20/6/10

Aconteceu

A mediodía, mientras Ángeles estaba en la playa y yo leía aquí y allá -un artículo de Manuel Rivas sobre Saramago en El País o un capítulo de Las guerras del cine. Cómo Hollywood y los medios conspiran para limitar las películas que podemos ver de Jonathan Rosenbaum (editado por Uqbar y el Festival Internacional de Cine de Valdivia en Chile), el último libro que compré en la Michelena-, pero sobre todo me abrazaba al dolce far niente con avaricia, aunque me tentara acercarme al ordenador y acabar la entrada sobre Sed de mal de Welles que tengo en el horno, en ésas estaba cuando nuestro hijo llamó para decirnos que Adelita, su chica, nos echaba de menos y tenía ganas de vernos. Quedamos a medio camino, en Compostela, donde, como dice aquel verso memorable de Ferrín (en Con pólvora e magnolias), estamos xa para sempre derrotados. Adelita me habla de Marilyn, acababan de leer la entrada anterior, la verdad es que más de una vez, mientras escribía sobre Marilyn me acordaba de ella, tan parecidas en algunas cosas. Hablamos de Saramago. Hablamos de muchas cosas. Después de comer, mientras caminábamos hasta Casa Felisa, nuestro hijo, cuando le pregunto si hace mucho que vio Sed de mal, nos cuenta que es una de sus películas favoritas. Así que, ya en el jardín umbrío de Casa Felisa con un güisqui por medio, piensa uno qué hizo bien o qué hizo mal si ha dejado en herencia tantas cosas inútiles. Entonces me viene a la cabeza lo que me dijo ayer mismo el maestro. Ya ya, es ayer, pero a estas edades ayer puede ser un país remoto. Lo había llamado más que nada por Saramago, porque fue gracias a él que leí el que considero su mejor libro, El año de la muerte de Ricardo Reis, por Lisboa, por la lluvia, por el fantasma de Pessoa; aunque el maestro me había llamado la atención sobre Memorial del convento. Hablamos un rato, nos reímos y, cuando ya nos despedíamos, empezó a ensoñar, quiero decir a hacerme ver algo que se le ha quedado prendido de la memoria en alguno de los pasmos a los que somos tan aficionados: ¿No sería maravilloso asomarme a la ventana en estos confines y contemplar el tránsito majestuoso de un narval?


En realidad, no nos acordábamos del término narval, sólo que se trataba de una palabra muy hermosa. Sin duda es una palabra muy hermosa. Narval. Sólo recordaba el cuerno inútil de la ballena. Monodon monoceros, su nombre científico. Quizá una de las ballenas más difíciles de observar. Un misterio. El narval. Aún escucho las palabras del maestro: el unicornio existe y vive en el mar. ¿Puede haber algo más inútil? ¿Habrá algo más esencial? Somos, como decía Nabokov al comienzo de Habla memoria, un instante fugitivo entre dos eternidades. Somos prescindibles. Cuando en las clases de filosofía de sexto de bachillerato aprendí la palabra contingente fue como si se abrieran las aguas del Mar Rojo. Estamos y un momento después ya no estamos, decía Saramago. Pero a nuestra condición contingente le cae como un guante una herencia de imágenes inútiles. Como el narval. Como una película. Como una canción. Entonces recordé aquel día en que regresábamos de Ourense y escuchamos en el coche el disco de Cristina Branco, Corpo iluminado, y el mundo mismo se recogió en tan poquita cosa cuando empezó a sonar algo tan inútil y maravilloso como Aconteceu, un tema del brasileño Pericles Cavalcanti:

Aconteceu quando a gente não esperava/Aconteceu sem um sino pra tocar/Aconteceu diferente das histórias/Que os romances e a memória/Têm costume de contar/Aconteceu sem que o chão tivesse estrelas/Aconteceu sem um raio de luar/O nosso amor foi chegando de mansinho/ Se espalhou de vagarinho/Foi ficando até ficar/Aconteceu sem que o mundo agradecesse/Sem que rosas florescessem/Sem um canto de louvor/Aconteceu sem que houvesse nenhum drama/ Só o tempo fez a cama/Como em todo grande amor.




Quizá todo lo que nos es cardinal se reduce a eso. Aconteceu.

