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1/6/14

13 ras


...polo horizonte 
que servía de ras
aos vellos canteiros.
(Xabier López Marqués.)


Ahí atrás Manolo González me sugirió de filmara horizontes de estos finisterres, a la manera de los 13 lagos de James Benning (casi mejor, llegado el caso, de las 13 pozas de Xurxo Chirro). Hace unos días leía con Ángeles unas páginas de Chafariz, el hermoso libro de Xabier López Marqués, y nos quedamos prendidos de estos versos preñados por las resonancias de la cantería como oficio de horizontes. (Una poética de confines, entonces, esos valados que tanto me gustan.) Nos llevó a pensar en un muro plantado en esa línea imaginaria: ¿puede imaginarse tanta levedad para la piedra? Y pensamos que podía dedicarle trece horizontes -13 ras- en memoria de tantas miradas perdidas -y prendidas- por esta escuela de náuticas lejanías.

















...Così tra questa
Immensità s'annega il pensier mio:
E il naufragar m'è dolce i questo mare.
(Leopardi, L'infinito.)


5/6/10

La leve forma de Ersilia

Italo Calvino

Italo Calvino enhebra en su Levedad -la primera de sus conferencias (de 1985): Seis propuestas para el próximo milenio-, entre otros zurcidos, a Lucrecio con Leopardi. Señala que De rerum natura es la primera gran obra que remite el conocimiento del mundo a lo infinitamente minúsculo, móvil, leve. Lucrecio es el primer poeta de la levedad: el vacío es tan físico como lo sólido, tan material, tan concreto. Es la poesía de lo invisible. De un poeta que no duda un instante de la materialidad del mundo. Italo Calvino concreta así la iluminación de Lucrecio:

Esta pulverización de la realidad se extiende también a los aspectos visibles, y ahí es donde descuella la calidad poética de Lucrecio: las partículas de polvo que se arremolinan en un rayo de sol dentro de un aposento a oscuras; las minúsculas conchas, todas iguales y todas diferentes, que la ola empuja indolente sobre la arena que se embebe; las telarañas que, mienras andamos, nos envuelven sin que nos demos cuenta.

Giacomo Leopardi escribe a los quince años con gran erudición una historia de la astronomía y la contemplación del cielo nocturno le inspirará bellísimos versos. Sabía de lo que hablaba. En el aquel de cavilar sin tregua sobre el peso de vivir, Leopardi destila la imposible felicidad con vislumbres de levedad: el vuelo de los pájaros, la voz de una mujer que canta en la ventana, la transparencia del aire y la luna. Sobre todo la luna, precisa Calvino: el calmo encanto de la luna.

Dolce e chiara è la notte e senza vento,
e queta sovra i letti e in mezzo agli orti
posa la luna, e di lontan rivela
serena ogni montagna...

(Dulce y clara es la noche y sin viento,
y quieta sobre los techos y entre los huertos
se posa la luna, y de lejos revela
serena cada montaña...)

Mark Rothko

Ayer mismo a estas horas el maestro nos hablaba de Rothko, de los pigmentos hechos pintura, visión mística. Y de la lentitud y la levedad que cifran la mirada. Pura plástica. Desposeída del espectáculo de la naturaleza. Como quien contempla el tapiz de grises de las nubes -o de rojos candentes en un crepúsculo- y la atmósfera pierde consistencia y los puntos cardinales declinan sostener el mundo. Y ya es otro tiempo, otro lenguaje, otro mundo. Otra forma. Un vacío habitable.


Como en Ersilia, una de Las ciudades invisibles de Italo Calvino:

En Ersilia, para establecer las relaciones que rigen la vida de la ciudad, los habitantes tienden hilos entre los ángulos de las casas, blancos o negros o grises o blanquinegros, segun indiquen las relaciones de parentesco, intercambio, autoridad, representación. Cuando los hilos son tantos que ya no pueden pasar entre medio, los habitantes se marchan: las casas se desmontan; quedan sólo los hilos y los soportes de los hilos.
Desde la cuesta de un monte, acampados con sus trastos, los prófugos de Ersilia miran la maraña de los hilos tendidos y los palos que se levantan en la llanura. Y aquello es todavía la ciudad de Ersilia, y ellos no son nada.

