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17/7/16

Cita en la Ciudad de la Luna


Louis Skorecki arranca su memorable texto, Raoul Walsh y yo, con esta declaración (de principios):
Somos muchos los que pensamos que Colorado Territory es el más bello western de Walsh, tal vez incluso su más bello filme sin más.

Cada vez que vuelvo a ver Colorado Territory -aquí, Juntos hasta la muerte- más me convence. Claro que el propio Skorecki -como arrepentido por olvidar otros filmes maravillosos- prosigue la retahíla de los más bellos walshes con High Sierra -aquí El último refugio (del que Colorado Territory viene siendo un remake)-, Silver River, Objetivo Birmania, White Heat... Uno añadiría Murieron con las botas puestas, The Tall Men, Pursued, o The Man I Love (quizá el más bello papel de Ida Lupino con Walsh). Y unos cuantos párrafos después leemos:
High Sierra es una obra maestra (...), con todo veremos cómo siete u ocho años más tarde Colorado Territory aun será más bella.

Y tanto. Por apuntar sólo un rasgo -aunque no menor- que contribuye a esa belleza superior del remake, basta fijarse en el personaje femenino principal: Marie Garson (Ida Lupino), en High Sierra, y Colorado Carson (Virginia Mayo), en Colorado Territory. Nadie puede dudar que la gran Ida Lupino (también fue una buena directora) es mucho mejor actriz que Virginia Mayo, pero Colorado es un personaje mucho más jugoso -más entero, más fuerte, más valiente, más activo y más expuesto (y desnudo)- que Marie, y por decirlo pronto, una mujer mucho más walshiana.


Como si Walsh aprovechara el remake para profundizar en el potencial que anidaba en el material de partida, la novela de W. R. Burnett, del mismo título que el filme original. De todas formas le soy fiel al encanto con que El último refugio (con guión del propio Burnett y John Huston) me cautivó la primera vez, hecho que no empaña el que prefiera Juntos hasta la muerte (con guión de John Twist y Edmond H. North).


Le sienta bien al material de Burnett la forma del western; High Sierra era ya -como apunta el título- cine negro con montañas, un noir rural. Colorado Territory comparte la atmósfera sombría  que desprende la encrucijada del noir y el western, o mejor, del western contaminado por el noir; una fértil infección en el cine americano tras la 2ª guerra mundial: Pursued (1947), del propio Walsh; Ramrod (1947), de André de Toth, Sangre en la luna (1948), de Robert Wise, Cielo amarillo (1948), de William A. Wellman... Westerns preñados de noche y sombras.


Colorado Territory (1949) es de esos filmes que cuenta cómo -al fin- el protagonista cae de la burra y se enamora de la mujer que realmente lo ama (más allá del bien y del mal) y que daría la vida por él, claro que casi no les queda tiempo para recrearse en el amor.


Qué poco dura la felicidad de Wes McQueen/Joel McCrea y Colorado Carson, apenas un suspiro, el que va de la iglesia de Todos los Santos hasta los caballos, justo antes de que adviertan el peligro que les acecha tras el primer beso y penúltimo abrazo, cuando empezaban a soñar. Wes comprende lo que significan aquellas señales en las montañas:
Somos un par de imbéciles soñando en una ciudad muerta con algo que nunca ocurrirá. 

No hay sueño más fugaz. Pero el reconocimiento de vivir ese amor resulta tan fulminante que deviene eterno, pues se consuma con la muerte de los amantes en una última comunión, al pie de la Ciudad de la Luna, donde la ciclópea geología se transfigura en un panteón digno del arrebato romántico que corona la historia de amor.


Matheus Cartaxo señala muy bien -en un texto publicado en la esplendida web portuguesa de cine À pala de Walsh (o sea, "El parche de Walsh)"- que el arco de Colorado Territory se tensa en ese hiato en que al protagonista se le revela -en una verdadera epifanía- el amor verdadero.


