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29/8/12

El libro del desasosiego (de Robert Frank)



Cuando Robert Frank se echó a la carretera en junio de 1955 era un fotógrafo. Durante un año hizo veintisiete o veintiocho mil fotografías. De este a oeste, de norte a sur, de sur a norte y de oeste a este de EEUU.


Un viaje peligroso a través de un país emponzoñado por la caza de brujas, donde un extraño sacando fotos resultaba sospechoso. Lo detuvieron más de una vez y el 7 de noviembre de 1955, en McGehee (Arkansas), lo enchironaron por espía comunista, de nada sirvió que les explicara que le habían concedido una beca Guggenheim para hacer fotos, para documentar una civilización que había nacido allí pero que se había extendido por el mundo; quién era el tal Guggenheim, querían saber los policías.



Incluso unos chicos, que lo vieron haciendo fotos delante del instituto de Port Gibson en Mississippi, lo trataron como a un rojo apestoso y le preguntaron para qué hacía fotos; sólo para ver, dijo Frank; debe ser un comunista, dedujeron los jovencitos, así que le recomendaron que fuera al otro lado de la ciudad, con los negros.



De aquella montaña de negativos, hizo mil copias de trabajo que clavó en las paredes de su loft neoyorquino para estudiarlas.



Y en el curso del tiempo fue cribando la muestra. Hasta quedarse con cien.



Pero al final decantó las ochenta y tres imágenes esenciales que componen The Americans, ese libro crucial que tuvo que publicarse primero en París en mayo de 1958 para que un año después se editara en el país que retrataba.



Walker Evans, su mentor, fue de los primeros en apreciar la poesía desapacible que desprendían. Para entonces, Robert Frank ya era un cineasta; hasta dejó de hacer fotos durante una década. De alguna forma, The Americans fue su primera película. Una obra que cambió la forma de mirar las fotografías (desde luego cambió la mía).



No vemos a los americanos, vemos a Frank viéndolos; no vemos América, vemos la mirada de Frank destilando aquel país, reaccionando ante lo que ve; vemos su mirada, o mejor, vemos a Frank en su aquel de mirar.






El extranjero de Camus fue uno de sus libros de cabecera en aquellos años; también Faulkner, y pensó en él para que le escribiera una introduccción a The Americans.


Pero reconozcámoslo, quién mejor que Kerouac para hablar de quien había fotografiado su camino.


Para revelar la poética de la tristeza que Robert Frank había vertido con su Leica en aquellas imágenes que tanto disgustaban a tantos de sus contemporáneos.



Quizá porque eran fotos para poetas, o para los fotógrafos por venir. Después de ver estas imágenes -escribió Kerouac en el prólogo de la edición americana- terminas por no saber si una "jukebox" es más triste que un ataúd.




Si en una fotografía todo es siempre pasado, si hacer fotos es fabricar memoria de miradas, su patria no puede ser otra que la melancolía



Uno descubría entonces (debió ser a mediados de los ochenta cuando les puse los ojos encima) que también se podían hacer fotografías así, que así -borrosas, desencuadradas, sucias- también podían ser imágenes muy bellas. Eran, son muy bellas.






Esas fotografías se nos aparecen como cortes de una sucesión, como mojones de una road movie. 16.000 km por las carreteras de EEUU en un Ford de segunda mano, sí, pero sobre todo un viaje interior.


La fotografía es un viaje solitario. Una road movie por los adentros. De Robert Frank.


Ya no abdicó de su condición de cineasta, aunque volvió a hacer fotos. (Os dejo aquí una película de Robert Frank para Summer Cannibals de Patti Smith rodada en 1996.)

Robert Frank y Jack Kerouac en 1958  
durante el rodaje de Pull My Daisy
un retrato de la beat generation

Había descubierto que no hay un momento decisivo; que cada instante, transfigurado por una mirada, puede serlo:



Estoy siempre mirando hacia fuera intentado mirar hacia adentro.


Alguien definió The Americans -con certero e irónico sentido- como el diario de Robert Frank.


También puede verse como su libro del desasosiego. Íntimo y profético.

16/8/12

On the road


Muy pronto nos vimos de nuevo en la carretera. Aquella noche vi pasar ante mis ojos todo el estado de Nebraska. A ciento setenta y cinco por hora, rectas interminables, pueblos dormidos, ningún tránsito y el expreso de la Unión Pacífico quedando tras nosotros a la luz de la luna...

Carretera de Nebraska, 1940. 
(Fotografía de Arthur Rothstein.)

