4/2/10

El rostro del tiempo


Desde que publiqué la entrada sobre Virxilio Viéitez decidí que le debía una a August Sander porque, aunque el fotógrafo de Soutelo no supiera de su existencia -hasta que se vio relacionado con él por los estudiosos de la fotografía muchos años después- de alguna forma Virxilio Vieitez transita por las huellas de la mirada de August Sander, como si el fantasma de éste guiara los pasos de aquél. Porque ambos avivan los misterios del aquel de mirar al ser humano y nos invitan a reflexionar sobre la encrucijada que representa una fotografía, y en particular las fotografías de August Sander, quizá el primero de los grandes fotógrafos en retratar a sus paisanos a la luz del tiempo.




En cada acto de mirar una fotografía acudimos a una cita esperada -pero quizá inconsciente- con el significado. Esperamos que las apariencias nos revelen algo. Y lo que vemos conjuga lo que la fotografía nos revela y lo que -aun sin saberlo- buscamos. Un significado que quizá necesitamos y que se nos revela en la soledad de los adentros. Uno puede explicar una fotografía y puede compartir lo que ve, pero el significado profundo es intraducible, incomunicable, y si alguna vez creemos comunicarlo, en realidad estamos desvelando tan sólo -y ya es mucho- lo que aquella mirada germinó en nosotros.






Siempre esperamos ver algo en una fotografía pero no sabríamos precisar con qué finalidad. Simplemente acudimos a una cita secreta con las apariencias fijadas en un soporte foto-químico o digital. Porque la fotografía cifra también una cita que se concreta en esa fracción de segundo en que se registra la irrupción de la luz en el curso del tiempo, interrumpiendo el movimiento y fijando las apariencias de lo visible; interrupción y fijación que dotan a la imagen de un caudal de ambigüedad. Es esa ambigüedad la que invita y acoge nuestra mirada, y la que deviene territorio para la cita con el significado que articula la hipótesis de un pasado y un futuro respecto a lo encuadrado, las ideas que sugiere y la posibilidad de una lectura. Una lectura necesariamente ambigua en la medida en que representa, en palabras de Hofmannsthal, leer lo que nunca se ha escrito, apenas la inscripción de la luz en un fragmento de tiempo. Dicho de otra forma, de lo que hablamos a propósito de la revelación del significado de una fotografía es del descubrimiento de lo universal en lo particular que se ha fijado en las apariencias de lo visible. Porque cuando la mirada acude a la cita con una fotografía, lleva consigo memoria y sueño, esperanza y pérdida, pasión y razón. Y cuando la cita cuaja en un significado íntimo, nos sentimos conmovidos y es como si, en palabras de John Berger, nos sintiéramos en casa en medio de las apariencias, igual que nos sentimos en casa con nuestra lengua materna.






Y algo así le sucede a uno con las fotografías de August Sander, son como de la familia, tan intensamente ha fermentado en la memoria -y en la imaginación- la belleza que desprenden unos retratos que representan una de las grandes celebraciones de la humanidad, o mejor, de las apariencias de lo visible del ser humano en el tiempo. En el ensayo publicado a finales de 1931, Pequeña historia de la fotografía, Walter Benjamin señala que el cine soviético de los años veinte ha dado ocasión de que aparezcan ante la cámara hombres que no hubieran servido para ser fotografiados por ella, es decir, los soviéticos llevaron a la pantalla rostros y cuerpos que no estaban hechos para el cine si no fuera por la revolución de 1917. Pues bien, ya en la segunda década del siglo pasado August Sander había fotografiado a aquellos que nunca visitarían su estudio de fotografía ni se pagarían un retrato, o sea, como ellos no venían el fotógrafo salió al camino para encontrarlos:


