1/8/16

La cita secreta


1 de agosto. Llevamos seis años sin el maestro. Paseaba con Ángeles por el huerto a la hora del crepúsculo e imaginé cuánto le habría gustado ver las rosas floreciendo entre las verduras asa de cántaro, al lado de los tomates bella doncella y los aretxabaleta mozorra, y las fabas de Lourenzá. Esta tarde una amiga escribió para contarme que, al fin, había visto Sayat Nova y lamenté no haber llegado a tiempo de compartir con el maestro las maravillas de Paradjanov. No poder conversar sobre algunos pasajes (de la Obra de los Pasajes) de Benjamin, un poema (El arte de perder) de Elizabeth Bishop o algunas pinturas (Sobre el pueblo, LluviaEl burro verde) de Chagall. No hay día sin ese relámpago de su ausencia. Tenemos que hablar de tantas cosas...


Hace casi diez años me llevó al estudio para enseñarme las pinturas de la exposición que preparaba. El maestro quería que le escribiera un texto para el catálogo. Eran (son) todas bellísimas, pero hubo una que despertó la memoria primordial, aquella escena yo la había vivido de niño. Mi madre me llevaba al río, se recostaba en la hierba y hablaba a flor de agua con un primo que vivía al otro lado, en Portugal, le daba algún recado y noticias de la familia. Las palabras iban y venían en el regazo del agua. La pintura del maestro llevaba por título No berce do río (en la cuna del río; claro, también moisés, y linaje, pero -hoy- me quedo  con regazo). De la memoria íntima y cardinal que cifraba nació este texto:



La cita secreta
...se nos esperaba en esta tierra.
Walter Benjamin
Ha colgado la sábana, la despliega en el tendal y acaricia la tela tensa.
Aprecia el tacto rugoso y húmedo.
El peso del agua.
La gravedad de la ausencia.
La huella perdurable de la memoria.

Acaricia luego su vientre, que palpita como un eco de la sábana.
De la sangre, de la leche, de las lágrimas.
De los cuerpos que envolvió, acarició, cubrió.
Como un sudario del tiempo.
Para los días y las noches.

Ahora cuelga como una pantalla.
Cazadora de sombras.
Piel de viento.
Pobre cedazo para tantas pérdidas.
Despojo de luz en el jardín del tiempo.

La mujer se acerca a la orilla.
El agua fluye río abajo.
Se acuesta en la ribera.
Ahueca la mano sobre la hierba para anidar la mejilla.
Cuenta la historia de un hombre que cruzó la frontera y la espera al otro lado.
Del tiempo. Del mundo. Del río.

Las palabras van y vienen por el agua.
Lavan la herida.
Cicatrizan la distancia.
Acunan el niño que escucha.
En el vientre.

El niño cierra los ojos.

Cuando los abre, ha pasado mucho tiempo.
Ha llegado desde muy lejos.
Hasta este cuadro que lo esperaba. 
Para devolverle el tiempo perdido.
Y el centro del mundo.

Ve en las pinturas un paisaje de silencio.
Un silencio tan profundo
Que nos escucha.
Como la sábana de su infancia.
Como un sudario de la memoria.
Como quien vuelve a casa.
O a una sombra.
En la raya del sur.
Pero qué otra cosa podemos amar
Que no sea una sombra, decía aquél.

Entonces comprendió.
Las palabras. El río. La herida.
Aquel rostro ensimismado
En el jardín del tiempo.
Que lo llamaba.

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