19/6/10

A orillas del muelle en South Street


Ángeles, después de los comentarios que generó la foto de Marilyn Monroe en la entrada anterior a propósito del Ulises y del Bloomsday, como conoce de sobra mis debilidades, me tiró de la lengua y, como quien no quiere la cosa, apuntó que no estaría de más dejar negro sobre blanco aquí lo que pienso sobre ella, quiero decir sobre Marilyn. Me resisto, creo que lo más significativo ya lo dije en una entrada a propósito de John Huston y su Dublineses, la adaptación de ese cuento magistral de James Joyce titulado Los muertos, en síntesis: que Marilyn Monroe, no sólo es una de mis actrices favoritas, es una de las grandes actrices de la historia del cine.


Bastaría con que hubiera hecho Con faldas y a lo loco de Billy Wilder para que celebráramos el milagro de la encarnación de Sugar Kane, la chica del ukelele, una alquimia irrepetible de humor, encanto y candidez. Suelen referirse infinitas anécdotas a propósito de los rodajes de Marilyn Monroe que se reducen a tres rasgos sempiternos: los incorregibles retrasos, los irritantes olvidos de las réplicas y la irremediable inseguridad a la hora de rodar una escena. Así que os contaré una anécdota menos conocida pero que la retrata tanto como aquéllas. Durante el rodaje de Con faldas y a lo loco, Marilyn vio con el resto del equipo la proyección de las tomas correspondientes a la escena de la estación en que aparece por primera vez en la película. Al terminar, le comentó a Billy Wilder que no había aprovechado como era de esperar su aparición en la pantalla. Esa noche, el director y el guionista I. A. L. Diamond le estuvieron dando vueltas al comentario de Marilyn y reescribieron la escena. Al día siguiente, Billy Wilder volvió a rodarla, pero esta vez no sólo Jack Lemmon y Tony Curtis, contrabajo y saxo respectivamente de una orquesta de señoritas, reaccionan ante la aparición de Marilyn, el mismo tren parece experimentar una conmoción y suelta un chorro de vapor al paso de la chica del ukelele. Tal como lo disfrutamos en la película.

George Axelrod y Marilyn
en el rodaje de
Bus Stop.
El guionista recuerda a Marilyn
como la criatura más triste del mundo
:
Sólo sentías ganas de consolarla,
abrazarla como un padre y decirle:
"No pasa nada, pequeña".

En aquella entrada mencioné también esa delicia de Bus Stop, un proyecto elegido por la propia Marilyn, escrito por George Axelrod a partir de una obra de William Inge y dirigido por Joshua Logan. Añado ahora El príncipe y la corista, una película dirigida e interpretada por Laurence Olivier, pero en la que Marilyn, permitidme la expresión, se lo come con patatas, así de claro. Por no hablar de Niebla en el alma o de los pequeños papeles que bordó, como el de Ángela en La jungla de asfalto. En fin, que no tuve que esperar a reconocer que era una gran actriz en Vidas rebeldes, eso también lo dije, pero diré más, la película de John Huston escrita por Arthur Miller sigue valiendo la pena gracias a la íntima verdad que desprenden Marilyn y Clark Gable, sin ellos se vendría abajo.


A estas alturas, Ángeles, que ya me ha escuchado decir estas o parecidas cosas, aprovecha una pausa en la que me quedo mirando la foto que hace las veces de fondo de escritorio en este ordenador -Marilyn en un ático de Nueva York en 1955- y subraya que no incluí la foto de Marilyn leyendo el Ulises como un comentario irónico al Bloomsday. Claro que no, más allá de la ironía trágica que destilan -o pueden sugerir- las imágenes -cualquier imagen- de Marilyn, publiqué esa foto completamente en serio, como un doble tributo: a un libro y a una lectora. Entonces, apunta Ángeles, por qué no hablas de la Marilyn lectora. A ver, ya me diréis cómo voy a negarme. Estos días el trabajo me tuvo amarrado al duro banco pero esta madrugada la verbena de la aldea no me deja dormir, así que os contaré de las lecturas de Norma Jean. Os hablaré de Grúshenka. Y del vuelo del colibrí.


Empezaré por el principio, o dicho de otra forma, por la fotografía que generó los comentarios. Marilyn Monroe estaba leyendo el Ulises: si se trataba de un libro de atrezo, podría no haberlo sido. De hecho, Marilyn compró el Ulises y trató de leerlo. Marilyn sentía necesidad de cultivarse y se esforzaba por aprender, se avergonzaba de no tener estudios y se imponía la lectura de aquellos libros que escuchaba, leía o le decían que eran importantes aquellas personas a las que respetaba. Y la del Ulises no es la única foto en que aparece leyendo una obra importante. En ésta la vemos leyendo Hojas de hierba de Walt Whitman, en la cama:


Qué mejor sitio para leer. Algún día tengo que escribir sobre los libros y la cama. Cuántas fotos de Marilyn leyendo en la cama.


