11/9/11

El jardín de la calle Újezd



No recuerdo bien si supe de Josef Sudek por alguna fotografía o si busqué alguna fotografía suya al saber de él en Toda la belleza del mundo, las memorias del poeta Jaroslav Seifert, cuando preparábamos un viaje a Praga que aún tenemos pendiente. Eran amigos y más de una vez acompañó a Sudek en sus caminatas por Praga y los bosques de los alrededores, llevándole el trípode. Lo que sí recuerdo como si fuera hoy es que me costó apartar la mirada de La última rosa, desde que le puse los ojos encima a esta fotografía que hizo Sudek en 1956.


Era la ventana. Eran las rosas. Era la transparencia, la limpidez del agua. Era la veladura del cristal. Era el umbral que cuajaba un más acá y un más allá para la mirada. Eran las sombras del tiempo atrapadas en la luz. Era la misteriosa simplicidad de la que habla de Bernard Plossu a propósito de Sudek. Sus fotografías, no se me ocurre otra forma de decirlo, crean memoria.




Josef Sudek nació en 1896. Trabajaba como encuadernador y practicaba la fotografía como aficionado. En la 1º guerra mundial pierde el brazo derecho y convierte la afición en su oficio. Retratos, vistas de Praga, paisajes. En 1927, instala su estudio en el nº 28 de la calle Újezd, en la Malá Strana de Praga, y aunque a partir de 1959 empezará a vivir en un pequeño piso de la misma calle, volverá cada día al estudio hasta su muerte el 15 de septiembre de 1976, llevando alguna vez las rosas escogidas en el jardín de los Seifert para fotografiarlas en el alféizar de la ventana.


Seifert nos describe así el estudio de Sudek en la calle Újezd:

Una pequeña  choza desvencijada, con tejado de pizarra (...) Dividió el minúsculo espacio de lo que antaño era un estudio fotográfico por excelencia, como con un solo movimiento de la mano, en tres más minúsculos todavía. El cuarto oscuro era el más cómodo. había allí una bañera de piedra con agua corriente y una bombilla roja. Y nada más. El resto de la casa estaba lleno a rebosar de una multitud de trastos. La parte de atrás representaba una especie de comedor. Había una mesa y dos sillas. La mesa, por supuesto, estaba llena de cacharros. De los de cocina y de los fotográficos. Por las noches se sentaba allí junto a su hermana. La última estancia era un recibidor. Pero servía principalmente como almacén de placas expuestas. Y también, de salón de música. El gramófono estaba colocado en el suelo. Por la noche, cuando abrían las dos camas plegables, el cuarto se transformaba en un dormitorio que era para ponerse a llorar. No obstante, aquella pobreza no afectaba en absoluto a los propietarios de la choza ni conseguía amargarles el ánimo. Sólo veían la pobreza los que venían de visita. El propio Sudek no la notaba ni se preocupaba lo más mínimo por ella. Era feliz con su modo de vida. En fin, ésa era su felicidad manca.


Pero se me olvidaba algo. Sudek tenía una rica discoteca. Dónde guardaba la colección, no tengo la menor idea. Lo cierto es que tenía decenas, quizá un centenar, de discos raros reunidos a lo largo de décadas.

En pocas palabras, reinaba allí un desorden fantástico.

(...) La ventana del estudio daba a un diminuto huerto. Cuando decimos "huerto", ante nuestros ojos aparece un pequeño trozo de tierra lleno de colores, olores, cariño y sonrisas. Pero el huerto de Sudek era, tal vez, el más triste de todos los huertos de Praga. Allí no había nada. Un par de arbustos, un árbol retorcido y una acumulación de hollines de Malá Strana. Pero en la ventana que daba a aquel lastimero trozo de naturaleza surgieron algunas de las más hermosas fotografías de Sudek. Imágenes de una luminosidad excepcional, llenas de embrujo poético y de una belleza cautivadora.



Cuando veía en su interior una fotografía, Sudek exclamaba: "Escucha la música".


Tenía que escuchar la luz silenciosa sobre la naturaleza,





o sobre las cosas más humildes.


La fotografía es rara -decía Sudek-, no debe desvelar mucho, tiene que dar pistas. No sé cómo es en otras artes, pero en la fotografía es así; debe aludir y los que la miran deben imaginarse algo detrás de ella.


