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4/10/20

Memoria de un martillo

 

Mi primer juguete: un martillo de zapatero. 

No éste, pero uno así. Más pequeño de lo que parece: unos 20 cm.

El martillo de mi bisabuelo materno. No lo llegué a conocer. Murió casi veinte años antes de que yo naciera.

Mi primera herencia suya. El martillo. Mi primera memoria de su existencia.

A mis nueve o diez años ya era un lector con todas las letras. Mi madre me decía: Te gusta leer tanto como al abuelo. Como a su abuelo zapatero. Mi bisabuelo. 

Fue la segunda cosa que supe de él. Que le gustaba leer.

Pero ni rastro de los libros del bisabuelo zapatero.

Los quemamos, dijo mi madre. Con un montón de cosas viejas.

Cómo iba a entenderlo. ¿Qué tenían que ver los libros con las cosas viejas?

Ahí por los dieciséis años compré mi primer libro "político": El apoyo mutuo, de Kropotkin, editado por Zero/Zyx, de roja memoria para los de mi generación.


Un día encontré a mi madre hojeando algunos libros "políticos" en mi habitación. Entonces me contó la hoguera con los libros del bisabuelo zapatero.

Fue en 1936. Durante los últimos días de julio o los primeros de agosto, el mes de las claudias y los paseos al amanecer

Había que quemar todo cuanto tuviera pinta de rojo

Los libros del zapatero de Areas.

Aquel día entendí las razones de la hoguera. 

Quemar los libros para salvarse de la quema.

Y entendí que el bisabuelo era un rojo

Y con toda probabilidad anarquista. La CNT era la organización con mayor implantación en Tui durante la República. 

Y casi seguro: los libros del bisabuelo zapatero (diez o doce, como mucho) debían ser sobre todo literatura libertaria. 

Desde entonces imaginé que entre aquellos libros ardió un ejemplar sobado de El apoyo mutuo de Kropotkin. 

En una nota al pie de Lujo comunal. El imaginario político de la Comuna de París, un libro espléndido de Kristin Ross, editado por Akal, leo: 

Los trabajadores que sufrieron el mayor número de deportaciones tras la derrota fueron por supuesto, como siempre, los zapateros. Jacques Rougerie, Paris libre 1871.

Y añade: 

Observando la alta proporción de zapateros entre los muertos, deportados y exiliados de la Comuna, Frank Jellinek señala: Fue, curiosamente, una revolución de zapateros.

Leyendo estos días el libro de Kristin Ross y viendo La Commune (París, 1871), de Peter Watkins, verdadero memorial de aquella experiencia revolucionaria y uno de los filmes cardinales de este siglo, reverberaba la memoria de un martillo con la urgencia del ahora.

O, por decirlo con palabras de Walter Benjamin, como quien se apodera de un recuerdo que relampaguea en un instante de peligro.


17/3/19

El poeta de los descampados



[La revolución] es también volver a colocar en su sitio
cosas muy antiguas pero olvidadas.
(Charles Péguy, citado por Huillet y Straub.)

Únicamente la revolución puede salvar a la tradición.
(Pasolini, carta a un lector publicada el 18/10/1962 
en Vie Nuove; p. 191 de Las bellas banderas.)

¡Soy Comunista
por Instinto de Conservación!
(Pasolini, Una desesperada vitalidad, 1963)



Los primeros años en este finisterre, vivimos al lado de un descampado que confinaba en el mar. Por primavera se vestía el encarnado de las amapolas y el amarillo de las santimonias (aquí le dicen pampullos), como un monet asilvestrado que daba gloria verlo (como un monet primitivo si eso fuera posible), por no hablar de la constelación de luciérnagas (vagalumes) que brillaba en las noches de verano, con las calvas de tierra figurando nebulosas.

Unos años después lo urbanizaron, o sea, lo enlosaron, le plantaron un parque infantil ridículo (como si un descampado no fuera el mejor paisaje que pueda concebirse para la imaginación de un niño), unos bancos donde jamás vimos sentarse a nadie, unas farolas para espantar la noche y unos metrosideros, imagino que de sombra repelente porque nadie la buscaba ni en los días más candentes del verano, y años después acaban por levantar el enlosado.