Vuelven a edificar Ersilia en otra parte. Tejen con los hilos una figura similar que quisieran más complicada y al mismo tiempo más regular que la otra. Después la abandonan y se trasladan aún más lejos con sus casas.

Viajando así por el territorio de Ersilia encuentras las ruinas de las ciudades abandonadas, sin los muros que no duran, sin los huesos de los muertos que el viento hace rodar: telarañas de relaciones intrincadas que buscan una forma
.

La leve forma de Ersilia. La forma leve de Caro diario que evoca Blanco en su último diálogo -diálogos, por qué no, platónicos- a propósito de la película de Nanni Moretti, pero más allá o más acá del cine. De lo indecible, de lo inagotable, de lo indefinible. De lo que nos habló también ayer el maestro trayendo a colación los Maestros antiguos de Thomas Bernhard. En fin, telarañas, restos, naufragios. Lucrecio, Leopardi, Rothko. Lo invisible. La transparencia. La levedad.

4/3/10

El infinito en Recanati

Giacomo Leopardi
(Recanati, 1798-Nápoles, 1837)

El infinito

Colle dell'infinito en Recanati



Siempre caro me fue este aislado cerro,
Y estos arbustos, que una buena parte
Impiden ver del último horizonte.
Mas, sentado y mirando, interminables
Espacios detrás de ellos, sobrehumanos
Silencios y una calma profundísima
Yo en el pensar me finjo; y casi entonces,
Se espanta el corazón. Y cuando el viento
Escucho susurrar entre estas plantas,
El silencio infinito a la voz esta
Voy comparando. Y en lo eterno pienso,
En épocas ya muertas, y en la viva,
Presente, y su sonido. Así en esta
Inmensidad se anega el pensar mío,
Y el naufragar en este mar me es dulce.

(Traducción de Eloy Sánchez Rosillo)


Todo se ha perfeccionado desde Homero hasta nosotros, salvo la poesía.
(Zibaldone de pensamientos. Ed. Tusquets)

Esto tienen de propio las obras de genio, que incluso cuando representan a lo vivo la nulidad de las cosas, incluso cuando demuestran de manera evidente y hacen sentir la inevitable infelicidad de la vida, incluso cuando expresan la más terrible desesperación, aunque sea un alma grande que se encuentra incluso en un estado de extremo abatimiento, desengaño, aniquilación, tedio y desesperación de la vida, o en las más acerbas y mortíferas desgracias (bien a causa de altas y graves pasiones, bien por cualquier otra cosa); incluso así, sirven de consuelo, despiertan el entusiasmo y no tratando ni representando otra cosa que la muerte, restituyen, al menos momentáneamente, esa vida que tenía perdida.
(Ibídem)

