23/3/10

Todas las historias de Roma

El cine se acuerda de todo. Recuerda todo cuanto hemos visto. Ha poblado y amueblado nuestra memoria. La ha fermentado y cocinado con un proyector de luz y una cinta de sueños en la noche de una sala oscura (del alma). En sus Histoire(s) du cinéma, Godard echa mano del mito de Orfeo para contar el viaje del cine, como el de un cineasta que bajara a los infiernos del siglo XX para rescatar las imágenes y preservarlas en la memoria. Por eso el cine es la otra memoria. El primer capítulo de esas Histories(s) se titula significativamente Toutes les histoire(s) y se cierra con un encadenado de los ojos de Giulietta Masina, encarnando a Gelsomina en La strada (1954) de Federico Fellini, con la imagen estremecedora del salto al vacío de Edmund, el niño protagonista de Gemania, anno zero (Alemania, año cero, 1947). Gelsomina es la lunática esencial del cine de Fellini que ensancha lo límites de los real mediante los sueños como herramienta de supervivencia. Edmund se cubre los ojos y se lanza al vacío de las ruinas de Berlín, incapaz de encontrar la poesía en este mundo. En el encadenado (trágico) de Godard queda cifrado el neorrealismo, una de las encrucijadas que amojonan, no sólo el cine moderno, sino nuestra propia memoria.

Fellini y Giullietta Masina (Gelsomina)
en el rodaje de
La strada

Ayer mismo vi Café Lumière (2003) una película de Hou Hsiao-hsien, una película que germina en el humus de Ozu y del neorrealismo a partes iguales. Y tantas veces he hablado con el maestro de Ladrón de bicicletas (1948) de Vittorio de Sica que sigue inspirando a los cineastas de anteayer, de ayer y de hoy, me acuerdo del detonante de El juego de Hollywood (1991) de Robert Altman, Cyclo (1995) de Tran Anh Hunh o La bicicleta de Pekín (2001) de Wang Xiaoshuai. Y me acuerdo también de lo que cuenta en sus memorias María Mercader cuando asistió con Vittorio de Sica al cine Metropolitan de Roma para comprobar las reacciones de los espectadores y presenciaron cómo un obrero acompañado de su familia pedía que le devolvieran el dinero, tan mala le había parecido la película.


Por eso viajar a Roma ha sido como volver. Como regresar a lo que hemos visto. Como recorrer las huellas de las imágenes que han fermentado en nuestra memoria. Hemos sido peregrinos que seguían el camino pautado por las piedras miliares de la cinefilia. Hace quizá quince años me pidieron que participara en un acto para reivindicar la rehabilitación del Teatro Principal de Tui y allí hablé, probablemente por primera vez en público, de la idea que subyace en este blog, es decir, de lo que el cine me enseñó, de mi escuela de los domingos que empezó en aquella sala donde proyectaban sesiones infantiles y sesiones continuas. Si recuerdo algo de lo que dije aquel día ya lejano, es porque el maestro y Esther de vez en cuando me lo recuerdan, y lástima que siempre haya que constatar que a pesar del trabajo sostenido y entregado, o sea, admirable, de Esther y sus compañeros, aquel viejo cine -para mí siempre será mi primera escuela de los domingos- continúe cayéndose sin remedio; sin duda por la desidia de las instituciones que tuvieron en su mano restaurarlo y quizá también porque el edificio no es una construcción singular, pero tiene razón Esther cuando señala que por esa misma razón sería imposible conservar un árbol, y ahora estamos hablando del árbol de nuestra memoria, como aquél que dice, del que crece ahora mismo mientras uno recuerda como si fuera ayer. Y aquel día hablé de las películas italianas que allí vi de niño y que me enseñaron que había algo llamado espaguetis -para mí existían los fideos, pero los espaguetis...-, de las imágenes imborrables de Alberto Sordi y Lea Massari comiendo espaguetis. A Esther y al maestro, como nos quieren, aquella evocación les resultó tierna, pero a la mayoría de los asistentes le debió parecer fuera de lugar y se debieron sentir representados por aquél que soltó: "¿Pero qué tonterías está diciendo éste?". Y mira por dónde me encuentro con esas imágenes como iconos de Roma en cada puesto callejero que vende souvenirs -que no recuerdos.- para turistas. Por eso, volviendo a Roma no he vuelto sino a aquel Teatro Principal que me enseñó el mundo entero. Y a comer espaguetis antes de poder probarlos.