Cuando los nazis ocuparon Checoslovaquia, Sudek se encerró en su estudio y siguió haciendo fotos con lo que tenía a mano. Cómo no recordar la astronomía de las cosas de Morandi. Fue como si la ascesis le llevara a la poesía de la luz. Le bastaba una ventana.Y el huerto más triste de Praga.


El jardín del tiempo donde Sudek cultivaba las rosas de la memoria.    

9/9/11

Filmar, una historia de amor

Truffaut escribió una vez que los grandes momentos del cine afloran en el encuentro de un director con una actriz. Los de su generación, pero quizá no sólo los de la suya, se hicieron cineastas para filmar a las mujeres que amaban o que podrían amar; porque rodar era una forma de vivir las más bellas historias de amor. E hicieron películas para que los espectadores compartiéramos el amor que ellos vivieron mientras las filmaban. Como ellos, cinéfilos compulsivos, que se habían enamorado tantas veces en la sala oscura. No tiene nada de extraño: el cine es una experiencia erótica y, ante la pantalla, la mirada del espectador se ioniza de deseo en la ardiente oscuridad.

Jeanne Moreau y Truffaut en el rodaje de Jules et Jim (1962)

Cuando estoy trabajando me convierto en un seductor, es algo que percibo, y al mismo tiempo, este trabajo, que es el más hermoso del mundo, hace que me sienta en un estado emocional que me empuja a iniciar una historia de amor. Ante mí tengo casi siempre una joven o una mujer, emocionada, temerosa y obediente, que confía en mí y está dispuesta a abdicar. Luego, siempre sucede lo mismo. Unas veces la historia de amor se sincroniza con el rodaje y termina cuando éste toca a su fin, y otras veces se prolonga más allá por la voluntad de uno de los dos o de ambos... le escribía Truffaut a una amiga durante el rodaje Las dos inglesas y el amor (1971). Y fue lo que le aconteció con Kika Markham, una relación que surgió mientras se filmaba la película y sobrevivió unos meses después.

Kika Markham y Truffaut 
en el rodaje de Las dos inglesas y el amor

Pero hay más. En Las dos inglesas y el amor, Claude (Jean-Pierre Leaud, el alter ego de Truffaut en tantas películas) se enamora de las dos hermanas, Anne (Kika Markham) y Muriel (Stacey Tendeter) -las dos inglesas del título-, como Tuffaut se había enamorado de otras dos hermanas: Françoise Dorleac, la Nicole de La piel suave (1964), y de Catherine Deneuve, la Marion de La sirena del Mississipi (1969).

Arriba, Truffaut con Françoise Dorleac
en el rodaje de La piel suave; 
debajo, con Catherine Deneuve 
en el rodaje de La sirena del Mississipi

Como a Claude, a una se la arrebata la muerte y la otra lo abandona para siempre. Las dos inglesas y el amor no sólo es otra de esas historias de hermanas que tanto me gustan; de hecho, no puedo ponerla en el mismo saco. Ver Las dos inglesas y el amor, aquella noche de agosto de 1974 en el cine Yut de Tui, significó uno de esos momentos cardinales de mi educación sentimental, cuando el cine era la escuela de todas las cosas. Tenía dieciocho años y era el único espectador de la última sesión, estaba solo con Claude, Anne y Muriel.




De madrugada, volví a casa. Andando. Apenas eran dos kilómetros, pero fue un viaje muy largo. Cuesta un mundo regresar, cuando sales de la noche del cine y te pierdes en la noche del mundo en compañía de los fantasmas de una historia de amor.

Arriba, Truffaut con Julie Christie 
en el rodaje de Farenheit 451 (1966); 
debajo, con Isabelle Adjani en el rodaje 
de Diario íntimo de Adela H. (1975)

En el cine de Truffaut no sólo filmar representaba una historia de amor -y las historias de amor amojonan su filmografía-, sino que las historias de amor que filmaba eran espejos de las historia de amor que vivía.


Entonces quién podría filmar una película como El hombre que amaba a las mujeres (1977) -¿por qué la habrán titulado ahora El amante del amor si la traducción literal es mucho mejor?- sino el cineasta que amaba (filmar) a sus actrices.

Fanny Ardant con Truffaut 
en el rodaje de La mujer de al lado 

Hace treinta años, mientras rodaban La mujer de al lado (1981), quizá la película suya que llevo más dentro (y que más veces re-miro sin verla), Truffaut y Fanny Ardant -la Mathlide del filme- se enamoraron.


La mujer de al lado fue su última gran historia de amor. Y Fanny Ardant, el último gran amor de su vida.

