27/3/12
Tonino y Antonio
Como se han confabulado el trabajo y la mudanza para no dejarme una hora libre, os tengo abandonados. Un buen amigo me dijo uno de estos días que es una pena cuando tengo que trabajar porque la escuela ralea. Más pena le da a uno, más que nada por lo de trabajar. Ya lo decía Pavese, trabajar cansa; y digo yo, ya de cansar bien podía exaltarnos con un aquel más sostenido. Así que, después de dormir por primera vez en una casa que esperamos sea, como reza aquel título de Vila-Matas, para siempre -dure lo que dure ese siempre-, he reconquistado una hora apenas para despedirme de dos maestros que he traído más de una vez por la escuela, como quien prende una candela para encontrar en las sombras una casa para el alma. Una de estas madrugadas, con la radio encendida -pero para no oírla- mientras escribía, me entero de la muerte -el pasado miércoles- de Tonino Guerra. Se ve que filtraba inconscientemente cuanto oía. Como estaba muy cansado, más que tristeza, me invade una sensación de fatalidad. Hace poco más de dos meses se nos fue Angelopoulos, que escribió algunas de sus más bellas películas -Paisaje en la niebla, La mirada de Ulises, La eternidad y un día- con Tonino; y hace poco más de uno Erland Josephson, que encarnó a Domenico en Nostalgia, la película que Tonino escribió con Tarkovski. Y no olvido -cómo olvidar- las películas de Antonioni con Monica Vitti, Amarcord o Ginger y Fred de Fellini, o La noche de san Lorenzo de los Taviani. Algunas de las mejores páginas del cine europeo de los últimos cincuenta años se las debemos a Tonino Guerra. Me tienta pensar que algunas replicas memorables de esas películas fueron obra suya y, tratándose de un gran poeta, cómo no buscar -y aun encontrar- ecos de sus poemas en las palabras y las imágenes. Para mí -confesó Tonino Guerra- no existe una gran diferencia entre escribir poesía y escribir guiones, ambas conducen a los mismo: la creación de imágenes. Un guionista debe tener mil imágenes en su cabeza para conquistar a hombres como Fellini o Antonioni. Pero no sabemos -más allá de los créditos de los guiones- qué escribió de esas películas maravillosas, porque nadie sabe cómo se decanta, transfigura y materializa la escritura fílmica entre el guión y el montaje. Y aunque Tonino nos lo hubiera contado, tampoco lo sabríamos, porque no hay palabras que puedan dar cuenta del misterio de las imágenes sobre una pantalla. Sólo sabemos que hemos escuchado a Monica Vitti -en El desierto rojo-: Me duele el cabello, los ojos, la garganta, la boca... Dime si estoy temblando. O a aquel viejo loco de Amarcord, encaramado a un árbol y gritando: Voglio una donna. Pero nunca podemos decir de quién son las palabras de las películas. Sólo podemos verlas. Por eso, nos seguiremos viendo en el cine y en cada uno de tus poemas; en tus mil imágenes, Tonino.
Y ayer, en la madrugada, otra vez por la radio, me entero de la muerte en Lisboa de Antonio Tabucchi, y pensé que, ya de morir, qué mejor lugar que la ciudad que tanto amaba, y quiero creer que en compañía de sus queridos fantasmas, como en Los últimos días de Fernando Pessoa, que he vuelto a leer esta noche, aprovechando que los libros han empezado a salir de las cajas.
Como he vuelto a leer el poema de la rosa de Tonino Guerra:
Hará unos veinte días puse una rosa en un vaso
encima de la mesita que hay junto a la ventana.
Cuando vi que los pétalos se habían marchitado
y que estaban a punto de caer
me senté frente al vaso
a ver morir la rosa.
Estuve un día y una noche esperando.
El primer pétalo cayó a las nueve de la mañana
y lo hizo en mis manos.
Nunca he estado junto a un lecho de muerte,
ni siquiera cuando murió mi madre.
Yo estaba de pie, lejos, al final de la calle.
Para decir adiós. A Tonino y Antonio.