Ángeles, como protesta y denunciando el despropósito por anticipado, escribió una carta al director que dejó en la oficina barbanzana del periódico con páginas locales que se lee por aquí; mejor ni lo mencionamos, tampoco se la publicaron, debieron considerarla impertinente, una blasfemia, un pecado mortal contra el culto al progreso.

Y llegaron las excavadoras.


Entonces (no la única vez, claro) nos sentimos huérfanos de Pasolini: Yo soy una fuerza del Pasado / Sólo en la tradición está mi amor. Por pérdidas así cómo no vamos a echar de menos a quien escribió ese bellísimo poema recogido en Las cenizas de Gramsci (que leí por primera vez en 1983 por estas fechas): El llanto de la excavadora por los barrios populares de los arrabales romanos (de Accattone), derribados para construir urbanizaciones (adonde va a vivir Mamma Roma con su hijo). Un poema destilado en el salto de tigre hacia el pasado, que decía Walter Benjamin en la tesis XIV de Sobre el concepto de historia.

Fotograma de Mamma Roma.

Os lo tengo dicho: Pasolini amaba los descampados, ese paraíso pobre de los niños de la periferia, donde Roma no era Roma, y los jóvenes subproletarios aún llevaban pegada a la piel la tierra y el habla de las aldeas de sus padres, paraíso perdido.

Pasolini juega al futbol en un descampado.

Descampados de los Chavales del arroyo (la novela escrita en 1955), tierra de nadie de quienes nada tenían, donde Pasolini rastreaba con pasión las huellas de lo sagrado, una pasión que devenía reserva inagotable de inocencia y una procura de lo sagrado como resistencia ante el fetichismo de la mercancía y contra la religión del consumo.

Fotograma de Accattone.

(Tan cercano en el salto de tigre, el cine de Danièle Huillet y Jean-Marie Straub; cuánta afinidad con la mirada del maestro en la porfía por lo sagrado, pongamos por caso adivinando la genealogía campesina en los andares de aquella chica que caminaba delante de nosotros, en Tui, una mañana de verano.)

Fotograma de Mamma Roma.

En sus Cartas luteranas, hablaba de la nueva forma del poder, el poder del consumismo, la última de las ruinas, la ruina de las ruinas. A Pasolini le dolía esa pérdida y se rebela con una desesperada vitalidad contra esa sociedad de consumo que él odiaba (en un sentido físico, hasta la náusea) y veía como una verdadera mutación antropológica. Hablando con Jean Duflot (Conversaciones con Pier Paolo Pasolini) le dice: Cada vez me siento más escandalizado por la ausencia de sentido de lo sagrado en mis contemporáneos.

Fotograma de Teorema.
Emilia/Laura Betti, la sirvienta, elige
un descampado como tumba.

En los descampados, que cultivaba con devoción de campesino y filmó como nadie (en Accattone, Mamma Roma, La ricottaUccellacci e uccellini, Teorema, Appunti per un'Orestiade africana...), en aquellos arrabales de barrios tristes, beduinos, pervivía esa Italia pobre y premoderna (africana) que el cineasta amaba y que los italianos no querían ni ver ni oír.

Fotograma de Mamma Roma.

Que lo asesinaran en aquel descampado de Ostia (que visita Nanni Moretti con su vespa en Caro diario) cuesta no verlo como un bucle tan trágico como cruel.

Fotogramas de Accattone.

Un no reconciliado, Pasolini. Con un aquel profético, esa fuerza del Pasado.

Fotograma de Uccellacci e uccellini.

El poeta de los descampados.

Pasolini con su Olivetti Lettera 22.
Octubre de 1975.
(Fotografía de Dino Pedriali.) 



Marx dijo que las revoluciones son la locomotora
de la historia mundial. Pero tal vez las cosas se presenten
de muy distinta manera. Puede ser que las revoluciones
sean el acto por el cual la humanidad que viaja en ese tren
tira del freno de emergencia.
(Walter Benjamin, notas preparatorias
a las tesis Sobre el concepto de historia.)