                                                                                                      (Continuará.)
    

8/9/11

Las últimas rosas





La memoria llueve.
Cómo puede arañar
una mano de agua.


(Fotografía de Josef Sudek, 1956)

7/9/11

Nada menos inocente...

Este verano nos hemos administrado -casi podría decirse que en vena- una o dos comedias por semana. Un ciclo enmarcado con dos películas de 1942: lo abrimos con The Palm Beach Story -aquí Un marido rico- de Preston Sturges, una de las obras con la mirada más ácida sobre el matrimonio que se haya rodado nunca, y lo cerramos con Ser o no ser de Ernst Lubitsch, la primera comedia negra y, sencillamente, la mejor -y más difícil y brillante-comedia de la historia del cine, que traeré por aquí muy pronto. Pero fueron las de Howard Hawks las que amojonaron el verano, desde Twentieth Century (1934) -La comedia de la vida- hasta Monkey Business (1952) -Me siento rejuvenecer-, pasando por La fiera de mi niña, Luna nueva, Bola de fuego y La novia era él,

Cary Grant y Rosalind Russell en His Girl Friday, 
Luna Nueva 

una serie de siete comedias en las que Cary Grant -en cuatro de ellas- se revela como uno de los actores hawkasianos -y luego hitchcokiano- por excelencia; no está de más recordar que fue la obra de ambos cineastas, Hawks y Hitchcock, quienes inspiraron la teoría del autor cinematográfico desarrollada por Rohmer, Truffaut y compañía en los Cahiers a mediados del siglo pasado, y cuyo momento inaugural puede señalarse en un artículo publicado en mayo de 1953 por Rivette, Genio de Howard Hawks; una inspiración que André Bazin valoraba en un artículo de febrero de 1955 en la misma revista, significativamente titulado ¿Cómo se puede ser Hitchco-Hawkasiano?, como una fecunda toma de partido, al reivindicar como autores a cineastas que habían desarrollado su filmografía dentro del sistema de los estudios, donde el director era considerado como un simple eslabón de la cadena de producción de películas, y en tanto que autores, sus películas pasaban a ser consideradas obras de arte.

El cartel de Hatari en un fotograma de 
Le Mépris (1963) de Godard

La primera película de Hawks que vi fue Hatari (1962), hacia finales de los sesenta, en el salón de actos del colegio de los Maristas de Tui donde proyectaron una copia en 16 mm. Y me encantó, pero su cine me enamoró para siempre cuando le puse los ojos encima a Sólo los ángeles tienen alas, la película que me convirtió de por vida a la causa de Hawks. Cómo decirlo, lo diré de la forma más directa: me gusta todo lo que hizo aunque con los años vaya cambiando las películas que me gustan más, excepto Sólo los ángeles tienen alas que siempre fue -y será- la que más me gusta.


Entre sus comedias, hubo un tiempo en que preferí La fiera de mi niña (1938), quizá la más screwball (alocada) de las suyas; habría que darle un premio al que inventó ese título -uno de los mejores que se hayan creado nunca- para Bringing Up Baby, o sea, "Educando a Baby". Recuerdo que a nuestro hijo, cuando tenía diez o doce años, le gustaba mucho pero lo ponía de los nervios y no podía entender que nos descacharráramos al final cuando Susan, una encantadora Katherine Hepburn, echaba a perder el trabajo de tantos años de David, siempre inmenso Cary Grant. En las comedias de Hawks, la locura envuelve siempre una pesadilla, y quizá para nosotros aquélla compensaba ésta, mientras que para nuestro hijo ésta pesaba más que aquélla.


La fiera de mi niña transcurre entre dos citas de Rodin -empieza con El pensador y acaba con El beso- con unos cincuenta primeros minutos espléndidos y destornillantes que te dejan exhausto -de tanto reír-, un bache intermedio de veinte minutos mucho menos inspirados, quizá porque no hay un solo personaje digamos "normal", para remontar el vuelo con la maravillosa escena de la comisaría. 


Siempre me resultó chocante que el guionista de La fiera de mi niña fuera alguien como Dudley Nichols, un colaborador habitual de Ford en los treinta -La diligencia (1939), por ejemplo-, pero cuyo habitat natural no era precisamente la comedia, y sin embargo el guión de La fiera de mi niña, aun con el bache intermedio, debe figurar entre lo mejor de su obra; partía de un relato de Hagar Wide, una escritora que no tenía ninguna experiencia como guionista pero Hawks la convenció para que trabajara con Nichols, y escribiendo juntos se enamoraron; con toda seguridad el guión salió ganando, y Hawks, Hepburn, Grant y nosotros.

