31/8/11

El sabor de la ceniza

Edith Wharton cuenta en sus memorias -Una mirada atrás- cuánta desazón le produjeron las últimas novelas -cita expresamente Las alas del deseo y La copa dorada- de Henry James: ...aun con toda su belleza moral, me parecían más y más faltas de atmósfera, más y más separadas de este nutritivo aire humano en el que todos vivimos y nos movemos. Le daba la impresión de que la poética -tan admirable- de James pagaba un precio demasiado caro al minimizar o sacrificar los movimientos irregulares y hasta irrelevantes de la vida. Como no se sacaba el tema de la cabeza, un día le preguntó cuál era su idea al enrarecer el espacio en torno a los cuatro personajes principales de La copa dorada, suspendidos en el aquel de observarse unos a otros, y por qué los había despojado de todos los "flecos humanos" que necesariamente arrastramos detrás de nosotros a lo largo de la vida. A esas alturas, una sensación de fracaso asediaba al maestro y se sentía vulnerable a cualquier atisbo de crítica, aunque procediera de quienes, como Edith Wharton, comprendían la carpintería literaria y admiraban el estilo, en fin, el arte de la ficción de James.


Las cuitas de Edith Wharton a propósito de las novelas de madurez de su amigo vienen a cuento, porque esa desazón por lo que James sacrificaba revela la huella digital de su obra -la atmósfera nutricia, las arrugas de la vida, el inclemente paso del tiempo, los flecos humanos...- desde sus novelas más tempranas, como Las hermanas Bunner, la novela corta que Contraseña, una editorial que no conocíamos pero que ya no perderemos de vista, acaba de publicar con exquisito cuidado: la traducción de Ismael Attrache, la ilustración de la cubierta Elisa Arguilé, el tacto, la tipografía... Lástima que no haya encontrado una imagen que muestre la delicada armonía de color, tipografía e ilustración conjugadas en la cubierta, valga ésta como una pálida huella del original.


Cuando escribió Las hermanas Bunner, en 1892, Edith Wharton tenía treinta años; faltaban casi otros tantos para la publicación de La edad de la inocencia, quizá su novela más conocida. La consideraba una obra de aprendizaje, de aquellos años en que se decía a sí misma: Todavía no sé escribir una novela; pero ya sé cómo se aprende a hacerlo. La publicó por primera vez en 1916. Basta leer esta novela de apenas 130 páginas para comprobar la gran escritora que ya era entonces, capaz de aflorar en el más insignificante de los escenarios el más íntimo y significativo de los universos. Miguel Torga señalaba que lo universal no es más que lo local sin muros, un axioma que se cumple de forma cabal en Las hermanas Bunner.

A Edith Wharton los personajes se le aparecían siempre con sus respectivos nombres aunque el encuentro sólo cuajaba cuando le hablaban. Cabe imaginar el estremecimiento cuando recibió la visita de Ann Eliza, la hermana mayor, quizá con visos de fantasma en un principio pero que acabaría alumbrando el punto de vista del relato. En los primeros párrafos, la voz narrativa nos lleva, como si de una cámara emplazada en una grúa se tratara, desde un gran plano general de la gran ciudad hasta una manzana, una calle, una tienda con un cartel que reza "Hermanas Bunner" y, cruzando el umbral, nos acerca a la protagonista; a partir de ese momento, vemos -y vivimos- la historia filtrada por la conciencia de Ann Eliza, que da forma (y de-forma, como toda óptica, como toda subjetividad) el tejido emocional de la novela; y sólo en los últimos párrafos nos alejamos de ella mientras se pierde en la muchedumbre en un  movimiento simétrico al que dibuja en la apertura. La última página de Las hermanas Bunner late ya en la primera, pero las revueltas del camino entre ésta y aquélla sólo podía descubrirlas Edith Wharton a medida que escribía, un itinerario que amojona con correspondencias, rimas y simetrías en torno a un reloj, un ramito de junquillos o un lazo carmesí, en los que fraguaba el alfabeto de los adentros con que enhebraba los silencios del corazón que habitan la novela y, no sería exagerado decir, que también lo mejor de su obra. Edith Wharton no da puntada sin hilo; cada detalle, elegido con delicadeza, aviva las brasas de lo visible en un primer momento, y más tarde, páginas después, revela el latido candente de lo invisible.

En Las hermanas Bunner, como en Ethan Frome o La edad de la inocencia encontramos ya uno de los temas cardinales de Edith Wharton: la renuncia, y cuánto daña. La historia de Ann Eliza con su hermana Evelina, en el pequeño mundo de una tienda en un semisótano de Nueva York a finales del XIX, acontece bajo el signo de la inmolación y la pérdida, y deviene una gran historia de amor a través de una escritura que destila visibilidad, esa alquimia que transfigura lo invisible en una impresión casi táctil con la calidez que desprenden sus páginas y la intimidad con que nos acerca a las hermanas, mientras desgrana el dolor, la soledad, las horas vacías, el desvalimiento y la devastación. Asistimos en Las hermanas Bunner a la tragedia de las mejores intenciones, a la inutilidad del sacrificio y a la luz última que ilumina, inesperada, el ocaso de la vida y tras una llamarada fugaz deja en los labios el sabor de la ceniza.

Fragmento de un fotograma de El silencio de Bergman

Me criaron dos hermanas que vivieron juntas toda la vida, me casé con una mujer que tiene una hermana y una de nuestras mejores amigas tiene dos hermanas. El gineceo fraterno despierta en mí una insaciable curiosidad. Las historias sobre hermanas encuentran en uno terreno abonado.

Fotogramas de El silencio


Las hermanas Lacroix o Las señoritas de Concarneau de Simenon, El silencio o Gritos y susurros de Bergman, aun con registros tan distintos, son novelas y películas, por no hablar de Las tres hermanas de Chéjov, que siento muy próximas, como Las hermanas Bunner. Qué verdaderas. Podía verlas a través del escaparate de la tienda. Casi tocarlas. Respiraba el aire del semisótano y veía las hojas del ailanto brotar en primavera desde la cama donde dormían juntas. Qué película más hermosa alienta en la historia de las dos hermanas; con Helen Mirren encarnando a Ann Eliza, pongamos por caso. Con razón me recomendó Ángeles la novela. Hacedle caso.

1 comentario:

  1. Haré caso, por supuesto. Gracias Ángeles y Daniel.

    Me he acordado al leer la entrada de otra película sobre dos hermanas que he visto este verano: "Hilary and Jackie", sobre la violoncelista Jacqueline Du Pré. Bodrio infumable que os recomiendo evitéis en la medida de lo posible.

    También he visto recientemente y me ha gustado mucho (así en familia y con sobrinos) "Dos hermanos" de Jean-Jacques Annaud. Esta sí me atrevería a recomendárosla para verla con vuestro hijo.

    Un abrazo.

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