Cuántas fotos de Marilyn en la cama. Toda la inseguridad que le provocaba una cámara de cine, se evaporaba ante una cámara de fotos. Le aterrorizaba no gustar cuando la cámara de cine se echaba a rodar. Disfrutaba con cada disparo de una cámara de fotos. Temblaba ante una cámara de cine. A una cámara de fotos le hacía el amor. Marilyn era una tortura para los directores y un sueño para los fotógrafos.


Ante una cámara de fotos se exponía, quizá porque pensaba que la propia piel del mito era coraza bastante para proteger a la niña asustada que escondía. Por eso se desnudaba y no le importaba mostrar un costurón. Ante la cámara de fotos Marilyn no tenía secretos. Pero el tiempo hace de las suyas y revela que esa cicatriz era una herida simbólica, aún más real que la marca física en la piel del mito. Una herida que latía en el cuerpo del mito como un crisol de síntomas. Los espejos en los que se abismaba Norma Jean intentando convencerse de que esa Marilyn del otro lado (del mundo) era también ella, o si era otra que la había abandonado para irse muy lejos, o si la había olvidado, que es la más honda de las lejanías. Ah, qué sintomática la frágil memoria de Marilyn.



Cuántas fotos de Marilyn leyendo guiones, aprendiendo unos diálogos que tanto le costaba memorizar y, llegado el caso, recordar:




Existen pruebas sobradas de que Marilyn reverenciaba la inteligencia, el talento, el genio, la cultura, la erudición. Quizá sin saberlo se pasó su corta vida buscándole un cobijo al alma de Norma Jean. Buscándole también un padre al que siempre echó en falta. Por eso nunca tuvo problemas con el sexo, ya fuera en el éxtasis, en la alegría o en el tedio no era tan importante. Lo importante era la filiación, saberse de alguien que aliviara la orfandad de Norma Jean. La herida primordial que dolía en la carne, en la piel, en la mirada de Marilyn. En algún lugar necesitaba cobijar a la desvalida Norma Jean.





También estoy convencido de que esa devoción que despertó en ella, pongamos por caso Arthur Miller, jugó en su contra, acabó convirtiéndose en una debilidad y no supo manejar una situación que le generaba un sentimiento de impotencia, sobre todo a partir del momento en que comprendió que nada de lo que hiciera iba a estar a la altura de la exigencia del gran dramaturgo e intelectual americano, así lo veía ella. El gran escritor que nunca tuvo el aquel de decirle que era una gran actriz, que no necesitaba buscar desesperadamente obras maestras, que ya las había creado ella misma. Que le bastaba explorar a Norma Jean de ahora en adelante. Que no valía la pena sacrificar a Norma Jean en el altar de Marilyn Monroe. Pero nadie se lo dijo. Quizá porque sus obras maestras sólo eran comedias y no gran teatro americano como Muerte de un viajante, por ejemplo. Por eso advertimos en su mirada la inmensa soledad de Marilyn, la inconsolable orfandad de Norma Jean. Como en este retrato de Richard Avedon el 6 de mayo de 1957:


Y hasta aquel fatídico 5 de agosto de 1962 intentó educar a Norma Jean para que sostuviera el mito de Marilyn, para que el poder del mito le permitiera hacer las películas y las obras de teatro con las que demostrar que no sólo podía ser una estrella sino que -y eso era lo importante- era una actriz. Porque se tomó muy en serio el trabajo de actriz desde muy pronto. Desde 1947, cuando aún no había cumplido los 21 años y asistió a clases de interpretación en el Actors Laboratory, una derivación del Group Theater de Nueva York que desarrollaba sus actividades en un modesto local al sur de Sunset Boulevard. Las clases eran impartidas por actores experimentados de la escena neoyorquina que, desde aquellos días, representó para Marilyn un horizonte mítico hacia el que dirigirse. Por eso en 1955, cuando ya era una estrella y una imagen suya gigantesca presidía la marquesina del cine en el estreno de La tentación vive arriba en Broadway, ya se había instalado en Nueva York y asistía a clases en el Actors Studio con Lee y Paula Strasberg. Porque había mordido en el Actors Lab la manzana del arte del teatro y empezó a leer para formarse como actriz, como la actriz que quería llegar a ser. Y leyó,entre otras, una obra de Clifford Odets, Clash by Night, que había protagonizado Tallulah Bankhead en Broadway. Era una de las pocas obras que creí que podía hacer, porque había una chica que me recordaba a mí misma, recordó Marilyn. Y cinco años después interpretó ese papel -Peggy, la chica que trabaja en una fábrica de conservas- en la adaptación cineamatográfica dirigida por Fritz Lang. En el Actors Lab, Marilyn descubrió que ser actriz era algo serio y desde aquellos días quiso ganarse el respeto del mundo como actriz.

