2/5/10

Mayo rojo

Es sabido que la memoria es como un cesto de cerezas recién cogidas del árbol, metes la mano, coges una y vienen cinco o seis. O como el viento que, como señalaba Robert Bresson al principio de Un condenado a muerte se ha escapado, sopla donde quiere. Esta mañana, bajo el agua de la ducha, me acordé, quizá por el aquel del 2 de mayo -qué le vamos a hacer, uno de mis primeros libros fue la Enciclopedia Álvarez-, que Napoleón en el ocaso de su vida se refería a la guerra de la Independencia como aquella maldita guerra de España.

Abel Gance en el rodaje
de Napoleón


Jovellanos

Siempre estuve dividido entre el Napoleón (1927) de Abel Gance y el invasor, pero también entre los guerrilleros y los afrancesados -pongamos por caso Jovellanos-, porque, a ver, echamos a los franceses y nos quedamos con Fernando VII: es como para echarse a llorar. Pero aquella cereza de mayo no venía sola. Y es que al viento de la memoria no hay quien lo gobierne.


Antón Patiño Regueira,
en su librería Librouro de Vigo


Me acordé también de una de las historias dolorosas que cuenta Antón Patiño Regueira en Memoria de ferro, un ramo de rosas rojas para no olvidar: una memoria de hierro. Era el 1º de mayo de 1936 en Monforte de Lemos, y Nuevo, el retratista, sacó muchas fotos de los obreros en la manifestación por las calles del pueblo y en el mitin, al terminar. Apenas tres meses después, el notario Villalobos escogió a sus víctimas en el estudio del fotógrafo, reconocía los rostros, los marcaba con una cruz en las fotos del 1º de mayo, a los rojos. Aquellos obreros de las fotos de Nuevo serán capturados, torturados y paseados en el matadero (de las cunetas) del verano del 36. No faltaron tampoco en tantos lugares de Galicia las costureras rapadas por haber cosido las banderas rojas y haber bordado en ellas la hoz y el martillo, para las manifestaciones y los mítines del 1º de mayo.



Rodolfo Walsh

Y ayer mismo leí ¿Quién mató a Rosendo? de Rodolfo Walsh, un reportaje modélico sobre el tiroteo del bar (y confitería y pizzería) La Real, en el barrio de Avellaneda en Buenos Aires, a mediados de mayo de 1966. En la balacera murieron tres trabajadores, a uno de ellos le llamaban el Griego. Era Domingo Blajaquis. Walsh lo retrata así: tenía la aureola de algunos viejos comunistas que toda su vida fueron corridos por la policía y al final por el partido. Una paciencia infinita y una bondad casi absurda. Walsh es la prueba del nueve de que no es imposible conciliar el sustantivo literatura y el adjetivo militante: En 1964 decidí que, de todos mis oficios terrestres, el violento oficio de escritor era el que más me convenía. Lo "desaparecieron" el 25 de marzo de 1977 unos esbirros del dictador Videla en Buenos Aires. Ya sé que Rodolfo Walsh merece algo más que este párrafo, pero hoy era apenas una cereza que vino enredada en una memoria del mayo rojo, ahora que las manifestaciones del 1º de mayo ya no ocupan las primeras planas de los periódicos, que la clase obrera es invisible y que la condición obrera se enmascara de clase media porque ya tenemos algo que perder, además de las cadenas. En eso consiste el capitalismo, en encadenarnos (esta vez de verdad) con algo que no son las cadenas, pero mucho más eficaz: una ficción llamada economía real.


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