13/4/09

Galitzia

Una de las más bellas historias que me contaron durante la infancia fue la historia de Moisés. El mismo, el que separó las aguas del mar Rojo y guió a los israelitas hacia la Tierra Prometida. El que su madre depósito en una cesta de juncos y empujó río abajo por las corrientes del Nilo, el de las doce plagas de Egipto y el de los Diez Mandamientos. Hay que admitir que como historia no está nada mal. Pero hoy os contaré la historia de otro Moisés.


Joseph Roth


De Moses Joseph Roth concretamente. Un gallego. No de Galicia, sino de Galitzia, donde a finales del siglo XIX, cuando nació nuestro Moisés, confinaba el imperio austrohúngaro con el ruso. Galitzia, como Galicia, era tierra de frontera. Ahora las tierras de Galitzia se reparten entre Polonia y Ucrania. En aquellos tiempos los dos tercios de la población eran judíos. Como Moisés, sobra decir. Como Bruno Schulz, el autor de Las tiendas de canela, que además fue maestro y pintor, y lo mató un oficial nazi el 19 de noviembre de 1942 de un tiro en la cabeza cuando acababa de pintar un mural. Como Soma Morgenstern que redactó durante su exilio neoyorquino su infancia gallega en Años de juventud en Galitzia oriental. Como Andrzej Kusniewicz. Todos ellos escritores judíos de Galitzia.

En cuanto Moses Joseph Roth se vio en Viena se olvidó del Moisés y se quedó para siempre en Joseph Roth. Y no tuvo otro oficio en su vida que el de escritor. Sólo fue escritor pero escribió de todo, lo grande y lo pequeño; crónicas, reportajes, relatos, novelas, y muchas cartas. Y en todo lo que escribió fue todo un escritor.

Después de la Primera Guerra Mundial en la que participó, aunque no hay que creerle demasiado las historias fantásticas que contó a propósito de su experiencia bélica, se trasladó a Berlín y se casó con Friederiche Reichler, una mujer judía de Galitzia. Durante los años veinte se convirtió en el periodista mejor pagado de Alemania. Si en Viena admiraba el imperio austrohúngaro, en Berlín se convirtió en un bolchevique. Un rojo, vamos.


Joseph Roth


En 1925 lo destinaron como corresponsal en París y se enamoró de la ciudad y de las francesas. Incluso fantaseó con la idea de convertirse en francés. Pero apenas si estuvo un año en París. En 1926 lo enviaron a Rusia para que contara cómo se vivía en el país que había experimentado la primera revolución socialista de la Historia. Merece la pena leer sus crónicas enviadas al Frankfurter Zeitung desde el 21 de septiembre de 1926 hasta el 19 de enero de 1928, dieciocho piezas que retratan la cotidianidad de la sociedad soviética a través de la situación de las mujeres, la juventud, la educación, los judíos, el cine, las ciudades, las aldeas… En la Rusia actual, por desgracia, hay que cultivar la mediocridad. Se evitan las cumbres, se construyen amplias calles marciales. Hay una movilización total. Un marxista fiable es más valioso que un intrépido revolucionario, escribe en la crónica del 23 de noviembre de 1926. En los apuntes del diario de Roth durante el viaje a Rusia anota: Si escribiera un libro sobre Rusia, éste tendría que describir una Revolución ya apagada, una llama que se consume, restos de brasas y mucho fuego artificial. No es de extrañar que su Viaje a Rusia represente la historia de una decepción. Pero también una exploración personal. Mientras patea la patria de los bolcheviques, Roth se descubre a sí mismo, el apátrida irredento que lleva dentro. Tampoco puede extrañar que tras el viaje a Rusia dejara de ser bolchevique. Vale la pena añadir que Viaje a Rusia, editado por Minúscula, es una lección de periodismo, o mejor, constituye una muestra del mejor periodismo porque es, antes que nada, una muestra de la mejor literatura. Es la prosa tersa y tan fácil de Roth -la gracia de la escritura-, porque cuando se trataba de escribir Roth sólo podía escribir en estado de gracia.



Escribía casi siempre. Y cuando no escribía, bebía. Porque si Roth no pudo tener más oficio que el de escritor, a la hora de vivir, no pudo ser otra cosa que un alcohólico. Por lo visto, no leía más que periódicos y solía citar aquello de Karl Krauss: Un escritor que se pasa el tiempo leyendo a otros (autores) es como un camarero que se pasa el tiempo comiendo. En 1929 su mujer debe ingresar en un manicomio con un diagnóstico de esquizofrenia. Cuando llegan los nazis al poder, los libros de Roth –La marcha Radetzky, Job (el libro que tuvo más éxito, el favorito de Marlene Dietrich), Fuga sin fin, Hotel Savoy- arden en las hogueras y desaparecen de las librerías en Alemania.


Joseph Roth


Se exilia a su amado París . Continúa escribiendo en las mesas de los cafés. Y bebiendo. Escribe por ejemplo un relato magnífico y atroz, El triunfo de la belleza, como si mojara la pluma en el veneno de la misoginia para mostrarnos a un hombre que detesta a las mujeres y que nos previene con una historia ejemplar. Estupendamente traducida, como siempre, por Berta Vias Mahou en El Acantilado.


Joseph Roth en el Café Le Tournon
de París en 1938


Muere en pleno delirium tremens en mayo de 1939. Deja una última obra, La leyenda del santo bebedor, su novela póstuma, que Ermanno Olmi llevará al cine en 1988. Cuentan que al entierro acudieron comunistas, monárquicos, judíos y católicos; al fin y al cabo, todo eso fue Joseph Roth. Su familia desapareció en los campos de concentración y su mujer fue asesinada por los nazis en aplicación de las leyes eugenésicas.



Las Cartas (1911-1939) de Joseph Roth, en particular la correspondencia con Stefan Zweig iluminan la intimidad de dos escritores que representan dos mojones esenciales de ese peregrinaje cada vez más incierto de lo que un día no tan lejano fue la cultura europea, la gran literatura europea de entreguerras del pasado siglo.


Zweig y Roth en París, 1936


Pertenezco a la desventurada generación que naufragó en el diluvio de la historia universal, en el que sólo algunos salvaron su vida, pero no salieron, en ningún caso, indemnes
. Son palabras de Soma Morgenstern en su libro Huida y fin de Joseph Roth donde reconstruye la amistad con el autor de Fuga sin fin. Joseph Roth fue el primero de esos desventurados náufragos. Un campeón de la desdicha. Y un gran escritor. Y eso es lo que nos queda de un judío de Galitzia.


Tumba de Joseph Roth en el cementerio de Thiais,
al sur de París


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