20/11/16

El mar, esa escuela...


Rara vez Ángeles me sugiere que escriba sobre una película, pero lo hizo con Down to the Sea in Ships (1949), de Henry Hathaway; aquí la titularon -a saber por qué- El demonio del mar, aunque no estaría mal traído por el lado griego, o sea, por el daimon: el destino, la fatalidad, la voz o llamada interior, en una palabra, vocación. Seguramente el título -en inglés- proviene de unos versos del salmo 107: Los que a la mar se hicieron en sus naves, llevando su negocio por las muchas aguas, / vieron las obras de Yahveh, sus maravillas en el piélago...


Zanuck había empezado a preparar Down to the Sea in Ships en 1939 (nada que ver con la película de 1922 con el mismo título) a partir de una historia de Sy Bartlett, y mandó al director de 2ª unidad Otto Brower a filmar la caza de las ballenas, pero el rodaje se retrasó por problemas con el guión de Bartlett y la reescritura de John Lee Mahin (ambos figuran acreditados como guionistas de la película), y sobre todo por la entrada de EEUU en la 2ª guerra mundial, con las restricciones que afectaron a la producción cinematográfica. Otto Brewer no llegó a ver cómo lucía en Down to the Sea in Ships (y luce la mar de bien) el material que rodó sobre la caza de las ballenas porque murió tres años antes del estreno.


Sólo después de la guerra, el director artístico Lyle Wheeler pudo encargarse de la construcción de la réplica a tamaño natural del ballenero Pride of Bedford, y hasta compraron auténtica grasa de ballena en Vancouver para conferirle mayor autenticidad a algunas secuencias.


Ángeles quería que le reservara un domingo; es una película especial y los domingos son tan escasos... Especial, Down to the Sea in Ships, por varios motivos. Desde luego es de esas películas de padres e hijos que tanto nos gustan, pero sobre todo es una de las más bellas aventuras en el mar que hayamos visto (o leído), transfigurada en una memorable aventura pedagógica. Una de las grandes -y menos conocidas- películas de Hathaway, iluminada por Joe MacDonald, un director de fotografía que también se ocupó de las luces de The Dark Corner, Call Northside 777, o Niágara.


Sobra decir que el aprendizaje (viaje interior, autoconocimiento, revelación) subyace -diríamos que de forma casi inevitable- en cualquier historia (el guión más o menos oculto en cualquier película), pero en Hathaway se aprecia una cierta querencia por el tema y su cine teje con frecuencia motivos como la filiación, el legado o la educación, y de forma más o menos evidente aflora un elogio de la transmisión, el hilo pedagógico que pespunta buena parte de sus películas, de Tres lanceros bengalíes (1935), una de las primeras películas de las que me habló mi padre, a Valor de ley (1969), la primera película de Hathaway que vi -de riguroso estreno- en el cine (en el cine Yut, de Tui), pasando por El camino del pino solitario (1936), otro de sus grandes filmes.


En  Down to the Sea in Ships ese hilo pedagógico deviene un asunto cardinal. Jed Joy (Dean Stockwell) es un chaval de doce años que, desde la muerte de sus padres, creció -y se educó- en el mar con su abuelo, Bering Joy (Lionel Barrymore), capitán del barco ballenero -el Pride of New Bedford- donde nació (en el mar de Bering, de ahí su nombre), entonces al mando de su padre. Bering Joy es un hombre que todo lo aprendió en el mar y educa a su nieto para que un día continúe la saga familiar de orgullosos balleneros de New Bedford.


Como ya tiene una edad que aconseja la jubilación (por más que no lo admita), los armadores -presionados por la compañía aseguradora- le imponen un segundo con título de patrón que pueda ocupar su lugar en caso de necesidad, Dan Lunceford (Richard Widmark), un hombre de formación académica, que todo lo aprendió en los libros, desde náutica hasta la biología de las ballenas, y a quien el capitán Bering adjudica para sus horas libres durante la travesía (a modo de penitencia por su educación libresca) el trabajo de profesor particular de su nieto.