Hawks con Cary Grant y Katherine Hepburn 
en el rodaje de La fiera de mi niña

No sería el último trabajo de Hagar Wide como guionista; volverá a colaborar con Hawks en La novia era él (1949), escribiendo el guión con Charles Lederer, un viejo conocido de Hawks, que firmará con I. A. L. Diamond y Ben Hecht, Me siento rejuvenecer, quizá la comedia más perfecta de Hawks, una película que puede verse -y se ve- como una prolongación de La fiera de mi niña -catorce años después-, otra indagación en los conflictos derivados de la tensión entre Naturaleza y Cutura, Primitivismo y Civilización, Infancia y Madurez,  con algunos momentos magníficos como los que tienen las piernas de Marilyn Monroe como detonante cómico.




Charles Lederer había escrito el guión de His Girl Friday (1940), conocida aquí como Luna nueva, una película en la que los periodistas son vistos como verdaderos gánsteres -con visos de los de Scarface (1932)-,  la comedia más corrosiva y salvaje del cineasta, tanto que sería inimaginable -bajo la dictadura de lo políticamente correcto- en el Hollywood de hoy, aunque la verdad es que casi nada apasionante es imaginable allí -o en lo que aquello represente ahora para el cine.


Sé que Ángeles seguramente preferiría que hablara hoy de Bola de fuego (1941), otro cuento -de hadas- sobre la inocencia irrecuperable, una comedia por la que siente debilidad, una debilidad que comparto en la vertiente Barbara Stanwyck -bruja y princesa a la vez-, pero creo que tampoco le disgustará que hoy me quede un rato con Luna nueva.


Luna nueva es una adaptación de The Front Page, o sea, Primera plana -como se titulará aquí la adaptación de Billy Wilder en 1974-, una obra de Ben Hecht y Charles MacArthur que se había estrenado  con gran éxito en Broadway el 14 de agosto de 1928, y con el mismo título ya había sido llevada al cine por Lewis Milestone en 1931.


Cuentan que en una fiesta a finales de los años 30, Hawks se propuso demostrar que The Front Page tenía los mejores diálogos del teatro americano; él leía el papel de Walter Burns y, como ninguno de los hombres presentes se aviniera -o como no hubiera otra presencia masculina que el cineasta (casi me gusta más imaginar esta posibilidad)-, hizo que una chica leyera el papel de Hildy Johnson, el reportero estrella, que, tanto en la obra original como en la película de Milestone o la de Wilder, era un papel masculino. Entonces, Hawks cayó en la cuenta de que el personaje de Hildy Johnson funcionaba mucho mejor si lo interpretaba una mujer, una mujer en un mundo de hombres.


Y claro que funciona de maravilla: gracias al cambio de género se conjugaba la tensión profesional con la sexual, la crítica social con un tratado de las pasiones y la sátira con la guerra de sexos. Pero resulta curioso que la idea se le ocurriera al cineasta que convirtió las historias de amistad y camaradería, pero sobre todo de amor, entre hombres -Sólo los ángeles tienen alas o Río Bravo por citar sólo dos de las más representativas-, en un motivo recurrente de su filmografía.

Ben Hecht y Charles MacArthur 
en el Hotel Room de Manhattan, 
en febrero de 1947 

A Hawks le costó convencer a Harry Cohn, el mandamás de la Columbia, de hacer un remake con una actriz encarnando a Hildy Johnson, pero en cuanto lo consiguió se puso manos a la obra. Habló con Hecht, que no puso ninguna objeción al cambio, incluso -según Hawks- comentó que ojalá se le hubiera ocurrido a él antes, pero en ese momento estaba trabajando en una de las infinitas re-escrituras de Lo que el viento se llevó para Victor Fleming, bueno, en realidad para David O. Selznick. Entonces Hawks contactó con Gene Fowler, un amigo de Hecht, que se ofendió con la sola idea de semejante cambio. Y así llegó hasta Charles Lederer, también amigo de Hecht, y con el que ya había colaborado en Scarface, en la que el guionista había escrito diálogos adicionales. A esas alturas, Hawks estaba rodando, también para la Columbia y Harry Cohn, Sólo los ángeles tienen alas, pero  empezó a trabajar con Lederer en la nueva versión de The Front Page.