24/6/09

De vita beata

Giuseppe Tomasi di Lampedusa

Stendhal ha logrado resumir una noche de amor en un punto y coma
, le contó Giuseppe Tomasi di Lampedusa un día de 1955, a media tarde, a su alumno Francesco Orlando, durante una de las clases de literatura que le impartía graciosamente desde hacía dos años. En esa frase inolvidable se resumen dos de los talentos de Lampedusa: era un gran lector y un gran profesor, y aun más, un maestro. Ese maestro con el que sueñan todos los que han encontrado en el aquel de aprender uno de los grandes placeres que la vida. Yo hubiera querido tener un maestro como Lampedusa cuando, como Francesco Orlando, aún no había cumplido los veinte años. A estas alturas, envidio muy pocas cosas, por ejemplo a los que disfrutaron de grandes maestros, como a Esther Casal y a Miguel Cuña que recibieron el don del magisterio de Francisco R. Adrados, y cuando leo su maravilloso (y ya inencontrable) libro Fiesta, comedia y tragedia. Sobre los orígenes griegos del teatro, no puedo resistirme a imaginarlo en un aula, impartiendo una clase magistral e inolvidable, y casi es verdad. Lampedusa, por suerte, preparaba concienzuda y creo que también gozosamente sus clases, y gracias a esos cuadernos podemos disfrutar, al menos, de sus notas a través de las ediciones que se van vertiendo a cuentagotas. Hace ya veinte años, se publicó una bella edición (como todas las de la ya desaparecida editorial Trieste, de Valentín Zapatero y Andrés Trapiello) de Stendhal, un libro delicioso para todos los que amamos al autor de Rojo y negro. Ahora acaba de publicarse Shakespeare, editado por Nortesur, os dejó aquí la reseña que le dedicó Enrique Vila-Matas; he empezado a leerlo, a media tarde, como lo escuchaba Francesco Orlando, y si cierro lo ojos, casi lo escucho, como sucede con los maestros dignos de tal nombre.

Lampedusa


Giuseppe Tomasi di Lampedusa solía levantarse a las siete de la mañana en su casa de Vía Butera nº 42, en el barrio viejo, al este de Palermo, y eso de las ocho ya lo veían paseando por el Corso Vittorio Emmanuelle hacia el centro de la ciudad con una gastada bolsa de cuero al hombro llena de libros, en dirección a la Pasticceria del Massimo en Via Ruggero Settimo. Allí desayunaba, sin prisa, mientras leía uno de los libros que llevaba con él, y comía pastas y pasteles con delectación. Podía pasarse cuatro horas y leer una novela de Balzac de una sentada, y luego escribirle una carta a Licy, su mujer, una psicoanalista letona, que pasaba unos días en Roma: ¡Qué talento, Dios mío! Y no sólo de novelista, sino también de gran historiador. Antes de marchar, compraba una buena provisión de pastas y dulces que iba a parar a la bolsa de los libros, y se iba a alguna de las librerías que frecuentaba. Compraba libros que luego mandaba encuadernar, digamos que ésa era su única manía estrambótica. Como se sentía culpable por comprar tantos, se disculpaba con Licy: estaban de saldo. Y continuaba su deambular por los cafés, el Caflish o el Mazzara. Nunca faltaba en su bolsa algún tomito de Shakespeare, que le servía de consuelo tras un encuentro o una visión desagradable durante el camino, tampoco algún volumen de Proust o una novela de Simenon, al que consideraba de los pocos autores de novela policial con categoría literaria. Leía en inglés, francés, ruso, alemán y, por supuesto, en italiano, incluso llegó a aprender el castellano, y leyó a Calderón y a Góngora. Era un fumador empedernido (murió de cáncer de pulmón), tímido, taciturno y misántropo. Ofrecía una imagen que, según su alumno Francesco Orlando, resultaba difícil de olvidar: una figura corpulenta, aspecto desaliñado, ojos vivos y la bolsa de cuero atiborrada de libros. Por la noche, tres días por semana, solía ir al cine con Licy. En su diario anotaba la impresión que le había causado la película: bellisimo, mediocre, poético, y después de ver 20.000 leguas de viaje submarino anotó: spettacolare. Cuando no iban al cine, se quedaban en casa leyendo en voz alta poemas de Leopardi, fragmentos de Stendhal o de Shakespeare -el soneto 129 era su favorito-, y a veces discutían porque Licy prefería a Dostoievski y Giuseppe a Tolstoi. Me cae muy bien el amigo Lampedusa.