El triángulo (Bering-Jed-Dan) concentra los vectores emocionales de la película (un Jed huérfano encuentra en Dan una figura paterna, un vínculo comprometedor que éste trata de evitar en un primer momento, consciente de los celos que despierta en el viejo lobo de mar) y cifra una encrucijada educativa donde se confrontan escuelas, maestros, tradiciones, aprendizajes y formas de ver la vida, en definitiva, espejos en los que Jed habrá de lidiar con la imagen (modelos de conducta) que le devuelven: ciencia/experiencia, razón/sentimientos, disciplina/afectos, justicia/corazón...


Al parecer, la relación paterno-filial que se desarrolla en la película entre Richard Widmark (que venía encadenando papeles de malvado después de haber encarnado dos años antes al demoníaco Tommy Udo en Kiss of Death, también con Hathaway) y Dean Stockwell desbordó los cauces de la ficción para contagiar el vínculo entre los actores detrás de las cámaras. Cuando rodaba la película, el chaval tenía doce años (como su personaje), estaba lejos de sus padres y encontró en Richard Widmark una figura paterna (por obra y gracia del guión), y -sobra decirlo- la relación se iba entrañando con la que encarnaban ante la cámara.


Para el capitán Bering, Dan Lunceford y no digamos Jed, la aventura marinera (la caza de las ballenas, la navegación a ciegas entre icebergs...) deviene así piedra de toque de la aventura interior (que representa todo verdadero aprendizaje). Y nada mejor que el mar como venero propicio de un viaje iniciático y revelador para un niño: La isla del tesoro, Capitanes intrépidos, Viento en las velas, Master and Commander... Down to the Sea in Ships

Cartel de Soligó.

El mar, esa escuela...

1/8/16

La cita secreta


1 de agosto. Llevamos seis años sin el maestro. Paseaba con Ángeles por el huerto a la hora del crepúsculo e imaginé cuánto le habría gustado ver las rosas floreciendo entre las verduras asa de cántaro, al lado de los tomates bella doncella y los aretxabaleta mozorra, y las fabas de Lourenzá. Esta tarde una amiga escribió para contarme que, al fin, había visto Sayat Nova y lamenté no haber llegado a tiempo de compartir con el maestro las maravillas de Paradjanov. No poder conversar sobre algunos pasajes (de la Obra de los Pasajes) de Benjamin, un poema (El arte de perder) de Elizabeth Bishop o algunas pinturas (Sobre el pueblo, LluviaEl burro verde) de Chagall. No hay día sin ese relámpago de su ausencia. Tenemos que hablar de tantas cosas...


Hace casi diez años me llevó al estudio para enseñarme las pinturas de la exposición que preparaba. El maestro quería que le escribiera un texto para el catálogo. Eran (son) todas bellísimas, pero hubo una que despertó la memoria primordial, aquella escena yo la había vivido de niño. Mi madre me llevaba al río, se recostaba en la hierba y hablaba a flor de agua con un primo que vivía al otro lado, en Portugal, le daba algún recado y noticias de la familia. Las palabras iban y venían en el regazo del agua. La pintura del maestro llevaba por título No berce do río (en la cuna del río; claro, también moisés, y linaje, pero -hoy- me quedo  con regazo). De la memoria íntima y cardinal que cifraba nació este texto:



La cita secreta
...se nos esperaba en esta tierra.
Walter Benjamin
Ha colgado la sábana, la despliega en el tendal y acaricia la tela tensa.
Aprecia el tacto rugoso y húmedo.
El peso del agua.
La gravedad de la ausencia.
La huella perdurable de la memoria.

Acaricia luego su vientre, que palpita como un eco de la sábana.
De la sangre, de la leche, de las lágrimas.
De los cuerpos que envolvió, acarició, cubrió.
Como un sudario del tiempo.
Para los días y las noches.

Ahora cuelga como una pantalla.
Cazadora de sombras.
Piel de viento.
Pobre cedazo para tantas pérdidas.
Despojo de luz en el jardín del tiempo.