29/2/12
Adjö, Erland
A primera hora de hoy me enteré de la muerte el sábado pasado de Erland Josephson. No era una estrella y se ve que no urgía el obituario. Al fin y al cabo sólo era UN GRAN ACTOR que encarnó personajes memorables con Tarkovski en Nostalgia y Sacrificio o con Angelopoulos en La mirada de Ulises. Y uno de los actores bergmanianos -quizá el bergmaniano por excelencia- en El rostro, Pasión, Gritos y susurros, Fanny y Alexander...
El amigo y el espejo de los demonios de Bergman en Secretos de un matrimonio, Después del ensayo y Saraband -su última película juntos-, y su trasunto en Infiel, dirigido por Liv Ullmann con guión del cineasta.
Pero quizá ni Bergman ni Erland Josephson hacen ya mucha falta. Por eso me alegro de haber estado al lado de nuestro hijo cuando leí la noticia esta mañana: él también necesita las películas de Bergman y compartimos la admiración por Erland Josephson.
Dan ganas de entrar en este fotograma sin hacer ruido y decirle adiós con un silencio abrigado por tantos libros. Adjö, Erland.
8/3/11
Cara a cara... dos maestros
Mi primer descubrimiento de Tarkovski fue como un milagro. De repente me hallaba junto a la puerta de acceso a un recinto en el que yo siempre había querido entrar, pero cuya llave jamás me había sido dada, y en la que Tarkovski se movía libre y confiadamente. Me sentí animado, estimulado: alguien había expresado aquello que yo siempre quise decir, sin saber cómo. Tarkovski es para mí el más importante. Ha creado un lenguaje nuevo, que se corresponde con la esencia del cine, porque presenta la vida como reflexión, la vida como un sueño. Son palabras de Ingmar Bergman.
La admiración era mutua. Podemos ver Sacrificio (1986), la última película de Tarkovski, como una conversación con Bergman: la rodó en la isla de Gotland al igual que Como en un espejo (1960); con Sven Nykvist, el director de fotografía de todas las películas del maestro sueco desde, precisamente, Como un espejo; con Owe Svensson, un sonidista habitual de Bergman desde Gritos y susurros (1971); con Anna Asp, al directora artística de Fanny y Alexander (1982) y antes atrezzista y decoradora en Cara a cara (1975) o Sonata de otoño (1977); con la figurinista Inger Pehrsson, que se ocupó del vestuario de Sonata de otoño, Tras el ensayo (1983) o Saraband (2003); y con Erland Josephson -Secretos de un matrimonio (1973), Fanny y Alexander, Tras el ensayo o Saraband-, el actor bergmaniano por excelencia con Max von Sydow y Gunnar Björnstrand.
Un día de noviembre de 1985, Tarkovski y Michal Leszczlylowsky, que colaboró con el maestro ruso en el montaje de Sacrificio, se encontraban en el vestíbulo del Svenka Filmistitutet de Estocolmo, la institución que participó decisivamente en la producción de la película. Veían los carteles de viejas películas que colgaban de las paredes. De pronto, Bergman salió de uno de los cines. Tarkovski y Bergman nunca se habían encontrado aunque ambos deseaban ese encuentro. Parecía como si el destino los pusiera cara a cara en una cita azarosa e inesperada pero, al tiempo, inevitable. Los maestros se vieron durante unos instantes. Los separaban quince metros. Entonces, Michal Leszczlylowsky se quedó helado: Tarkovski y Bergman se dieron la vuelta y se fueron cada uno por su lado evitando encontrarse.
Quizá ya se lo habían dicho todo. Cuando el cine no es documento, es sueño.Por eso Tarkovski es el más grande de todos. Se mueve con una naturalidad absoluta en el espacio de los sueños; él no explica, y además ¿qué iba a explicar? Es un visionario que ha conseguido poner en escena sus visiones en el más pesado, pero también en el más solícito, de todos los medios. Yo me he pasado la vida golpeando a la puerta de ese espacio donde él se mueve como pez en el agua. Sólo alguna vez he logrado penetrar furtivamente. La mayoría de mis esfuerzos más conscientes han terminado en penosos fracasos... escribió Ingmar Bergman en Linterna mágica, su libro de memorias.