Alberto Sordi
en
Un americano en Roma (1954)
de Steno

Lea Massari y Alberto Sordi
en Una vida difícil (1961) de Dino Risi

Puesto ambulante en Piazza Garibaldi en Roma

Si me fuera dado vivir un periodo de la historia del cine no lo dudaría, elegiría vivir en Roma entre 1944 y 1960. Quince años que conmovieron el mundo del cine. Además, como trabajaban en trattorias, cafés y pisos donde se juntaban cineastas con cinco o seis guionistas, podría pasar desapercibido. Por eso a Roma llevé un solo libro que ya había leído, Celuloide de Ugo Pirro que cuenta precisamente aquellos años que vieron nacer el neorrealismo. Y nos sirvió de guía para encontrar la casa de Sergio Amidei, en el sexto piso de un edificio contiguo con la embajada de España ante el Vaticano -en la plaza de España-, pero desde que pisamos Roma, pareciera que la memoria del cine nos había preparado el viaje sin que nosotros lo supiéramos, porque el hotel donde nos hospedamos en la Vía Sixtina estaba al lado de las oficinas de Peppino Amato, el productor de Roma, ciudad abierta, El limpiabotas, Ladrón de bicicletas o La dolce vita. Cuando le preguntamos a la recepcionista un sitio para cenar el día que llegamos, nos recomendó la trattoria de Olimpio, detrás de la sede de Il Messaggero, donde estaba en 1944 la trattoria Il cacciatore, donde se reunieron para comer Roberto Rossellini y Sergio Amidei tras la liberación, y el guionista le contó una historia -vivida por él mismo- que acabaría convirtiéndose en el germen de Roma, ciudad abierta. Y desde la Vía Sixtina hasta la trattoria bajamos por la Vía del Tritone, la calle que cruzó Roberto Rossellini, tras comer con Sergio Amidei, para encontrarse con quienes le llevarían hasta la condesa Polito, que pasaría tres millones de liras de contrabando para que pudiera preparar Roma, ciudad abierta. En fin, ¿hace falta seguir? Es como si Roma nos estuviera esperando con toda la memoria del cine a flor de piel.

Un maldito embrollo de Pietro Germi
en Piazza Farnese

Y además Roma recuerda el cine, la memoria de las películas que nos la recuerdan. Es una ciudad agradecida al cine y a todas las historias con que las películas han retratado la piel de la ciudad y sus gentes. Y luego, por si faltara algo, tiene fuentes con un agua riquísima, no sólo Fontana de Trevi, que es un gran teatro siempre abarrotado, sino las pequeñas fuentes, como aquélla próxima al paseo que circunda la Piazza Garibaldi, adonde acude la gente a llenar cántaros y recipientes de plástico para llevar a casa. Si viviéramos aquí, a buenas horas íbamos a gastar en aguas minerales, comentó Ángeles. Pero si uno quiere teatro, teatro popular, romano para más señas, mejor Campo dei Fiori.


Giordano Bruno fue quemado vido
por hereje en el mismo Campo dei Fiori
el 17 de febrero de 1600.