La mujer se acerca a la orilla.
El agua fluye río abajo.
Se acuesta en la ribera.
Ahueca la mano sobre la hierba para anidar la mejilla.
Cuenta la historia de un hombre que cruzó la frontera y la espera al otro lado.
Del tiempo. Del mundo. Del río.

Las palabras van y vienen por el agua.
Lavan la herida.
Cicatrizan la distancia.
Acunan el niño que escucha.
En el vientre.

El niño cierra los ojos.

Cuando los abre, ha pasado mucho tiempo.
Ha llegado desde muy lejos.
Hasta este cuadro que lo esperaba. 
Para devolverle el tiempo perdido.
Y el centro del mundo.

Ve en las pinturas un paisaje de silencio.
Un silencio tan profundo
Que nos escucha.
Como la sábana de su infancia.
Como un sudario de la memoria.
Como quien vuelve a casa.
O a una sombra.
En la raya del sur.
Pero qué otra cosa podemos amar
Que no sea una sombra, decía aquél.

Entonces comprendió.
Las palabras. El río. La herida.
Aquel rostro ensimismado
En el jardín del tiempo.
Que lo llamaba.

12/6/16

57 segundos


Cuando yo era niño, con cierta frecuencia venía por casa alguien de la parroquia (o de parroquias vecinas) para que mi abuelo le levantara la paletilla, o sea, para que le devolviera a su sitio el cartílago donde confina el esternón en la boca del estómago, que se le había caído (hundido) por dar un paso en falso u otro movimiento brusco. Mi abuelo reconocía al paciente, le pedía que se sentara en ángulo recto y le tomaba los brazos para realizar una serie (ritual) de estiramientos con los brazos y contracciones del tronco, hasta que la paletilla se levantaba y volvía a su sitio. Luego, cuando aquel hombre o aquella mujer se iba, le daba una última recomendación: Mira ben de non dar pasos en van (ten cuidado de no dar pasos en falso). Sobra decir que nunca cobraba, lo suyo era un ejercicio gracioso de la medicina popular. A mis ojos, el abuelo tenía algo de curandero o de brujo, porque aquellos pacientes no venían tanto a remediar un malestar físico cuanto por un malestar anímico, una desazón, un decaimiento que se derivaba de la paletilla caída. Mi abuelo les levantaba la paletilla, pero sobre todo les levantaba el ánimo. Hay días (no sé si tengo la paletilla caída) que me levanto mustio o me encuentro decaído, y el abuelo ya no está, así que me receto algunos minutos (rituales) de cine. Como el número The Shorty George de Fred Astaire y Rita Hayworth en Bailando nace el amor (1942), de William A. Seiter. (Uno diría que Rita Hayworth nació para bailar, aunque duele saber que su padre la explotó bailando desde niña, pero quizá el baile la bendijo con la gracia del arte y esta escena desprende algo muy parecido a la felicidad. Era la pareja de baile preferida por Fred Astaire.)


O esta escena deliciosa de Ginger Rogers en una película del mismo año, Roxie Hart, de William A. Wellman, (Hay que reconocerle a YouTube cuánto facilitó estos remedios, y la automedicación.)



Hay días que bastan 57 segundos de cine para levantarme la paletilla.

17/1/16

Un don de lejanías


La fotografía de Stieglitz data de 1902 y fue publicada en el primer número de Camera Work, una revista editada por el propio artista, en enero de 1903. Un tren entrando en la estación de carga de Long Island.

The Hand of Man, de Alfred Sieglitz.

No es un tren. Es todos los trenes. Es el tren. La idea del tren. El sueño del tren. El tren de todos los sueños. Tuvieron que pasar cien años por esa fotografía para esfumar la promesa (de progreso, de futuro) de la mano del hombre que la inspiraba y contar, al oído de la mirada, el don delicado de un tiempo íntimo al amparo de la imagen. A salvo de calendarios. Una caligrafía de distancias. Un alfabeto de latitudes. Un don de lejanías. El ensueño del viaje. O el solo deseo de una película.


