28/5/09

Vienna en el Hotel Aurora


Me entero por Pepe Coira de la muerte de Joâo Bénard da Costa, el director de la Cinemateca Portuguesa, con una semana de retraso: murió el pasado jueves 21 de mayo en Lisboa. Tenía 74 años. No llegué a conocerlo, sólo leí sus textos, sus libros, y frecuenté su casa, la Cinemateca, la casa del cine en Lisboa. Tengo aquí al lado uno de sus libros, Os filmes da minha vida. Os meus filmes da vida, me lo trajeron Dani, mi hijo, y Adela, dedicado por Bénard da Costa. Ellos lo consideran como un padrino de cine. Lo conocieron hace dos años cuando presentaron su corto, Meniña, que formaba parte de una antología de cine gallego que se presentaba en Lisboa. Joâo Bénard da Costa les hizo los honores personalmente y fue un anfitrión cordial y amable, el ángel de la guarda soñado para cualquier película. No entiendo la letra de Bénard da Costa, sólo llego a descifrar mi nombre y, quizá, la palabra "cinéfilos", no estoy seguro, tiene una letra endemoniada (de daimon, por supuesto), o quizá es la letra de un ángel del cine.




Me doy una vuelta por las ediciones digitales de los periódicos portugueses. Lloran la muerte de un cinefil, de un hijo del cine, y recuerdan 1969, el año en que Bénard da Costa se hizo cargo de la sección de cine de la Fundación Calouste Gulbenkian, donde organizará ciclos de cine que marcarán la vida de miles de cinéfilos. Alexandra Lucas Coelho en Público evoca la primera sesión de 1973 con la proyección de Roma città aperta, presentada por el propio Roberto Rossellini -cuya presencia evitó que se prohibiera el pase de la película-, acompañado por Henri Langlois. Mientras los espectadores contemplaban el mítico filme, Rossellini dormía, y aun roncaba: no había nada que detestara más que volver a ver alguna de sus películas. Al terminar la película, Rossellini se despertó sobresaltado entre gritos de "¡Abaixo o fascismo!" y "¡Liberdade, Liberdade!", y una ovación de diez minutos de los espectadores que vivieron aquella sesión como un presagio del 25 de abril un año después.



Ese mismo año 1973 Bénard da Costa empezó a enseñar cine en el Conservatorio. Pedro Costa ha evocado con afecto que le debe a esas clases el cine de Ford, todo Ford, unas clases que Bénard da Costa sólo abandonó cuando en 1980 es nombrado subdirector de la Cinemateca Portuguesa, que dirigirá desde 1991, cuando sucede a Luís de Pina. Sus treinta años de trabajo en la Cinemateca son ya historia del cine, no sólo portugués. Más de una vez he contado en esta escuela lo que representa la casa del cine de Lisboa para nosotros. Miguel Marías escribió este comentario el pasado domingo en el blog de Lumière:

"No sé si en España mucha gente era consciente de la enorme importancia de Joâo Bénard da Costa. Sin duda, es una de las razones por las que el cine portugués, con una incomparablemente menor producción que el español, es en promedio mucho mejor y contiene mucha menos podredumbre. No sólo hizo un trabajo notable al frente de la Cinemateca Portuguesa, sino que, como era muy culto (no sólo de cine), y sabía hablar y escribir, consiguió dar a la Cinemateca una proyección y prestigio enviadiables. Sus publicaciones eran casi siempre modélicas, como las hojas de sala que se reparten en las sesiones. Para mí era, además, uno de esos amigos permanentes, aunque nos viérmos muy de tarde en tarde, y una de las pocas personas cuyas recomendaciones – por sorprendentes que parecieran – me resultaban fiables."



El mismo día de su muerte, la Cinemateca Portuguesa decidió proyectar en homenaje a Joâo Bénard da Costa la película de su vida, Johnny Guitar de Nicholas Ray. Bien es verdad que para Bénard da Costa lo mismo podría decirse de cien, doscientas o trescientas películas más. Pero Johnny Guitar era algo especial. Él mismo lo cuenta así en Os filmes da minha vida... (1º vol), traduzco: "Es parte de mis leyendas atribuirme cientos de visionados de Johnny Guitar. Exageran. Sólo vi Johnny Guitar 68 veces, entre 1957 y 1988. ¿Es suficiente para saberla de corrido? Nunca se sabe Johnny Guitar de corrido. Cada vez es una nueva vez". Y más adelante: "Nunca sabemos qué pasó con Johnny y Vienna durante esos cinco años sin verse, entre una tarde en el Hotel Aurora (de ese hotel sí se habla en el filme) y la tarde en que él regresa". Y en el párrafo siguiente: "¿Johnny Guitar es un filme construido en flash-back sobre una inmensa elipsis? ¿O es una inmensa elipsis construida sobre un flash que no puede come back? ¿O será todo la misma cosa?"

Así que nosotros también volveremos a ver esta noche Johnny Guitar. Por un hijo del cine.

Tras la muerte de Bénard da Costa, los cinéfilos nos hemos quedado un poco más solos. Y el cine un poco más huérfano. Más aún en los tiempos difíciles que vivimos, en que tantas películas desamparadas necesitan una casa que las cobije.

Los dioses del cine han dejado de llorar sobre Lisboa, porque Joâo Bénard da Costa ha emprendido el viaje que imaginó tantas veces mientras contemplaba Johnny Guitar. Va a encontrarse con Vienna en el Hotel Aurora. Donde todo comenzó. Tiene muchas preguntas pendientes.

1 comentario:

  1. Siento mucho la muerte de Joao Bénard da Costa. Más que vivir el cine, el cine vivió en él. Y ahora muere también un poquito. Claro que nos queda la Cinemateca. Y nos quedan las muchas palabras que Bénard da Costa le dedicó al cine, "aos filmes da súa vida e aos seus filmes da vida", palabras hermosas, inteligentes y conmovedoras. Prendas del amor más puro.

    Descanse en paz.

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