Wes McQueen sabía que más pronto que tarde moriría -a tiros, desde luego-, pero ya no podía creer -hasta hace nada- que aún era posible morir cogido de la mano de una mujer que lo ama, como lo ama Colorado. Una nueva realidad que -tan trágica (Colorado, queriendo ayudarlo a huir, acaba por condenarlo y condenarse, eso sí, juntos)- se le presenta inesperadamente como un destino inevitable. (¿Aludirá a esa comunión última de los amantes aquel Golpe de misericordia, el título de la película en Portugal?)


El magnífico final de Colorado Territory se ha comparado con el de Duelo al sol, de King Vidor (o quizá sería mejor decir de Selznick), una película estrenada un par de años antes. Comulgo palabra por palabra con la apreciación de Patrice Rollet (en un artículo que puede leerse en el libro dedicado al director de Colorado Territory por la Cinemateca Portuguesa: En un espejo, oscuramente) cuando considera que Walsh...
...da muestras de un mayor y más amargo lirismo al tiempo que contenido, en la sequedad irremediablemente abrupta de su depuración, y aun más cósmico en la forma inolvidable de anunciar el fin de los amantes a través de una simple veladura nocturna de los cielos sobre las ruinas de la Ciudad de la Luna o de repercutirlo a través del eco, ralentizado hasta el infinito, del último grito de Colorado disparando los revólveres.

En su autobiografía, Walsh despacha Colorado Territory en página y media.
Era un western de grandes cabalgadas...

Pero no pierde la ocasión de encomiar el trabajo de dos de sus colaboradores más fieles, el director de fotografía Sid Hickox (el mejor y más rápido de los operadores, a quien debemos el bellísimo blanco y negro que captura el esplendor mineral del paisaje, refugio último de los amantes) y su ayudante de dirección Russ Saunders (era un mago preparando un plan de rodaje, haciendo posible que avanzáramos de cinco a diez páginas de guión por día), que Hawks reclutará para ¡Hatari!


Colorado Territory (sobra decir que también El último refugio) bien podría añadirse a la lista de las películas que me enseñaron hasta que punto pueden equivocarse los personajes (los y las protagonistas) con el amor de su vida, la primera lección primordial que aprendí muy pronto en el cine -la escuela de los domingos- con Ivanhoe, de Richard Thorpe, El hombre que mató a Liberty Valance, de FordScaramouche, de George Sidney, y más tarde con Some Came Runing -aquí Como un torrente-, de Minnelli, o The Strawberry Blonde, del mismo Walsh; una lección que destila también el Cuento de verano, de Rohmer.


Me gustó mucho cuando al final de Tres recuerdos de mi juventud (2015), la última película de Desplechin, el protagonista ya adulto, Paul Dedalus (Mathieu Amalric), le reprocha a su amigo (al que no ha visto en años y con quien aún está resentido) que sea tan hipócrita: no ha entendido nada de todos los westerns vistos en la infancia, si no sería imposible que se comportara de forma tan ruin. Qué triste quien nada aprende (o quien olvida todo lo aprendido) en la escuela de los domingos.


Como olvidar una cita en la Ciudad de la Luna.

1/7/13

La maldición de los hombres pantera



Ya hablé de esa película que sólo existe en Cautivos del mal de Minnelli. Una película imaginaria que rinde tributo a la imaginación de Val Lewton. Una película imaginaria donde aflora el cine de Val Lewton, en las sombras creadas por la imaginación de Minnelli (y el guionista Charles Schnee) y esculpidas por la iluminación de Robert Surtees, como si hubiera dispuesto las luces el propio Nicholas Musuraca, que iluminó para Val Lewton, pongamos por caso, La mujer pantera de Jacques Tourneur y La maldición de la mujer pantera de Robert Wise, filmes aludidos en la película imaginaria que cobija Cautivos del mal. Una película imaginaria destilada por una poética de las sombras. Un oficio de tinieblas. Un tratado de la oscuridad. Cine de la noche.