Una película soñada por la memoria de la infancia, cuando veía pasar el Shanghái (todo el mundo lo pronunciaba "Changái"), el expreso de la noche. Al parecer fue un ferroviario de Monforte quien lo bautizó así en 1950, pensando en El expreso de Shanghai, de Sternberg; pensando, sobra decirlo, en Shanghai Lily, o sea, en Marlene Dietrich. (Nuestro hijo bautizó un fanzine, editado con los colegas allá por el 96 o el 97, como Changhái, para cobijar el fulgor nocharniego de aquel tren que iba tan lejos, como hasta la otra punta de la Península.)


La memoria de la infancia sueña así una película que llevara por título "Lejos de aquí".


El sueño de un tren de cine.

15/1/16

999


Casi me tentaba dedicar esta entrada (999) a la numerología: el revés del número de la Bestia, el plan divino (¡cáspita!), culminación de un ciclo vital (¡vaya!), su correspondencia con el Ermitaño del Tarot, ese viejo que se retira del mundo para rumiar lo aprendido (en la escuela)... Mejor, no. Hoy esta escuela cumple siete años (ah, el 7, la búsqueda del conocimiento, la sabiduría, asociado al Carro del Tarot, el umbral iniciático..., ¡hay que ver!). Se ve que es pegajoso el asunto este de la numerología. Ya puestos, prefiero pensar en Los siete samuráis.


O en El séptimo cielo.


Pero Ángeles quiere que hoy escriba sobre Gilda (1946). Bueno, lo lleva queriendo desde la Nochevieja. A ella, centinela de las ruinas de un tiempo perdido, le gusta especialmente el lado proustiano (memorioso) de esta escuela, el cuento de dónde viene uno.

En el cartel original se leía:
NUNCA hubo una mujer como Gilda.
Abajo, cartel de Jano para la reposición 
de Gilda en 1967.

Fue la primera película no tolerada que conseguí ver. En el cine Yut de Tui (entonces Tuy), adonde llegó quizá un año o sólo unos meses después de que empezara su reposición en agosto de 1967 (se había estrenado veinte años antes, la víspera de la Nochebuena de 1947, en Madrid: ¡increíble!). Yo debía tener doce o trece años. Bueno, que Gilda era una película no tolerada es decir poco. En las fichas de clasificación eclesiástica de las películas que se exponían puntualmente en la iglesia de San Francisco, Gilda figuraba con un gravemente peligrosa. Toda una tentación. Pero es que la tentación venía alimentándose durante años. Cuatro o cinco, por lo menos.


A mi padre le encantaba Gilda; se la sabía de memoria y me la contó de pe a pa, así que la soñé muchas noches antes de ponerle los ojos encima. A mi madre también le gustaba mucho, pero eso lo descubrí muchos años después, porque, entonces, cuando yo era un crío de ocho, nueve, diez años, ella, de Gilda, sólo comentaba los vestidos de Rita Hayworth y hasta los dibujaba de memoria en una libreta pequeña de espiral con hojas cuadriculadas, y hablaba maravillas de Juan Luis (o sea, de Jean Louis, el diseñador del vestuario de la película). A mi padre le gustaba mucho Rita Hayworth, decía que una mujer así sólo podía existir en el cine y le encantaba aquella línea de Gilda:
¿No te hablaron de mí? Si fuera un rancho me llamarían Tierra de Nadie.

Una frase que yo no entendía, y cada vez que mi padre trataba de explicarla, mi madre lo interrumpía sin dejar lugar a réplica, todo era mentira, eso lo soltaba Gilda para darle celos al hombre del que estaba enamorada. Bueno, mi madre interrumpía a menudo a mi padre cada vez que estaba a punto de resultar demasiado explícito, por ejemplo al hacerme ver que cuando Rita Hayworth se quitaba aquel guante se desnudaba algo más que el brazo.


Claro no era fácil ponerle palabras a aquella escena pero mi madre no le daba opción a encontrarlas, enseguida apostillaba que esa no era una película para un niño como yo, y yo no podía imaginar otra que me interesara más. Aún me parece un sueño que me dejaran pasar (yo aún gastaba cara de crío con dieciséis años, cuánto más con doce o trece); sería por obra y gracia de algún ángel de la guarda que se ocupa del negociado de los amores cinéfilos, o quizá harto el personal de verme durante horas comiéndome con los ojos y con la boca abierta los cuadros de Gilda en el vestíbulo del Yut: véase como una obra de misericordia o un regalo de Reyes.


