Mostrando entradas con la etiqueta Alfred Stieglitz. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Alfred Stieglitz. Mostrar todas las entradas

17/1/16

Un don de lejanías


La fotografía de Stieglitz data de 1902 y fue publicada en el primer número de Camera Work, una revista editada por el propio artista, en enero de 1903. Un tren entrando en la estación de carga de Long Island.

The Hand of Man, de Alfred Sieglitz.

No es un tren. Es todos los trenes. Es el tren. La idea del tren. El sueño del tren. El tren de todos los sueños. Tuvieron que pasar cien años por esa fotografía para esfumar la promesa (de progreso, de futuro) de la mano del hombre que la inspiraba y contar, al oído de la mirada, el don delicado de un tiempo íntimo al amparo de la imagen. A salvo de calendarios. Una caligrafía de distancias. Un alfabeto de latitudes. Un don de lejanías. El ensueño del viaje. O el solo deseo de una película.


Una película soñada por la memoria de la infancia, cuando veía pasar el Shanghái (todo el mundo lo pronunciaba "Changái"), el expreso de la noche. Al parecer fue un ferroviario de Monforte quien lo bautizó así en 1950, pensando en El expreso de Shanghai, de Sternberg; pensando, sobra decirlo, en Shanghai Lily, o sea, en Marlene Dietrich. (Nuestro hijo bautizó un fanzine, editado con los colegas allá por el 96 o el 97, como Changhái, para cobijar el fulgor nocharniego de aquel tren que iba tan lejos, como hasta la otra punta de la Península.)


La memoria de la infancia sueña así una película que llevara por título "Lejos de aquí".


El sueño de un tren de cine.

20/10/13

El futuro de la novela


Casi no puedo imaginar un día sin leer o sin ver una película (pero ya puedo pasar sin el periódico, y no debe ser buena señal). Eso sí, cada año leo menos novelas. Estos días, Años luz de James Salter. Creo que la última la leí en abril o mayo, Uno de los nuestros de Willa Cather. Desde entonces volví a leer El señor de Ballantrae y Pedro Páramo y El blues del Misisipí. Y para de contar; quizá me olvide de alguna, una miseria en todo caso, ¿qué fue del lector de novelas que uno era? En casa, la verdadera lectora de novelas -y aun diría la lectora por excelencia- es Ángeles; leídas o releídas no baja nunca de las cien por año (y creo que me quedo corto). No considero atrevido conjeturar que los novelistas viven de las mujeres (de las lectoras, se entiende), ni que Ian McEwan exagere al pensar que cuando las mujeres dejen de leer novelas, el género habrá muerto, según leí en una entrevista publicada en Babelia (sí, aún leo algún que otro... suplemento).

Mujer leyendo en un jardín de Matisse.

Barbara Laage, en su apartamento de París en 1946. 
Fotografía de Nina Leen.

Fotografía de Ruth Orkin.

El comentario venía a cuento de un experimento del escritor: Saqué a la calle unas trescientas novelas y se las ofrecí a la gente que pasaba. Las mujeres las aceptaban encantadas, pero no conseguí que ningún hombre se llevara un ejemplar.

Fotografía de Alfred Stieglitz.

Por lo visto (remedando el título de la película que más me gusta de Hong Sang-soo), la mujer es el futuro de la novela.

17/2/13

Otras criaturas


El niño ha vuelto a casa, / a su cuarto en penumbra, / y observa con los ojos muy abiertos / cómo brindan por él los adultos, / y a la mujer pelirroja, medio borracha, / que cierra los ojos con fuerza, / como si fuera a echarse a llorar o a ponerse a cantar. 
(Fragmento de Contra lo que sea que nos invade de Charles Simic. Traducción de Martín López-Vega)

Haruo Ohara, 1952


Gottfried Helnwein, 2008


Abelardo Morell, 1994


Harold Feinstein, 1955


Lewis Hine, 1910


Bill Brandt, 1939


Alfred Stieglitz, 1887


Ernie Sisto, 1946


Roman Vishniac, 1935


Jean Mounicq, 1958


Bruce Davidson, 1965


W. Eugene Smith, 1955


Marion Post, 1938


Willy Ronis, 1952


Adam Diston, 1886


Bert Hardy, 1951


Eduardo Gageiro, 1969


Mary Frampton, 1963


August Sander, 1920


Eugène Atget, 1908


Ferdinando Scianna, 1987

(Otras criaturas.)