Un manual de puesta en escena, la película imaginaria, y Cautivos del mal entera. Una noción difícil de precisar, la puesta en escena. Si hablamos de cine, o sea, no sólo de películas sino de películas con cine dentro, es decir, de películas que producen otras películas en nuestros adentros, entonces -en rigor- nada hay en un filme que no sea puesta en escena. Todos los elementos fílmicos –tipo de plano, angulación, movimiento -interno (de los personajes) y externo (de la cámara)-, iluminación, decorado, vestuario, atrezo, diálogo, sonidos...- que se conjugan en lo que vemos y escuchamos en la pantalla en el curso de una secuencia devienen ingredientes de la puesta en escena. Y, sobra decirlo, la puesta en escena es inseparable de la articulación de cada plano con el que le sigue, o sea, del montaje de los cachitos de película, escena por escena, desde la primera a la última. Y, no lo olvidemos, ese cachito, ese plano, supone decidir qué se ve, pero tan importante -o más- qué no se ve pero se siente, o se presiente.

Fotograma de La mujer pantera 

La puesta en escena representa el control y la combinación de todos los elementos que intervienen en lo que vemos -y escuchamos- en la pantalla. Y no sólo en una escena concreta sino las relaciones que podemos -o podamos- establecer entre esa escena y otras anteriores o posteriores. Dicho de otra forma, si en un guión, todo es preparación -contamos algo en la página diez, digamos, para conseguir un efecto (sorpresa, miedo, compasión, dolor, angustia...) en la página veinte o treinta-, en una película, todo es puesta en escena: se disponen los elementos de la imagen y el sonido con vistas a conseguir un efecto. La puesta en escena -preparada desde el guión (apenas apuntada, sólo esbozada, quizá delineada o ya definida, según los casos)- tiene la función de que todo lo que vemos en la pantalla resulte significativo, que nos afecte, y en determinados momentos nos emocione. La puesta en escena es la principal función del director de una película: es su trabajo.

Y más importante aun. A través de la puesta en escena, el director procura que el espectador vea no sólo lo que se le muestra en la pantalla, sino aquello que resulta invisible. Así, podríamos definir la puesta en escena como la herramienta que permite revelar lo invisible a través de lo visible, lo que está en campo a través del fuera de campo, la ausencia a través de la presencia. (En La mujer pantera de Tourneur, vemos a la mujer y vemos a la pantera, pero la mujer pantera sólo existe en nuestra imaginación: es puramente imaginaria, es una creación de la puesta en escena.)

Fotograma de La mujer pantera 

La puesta en escena deviene una red de relaciones espaciales sostenida en el curso del tiempo de la película. Una red que, en realidad, sólo existe en la imaginación del espectador. Ese es el trabajo del director: crear esa película invisible que sólo se proyecta en nuestro cine interior. El trabajo de Minnelli en Cautivos del mal con vistas a conseguir, por ejemplo, que La maldición de los hombres pantera cobre vida en nuestra imaginación: la única pantalla que de verdad cuenta si de verdad la película cuenta con el cine (si lleva cine dentro).

Minnelli, a la izda., y John Houseman, a la dcha., 
durante una proyección de Cautivos del mal.

John Houseman, entonces productor en la MGM, concibió el proyecto de Cautivos del mal a partir de Tribute to a Bad Man, un relato de George Bradshaw sobre un canalla encantador en el mundo del teatro, tal como lo describe Minnelli en sus memorias. Houseman tuvo la idea de cambiar el ambiente del teatro por el mundo de Hollywood y convenció a Dore Schary, a la sazón jefe del estudio. Y con el guión de Charles Schnee -que conservaba el título del relato original- tentó a Minnelli. El guión se centraba en un productor  que despierta amor y odio a partes iguales, tan manipulador y despiadado como genial y fascinante; y se estructuraba en torno a tres flashbacks sucesivos, de un director, una actriz y un guionista, que en su tiempo colaboraron con él y triunfaron en sus carreras, y ahora recuerdan la excitante y dolorosa experiencia que les deparó. Minnelli evoca en sus memorias lo que sintió a medida que pasaba las páginas:  