Charles Lederer

Aunque más adelante Hecht, otro de los guionistas de Scarface, participó en la escritura del guión, fue idea de Lederer que los protagonistas formaran un matrimonio que acabó en divorcio; así, la película cobraba una trama de segunda oportunidad -o de recasamiento- para la pareja y reforzaba el deseo de Walter Burns de mantener a su lado a Hildy Johnson, ya que no sólo la quiere como periodista sino también como mujer, pero conservar a ambas representa un conflicto peliagudo.


Harry Cohn no tenía dudas sobre los actores que debían encarnar a la pareja protagonista: los mismos de Sólo los ángeles tienen  alas, o sea, Cary Grant y Jean Arthur. A Hawks, Cary Grant le parecía de perlas, es más, siempre tenía en sus películas un papel para Cary Grant aunque no fuera de protagonista -en Río Rojo o Río Bravo, pongamos por caso-; aunque los rechazara, por tentarlo que no quedara. Pero no congeniaba con Jean Arthur, la inolvidable Bonnie Lee de Sólo los ángeles tienen alas, una actriz que se resistía al método de Hawks. Así que le ofrecieron el papel a Ginger Rogers, Claudette Colbert, Carole Lombard, con la que Hawks había trabajado en La comedia de la vida. Y a la que prefería el cineasta, Irene Dunne; desde luego la película hubiera sido distinta con ella pero era una opción maravillosa. El caso es que todas rechazaron el papel, quizá porque todas conocían la obra original y/o la película, y no imaginaban que el papel de Hildy Johson cobrara tanto relieve. Así fue cómo a dos semanas de la fecha de inicio del rodaje el papel llegó a Rosalind Russell, gracias a una gestión de Harry Cohn con la MGM, la productora que tenía bajo contrato a la actriz y donde acaba de rodar Mujeres (1939) de Cukor. La Hildy Johnson de Rosalind Russell en Luna nueva es un personaje memorable; fue el papel de su vida.

 
Pero no nos recreemos en un flashforward; se echaba encima el rodaje de Luna nueva y Rosalind Russell iba a encarnar a Hildy Johnson. A ella le resultó humillante que, después de ofrecerle el papel a tantas -las importantes-, ella fuera algo así como un recurso de última hora. Sólo Cary Grant -se hicieron muy amigos y se lo pasaban de maravilla juntos- le daba la confianza que necesitaba para afrontar el personaje, pero aun así... Hawks era un director de pocas palabras, podía llegar a ser taciturno por momentos, y nunca le decía qué pensaba de su trabajo. Cary Grant la tranquilizó: si a Hawks no le gustaba, se lo diría. Y pronto Rosalind Russell empezó a disfrutar con la libertad que el cineasta le otorgaba para improvisar con Cary Grant, y acabó apreciando el genio y el estilo de Hawks: Era un director magnífico, nos estimulaba y nos dejaba hacer. En pocas palabras, la actriz se adaptó a la perfección al método de Hawks, ese método al que resultaba refractaria Jean Arthur. Y ahora quizá convenga decir unas cuantas (palabras) más a propósito del tal método, sobre todo porque se escuchan -y se leen- tantas tonterías sobre el guión -el famoso "guión de hierro"- y la dirección en el Hollywood clásico que casi resulta imprescindible poner algunos puntos en estas o aquellas íes.