Giuseppe y Licy

En enero de 1955 le diagnostican un enfisema, siente que no le queda mucho y la melancolía le empuja a escribir con verdadera urgencia. Hasta ese momento había escrito más de mil páginas sobre literatura inglesa y francesa pero no ficción. El ocho de febrero de 1956, cuando Orlando acude a clase, Lampedusa, con una sonrisa enigmática, le tendió un cuaderno de ejercicios y le pidió que empezase a leerlo. Y un sorprendido Orlando leyó el primer capítulo de la novela -el talento oculto, latente- que su maestro había terminado en secreto y que aún no tenía título, y se ofreció a mecanografiarla. En mayo, la novela mecanografiada ya tenía título, El Gatopardo. El resto es historia (de la literatura): el rechazo de Mondadori, los nuevos capítulos que escribe en los primeros meses de 1957, uno de ellos El baile, el nuevo rechazo de Einaudi de mano de Elio Vittorini, el 2 de julio, cuando, sometido a radiaciones, Lampedusa ya estaba muy enfermo. Murió el 23 de julio de 1957. Tenía sesenta años y no pudo ver publicada su novela, pero creo que se fue con el convencimiento (y el orgullo) de que había escrito un gran libro. El Gatopardo fue editada por Feltrinelli gracias a un informe favorable de Giorgio Bassani en noviembre de 1958. El mes que viene se cumplirán cincuenta años del primer reconocimiento que recibió la novela y Lampedusa con el Premio Strega, el premio de narrativa más importante de Italia. En 1960 ya sobrepasaba las cincuenta ediciones. Luchino Visconti la llevó al cine en 1963. Definitivamente, un gran tipo, Lampedusa, de vita beata.


Lampedusa, a mediados de los años 30

Si os interesa la vida de Lampedusa (a él siempre le interesaron apasionadamente las vidas de los escritores), podéis leer El último Gatopardo. Vida de Giuseppe de Lampedusa de David Gilmour que editó Siruela. Javier Marías le dedica una semblanza biográfica en su jugoso libro Vidas escritas (hay una edición en bolsillo), creo que es el mejor libro del autor, bueno, el único que pude leer (entero y con gran placer).

19/6/09

Lágrimas

El cine es él único arte que aún tolera las lágrimas, ha escrito Andrés Trapiello. Aún es posible llegar a un viejo cine, atravesar las sombras, acomodarse en una incómoda y jorobada butaca y sorprenderse, al cabo de un tiempo, con las lágrimas en los ojos. Sí, aún es posible, y uno escribe la cursiva con un aquel de plegaria, para que dure un poco más, aunque presiente... Pero no, aún es posible. Y continúa Trapiello, quizá nos gusta tanto el cine porque en el cine las lágrimas no necesitan justificación. Sólo subrayan un estado del alma que no precisa de las palabras. Creo que fue Julio Cortázar quien contó que Tomás Borge, el comandante de la acosada revolución sandinista, aquélla que quisimos tanto, aquélla tan traicionada y arrastrada como puta por rastrojos, como todas, como siempre, y aun así..., Tomás Borge, decía, lloraba a menudo en el cine, y se iba antes de que terminara la película, para que los espectadores no advirtieran el rastro de las lágrimas en el rostro del curtido combatiente contra la dictadura de Somoza. Confieso que he disimulado muchas veces las lágrimas cuando la película acaba y se encienden las luces, sobre todo con esa falta de consideración hacia el cine y hacia los espectadores, especialmente en las películas que llaman por las lágrimas y éstas acuden prestas y obedientes, que supone prescindir de los créditos finales, durante los que, con las luces apagadas y la sala a oscuras, uno podría recomponer un tanto el espejo del alma y salir del cine sin recurrir a las artes de la ocultación.

Hay pocos goces tan intensos como llorar durante una película, y llorar durante una bella película no digo yo que sea un éxtasis pero se le parece mucho. Basta contemplar la imagen de Anna Karina, en Vivre sa vie de Godard, viendo la Juana de Arco de Dreyer para convencerse, una imagen que vuelvo a traer a esta escuela y muy a propósito.