Marilyn como Peggy, la trabajadora
de la fábrica de conservas, en
Clash by Night
de Fritz Lang

En 1948 consigue un contrato con la Columbia. Harry Cohn mandó que le cambiaran el color del pelo. La prefería rubia. Luego la mandó a clases de arte dramático con una profesora que la Columbia tenía contratada para formar a las actrices noveles. Y allá fue Marilyn. A clase. La profesora era Natasha Lytess, tenía treinta y cinco años -a Marilyn le faltaban tres meses para los 22-, había nacido en Berlín, se había formado con Max Reinhardt y con la ascensión del nazismo al poder se trasladó a París, de allí a América y a Los Ángeles junto a muchos actores, escritores, músicos, arquitectos, filósofos, científicos y cineastas refugiados. Natasha Lytess consiguió algunos papeles en el cine pero, cuando conoció a Marilyn aquel 10 de marzo de 1948 ya sólo daba clases de interpretación.


Arriba, Clark Gable y Natasha Lytess
en
Camarada X (1940) de King Vidor;
abajo Hedy Lamarr entre Clark Gable
y Natasha Lytess.

Aquel encuentro fue decisivo para ambas mujeres. Para bien y para mal. Marilyn encontró a una mujer culta, que le podía enseñar muchas cosas, orientarle las lecturas y estar a su lado en los rodajes como una guía salvadora. Y Natasha, la exigente, severa y rigurosa Natasha, la mujer que enmascaraba a duras penas la amargura de su carrera frustrada y que tuvo que sobrevivir dando clases a otras actrices -tantas veces con tan poco talento-camino del éxito, estuvo a su lado rodaje tras rodaje -una presencia que irritaba a los directores porque era de ella de quien esperaba la aprobación-, hasta que Marilyn se convirtió en una estrella.




Natasha le descubrió a Marilyn la gran literatura rusa, que se convirtió en uno de los grandes amores de la actriz. Pushkin, Tolstoi, Dostoievski. Marilyn -la niña de los años de la Depresión- lloraba cada vez que leía ¿Cuánta tierra necesita un hombre?, su cuento favorito de Tólstoi, el cuento que, mira por dónde, Joyce consideraba el mejor relato que se hubiera escrito nunca. Pero se enamoró perdidamente y para siempre de Grúshenka -con acento en la u, le enseñó Natasha- la mujer que aviva la lujuria y encandila a los Karamazov. Grúshenka fue el papel anhelado por Marilyn y más cuando se enteró de que los hermanos Epstein estaban escribiendo la adaptación de la novela de Dostoievski que acabará dirigiendo Richard Brooks. Pero Natasha le hacía ver que no estaba preparada, que aún no. Con ella hablaba Marilyn de cada libro que iba leyendo, de Proust o de Thomas Wolfe. Y cuando se le acaba el dinero y los papeles no llegaban vivió una temporada en su apartamento.