Salí de aquella sesión tan arrebatado como confundido; fascinado por aquella historia de amor, con nazis de por medio, en Buenos Aires y Montevideo (donde Gilda canta Amado mío, doblada por Anita Ellis), es decir, lo exótico (aquella trama de pasión y espionaje) y lo familiar (aquellos escenarios que de momento sólo había oído nombrar a propósitos de los familiares que habían emigrado a esas capitales transatlánticas), y embelesado por Rita Hayworth (por más que mi padre me la hubiera encomiado y por mucho que yo la hubiera ensoñado, nada como verla en la pantalla: la pantalla era su hogar), pero también aturullado con Gilda.


Nunca había visto en la pantalla un personaje más misterioso. Aquella mujer -aquel personaje de mujer- era indescifrable. De vuelta a casa, repasaba la película, volvía a proyectarla en el cine de la memoria, pero no había forma de aprehenderla, se me escapaba. Había más cosas. Cuando Gilda aparecía vestida con un traje de chaqueta a rayas podía ser mi madre. Ángeles también vistió trajes de chaqueta a rayas. ¿Hace falta decir que son mi debilidad?


Había un abismo entre aquel traje de chaqueta y el vestido de raso negro sin tirantes, esa maravilla de Jean Louis inspirado por la Madame X de Joseph Singer Sargent.


¿Podía ser la misma mujer, la misma Gilda? Desde luego dudaba de la versión de mi madre: si todo era una mentira, si todo se lo inventó para darle celos a Johnny Farrell (Glenn Ford), ¿puede una mujer mentir tan bien?, ¿engañarnos tanto?, y algo más retorcido, ¿por qué tiene una mujer que mentir tanto? Y tampoco entendía por qué Johnny Farrell había abandonado a Gilda, es decir, el backstory del guión, lo que había acontecido antes de que la película arranque en aquella partida de cartas en los arrabales del puerto de Buenos Aires. Sólo que para entonces, a mis doce o trece años, ya sabía que para las respuestas que buscaba me las tendría que apañar por mi cuenta. Con más películas. Con mas cine noir, aunque no supiera todavía que había un genero así.


Volví a ver Gilda en 1974 (lo compruebo, un 24 de octubre), en un bar de Luneda, donde llevaba un par de meses en mi primer destino como maestro, cuando la pasaron por televisión. Faltaban tres semanas para cumplir los diecinueve años. Bien, lo diré pronto: me pareció una estupenda película sobre la explotación de las mujeres, y más concretamente, sobre las mujeres hermosas.


(Aquella alusión de Johnny Farrell a Gilda como ropa sucia, y la estupenda réplica de Rita Hayworth sobre la querencia del tipo en ir a recogerla: Cualquier psiquiatra podría contarte cosas muy interesantes sobre lo que eso significa.) Por primera vez sentí -casi experimenté- la belleza como condena. A Gilda le pasa Gilda porque es tan hermosa como Rita Hayworth (aún no sabía que la actriz se vio perseguida por su papel: los hombres se van a la cama con Gilda pero se despiertan conmigo, decía Rita Hayworth).

En esta escena, es la propia Rita Hayworth 
quien canta Put the Blame on Mame 
para tío Pío (Steven Geray), 
una canción que habla de un mundo
que culpa a las mujeres por principio
(a Gilda sin ir más lejos, claro), 
de crímenes y catástrofes habidos y por haber

Y alguna de aquellas primeras preguntas encontró una respuesta imprevista; Gilda mentía en legítima defensa y podía mentir tan bien porque era una actriz, porque era Rita Hayworth. Pero, cuándo fingía -o cuándo no- era una duda que sembraba de ambigüedad la película de principio a fin; tampoco sabía entonces que fue Virginia Van Upp, la productora de la película (amiga y confidente de la Hayworth), que reescribió el guión de Marion Parsonet durante el rodaje a razón de dos páginas diarias -normalmente la noche anterior al rodaje- quien convirtió a Gilda en una actriz, o sea, que todo cuanto imaginamos -como imagina Johnny Farrell- que hizo, no fue más que una comedia tramada para un solo espectador, hasta el punto de vampirizar la imaginación del público; era una forma (también) de calmar a la censura. (Por lo visto Ben Hecht colaboró en el guión; en los diálogos, supongo: me gustaría saber a quién debemos aquella línea de Gilda que tanto le gustaba a mi padre.)


