo

   
Tanto Joseph Conrad como Henry James representaban para Ford Madox Ford una referencia fundamental para el llamado movimiento modernista de renovación de la novela -ruptura modernista, le dicen-, que impulsó y en el que militó, y del que Transatlantic hacía de altavoz;


que se apartaba de la novela como forma de entretenimiento para entregarse en cuerpo y alma a la novela como forma de arte, una novela que buscaba no sólo hacerse de una forma nueva -una nueva arquitectura y nuevos efectos- sino nuevos lectores. Ford creía que el novelista debe escribir como si registrase las impresiones de una persona que está presente en la escena, debe recordar que una persona en una escena no lo percibe todo. Una novela que necesitaba, por decirlo pronto, un lector que leyera lo que no está escrito.   

Ángeles sigue leyendo. Pasa la página 565. El final del desfile tiene mil. Es una novela larga como los inviernos de mi infancia. A la medida de una lectora como ella, uno ya no está para esos trotes. Una tetralogía que Ford Madox Ford publicó entre 1924 y 1928. Entonces ella levanta la vista del libro y me dice que siempre le pasa lo mismo, no hay forma de definir a un gran escritor, sólo puede vivirse. O sea leerse. Entre líneas. Quizá ahí resida el misterio de la verdadera escritura, que representa una experiencia. De escuchar silencios. De ver tras una cortina de lluvia o entre la bruma. De leer esos párrafos que no aparecen en la página. Como lentos fundidos a negro en una película. Cae la noche. Y Ángeles enciende la luz.

(La fotografía que encabeza esta entrada es una obra de Ansel Adams, en 1949)