Marilyn leyendo en el apartamento
de Natasha Lytess

Pero la relación entre Natasha y Marilyn llevaba una bomba de relojería dentro. Desde el primer encuentro Natasha se enamoró de Marilyn. Durante siete años la actriz necesitó a la maestra y la maestra dependió de la necesidad de la actriz. Ni una ni otra fue capaz de liberarse de las redes de dominio y sumisión, de manipulación y encantamiento, de renuncias y desgarros. Marilyn no podía renunciar a la maestra que representaba Natasha y Natasha se conformaba con ser sólo una maestra porque era la única forma de mantenerse cerca de Marilyn. Hasta que Marilyn rompió las ataduras y por una vez en su vida fue cruel. Ella, que era egoísta y desprendida, valiente y desvalida, inteligente y cándida, divertida y tristísima, mundana y la más solitaria de las mujeres, sólo fue cruel con Natasha. Y cuando se sintió a salvo de su maestra en Nueva York, cobijada por Paula Strasberg, no quiso volver a verla, aún cuando Natasha le pidió a Marilyn, estrella poderosa entonces, usara sus influencias para que la Columbia volviera a contratarla como profesora. Quizá porque aquella niña abandonada que era Norma Jean quiso sin saberlo poner la venda antes que la herida. Y no volvió a ver a Natasha Lytess, que le sobrevivió dos años, y que le habló del Teatro del Arte de Moscú y alimentó en Marilyn la devoción por Stanilavski. Y por Michael Chéjov.

Michael Chéjov con Ingrid Bergman
y Gregory Peck en
Recuerda
de Alfred Hitchcock

En 1951 Natascha Lytess propició el encuentro de Marilyn con Michael Chéjov, sobrino del gran Anton Chéjov y compañero de Stanilavski en el Teatro del Arte de Moscú, que había trabajado con Max Reinhardt, Fiódor Chaliapin, Louis Jouvet o John Gielgud , y se había establecido en Hollywood durante la 2ª guerra mundial. Cuando Michael Chéjov conoció a Marilyn, revisaba la redacción de su manual de interpretación -To the Actor: on the Technique of Acting- que se convertirá en el libro de cabecera de Marilyn, en su biblia.


Las ideas de Michael Chéjov ya le sonaban a Marilyn por Natasha pero el estilo era completamente diferente. Aquel hombre de sesenta años se tomaba su tiempo, le proponía ejercicios sencillos aunque intensos y apelaba a su imaginación, a salirse de ella, a usar su libertad. Y, lo que es el azar, le recomendó que leyese Muerte de un viajante, al poco tiempo del primer encuentro de Marilyn con Arthur Miller. Por si no hubiera suficientes motivos para que Michael Chéjov cobrara ante la actriz la estatura de un padre, pudo hablar con él de su papel soñado, de Grúshenka, y la empujó a creer en su capacidad para interpretarlo.

Marilyn en el Actors Studio

Cuando Michael Chéjov murió en 1955, Marilyn había abandonado Hollywood por unos años, vivía en Nueva York e iba a clases en el Actor's Studio. Quería reorientar su carrera, quería decidir qué películas hacer, quería tomar el control de su vida. Y estaba enamorada de Arthur Miller. Al enterarse de la muerte de Michael Chéjov, Marilyn le pidió a Miller que leyeran juntos un fragmento de Los hermanos Karamazov, como un tributo íntimo al maestro. El gran dramaturgo americano debió sentirse tan conmovido al escuchar las palabras de Grúshenka en labios de Marilyn que le prometió escribir una adaptación de la obra de Dostoievski para que ella pudiera interpretar el papel de su vida. Quién sabe si Miller creyó vivir una epifanía en la que Norma Jean al fin se fundiera con Marilyn. Quizá fue la última persona que la escuchó -y la vio- en el papel de Grúshenka. Fue también aquel año de 1955 cuando Marilyn se aventuró en las páginas del Ulises de Joyce. Otra cosa muy distinta es si disfrutó o no con la lectura, si significó algo para ella, si le dejó algún poso; lo mismo cabría preguntarse a propósito de su paso por el Actor's Studio. No lo sé. El caso es que los libros fueron siempre importantes para Marilyn.

Marilyn en el Actors Studio

Cuenta Mankiewicz que cuando la actriz llegó al plató de Eva al desnudo para rodar su papelito traía Cartas a un joven poeta de Rilke bajo el brazo. Ante la sorpresa del director, Marilyn le contó que de vez cuando entraba en la librería Pickwick y echaba un vistazo, hojeaba algunos libros y la noche anterior había leído unas páginas del de Rilke y le había interesado. Entonces Marilyn le preguntó a Mankiewicz con un sentimiento de culpabilidad si estaba mal eso. El director le dijo que no, que estaba bien, que ésa era la mejor manera de elegir un libro. Mankiewicz notó enseguida que no estaba acostumbrada a que le dijeran que hacía algo bien. Y tenía razón, porque aquello significó mucho para Marilyn, tanto que al día siguiente le envió al director un ejemplar de Cartas a un joven poeta de regalo. La fotógrafa Eve Arnold, al hacer aquella famosa foto de Marilyn leyendo el Ulises, aprovechó el libro porque era un objeto vivo para Marilyn, porque la actriz había establecido un vínculo emocional con los libros. Por qué no imaginar que aquellas líneas que leyó mientras posaba le interesaron lo suficiente para leerlo en Nueva York.

