14/1/11

El hombre de las preguntas


Creo que cerré la entrada anterior con este fotograma de The Last Picture Show (1971) para obligarme -bueno, vamos a dejarlo en comprometerme- a escribir sobre Peter Bogdanovich. Cuando se estrenó aquí la película, acababa de cerrar el Teatro Principal de Tui, el cine en el que ví las primeras películas de mi vida. Un cine desaparecía -mi cine: el de Pasión de los fuertes, el de las sesiones continuas, el de las comedias alla italiana, donde aprendí a comer espaguetis con Lea Massari- y una película cantaba lo que (yo) perdía. Cómo no ver entonces The Last Picture Show como un acorde lírico que acompañaba el fin de un tiempo, era mi propia infancia la que desaparecía tras las puertas del Teatro Principal, como Sonny y Duane se despedían de la suya mientras contemplaban Río Rojo de Hawks en la última función del Royal Theater de Anarene. En Tui quedaban aún dos cines pero por poco tiempo. La luz del proyector (de sueños) tenía los días contados.


Pero es que, por si no fuera bastante que Peter Bogdanovich entonara una elegía por los cines -cerrados, abandonados, desaparecidos- en The Last Picture Show, además era el autor de dos de los libros que había leído y subrayado con devoción una y otra vez, dos de mis primeros libros de cine (pocos libros volví a leer con tal fervor), los libros-entrevistas con John Ford y Fritz Lang que había editado Fundamentos a principios de los 70, que luego pasaron a manos de mi hijo, como quien entrega un texto sagrado. Porque con esos libros Peter Bogdanovich nos ponía en las manos la palabra de los maestros.


Esa es la deuda que los cinéfilos hemos contraído con quien dedicó la década de los sesenta a entrevistar a los cineastas que habían atravesado el siglo XX haciendo películas, que aún estaban vivos, pero a los que ya, parece mentira pero es la pura verdad, casi nadie en los Estados Unidos de América les hacía caso, es más, los habían olvidado. Si no fuera por Bogdanovich, la palabra -método, motivaciones, oficio, frustraciones, sueños, enseñanzas- de los maestros del cine se habría perdido para siempre, la de los grandes -Hawks, Walsh, Sternberg o McCarey- y la de los considerados artesanos -Ulmer, Joseph H. Lewis o Frank Tashlin. En sus conversaciones con ellos trató de atrapar lo que había percibido en los rodajes de Hawks, Hitchcock o Ford en los que entró hasta la cocina:

En el set de una buena película, quien manda es el director; él es el primer espectador de cada escena. De esa primera reacción dependen muchas cosas; conforma cada metro de película. La presencia del director afecta a la esencia última del trabajo que se lleva a cabo delante y detrás de las cámaras. Esta alquimia otorga a la obra una tensión particular que depende de la personalidad del director que todo lo filtra.

Bogdanovich recogió sus entrevistas en Who the Devil Made It, un título inspirado en una de sus conversaciones con Hawks al que le gustaban sobre todo las películas que le permitían adivinar quién demonios la había hecho. Aquí, las entrevistas aparecieron en dos volúmenes con el título El director es la estrella que, obviamente, traiciona la idea del libro.  


Cuando ya no lo esperaba y coincidiendo con el centenario del cine se publicó aquí Ciudadano Welles, quizá el gran libro-entrevista de Bogdanovich, en dos palabras, una gozada.


Pasaron muchas horas juntos, Welles vivió algunas temporadas en casa de Bogdanovich y cuajaron una gran amistad, no exenta de desencuentros que el prólogo del libro narra con sinceridad.

Peter Bogdanovich con Orson Welles
 en el set de Catch 22 (1970) de Mike Nichols, 
mientras Candice Bergen los fotografía.

Si hiciera una lista, que no pienso, de los mejores libros de cine, es decir, aquellos que más he disfrutado y, por qué no decirlo, con los que más he aprendido, Ciudadano Welles estaría entre los diez imprescindibles.

John Ford entrevistado por Peter Bogdanovich 
en Directed by John Ford (1971) 

Y una última razón para rendir este homenaje a Bogdanovich: nadie hizo tanto para mantener vivo el prestigio de John Ford en sus últimos años. Bogdanovich y su mujer, Polly Platt, pasaron tres semanas en Monument Valley durante el rodaje de El gran combate que comenzó el 23 de septiembre de 1963. Le cayeron en gracia a John Ford, hasta tal punto que el cineasta ordenó a la producción que dispusieran una habitación para la pareja en el hotel donde estaba instalado el equipo. El director de producción no podía creer lo que escuchaba, una cosa era que Ford transigiera -aun con el colmillo retorcido- con la presencia de un periodista -Bogdanovich escribía a la sazón para Esquire-, pero otra muy distinta es que llegara a semejante colmo de la amabilidad. No sólo conversaba con Bogdanovich sino que se mostraba encantado con Polly Platt a la que, después de verla deambular por el set abrigada con una manta de los navajos, la bautizó como el-tipi-que-camina. Por supuesto, en algún momento Ford llegó a hartarse de tantas preguntas y le espetó a Bogdanovich: Peter, ¿es que no conoces las frases meramente enunciativas?