Ahora, en el vestibulo del Svenka Filmistitutet de Estocolmo, cuelga también el cartel de Sacrificio.
Al lado del cartel de Los comulgantes de Bergman.
Dos filmes que conversan en silencio. Como sus autores.
27/1/09
Esos rostros de Bergman.
(He decidido referirme al filme con el título de su edición en dvd, Tras el ensayo, aunque en los textos autobiográficos y memorialísticos del cineasta se haya traducido como Después del ensayo, un título que prefiero.)

En principio, Tras el ensayo era una película para la televisión. En su libro Imágenes, Bergman nos descubre las raíces del proyecto:
El escenario en silencio se convierte en un hervidero de fantasmas: los objetos remiten a otras obras de teatro –el sofá de Hedda Gabler, por ejemplo-, el espacio se puebla de recuerdos –el propio Henrik Vogler con doce años-, Anna Egerman trae con ella recuerdos poblados de resentimiento contra su madre muerta, Rakel, amante de Henrik, que también regresa de la muerte gracias a la alquimia de la memoria para salvar de la ruina su relación con el director, y los tres traen con ellos las máscaras con las que se subieron a un escenario durante años y son incapaces de arrancarse.
Entre la vida y la representación hay corrientes subterráneas que la gente del teatro transita hasta derribar y olvidar las fronteras que separan realidad e interpretación. El teatro se nos muestra como arte del fingimiento, como artesanía de la manipulación, como puesta en escena de una ficción tejida con los mimbres de la carne y la verdad, en definitiva, como un juego de niños. En un momento de la película, Henrik Vogler –trasunto del propio cineasta, interpretado por Erland Josephson, alter ego de Bergman- le confiesa a Anna: “La puerilidad es consustancial a nuestra profesión. ¿Cómo si no sería posible? Me asombra que la gente nos tome en serio. Construyen edificios preciosos para nosotros donde podemos jugar. Alimentar nuestra puerilidad es un buen filtro contra la conciencia”.
El ensayo de “El sueño” de Strindberg, contexto del drama que se ofrece a nuestros ojos, aparece mediatizado por la distancia que establece el monólogo interior de Henrik Vogler, que irrumpe y se superpone a la acción, a modo de confesión, de “perspectiva aérea” de alguien que se está despidiendo o que nos habla desde el futuro, en resumidas cuentas, una voz fantasmal que contempla desde el patio de butacas el “baile de fantasmas” sobre el escenario, con hastío, ya aburrido, quizá compasivo.

El núcleo central de la película se articula mediante un triángulo: Henrik, Anna y Rakel (madre de Anna y amante de Henrik). Un triángulo que concentra un nudo emocional, no sólo por la relación amorosa del pasado (Henrik-Rakel) o por la posible –o latente- (Henrik-Anna), sino también –o sobre todo- la relación profesional en carne viva cuyo vértice es Henrik y que consta de un polo en el pasado, Rakel, la actriz que está al final de su carrera, y un polo en el presente-futuro, Anna, la actriz que empieza. Un triángulo donde se ponen en juego miedo, inseguridad, rencor, desconfianza, traición, rabia, venganza, impotencia y culpa. Una representación que se mueve desde la sinceridad despiadada hasta el fingimiento apenas enmascarado, pasando por los diversos grados de manipulación emocional –simulacro, mentira, desnudez, crueldad, desesperación…-. Bergman nos cuenta una historia de amor… al teatro, y pasión por el cine.
Tras el ensayo se articula en tres movimientos. El primer acto empieza cuando Anna llega al teatro con un pretexto que cobrará en el transcurso del film la apariencia de las sucesivas capas de una cebolla (el olvido de una pulsera, consultar dudas sobre una escena, coartadas de seducción…) que acabarán desgarrando en el último acto la ¿última? de las máscaras. En un momento, Henrik reprocha a Anna: “Cuando hablamos a solas eres peor actriz que cuando trabajamos”. Poco después, Anna se queja: “¿Quién es el culpable de que finja emociones?”. Y con esa queja que envuelve en resentimiento escuchamos unos pasos e irrumpe Rakel, la madre muerta de Anna.