Todo lo que amaba y odiaba en relación con Hollywood se destilaba en el guión... la ambición, el oportunismo, el poder... la filosofía del "consígame un hijo de perra con talento". Pero también hablaba de apuestas desiguales y victorias contra viento y marea, y del respeto que las personas de esta industria sienten hacia los talentos ajenos.

En el rodaje de Cautivos del mal
Lana Turner, John Houseman, Kirk Douglas 
escuchan a Minnelli. 

Minnelli vio en el guión de Schnee un desafío. Era irresistible. Y no tardó ni 48 horas en llamar a Houseman para decirle que le encantaría dirigir Tribute to a Bad Man. Lo había cautivado. Y con ese título se empezó a rodar la película: "Tributo a un malvado". Hasta que en algún momento, recuerda Minnelli, a algún directivo del estudio se le ocurrió que no era el título adecuado figurando en el reparto -y encabezando los créditos- Lana Turner. Y lo cambiaron por The Bad and the Beautiful, o sea, "El malo y la bella". La verdad, me quedo con el título español.


Cautivos del mal (1952) cuenta el ascenso y caída, las luces y sombras, el genio y el reverso tenebroso de un productor de cine, Jonathan Shields -en la piel de Kirk Douglas-, un personaje inspirado en algunos de los productores -Val Lewton, David O. Selznick- del Hollywood clásico. En el primero de los flashback, Jonathan y su amigo el director Fred Amiel -encarnado por Barry Sullivan- están empezando en el negocio del cine, cuando reciben el encargo envenenado de una película de terror -de serie B, claro-, La maldición de los hombres pantera. El atrezo no puede ser más lamentable, unos penosos disfraces de "hombres pantera" que de ninguna manera dan el pego. Así que de ya se les puede ocurrir alguna forma de resolver el entuerto. Y dándole vueltas a la cabeza van a parar a una sala de proyección del estudio en el que trabajan.

La escena transcurre, según la edición en dvd, entre el 18' 45" y el 20' 01""; dura, más o menos, minuto y cuarto, y Minnelli la rueda en un solo plano, sin cortes, lo que suele denominarse un plano-secuencia: la cámara se mueve ora acompañando a los personajes, ora re-encuadrándolos en el curso de la acción; por así decir, coreografiando nuestra mirada (el trabajo del director: más que dirigir actores, dirigirnos a nosotros). Un plano-secuencia regido por una definida idea de puesta en escena: que los espectadores imaginemos la película imaginaria, que la película imaginaria llegue a proyectarse realmente en nuestro cine interior.

En la sala de proyección, entonces. Jonathan y Fred cavilan en torno al embolado de La maldición de los hombres pantera. Tras unos segundos en silencio y un intercambio de ideas frustrado, en el 19' 10" parece que la luz empieza a hacerse en Jonathan; se levanta de la butaca y se va al otro lado de la sala.

Jonathan.- Mira, cinco hombres vestidos de pantera en la pantalla, ¿a qué se parecen?

Fred.- A cinco hombres vestidos de pantera.


Jonathan.- Cuando el público paga para ver una película como ésta, 
                ¿qué pide a cambio?

Fred.- Estar muerto de miedo todo el rato.


Jonathan.- ¿Y a qué crees que le tiene más miedo la gente?


Fred.- ¡A la oscuridad!


Jonathan.- Claro. ¿Y por qué? Porque la oscuridad tiene vida propia.
                En la oscuridad todo cobra vida, Fred.

Fred.- Supongamos que nunca se ve a los hombres pantera, 
          ¿es eso lo que estás pensando?

Jonathan.- Exacto.