Marilyn y Truman Capote

Quizá sólo hubo tres personas de talento, además de Michael Chéjov, que, en su momento, reconocieron el talento único de Marilyn. Uno fue Billy Wilder, aunque con el colmillo retorcido. Otra fue Constance Collier una actriz de larga experiencia que había empezado en las variedades, se convirtió en una actriz shakesperiana en Inglaterra y acabó en los escenarios neoyorquinos y en Hollywood. Truman Capote se la presentó a Marilyn para que le diera clases de arte dramático. Contance Collier sólo aceptaba a actrices profesionales, como a las dos Hepburn, Katherine y Audrey, pero una estrella como Marilyn... Poco después, en las palabras con que Constance Collier definió a Marilyn encontró Truman Capote el título para uno de sus retratos memorables: Es una adorable criatura (...) Lo que ella posee, esa presencia, esa luminosidad, esa inteligencia deslumbrante, se perdería en un escenario. Es tan frágil y delicada que sólo puede captarlo una cámara. Es como el vuelo de un colibrí: sólo una cámara puede expresar su poesía.
Una adorable criatura es el título del retrato que Capote escribió sobre Marilyn. Una obra de arte. Sobra decir que Truman fue el tercero de la lista o el primero, según como se mire. Una adorable criatura acaba a orillas del muelle de South Street, en Nueva York, un 28 de abril de 1955. A Marilyn le gustaba estar allí porque olía a países remotos. Como quien busca en el horizonte o en un espejo la identidad perdida, quizá a Norma Jean que la llamaba desde el otro lado del mundo. Quién sabe si hubieran podido encontrarse a medio camino en el alma rusa de Grúshenka, en un país de lejanías.

16/6/10

16 de junio


En el Bloomsday, día de Ulises, de 1924 -dos años después de su publicación-, Joyce garabateó en un cuaderno de notas: 16 de junio, 20 años después. ¿Recordará alguien esta fecha?


El dublinés James Joyce


Quizá no haya fotos más famosas de alguien leyendo el Ulises que las de Marilyn Monroe, aunque ésta no es la más conocida:


Marilyn Monroe
ante las últimas páginas
del
Ulises


Como las demás de la serie, la hizo Eve Arnold en 1954, el año en que empezó a celebrarse el Bloomsday.

15/6/10

Tú no tienes futuro


En 1995, me pidieron una lista de las diez mejores películas de la historia del cine para el suplemento cultural de algún periódico de Galicia. Se celebraba el centenario del cine y menudeaban esas listas, no recuerdo una por una las películas que mencioné, de hecho no me gusta hacer listas de este tipo y como mucho tienen, en lo que a mí respecta, cinco años de vigencia a lo sumo, aunque tal vez cinco o seis películas se repitan siempre. Creo que sólo a partir de una lista de cien películas podríamos dar un retrato más o menos fiel de nuestro cine, de las películas de nuestra vida, o sea, del cine que nos retrata.

El caso es que aquella lista mía de 1995 la encabezaba Sed de mal de Orson Welles -Touch of evil (1958)-, una película de serie B de la Universal, la última película de Welles en Hollywood. Podría mencionar unas cuantas razones -subjetivas, claro- por las que Sed de mal era la primera de la lista y otras tantas de por qué ahora no lo sería, todas ellas superfluas. Pero sobran fundadas razones -cinematográficas- para traer por aquí a Orson Welles, las iremos desgranando, pero las que cuentan son las del corazón y ésas se sintetizan en la antepenúltima frase que pronuncia Tanya (Marlene Dietrich) en la última escena de Sed de mal a propósito de Hank Quinlan (Orson Welles), que yace muerto en las aguas cenagosas de un río, en la frontera: He was some kind of a man, que se puede traducir como "Era todo un personaje", pero me gusta más "Era todo un tipo". En el teatro, en la radio, en el cine. Demasiado grande para la vida de un solo hombre.