El segundo acto de la película, bajo la apariencia de un flashback, nos permitirá asistir a un monólogo de Henrik Vogler que constituye una verdadera declaración de principios de Bergman acerca de la dirección: “Odio la confusión, la agresión y los arrebatos de emoción. Administro, distribuyo y organizo. No participo en el drama, lo materializo. Odio todas las cosas espontáneas, rápidas e imprecisas. No tengo espacio para mi propia confusión, excepto como llave para conocer los secretos del texto, o como impulso para la creatividad del actor. Mis ensayos tienen lugar en el quirófano, donde la autodisciplina, la limpieza, la luz y el silencio prevalecen. (…) Mi trabajo es garantizar que tu trabajo no resulte absurdo”. Resulta conmovedor leer lo que cuenta Bergman a propósito del momento en que Ingrid Thulin (Rakel), una de las actrices realmente grandes de nuestro tiempo, en palabras del cineasta, no puede contener las lágrimas cuando le pregunta a Erland Josephson (Henrik): “¿Crees que mi instrumento está estropeado para siempre?”. Por más que insistiera Bergman –“¡Nada de sentimentalismos!”-, la actriz, la enorme actriz, no podía contener las lágrimas: “…esta vez no logra establecer distancia alguna con su papel”[2]. Y así el cineasta, a su pesar, e Ingrid Thulin, irremediablemente, nos regalan unos de esos momentos de incandescente verdad que arden y señalan el camino de las epifanías en el cine moderno.
Ingrid Thulin en El silencio
El fantasma desaparece como vino y la película entra en el tercer acto, mediante un bucle visual de gran virtuosismo que, mediante una panorámica, nos lleva desde el primer plano de Henrik hasta sus manos, que se enlazan con las de Anna, ascendemos hasta el primer plano de la actriz, nos movemos hasta el primer plano del director para volver a Anna que introduce el tema de la puerilidad que comentamos más arriba y, mediante un corte exacto, encuadrarlos juntos en plano medio, en el sofá de Hedda Gabler. Asistiremos entonces a la revelación del ¿verdadero? motivo de la llegada de Anna y a una de las grandes escenas de la cinematografía bergmaniana con ese paseo abrazados por el escenario del director y la joven actriz –inmensa Lena Olin- hasta ese duelo de primeros planos entre Henrik y Anna donde contemplamos una historia de amor virtual, la materia misma del ensayo al que nos remite el título del film, construida –inventada, diríamos- a base de rostros y palabras… hasta el final:
Henrik: Así es como sería.
Anna: ¿Tan mal ha sido?
Henrik: No, la verdad es que no.
Ingmar Bergman con Erland Josephson y Lena Olin
en el rodaje de Tras el ensayo
Claro que no, hemos asistido al arte de la representación teatral mostrada a través del arte cinematográfico: plano, contraplano, montaje, fricción entre fragmentos, emoción que nace en las costuras. Hemos asistido a un sueño. “El sueño” de Strindberg, quizás. Un sueño fílmico de Bergman, sin duda. Uno y otro simulacros de esa vida que no se puede o no se quiere vivir. De ahí el teatro, la necesidad del juego teatral como ensoñadora profanación, mutilación o prolongación de una vida que sólo se puede o se quiere vivir mintiéndola[3].
Tras el ensayo pertenece a ese “cine de cámara” –a imagen y semejanza del “teatro de cámara” (el kammerspiel)- del maestro sueco, véanse Como en un espejo, Los comulgantes… Saraband. Un teatro condenado, en palabras de Joan de Sagarra, a desembocar en el cine o, mejor aún, en la televisión, medio perfecto para la irrupción de esos rostros, ojos, voces, manos que protagonizan el gran poema carnal que es, en definitiva, la obra de Bergman[4]. Tras el ensayo podría leerse como su testamento.