Hojeando En el camino de Kerouac (cada vez que veo el título me preguntó por qué no lo tradujeron como "En la carretera") di con estas líneas y, ahora que ya no hacemos largos viajes en coche, bastaron para traerme a la memoria noches on the road con mil kilómetros por delante. De tantos viajes de hace veinte o treinta años lo que permanece intacto es el sentimiento de estar en la carretera. Como atravesar un mundo que fuera creado sólo para nosotros. Por una noche hospitalaria en una carretera perdida. Cruzando un mar de sombras. De tantos viajes la memoria guarda la carretera como un estado de ánimo. Como una fuga sin fin.

Carretera de Nevada, 1960. 
(Fotografía de Ansel Adams.)

Carretera al oeste de Nuevo Méjico, 1938. 
(Fotografía de Dorothea Lange.)

Carrretera 285 en Nuevo Méjico, 1955.
(Fotografía de Robert Frank.)

Carretera Panamericana en Argentina, 1956. 
(Fotografía de F. C. Gunlach.)

Fotografía de Bill Brandt

Carretera de Wyoming, 1958. (Fotografía de Elliott Erwitt.)

Fotografía de Maurice Tabard

Fotografía de Bernard Plossu

Nunca nos echábamos a la carretera sin el acopio de cintas: la banda sonora on the road. Nunca faltaban las canciones de Bruce Springsteen. La cinta de Nebraska, pongamos por caso.


Se cumplen treinta años del disco. Una road-movie con algunas de las mejores canciones de Bruce Springsteen, como Open All Nigth, una oda a la carretera.

12/1/11

La mirada ardiente

Colecciono imágenes de cines. Con el tiempo, se ha convertido en un inventario de desapariciones. Fotografías de viejos cines abandonados. Iconos de un duelo. Yacimientos de sueños. Vestigios de miradas. Ruinas de los templos de las luces y las sombras. Las escuelas de los domingos habitadas por los fantasmas de las películas que vieron nuestra infancia.


Kona Theater, en Captain Cook, Hawai

Cine abandonado en Italia

Lynn Theater en González, Texas

Sunset Drive-in, Amarillo, Texas 
(fotografía de Stephen Shore)

En el último viaje a Madrid encontré American West Movie Theaters, un libro con fotografías de cines en pueblos perdidos de Arizona, Nevada, Nuevo Méjico o California.


Cines que fotografió Bernard Plossu en sus viajes por el oeste americano desde 1966: Las salas de cine se convirtieron para mí en una especie de búsqueda antropológica: ¡El decorado real de la nostalgia de una época moderna donde el cine era el rey!



El libro tiene un defecto imperdonable de edición: las fotografías no tienen pie y no sabemos dónde se hicieron ni en qué año. Aun así resultan conmovedoras: guardan la memoria de un tiempo perdido, de un cine -como arte popular- perdido para siempre.

Arriba, Drive-in en Detroit, 1955 
(fotografía de Robert Frank). 
Abajo, Drive-in en West Virginia, 1956 
(fotografía de O. Winston Link)

Drive-in abandonado en Coober Pedy, Arizona, 1988 
(fotografía de Wim Wenders)

La fotografía de un cine abandonado es la huella de un lugar que cobijó tantos sueños que sólo puede verse como una imagen sagrada. Giorgio Agamben escribió que el hombre es el animal que va al cine. Da que pensar al contemplar las imágenes de tantos cines abandonados.





A estos cines ya sólo le da cobijo, a salvo del tiempo y su devastación, nuestra memoria y algunos poemas:


Tú y yo entramos
al cine
del pueblo, lleno de niños
y aroma de manzanas.
Son las antiguas cintas,
los
sueños ya gastados.
La pantalla ya tiene
color de piedra o lluvias.


escribe Pablo Neruda en su Oda a un cine de pueblo.

maravillas del cine galerías
de luz parpadeante entre silbidos
niños con su mamá que iban abajo
entre panteras un indio se esfuerza
por alcanzar los frutos más dorados
ivonne de carlo baila en scherezade
no sé si danza musulmana o tango
amor de mis quince años marilyn
ríos de la memoria tan amargos
luego la cena desabrida y fría
y los ojos ardiendo como faros


escribe Antonio Martínez Sarrión en El cine de los sábados.

Ana en el cine de El espíritu de la colmena

Y también algunas películas -El espíritu de la colmena, Cinema Paradiso- que, como los poemas, representan el último refugio para una experiencia primordial: la mirada ardiente. Como The Last Picture Show -aquí La última película ("La última función", en realidad)- de Peter Bogdanovich que se estrenó hace cuarenta años. Una película para la melancolía.  

Jeff Bridges y Timothy Bottoms ven Río Rojo de Hawks, 
la última película que se proyecta en el cine del pueblo, 
el Royal Theatre.