En el centro, Peter Bogdanovich y John Ford 
en Monument Valley, en 1971

Cuentan que fue allí, durante el rodaje de El gran combate, cuando Sal Mineo, uno de los actores -que había encarnado el personaje de Platón en Rebelde sin causa- le prestó a Polly Platt una novela de Larry McMurtry que le gustaba mucho y donde a su modo de ver había una película, se titulaba The Last Picture Show, pero en aquella ocasión a Bogdanovich, más allá del título, no le interesó nada, porque en la contraportada contaba que era la historia de unos jóvenes en un pueblo perdido de Texas. El caso es que en aquel rodaje se fraguó una gran amistad entre Bogdanovich y Ford que daría frutos que tantos -y tanto- disfrutamos, el libro editado en 1967, que el viejo cineasta aseguraba detestar pero del que compró doscientos ejemplares para regalar a los amigos, y  una película, Directed by John Ford, con un comentario de Orson Welles, estrenada en el Festival de Venecia de 1971 que contó con la presencia del propio Ford. Claro que, a esas alturas, la película despertó la atención de la prensa porque Bogdanovich era el reciente autor de The Last Picture Show y se le consideraba un cineasta emergente del nuevo Hollywood. En fin.


Howard Hawks y Peter Bogdanovich visitaron a John Ford, ya muy enfermo, en junio de 1973, dos meses antes de su muerte. Tras los lacónicos saludos de rigor entre los dos viejos cineastas, Ford le preguntó a Hawks si Bogdanovich le hacía también tantas preguntas. Sí, claro, le contestó. Ford exclamó: ¡Dios! ¿Continuamente? Hawks asintió. ¿Cómo lo aguantas?, suspiró Ford mirando a Bogdanovich con una arisca ironía.

Para Bogdanovich, la edad de oro del cine abarca cincuenta años, desde 1912 hasta 1962. Cuando un día se lamentaba con pesar del fin de la época dorada, Welles lo consoló: ¿Qué querías? ¡El apogeo del Renacimiento sólo duró sesenta años! La película que clausuró ese periodo añorado para Bogdanovich fue El hombre que mató a Liberty Valance, estrenada el mismo año de la muerte de Marilyn Monroe. Para la mayoría de los críticos ameriocanos, la película de John Ford resultó una decepción, en realidad consideraban que el cineasta era un viejo chocho que ya no tenía nada que decir; lo mismo que tantos críticos opinaban de las últimas películas de Renoir y Fritz Lang. A Bogdanovich, la añoranza trágica que destila El hombre que mató a Liberty Valance lo conmovió profundamente. Un aire elegíaco que se respira también en la herencia fordiana de The Last Picture Show, sobre todo a través de la presencia memorable de Ben Johnson, el protagonista de Wagon Master, encarnando a ese maravilloso personaje llamado Sam, el León.


Claro, Bogdanovich escribía sobre todo de cine americano y, sin embargo consideraba que el mejor director de todos los tiempos era Jean Renoir. Hace casi tres años publicó un artículo coincidiendo con la edición en Criterion de nueve de las películas mayores de Renoir y basta leerlo para comprobar la hondura de sus convicciones, el arraigo de su admiración por la obra y también el profundo amor por el hombre al que le unía una gran amistad. Bogdanovich, que tanto amaba la obra de Hawks y de Ford, no albergaba la más mínima duda: el más grande de los cineastas era Renoir.


Al final, apenas escribí sobre The Last Picture Show, la película que desencadenó estás líneas, otra vez será. Creo que fue por una buena razón. Para uno, el cine, además de la escuela de los domingos -y tantas cosas- es también una causa, la causa por la que Peter Bogdanovich se convirtió, antes que en cineasta, en el hombre de las preguntas.

1 comentario:

  1. Excelente entrada :) Casi he visto a Ford preguntarle a Hawks como aguantaba a Bofdanovich... pero esperamos la próxima vez y la entrada sobre The last Picture Show...ya te lo recordará Diomedes si tardas :D


    Un beso, Daniel

    ResponderEliminar