Fred.- ¡Fuera los hombres pantera!


Jonathan.- Muy bien. ¿Y qué vamos a poner en la pantalla que haga estremecerse 
               a los espectadores?


Fred.- ¡Dos ojos que brillen en la oscuridad!


Jonathan.- ¡Un perro asustado que gruñe y enseña los colmillos!


Fred.- ¡Un pájaro con el cuello roto! ¡Unas plumas arrancadas por el suelo!


Jonathan.- ¡Una niña que grita! ¡Huellas de garras en sus mejillas!

En el curso de la escena Minnelli echa mano de las mismas herramientas que Jonathan y Fred  emplearán a la hora de producir La maldición de los hombres pantera, un proceso que ya no vemos, ni falta que hace. Esa película ya la hemos visto en el aquel de hacerse, nuestra imaginación veía en el cine interior la película imaginada por Jonathan y Fred, animando la pantalla con las sombras. Una película de serie B, sí, pero cine de primera.

 A la izda., el productor Val Lewton 
en la proyección de una de sus películas 
en la RKO.

El cine como arte de la elipsis: en la pantalla, no los hombres pantera, sino sus efectos. El cine como arte de la puesta en escena: en la pantalla, no un productor y un director imaginando una película, sino la película imaginaria; ellos mismos, espectros de La maldición de los hombres pantera (pasaje espectral, la escena misma). Como si emanaran de las sombras de una película de Val Lewton.

19/1/13

Viaje al Oeste de William Blake



Si ves otra vez Dead Man, la miras mucho mejor. (El cine de Jarmusch mejora cuanto más lo ves.) Cada vez que la veo más me gusta y mejor película me parece, y mira que es difícil gustándome ya tanto. Creo que la habré visto cinco o seis veces y, a medida que se ve de nuevo, va perdiendo, por así decir, su condición de película para devenir poema, como si se despojara de las apariencias de lo real para cobrar una desnudez surreal, más filme de un trasmundo que de este mundo, o quizá mejor, filme de tránsito, de frontera entre este mundo y el trasmundo, de ascesis, de liberación espiritual.


Un viaje, entonces: otra road movie de Jarmusch, o como el mismo la definió, un acid western.


Dead Man data de 1995 y puede verse también  como una bella rememoración -y celebración- del cine mismo en su centenario. Es la obra de un poeta, tal como lo entendían los antiguos, en el sentido de hacedor, de narrador de historias, como nos recuerda Borges en una hermosa conferencia: Historias en las que podían encontrar todas las voces de la humanidad: no sólo lo lírico, lo meditativo, la melancolía, sino también las voces del coraje y la esperanza. Por eso no creo que estuviera muy atinado Paul Auster a la hora de reivindicar al poeta Jarmusch como un cineasta que, a diferencia de la mayoría de los directores estadounidenses, tiene poco interés en el relato en sí mismo.


(En cambio, resulta atinadísima su apreciación de la poesía oral de Jarmusch en esos diálogos que parecen improvisados, donde conviven el humor y el delirio, lo cómico y lo descabellado, la ironía y la espontaneidad, lo hilarante y lo absurdo; unos diálogos que denotan una gran sensibilidad a los matices de la oralidad, obra de un verdadero escritor.)  Un escritor de cine, cabe añadir.

Jim Jarmusch en el rodaje de Dead Man

O sea, que no viene muy a cuento esa oposición poeta/narrador: Jarmusch cuenta de otra forma, o lo que viene siendo lo mismo, cuenta otras historias. Y como es un poeta narra lo que sólo un poeta puede contar, pero salta a la vista en sus películas su aquel de narrador.