Hawks en el rodaje de Luna nueva

Nos sentamos en un cuarto y escribimos el guión lo mejor que podemos, pero cuando llega el rodaje todo cambia, confesaba Hawks. "Todo cambia" quiere decir que los personajes deben cobrar vida con unos actores concretos, que el guión es letra muerta si no respira en cada escena, si no fluye en cada plano, ante la cámara, y si esto es aplicable a cualquier película, lo es aun más si se trata de una comedia, y no digamos de una comedia loca, donde el álgebra de los movimientos, los gestos y los diálogos -su tono, grano y matices-, coreografiados con la cámara deben transfigurarse en una alquimia donde se conjugan la teoría del caos y la física cuántica, pero suena como una fuga de Bach o una pieza de cámara de Mozart. Algo así. Hawks quería encontrar el latido de lo prístino, por eso necesitaba que los personajes afloraran en los actores y en ese proceso el guión sólo era  un asidero. Preparaba minuciosamente con los guionistas el comienzo de la película, las premisas de la historia; apenas hay cambios entre las primeras escenas de sus películas en relación con sus respectivos guiones. A partir de ahí, y como rodaba la historia en continuidad -por orden cronológico-, iba desarrollando la película con las aportaciones de los actores y daba forma a sus interacciones, moldeando sus personalidades como personajes y viceversa, con vistas a insuflar el decisivo soplo de vida a lo que estaba contando. Por así decir, la película iba creciendo orgánicamente a medida que se rodaba. Hawks animaba a los actores a improvisar, a usar el guión como disparadero de la inspiración, y siempre tenía cerca a los guionistas para reescribir las escenas, como si no existiera algo llamado versión final hasta que se rodaba el último plano de la película. El guión para Hawks era un work in progress y películas como Luna nueva cuajaron su escritura a pie de cámara, hasta el punto de que, tras varios borradores de Charles Lederer, seguía sin convencerle la escena final y contrató a Morrie Ryskind -el guionista, pongamos por caso, de esa maravilla titulada aquí Al servicio de las damas (1936) de La Cava. Parece ser que Ryskind escribió un final que le parecía estupendo (con una re-boda de Walter Burns y Hildy Johnson en la sala de prensa) pero cometió la imprudencia de contarlo en una reunión de guionistas; unos días después un colega le contó que acaban de rodar su final... en otra película. Y tuvo que escribir otra escena que, sobra decir, esta vez sólo se la contó a Hawks. Ryskind, dicen, agradeció el latrocinio que le obligó a escribir un final incluso mejor.


Rosalind Russell, aun divirtiéndose con el método de Hawks, notaba que las mejores réplicas -improvisadas- eras siempre las de Cary Grant, quizá porque el actor tenía más facilidad, pero también porque ya había rodado con el director y estaba familiarizado con su forma de trabajar. La actriz le comentó el problema a su cuñado, director de una empresa de publicidad, que le recomendó a uno de sus redactores. Rosalind Russell pagó doscientos dólares semanales de su bolsillo, sin que nadie lo supiera, al redactor del que nunca reveló el nombre para que le sugiriera ideas y un surtido de réplicas durante el rodaje. Porque a Hawks, si le sonaba bien, si el diálogo improvisado respiraba con el compás de la historia, se olvidaba del guión. Así que, aprovechando el ambiente propicio generado por el director, Rosalind Russell llegaba al rodaje y no le comentaba los cambios a Hawks, simplemente le soltaba sus frases a Cary Grant que se las veía y se las deseaba para mantener el ritmo. Y el director encantado, claro.


Si hay algo que caracteriza a Luna nueva respecto a las demás comedias de Hawks -y casi a cualquier comedia- es el diálogo, que se convierte en el tercer protagonista de la película, ese torrente que se despeña en las escenas más frenéticas a 240 palabras/minuto. Para hacerse una idea de la dificultad que representaba ajustar la velocidad de fraseo, el diálogo cruzado y los matices de la dicción con los  movimientos, gestos y entradas y salidas de personajes en una coreografía precisa y fluida, basta señalar que la escena del restaurante con Cary Grant, Rosalind Russell y Ralph Bellamy necesitó cuatro días de trabajo -Hawks utilizó una sola cámara-, el doble de los previstos en el plan de rodaje.



Una escena que rima con la que se desarrolla en la sala de prensa durante el tramo final de Luna nueva cuando la historia desemboca en un frenesí imparable; una rima que convierte  los cambios de posición de los personajes en el encuadre en elementos reveladores del arco que han recorrido en el curso de la acción dramática.


Quizá escarmentado por La fiera de mi niña, Hawks puso mucho cuidado en Luna nueva para no agotar al espectador con una cascada sin tregua y quebró el ritmo alocado y el crescendo verbal con alguna escena sosegada -y aun recogida-, como la entrevista de Hildy Johnson con el condenado a muerte Earl Williams, o con una escena preñada de silencios como la posterior al despliegue de crueldades de los colegas de Hildy con Molly, la "novia" de Earl, que se acaba tirando por la ventana unas escenas después para protestar por el acoso al que la someten esos gánsteres de la prensa y, de paso, librarse de ellos; y, por otro lado, equilibró la pareja protagonista en clave screwball con otros personajes en clave realista como el novio de Hildy Johnson o los demás periodistas.



