12/5/12

Almanaques de la infancia



Cuando era niño, pero mordido ya por el vicio de leer, tenía mis rincones favoritos para devorar los libros. Un ameneiro (o aliso), cuyo tronco formaba un asiento sobre la corriente del San Martiño, un regato que encañaron cuando construyeron el puente nuevo sobre el Miño en Tui; allí me gustaba leer a Salgari y Julio Verne, con el rumor del agua colmando aquellas páginas con ecos de mares soñados y viajes imposibles, en El Rey del Mar con los piratas de Mompracem


o en el Nautilus con el capitán Nemo.


El panasco (o prado) -una palabra que escucho siempre en la voz de mi abuelo- asombrado de bidueiras (o abedules) en el camino del río donde leí por primera vez La isla del tesoro, un libro que ahora nos devuelve nuestra propia historia como si ésta ya fuera ceniza en la memoria, que decía aquel verso de Borges.


El pasillo, que separaba la habitación de mis padres de la de mi tía y que acababa en una puerta-ventana que se abría sobre la bodega y a donde llegaban las ramas de un ciruelo; en verano era el lugar más fresco de la casa, y echado en una manta leí allí El conde de Montecristo y Los Miserables y Nuestra Señora de París; aquel pasillo no puedo recordarlo sino transitado por los fantasmas de Edmundo Dantés y Jean Valjean, y Quasimodo y la gitana Esmeralda, que serán para siempre Charles Laughton y Maureen O'Hara.



Y la cama turca del cuarto de mi tía Sofía, con un colchón de follato (las hojas de las mazorcas del maíz, en casa le decíamos "follaco"), adonde me devuelven una mano de lluvia o veladuras de niebla en las horas del invierno, a los episodios encantados del Libro de las Maravillas de Marco Polo, El último mohicano o La minas del rey Salomón.


Tenía -tiene- razón Proust, volvemos a hojear esos libros como si fuesen almanaques de la infancia, donde aún fuera posible recobrar aquellos lugares que habitamos en la plenitud de las horas lentas y que encuentran en el tiempo amarillo de sus páginas quién sabe si su último refugio.

El niño Marcel Proust

A esos Días de lectura le dedicó Proust páginas bellísimas que se abren con estas líneas memorables:


Quizá no hubo días más plenamente vividos en nuestra infancia que aquéllos que creímos dejar pasar sin vivirlos, aquéllos que pasamos con uno de nuestros libros preferidos. 



(La fotografía del ameneiro que abre este almanaque se le debe a Gabriel Pacín.)

1 comentario:

  1. Yo también tuve una cama turca :) en casa de mi abuela. En ella me pilló mi madre leyendo a las tantas a la luz de una linterna, ignorando todas las prohibiciones y me confiscó el libro, claro, tuve que bajar a rescatarlo, estaba muerta de angustia, no me podía creer que fueran a fusilar al coronel Aureliano Buendía, cuando llegó Jose Arcadio con su escopeta la más aliviada fui yo, mucho más que el propio Aureliano o que el capitán Roque Carnicero :)

    Preciosos almanaques. Un beso

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