Teniendo presente esa idea podemos destilar Dead Man como el cuento de un alma perdida que deambula por una frontera incierta hasta encontrar el camino de vuelta al origen. Dead Man como odisea de un espíritu. El espíritu de un contable de Cleveland llamado William Blake que llega al Oeste donde le aguarda el Infierno, atraviesa el Purgatorio en compañía del indio Nadie -su guía espiritual-, despojándose de su máscara de contable para recobrar su ser-de-poeta William Blake antes de emprender la última singladura en una barca más allá del Oeste, al Oeste del Oeste.


También una comedia divina con un Virgilio/Nadie guiando al poeta Dante/William Blake. (El poeta, pintor, grabador e impresor inglés trabajaba en las ilustraciones de la Divina Comedia cuando murió el 12 de agosto de 1827.)



En fin, Dead Man, la historia de un fantasma -un hombre muerto- que se transfigura en cuento, leyenda, poema; que vuelve a la casa del ser: el viaje al Oeste del espíritu de William Blake. Qué próximo, por otro lado, resulta el cuento a la mitología de los viajes funerarios y las barcas de piedra de estos finisterres amigos de los ocasos, por no hablar de la barca solar de los egipcios!


Toda la extrañeza que habíamos experimentado cuando supimos que Jarmusch se aventuraba en el territorio del western "histórico" (nada tendría de extraño un western "en presente", al modo Carretera asfaltada en dos direcciones, pongamos por caso) se evaporó al ver Dead Man: no sólo era un filme absolutamente Jasmusch, es que era (es) lo más Jarmusch que uno había visto; nunca una película suya había respirado tanto por los fundidos a negro que las hilvanan; donde el paisaje cobra visos de personaje, hasta trasfigurarse de western abstracto en peto de ánimas, y el viaje en camino espiritual.


Un  camino que vuelve a transitar (de otra forma, otro cuento) en Ghost Dog: el camino del samurái (1999), con la que Dead Man compone un díptico sobre la ascesis. Me gustó mucho -pero no me extrañó nada- saber por un texto de Jonathan Rosenbaum que el título (de trabajo) de Dead Man era originalmente "Ghost Dog" (un texto incluido en el precioso librito que la Cinemateca Portuguesa dedicó al cineasta).


Jarmusch va anotando cosas durante años y luego se sienta un mes a escribir el guión. El interés por la cultura indígena le viene de la infancia: fue su abuela quien le despertó e inculcó el amor por la cultura de los nativos americanos. Se documentó a conciencia sobre los indios y justo la noche anterior a la jornada en la que había decidido empezar a escribir el guión buscó algo para leer que no tuviera nada que ver con el tema, para despejar la cabeza, y cogió un libro de William Blake, un poeta que había sido muy importante para él cuando tenía veinte años pero llevaba tiempo sin leerlo: Algunos de los Proverbios del infierno le sonaban como si fuesen pensamientos de los indios:

Nunca el águila malgastó tanto su tiempo como cuando se propuso aprender del cuervo. 

Conduce tu carro y tu arado sobre los huesos de los muertos.


Y aquella noche que Jarmusch leía -para descansar de los indios- a William Blake (Borges lo describió como el menos contemporáneo de los hombres y como uno de los hombres más extraños de la literatura), el poeta se le coló en el guión de Dead Man. Y los proverbios mencionados acabaron como frases de diálogo en boca de Nadie. Tampoco estaba entre sus planes rodar un western, digamos que la forma del western se le impuso como un patrón narrativo, pregnante y abierto a la vez, que le permitía enhebrar diferentes estratos de significación, lo genérico y lo metafórico, lo narrativo y lo poético, el viaje y la ascesis; y pespuntar temas diversos -las culturas nativas, la historia de América, el expolio colonial (y el ecocidio), William Blake, la violencia, el racismo, la muerte- de índole religiosa, filosófica o etnográfica sin que las costuras reventaran y el tejido se resintiese.


Al fin y al cabo, el western, comentó Jarmusch alguna vez, es un género que cobija películas tan distintas como Centauros del desierto de John Ford o The Shotting de  Monte Hellman, Johnny Guitar de Nicholas Ray o Sangre en la luna de Robert Wise. No quería hacer un western; más bien el western lo quiso a él, que casi es la mejor forma de hacer un western.