Cada vez que veo Luna nueva me maravilla la naturalidad con que aquellos cineastas clásicos -y los operadores de cámara- eran capaces de encuadrar a diez personajes en plano americano u ocho en plano medio, y con un formato más bien cuadrado. Pero lo que me cautiva de la película -y del cine de Hawks-, a veces hasta el arrobo, es la transparencia de la puesta en escena, como si los planos nacieran sin mediación, como si en cada uno de ellos no cuajaran complejas operaciones formales, relativas al encuadre sí, pero también al enhebrado de ese plano en el curso de la escena, y de la escena en el curso de la película, explotando motivos que se han sembrado antes y sembrando otros que serán explotados más adelante, porque el arte de la puesta en escena se conjuga en el curso del tiempo. Una puesta escena que se oculta manifestándose como si de una evidencia se tratara, como si lo que es no pudiera ser de otra manera, como si los espectadores estuvieran a solas con los personajes y no hubiera nadie más en el mundo salvo el mundo que aflora en la pantalla. Sobra decir que semejante enmascaramiento se revela como un síntoma inequívoco de que nos encontramos ante la obra de uno de los más grandes estilistas de la historia del cine, en el mismo sentido en que nos referimos como estilista a un R. L. Stevenson. Y no se nota la puesta en escena de Hawks porque todo es puesta  en escena: los abrigos que Cary Grant no le ayuda a ponerse a Rosalind Russell -y el abrigo que ella no consigue ponerse-; las puertas que no le abre y en las que no le cede el paso o en las que rectifica y sí; el teléfono que se cae casualmente, entre tantos teléfonos que se usan...  



Y los cigarrillos. Los que Cary Grant no le enciende a Rosalind Russell, el que enciende agarrando la mano de ella, los que fuman juntos, el cigarrillo que ella le ofrece al condenado a muerte... Tensión, complicidad, compasión, chantaje, seducción, intimidad... Cuántas cosas puede contar un cigarrillo si lo pone en escena Howard Hawks. Uno se pregunta qué sería de él, de su filmografía, sin los cigarrillos. Alguien dijo una vez que las intenciones ocultas -no verbalizadas, por no dichas (porque no podían decirse)- de Sólo los ángeles tienen alas pueden ser leídas en términos de quién enciende el cigarrillo a quién, cuándo y por qué. Sin llegar a tanto, también se desgranan momentos memorables en Tener y no tener, El sueño eterno o Río Bravo gracias a la elocuencia de los cigarrillos.    

Un fotograma de Tener y no tener

Robin Wood, el autor de uno de los libros de cabecera sobre Hawks, anotaba como la principal deficiencia de Luna nueva que con todos los giros, complicaciones y réplicas vertiginosas entre Cary Grant y Rosalind Russell nunca podemos olvidarnos de que Earl Williams se está ahogando en el buró de la sala de prensa. Pero tiene razón Bénard da Costa cuando señala que justamente esa crítica es el mejor elogio de la película: no podemos olvidarnos por un efecto de la puesta en escena, el cineasta quiere -busca- ese contrapunto siniestro a la guerra de sexos entre Cary Grant y Rosalind Russell. La comedia en Hawks nunca es menos que ácida, y la risa, como en todos los grandes humoristas, apenas una fina piel que envuelve lo trágico.


El gran tema de las comedias de Hawks es la inocencia, el imposible retorno a la infancia, al reino de la irresponsabilidad. Ninguna imagen puede cifrar mejor el tema de nuestra irremediable pérdida -y la añoranza por aquel tiempo en que pudimos hacer el indio- que ese plano de Cary Grant con pinturas de guerra en Me siento rejuvenecer, su última película con Hawks. 


Nada menos ingenuo que el tratado sobre la inocencia perdida que destilan las comedias de Hawks. Y nada menos inocente que su puesta en escena.

