7/12/11

El atlas de Las Batuecas



De niño, como era propenso al pasmo, me embelesaba en un visto y no visto, y costaba un mundo arrancarme de los arrobos, cuando mi tía me llamaba para ir a un recado y no respondía, y se quejaba -¿Onde estará o neno?-, mi madre, sin levantar la vista de la costura, decretaba: ¿Onde vai estar? Nas Batuecas. Como lo mío debía figurársele incorregible, nunca me hacía en las nubes o en Babia, y echaba mano de algo más contundente y conceptualmente definitivo como Las Batuecas. Me pasaba horas en Las Batuecas. Pero la cosa fue a peor.


Debía tener ocho años cuando me echaron por Reyes un atlas: el Atlas geográfico universal de Salvador Salinas Bellver. Aquel día me pusieron en las manos una escuela de horizontes, horas interminables para declinar lecciones de lejanías y días gozosos para cartografiar los confines incógnitos de la imaginación. Qué digo días, noches también de viajes fantásticos sin salir del cuarto, navegando en el océano de una colcha sobre la que se desplegaba un mapa mundi, despertando el sueño de maravillosas singladuras que la mirada ya presiente en la yema de los dedos mientras recorre meridianos promisorios.


Ignoré los otros -pocos- regalos. Nada podía compararse con aquel Atlas que fundó mi amor por los mapas. Gracias a la recomendación del maestro leí una vez La catedral y el niño, en la que Eduardo Blanco Amor evoca la Catedral de Ourense como un inagotable juguete de piedra. Como mi atlas, un inagotable juguete de odiseas. Mi madre lo supo en cuanto le puse los ojos encima: Fixémola boa, agora xa non vai saír das Batuecas.

Camino de Las Batuecas, entre Tenebrón y Morasverdes

Y ahora, tantos años después, no puedo contemplar este paisaje sino como un trocito de cine de Angelopulos o una geografía fantástica, germinada en los mapas de la infancia que soñé en el atlas de Las Batuecas.

1 comentario:

  1. Me ha gustado saber que lo de Babia tiene carácter reversible. Lo difundiré :)

    Cuántas misterios, cuántas vidas posibles caben en un mapa

    Un abrazo, Daniel

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