En manos de Jarmusch el western no sólo se revela un género abierto a temas, atmósferas y tratamientos diversos, sino la forma más maleable que cabe imaginar: Dead Man, un western escrito y filmado como si Beckett mirara por encima del hombro de Jarmusch, amojonado con la socarronería del cineasta, que no ahorra el detalle gore ni el rasgo macabro, y una desopilante corte de secundarios.


Mientras escribía el guión escuchaba temas de Neil Young y los Crazy Horse, con la imagen de William Blake en la piel de Johnny Depp, al que había conocido durante el rodaje de Noche en la tierra (1991), su anterior película, cuando el actor visitó a su (entonces) novia Winona Ryder en el rodaje, y se hicieron amigos; y la imagen del indio Nadie en la de Gary Farmer, el actor canadiense que había visto en Powwow Highway (1988) de Jonathan Wacks. Jarmusch siempre escribe para quienes van a encarnar a sus personajes, así que viajó hasta el lugar perdido de las montañas entre Montreal y Toronto donde vivía Gary Farmer, vástago de una de las seis tribus que forman la nación iroquesa, y pasó unos días con él; mientras paseaban por las colinas, el cineasta le contaba la película a la manera de un narrador oral (como aquel hacedor del que hablaba Borges).


Farmer quedó encantado; en realidad, Jarmusch ya le había contagiado -inoculado- el ser del guía espiritual de William Blake, y cuando leyó el guión no le costó nada encontrar a Nadie en su corazón, ya estaba allí -donde lo había sembrado el director-, y a través del personaje volvió a conectar con algo íntimo y primordial.


Dead Man es de esas películas cardinales donde cuajan búsquedas, anhelos, sueños, resonancias, armónicos, en fin, los mil dolores pequeños de las entretelas del ser, pues como apuntó Jamusch, la muerte es lo único seguro de la vida y al mismo tiempo es su mayor misterio.


Quizá por eso  deviene una de esas películas que propician los pequeños milagros, como poder contar con una de las últimas apariciones de Robert Mitchum, un verdadero regalo para el cineasta; la primera película que le impresionó de niño fue Thunder Road (1958) de Arthur Ripley: la vio cuando tenía siete años en un drive in, una película donde Mitchum no sólo interpreta el papel principal -y canta-, sino que también la produce y es autor de la historia original a partir de un suceso real que presenció y le contó James Agee.


Los memorables arañazos de la guitarra de Neil Young improvisando la música ante la pantalla -después de ver un par de veces la película (rodada también al compás de las canciones que habían cobijado la escritura del guión y montada por Jay Rabinowitz pensando en ellas, como anidándolas)-, dialogando con las imágenes de Dead Man, despiertan otro paisaje en la bellísima fotografía en blanco y negro de Robby Müller -que transfigura por sí misma el paisaje en un personaje (como esos bosques sobrecogedores, animados por los espíritus de los ancestros, donde hasta un asesino desalmado se siente inerme)-, y diríamos que creando también un más hondo silencio, de una cualidad hipnótica, en el viaje interior de William Blake y Nadie, exiliados -extrañados- de sus respectivas culturas, dos tipos condenados a la soledad y la errancia, y así, Jarmusch destila el tema primordial del cine de Ford, un cineasta que -según dice- no le gusta.


Resulta muy hermosa y muy triste la historia de Nadie, que siendo niño fue secuestrado y educado por el hombre blanco, experimentó una epifanía con los poemas de William Blake, que le inspiró la huida, pero cuando consiguió volver a su tribu no le creyeron, estaban convencidos de que se había inventado su cautiverio y sus viajes, y le pusieron Xebeche, "el que habla alto sin decir nada".