4/9/11

La mirada


De todos los Pessoa, fue Alberto Caeiro el primero que conocí -hace casi cuarenta años- y el último que amé. Prefería a Álvaro de Campos (Ao volante do Chevrolet pela estrada de Sintra / Ao luar e ao sonho, na estrada deserta, / Sozinho guío, guío quase devagar, e um pouco / Me parece, ou me forço um pouco para que me pareça, / Que sigo por outra estrada, por outro sonho, por outro mundo...), a Ricardo Reis (Segue o teu destino, / Rega as tuas plantas, / Ama as tuas rosas. / O resto é a sombra / De árvores alheias...), a Pessoa mismo (O poeta é um fingidor, / Finge tâo completamente / Que chega a fingir que é dor / a dor que deveras sente...), discípulos todos del maestro Alberto Caeiro; y desde luego al Bernardo Soares del Livro do Desassossego, un libro de cabecera para las noches desveladas y las horas ensoñadas (Dormia tudo como se o universo fosse um erro...). Me llevó su tiempo sentir la simplicidad y el estoicismo  -y sensualismo- de Alberto Caeiro, quizá porque encuentras a un poeta cuando más lo necesitas -una candela, amparo o un bálsamo- y Pessoa inventó poetas para todas las edades de la vida; hasta la verdad se inventa -es decir, se la trae de muy lejos-, como nos enseñó Antonio Machado. O quizá porque, cuando llegó a mis manos, quería dejar atrás la aldea y ahora, cada vez que vuelvo a la casa donde nací -cada vez con más frecuencia, aun sin ir- comprendo que no me fui nunca por lejos que me fuera. O quizá porque la memoria es un paseante que ama la lluvia -¡Maravíllate. memoria! / recuerdas lo que no ha sido... canta Pessoa- y nos cala con las primera luces que nos alumbraron, y sólo desde ellas se puede construir una mirada sobre las cosas esenciales, el lugar para ver, el teatro de los adentros. Ver, por ejemplo, que Alberto Caeiro es el poeta de la mirada, y el maestro de ese Pessoa cuyo único deseo era ver y se veía como el único poeta de la Naturaleza.


Os dejo dos fragmentos  y un poema de O Guardador de Rebanhos de Alberto Caeiro y la traducción de Ángel Crespo:

Pensar incomoda como andar à chuva
Quando o vento cresce e parece que chove mais.
Não tenho ambições nem desejos.
Ser poeta não é uma ambição minha
É a minha maneira de estar sozinho.

Pensar es incómodo como andar bajo la lluvia
cuando el viento arrecia y parece que llueve más.
No tengo ambiciones ni deseos.
Ser poeta no es una ambición mía.
Es mi manera de estar solo.


Da minha aldeia vejo quando da terra se pode ver no Universo....
Por isso a minha aldeia é grande como outra qualquer
Porque eu sou do tamanho do que vejo
E não do tamanho da minha altura...

Desde mi aldea veo cuanto del Universo se puede
          contemplar desde la tierra...
Por eso es mi aldea tan grande como cualquier otra
          tierra,
porque yo soy del tamaño de lo que veo
y no del tamaño de mi estatura.


O meu olhar é nítido como um girassol.
Tenho o costume de andar pelas estradas
Olhando para a direita e para a esquerda,
E de vez em quando olhando para trás...
E o que vejo a cada momento
É aquilo que nunca antes eu tinha visto,
E eu sei dar por isso muito bem...
Sei ter o pasmo essencial
Que tem uma criança se, ao nascer,
Reparasse que nascera deveras...
Sinto-me nascido a cada momento
Para a eterna novidade do Mundo...


Creio no mundo como num malmequer,
Porque o vejo. Mas não penso nele
Porque pensar é não compreender...
O Mundo não se fez para pensarmos nele
(Pensar é estar doente dos olhos)
Mas para olharmos para ele e estarmos de acordo...


Eu não tenho filosofia; tenho sentidos...
Se falo na Natureza não é porque saiba o que ela é,
Mas porque a amo, e amo-a por isso
Porque quem ama nunca sabe o que ama
Nem sabe por que ama, nem o que é amar...


Amar é a eterna inocência,
E a única inocência não pensar...


Mi mirada es nítida como un girasol.
Tengo la costumbre de ir por los caminos
mirando a la derecha y a la izquierda,
y de vez en cuando mirando para atrás...
Y lo que veo a cada instante
es lo que nunca había visto antes,
y me doy cuenta muy bien de ello...
Sé sentir el pasmo esencial
que siente un niño si, al nacer,
de veras reparase en que nacía...
Me siento nacido a cada instante
a la eterna novedad del Mundo...

Creo en el mundo como en una margarita
porque lo veo. Pero no pienso en él
porque pensar es no comprender...
El mundo no se ha hecho para que pensemos en él
(pensar es estar enfermo de los ojos),
sino para que lo miremos y estemos de acuerdo...

Yo no tengo filosofía: tengo sentidos...
Si hablo de la naturaleza, no es porque sepa lo que es,
sino porque la amo, y la amo por eso,
porque quien ama nunca sabe lo que ama
ni sabe por qué ama, ni lo que es amar...

Amar es la eterna inocencia,
y la única inocencia es no pensar.