Sobra decir que siento debilidad (heredada) por Rita Hayworth, pero me convertí en un rendido admirador cuando supe, además, que hizo cuanto estaba en su mano para que Welles pudiera seguir trabajando en Hollywood; por ejemplo, cuando nadie se fiaba de él, firmó como garante para que pudiera rodar El extraño (1946), contemporánea de Gilda, de tal forma que, si Welles no cumplía las cláusulas del contrato, la actriz indemnizaría a la productora (no hubo ni una queja del trabajo del cineasta). Y desde luego la honra empeñarse en rodar con él La dama de Shanghaisin duda la gran película de la Hayworth, que -esta sí- llegué a saberme de memoria. De Gilda siempre olvidaba la trama, quiero decir, se me borraba todo cuanto no tenía que ver con el triángulo sado-masoquista. Hasta cuando me la contaba mi padre yo sólo tenía oídos (y ojos) para los destellos que tenían que ver con aquella mujer que sólo podía existir en el país del Cine. (En realidad, nunca fui un tiquismiquis de las tramas: me sigo perdiendo en la de El sueño eterno, de Hawks, tanto como la sigo disfrutando.)


Muchos años después leí lo que había escrito Jacques Doinel-Valcroze; lo suscribo:
La intriga de Gilda es una historia sin pies ni cabeza, pero Gilda es un personaje  con el que se puede soñar despierto.
Tardé mucho en volver a verla, y todo porque en una de las últimas conversaciones con mi madre, cuando tanto rememoraba cuánto me gustaba ir al cine ya desde niño, le pregunté por Gilda, si recordaba estar siempre al quite cuando mi padre me hablaba de la película, por si entraba en algún sesgo escabroso del argumento o por si iluminaba más de la cuenta lo que las imágenes velaban. Vaya si se acordaba. Con todo detalle. Entonces descubrí cuánto le había gustado Gilda. Y confirmé hasta qué punto su atenta militancia en defensa de Gilda, o sea, de la protagonista, a quien desde los púlpitos (en la postguerra) significaban como emblema de la perdición, respondía a su rechazo (no tan primario ni visceral como parecía) de la condena de las mujeres (pecadoras, descarriadas, en el vocabulario de la moral católica) por culpa de su vida sexual. (Mi madre no lo pensaría dos veces para unirse al juez Priest en el cortejo fúnebre de la prostituta al final de The Sun Shines Bright, de Ford.)


Pocas películas son tan irrealistas, tan puramente noir (noche con sombras, que decía David Thomson; de hecho creo que no hay una sola escena de día y apenas un exterior natural, nocturno, por supuesto). Creo que fue Noël Simsolo quien escribió que la noche es la sacerdotisa de esta película, iluminada por el gran Rudolph Maté, el director de fotografía preferido por Rita Hayworth. Por eso viene muy a cuento que al protagonista de un emblema del neorrealismo como Ladrón de bicicletas le roben la ídem cuando está pegando un cartel de la película que representaba entonces a todo el cine americano, el glamour de Hollywood.


Casi puede verse como un delirio onírico, extraño en un cineasta tan comedido -y discreto- como Charles Vidor, una de esas películas cuya autoría cabe atribuir al propio sistema de los estudios, es decir, a un modo de producción que combinaba talento y artesanía en proporción variable, y entonces, a veces, despachaba algo como Gilda.


Casi como si Rita Hayworth fuera la culpable de la desgracia del pobre Antonio. Lo que le faltaba a Gilda.