O los cuadros de Caravaggio en San Luis de los Franceses, cuya materia es el tema mismo de la pintura, como esos encuentros de la luz con los rostros, pongamos por caso, que encarnan el asunto mismo que cuentan, la vocación de San Mateo. Teatro de luces y sombras. Y mejor aprovechar la visita de una excursión de estudiantes cansados y así evitar ir metiendo monedas de 0,50 euros para iluminar la capilla, de eso ya se encargan los profesores. Pobres. Hasta ven con buenos ojos que nos coloquemos en primera fila, así por lo menos alguien ve con verdadero interés las obras de Caravaggio. Y la verdad, nos pasaríamos horas.


Pero (siempre) volvemos a campo de Fiori. A la librería Fahrenheit 451 de la que me habló Pepe Coira, donde encuentro una biografía de Roberto Rossellini (de Gianni Rondolino, editorial UTET Libreria, Torino, 2006) y un librito, Il mestiere del cinema de Mario Monicelli (Donzelli ed., Roma, 2009). Y muy cerca el Cine Farnese, que nos recuerda el centenario de Kurosawa, que se cumple hoy, veintitrés de marzo.



Os contaría todas las historias de Roma. Bueno, casi todas. Como que fuimos a un encuentro con Ettore Scola en la sala Alberto Sordi del Cinema Trevi, la Cineteca de Roma, en el Vicolo del Puttarello, y que estuvimos a un par de metros del director de La terraza, pero como la sala es pequeñísima apenas si había espacio para la mitad de los que estábamos, y no éramos muchos, así que nos quedamos fuera. Pero dejémoslo hoy aquí. Recordaremos Roma cada vez que la memoria nos lleve de viaje a alguna de las películas que la vieron. Y sobran razones parea volver.

8 comentarios:

  1. Las primeras pelis que has puesto me ha hecho recordar cuando en el cine echaban dos películas.
    Que maravilla, me lo pasaba genial.
    Cada domingo iba, no me perdía ni una sesión.

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  2. ¡Qué bien os lo pasásteis! Tú y todo el cine que llevaste a esa ciudad alucinante. Me alegra. Un abrazo.

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  3. Cuando estuve en Roma me empeñé en ir a ver Cinecittà. Ninguno de mis acompañantes lo acabó de entender del todo bien, pues no aparecía en ninguna guía como lugar visitable, o monumento artístico, y encima quedaba muy alejado e los demás puntos de interés turístico de la ciudad. Pero yo quería ir de todos modos y eso hice.

    Después de un montón de paradas de metro salí a la calle y enseguida reconocí la puerta de entrada con las famosas letras encima. No se podía entrar como ya sabía, pero me pasé una hora contemplando la fachada desde el otro lado de la calle.

    No sucedió nada especial, no entró nadie que pudiera reconocer, pero fue de los mejores ratos que pasé en la ciudad inmortal creyéndome "Bellíssimo" e imaginando en su interior las evoluciones de Luchino, de Vitorio, de Roberto o de Federico.

    Un abrazo y enhorabuena por otra entrada memorable.

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  4. Tengo un grato recuerdo de los cines y teatros: las lámparas, los frescos del techo, los palcos,las pantallas, el sonido,la grandiosidad...
    Por desgracia muchos de ellos han desaparecido, se han derribado o dejado caer por puro interés especulativo y ahora nos tenemos que conformar con hacer kilómetros para adentrarnos en centros comerciales donde el cine es otro producto a consumir, se habla,se rie,se come de todo...Una pena.
    Italia tiene mucho que mostrar a los amantes del cine.
    Ya veo que el cine es realmente tu vida.
    Un saludo.

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  5. Quien aparece con Sordi en la foto de "Una vida dificil" no es Monica Vitti sino Lea Massari

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  6. Gracias por la corrección. Rectifico ya.

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  7. Felicitaciones por el blog. Les envio el link deun album que tengo en mi facebook sobre las fascinantes viejas salas de cine.Fotos mas texto de Cosarinsky citando su libro Palacios Plebeyos. Pueden compartir si les gusta. Saludos . Jorge Russo


    http://www.facebook.com/media/set/?set=a.10150678831874321.414444.540474320&type=1&l=66b304aa5f

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