Confieso que he llorado también ante unos melocotones de Paul Cézanne o ante la luz de una vela de George de La Tour pero en mi memoria del cine llueve de tantas lágrimas vertidas. También de felicidad, como aquel día que vi por primera vez, y eso que era en un espacio propenso a la seriedad como una filmoteca, La fortaleza escondida de Akira Kurosawa y me produjo una exaltación arrolladora, quizá porque, como ninguna otra película, me transportó a cuando tenía ocho o nueve años, a los placeres primordiales de las primeras películas que vieron mi infancia. A veces, Ángeles me encuentra viendo una película y le basta con verme llorar, o mejor, la cualidad de las lágrimas, para saber qué película he caído en la tentación de ver una vez más: El hombre tranquilo y Qué verde era mi valle de John Ford -aunque podría citar media docena más-, Una mujer bajo la influencia de John Cassavetes, Tú y yo de Leo McCarey, Una historia verdadera de David Lynch La mejor juventud de Marco Tullio Giordana, Secretos y mentiras de Mike Leigh o El hijo de la novia de Juan José Campanella. La última vez que casi la avergüenzo fue viendo A. I. de Steven Spielbeg, en cuya última escena me asaltó un llanto incontenible que me duró hasta el aparcamiento, menos mal que era de madrugada, un inciso: creo que es la única gran película de Spielberg.




Pero si tuviera que elegir una película del último cuarto de siglo donde la emoción se destilara en lágrimas a través de la bondad, la belleza y la verdad -esa triada que convierte la estética en una ética-, esa película sería Los puentes de Madison (también podría incluir Million dolar baby) de Clint Eastwood, una película que juega a cara descubierta, con las cartas boca arriba, sin trampas ni carton; una película que se la juega en un final que constituyen uno de los mayores logros del cine a la hora de desplegar en la pantalla con una elocuencia diáfana los silencios del corazón. Cine puro, puro sentimiento condensado en noble celuloide, que desencadena una emoción que es también la liberación de una tensión acumulada en el transcurso de la película y dilatada hasta el límite de lo soportable en una de esas escenas donde el cineasta tiene con mano maestra nuestro corazón en un puño, allí donde la fatalidad cuaja en lágrimas. Y por una vez, gracias también al genio Eastwood, podemos llorar sin vergüenza, porque todos los espectadores lloran también y porque las imágenes finales mientras trascurren los creditos sobre los puentes del condado de Madison nos conceden una tregua, en el recogimiento de la sala oscura, para enjugar las lágrimas y disponernos a salir, cuesta lo suyo conmovidos y felices como estamos, al mundo exterior, un tránsito quizá aliviado por las sombras de la noche. Os dejo aquí esa escena, que dura casi seis minutos, donde confluyen todas las líneas compositivas de la película, donde cristalizan los movimientos del alma, y donde los silencios del corazón hablan por boca del cine. Si no visteis la película y queréis verla, sobra decirlo, ignoradla.





Las lágrimas nos ayudan a comprender la vida, nos decía Stendhal: Desconfío de las personas que no lloran nunca. Lloraron Keats, Leopardi o Nietzsche (abrazado a un caballo en una calle de Turín, bajo la lluvia como el personaje interpretado por Clint Eastwood en Los puentes de Madison). Como en el poema de Pessoa sobre las cartas de amor: todas las lágrimas son ridículas, pero más ridículos son los que no pueden llorar. Lloramos, nos recuerda Trapiello, porque sentimos que la pasión por la vida es amar, soledad y silencio, ese reino al que muchas veces sólo conduce el camino solitario y silencioso de unas lágrimas.

Lloramos en Los puentes de Madison porque esa película ya no es cine, es la vida. La vida con mayúsculas. Unas mayúsculas escritas con lágrimas.

(El texto citado de Andrés Trapiello, Una furtiva lágrima, podéis encontrarlo en un hermoso libro, Mil de mil, editado por Pre-Textos en 1995)