Una ilíada que acabó con la más dolorosa de las odiseas posibles. Y desposeído del reconocimiento de los suyos, quebradas las relaciones de pertenencia, se convirtió en Nadie: el solitario, el errante. Una historia que ahora le cuenta a William Blake, pespuntada por fundidos blancos que sirven de umbrales a breves flashbacks, como relámpagos de la memoria, mientras atraviesan el admirable bosque de abedules.


Sobra decir que los proverbios del infierno citados más arriba no son las únicas citas de William Blake que amojonan Dead Man. Incluso algunos personajes llevan nombres donde resuena la obra y aun la vida del poeta, como El libro de Thel -uno de sus primeros poemas proféticos o visionarios- en el personaje de Thel, interpretado por Mili Avital, cuya muerte cambiará el destino del protagonista.


Casi podríamos decir que el poeta inglés -Jarmusch mediante- le pone las palabras en la boca a Nadie, en su aquel de devolver al contable de Cleveland encarnado por Johnny Depp a su verdadero ser, para que a través del viático de la poesía su cuerpo merezca ser habitado -hablado- por el espíritu de William Blake.



Dead Man -como verdadero viaje, como verdadera road movie, como verdadera odisea- deviene camino de aprendizaje. Y la poesía, pedagogía. El camino de tránsito de un hombre que ya no es de este mundo. (Un asunto mayor que cobrará nuevos vuelos en Ghost Dog: el camino del samurái.)


Cuando el contable le dice a Nadie que se llama William Blake, el indio no tiene dudas: Entonces estás muerto. El contable empieza no sabiendo quién es el William Blake del que le habla con admiración, pero acaba aceptando su condición de poeta, y cuando uno de los cazarrecompensas que lo busca para matarlo le pregunta si es William Blake, responde: Sí, soy William Blake. ¿Conoces mi poesía? Y cuando remata a su presunto asesino moribundo recita los últimos versos de Augurios de inocencia que le había escuchado palabrear con devoción a Nadie:

Every Night and every Morn
Some to Misery are Born.
Every Morn and every Night
Some are Born to sweet delight.
Some are Born to sweet delight,
Some are Born to Endless Night.  

(Cada noche y cada mañana /algunos nacen para la desgracia. / Cada mañana y cada noche / algunos nacen para la dulce delicia. / Algunos nacen para la dulce delicia, / algunos nacen para la noche sin fin. Claro que perdemos esa música que aflora entre Morn y Born, y en esos dos últimos versos:  Some are Born to sweet delight, / Some are Born to Endless Night.) 


Desde el punto de vista económico, Dead Man representó el mayor fracaso comercial de Jarmusch; desde el punto de vista fílmico, quizá su mayor logro, una de las joyas del cine de los noventa. Basta ponerle los ojos encima a ese maravilloso prólogo de ocho minutos, con su hechicera cadencia de fundidos a negro, para cruzar el umbral de un verdadero poema visual del viaje al Oeste de William Blake. Al Oeste del Oeste.


Por supuesto, Dead Man figura, faltaría más, entre las cuentas enhebradas en ese rosario de poemas de cine como Sayat NovaEsplendor en la hierba, Pasión de los fuertes, El fantasma y la señora Muir, El viento nos llevaráThey Were ExpendableEl espíritu de la colmena, Reyes y reinaEl hombre tranquilo o Innisfree.


Por eso, cuando se acercaba el pasado día 15 en que se cumplían los cuatro años de esta escuela y después de más de setecientas entradas, venía cavilando si no había llegado el momento de despedirse y ponerle punto final, y pensé que Dead Man sería clausura perfecta para esta bitácora.


Al final decidí seguir ¿un año más?, aunque la escuela, por razones (laborales) de fuerza mayor, empiece a ralear y ese de los domingos, sin dejar de ser metafórico, acabará siendo también literal. Sea como sea, a todos los que encontráis aquí un pupitre, un rincón, una pizarra, una ventana, conversación o acaso un umbral gracias por la compañía.