Hay pocos retratos fotográficos más conocidos y comentados que éste de los Jóvenes campesinos camino del baile que hizo August Sander en 1914 -también lo vi fechado en 1912 y 1913- en Westerwald (Alemania). No sé cuántas horas me habré pasado contemplando esta fotografía en todos estos años desde que lo encontré en un viejo libro de segunda mano. Resulta conmovedor esa combinación de envaramiento y señorío; esas ropas de domingo, esos bastones, esas botas y el camino enfangado; esos cuellos duros y esas manos encallecidas; esas miradas que nos contemplan, suspendidas en el curso del tiempo, entre la seriedad, el aplomo y la travesura. Sabemos de dónde vienen, sabemos quiénes son, y ellos creen saber a dónde van. Y quizá hayan disfrutado de un baile de domingo, pero no saben que, en realidad, van a una cita secreta. El de esos jóvenes campesinos retratados por Sander es un viaje en el tiempo. Vienen hacia nosotros y han atravesado un siglo. Pero como si fuera ayer, tal es la íntima inmediatez que comunica la fotografía. Y ahora debemos recordar que August Sander usaba una cámara que, en aquellos años, aún era un trasto con trípode con el que el fotógrafo aguardaba al borde del camino el encuentro inesperado con la mirada de sus modelos. Por mucho que lo subrayemos quizá no nos hagamos una idea cabal de lo extraordinario que resulta alcanzar tal grado de franqueza y llana familiaridad en un retrato realizado en esas condiciones. Basta recordar que una cámara manejable de 35 mm que podría llevarse en el bolsillo, la mítica Leica, no apareció hasta 1925, más de diez años después del milagroso encuentro de August Sander y sus jóvenes campesinos. Esos hombres que ya forman parte de nuestro árbol genealógico, porque ¿cómo no dotar a alguno de nuestros bisabuelos que nunca conocimos ese gesto, ese rostro, esa apariencia? ¿Cómo no iluminar con esas presencias algunos fantasmas familiares?





No sé mucho de August Sander. Nació en 1876 cerca de Colonia (Alemania), era hijo de un minero y en más de un sitio leí que él llegó a trabajar muy joven en la mina. Un día, un fotógrafo que debía hacer unas fotos del paisaje minero lo elige como guía. Cuando el jovencito August Sander contempla el mundo a través de la cámara de aquel fotógrafo, descubre su vocación. Suena a biografía de artista al que se le revela el camino gracias al largo brazo del destino. El caso es que se convierte en ayudante de diversos fotógrafos y a principios del siglo XX se convierte en fotógrafo profesional.

August Sander y su esposa Anna
hacia 1905

Primero abre un estudio en Linz (Austria) y en 1910 en Colonia. A partir de ese momento se entrega al proyecto de retratar a sus paisanos, de cualquier condición, clase y profesión. Su objeto era la diversidad humana. En 1929 publica El rostro de nuestro tiempo, una selección de unos sesenta de sus retratos, con un prólogo de Alfred Döblin. Pero este trabajo apenas si representaba una primera entrga de un proyecto mucho más ambicioso y que Sander titulaba El hombre del siglo XX.




Llegó a reunir cuarenta mil negativos. Pero muchos se perdieron durante un incendio en 1946, aún así se conservan los suficientes negativos y copias positivadas para valorar una obra excepcional. En 1934, los nazis llegan al poder y pusieron punto y final al proyecto de August Sander, la imagen del pueblo alemán que ofrecían sus retratos no tenía nada que ver con el ideal ario soñado por sus jerarcas. Su libro fue retirado de las librerías y su archivo confiscado.


August Sander en su casa, hacia 1960

La obra de Sander revela una confianza inagotable en el poder de las apariencias para revelar la condición humana. Encontró en su esposa Anna una cómplice y colaboradora esencial en el trabajo de laboratorio y tras la 2ª guerra mundial se dedicó a reconstruir el archivo y a la fotografía de paisajes. Murió en 1964. En sus fotos heredamos un mundo y eso que August Sander apenas si se movió del paisaje de su infancia en Westerwald. O quizá sea precisamente por eso.






Las presencias que fijó en sus fotografías habitan nuestro imaginario como fantasmas de nuestra memoria personal y ensanchan nuestra genealogía. Sus comunistas, parados, zíngaros, obreros, artistas, nazis o vagabundos constituyen, en palabras de Walter Benjamin, un atlas para ejercitarnos en la exploración del más inagotable de los paisajes: el ser humano.





En los retratos de August Sander nos aguardan los trazos esenciales y luminosos que permiten alumbrar el camino para acudir a la cita secreta con el rostro del tiempo.

3 comentarios:

  1. Puedes estar contento,es una buenísima entrada.
    Me gustan mucho los retratos de época,las personas ,las vestimentas,los peinados,las poses...Son verdaderas obras de arte.
    Un gran fotógrafo August Sander.
    Un saludo

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  2. He quedado maravillada, ¡ostras Daniel que entrada más buena!
    Y como siempre que te leo, me voy a buscar algún libro, algún artículo sobre la persona.
    Que fotografías mas estupendas.

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  3. Qué maravilla! Lo primero que me vino a la cabeza cuando descubrí a Sander es este libro, una maravilla de una humanidad y hondura sin parangón, entre lo que conozco.

    Y, claro, el trabajo de Walker Evans.

    Saludos y gracias por hacernos los domingos más agradables!

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