Sería por estas fechas en 1974 cuando, al volver del colegio público donde hacía las prácticas del último curso de magisterio, vi en el cine Malvar de Pontevedra el cartel de Una historia inmortal (1968) de Orson Welles. Esa misma tarde fui a verla, a la primera sesión. Un día de sol cálido y deslumbrante, un día de verano, vamos. Estaba yo solo en el cine. Mejor imposible. Ya sabía por alguna historia del cine, por un número de Film Ideal y quizá por la revista Triunfo quién era Orson Welles. Sabía de su leyenda: la mítica emisión radiofónica de La guerra de los mundos, la no menos mítica realización de Ciudadano Kane a los 25 años, que le había cortado la espléndida melena a Rita Hayworth para rodar La dama de Sanghai, que había rodado en España Campanadas a medianoche, que llevaba décadas intentando acabar su Don Quijote... Es más, aún vivía y se comentaba que tenía entre manos otras películas. Lo que yo no sabía era que estaba viendo una de las últimas películas acabadas de Orson Welles. Y era la primera película suya que iba a ver.

Karen Blixen entre Marilyn Monroe
y Carson McCullers.
Nueva York, 1959

Una historia inmortal
adapta un relato de Isak Dinesen -o Karen Blixen-, una escritora de cabecera de Welles. Llevaba tiempo buscando la oportunidad de adaptar alguno de sus relatos y se había hecho con los derechos de tres de ellos: La heroína, Un cuento rural, y La historia inmortal -un cuento que Karen Blixen escribió en el verano de 1952 y que aparece incluido en Anécdotas del destino-. Y aun más, en 1959, con motivo de una estancia en Hong-Kong y Macao reunió materiales y accesorios -lámparas orientales, reproducciones de jarrones Ming-, y rodó algunos planos con su Cameflex, de la que nunca se separaba, pensando en una posible adaptación de La historia inmortal. Incluso había comentado con Nicholas Ray, que dirigía en las afueras de Madrid 55 día en Pekín, la posibilidad de rodar la película "de tapadillo" aprovechando parte de los gigantescos decorados de la producción de Samuel Bronston que ni siquiera se utilizaban.

Orson Welles y su inseparable Cameflex

Esa oportunidad llegó a través de la televisión francesa que, gracias al éxito de crítica de Campanadas a medianoche en el festival de Cannes de 1966, se decidió a producir Una historia inmortal con dos condiciones: la película no debería sobrepasar los 60' y debía rodarse en color, de hecho será su primera película en color. Debido a su duración, Una historia inmortal se estrenó aquí en los cines con un complemento, un documental rodado en 1966 aprovechando que Orson Welles estaba en París para participar como actor en ¿Arde París?, la película de René Clement, se titulaba Portrait d'Orson Welles y algunas de sus imágenes las reciclará el propio Welles para su F for Fake (Fraude, 1973).

Total, que allí estaba yo, solo en el cine, una tarde de un verano que se anticipaba, y la sesión comienza con el Retrato de Orson Welles. ¿Y qué hacía Orson Welles? Pues preparaba una ensalada. Y hacía hincapié en que lo esencial era revolverla con paciencia. Nunca se me olvidó que lo primero que me enseñó Orson Welles fue a preparar una ensalada, o mejor, cómo había que revolverla. Aún hoy, revolví una ensalada como un histriónico Welles me enseñó en el cine Malvar hace treinta y seis años. Con el tiempo, y no encontrando a nadie que hubiera visto a Orson Welles revolviendo la ensalada, empecé a pensar que yo aquello lo había soñado, que aquella película sólo existía en mi imaginación. Hasta que hace quince años, un día que comimos con Víctor Erice y José Luis Guerín -cuando el primero impartió en la EIS de A Coruña un curso sobre El cine como experiencia de la realidad que más de una vez he evocado aquí-, dos cineastas que han hecho pocas películas pero que han visto muchas, así que, aprovechando que la conversación fuera a parar a Orson Welles, les pregunté por la película en que hacía una ensalada. ¡Los dos la habían visto! Por fin confirmaba la existencia real de esa película. Efectivamente, yo había visto cómo Orson Welles hacía una ensalada y me había enseñado cómo se revolvía.

Orson Welles con Jeanne Moreau
en el rodaje de
Una historia inmortal

Y luego vi Una historia inmortal. Y me enamoré de Jeanne Moreau. Y salí del cine totalmente confundido. No era la película brillante que esperaba ver después de todo lo que había leído sobre Orson Welles, el tipo que había revolucionado el cine en 1941 con Ciudadano Kane, el genio inconformista de talento deslumbrante que había filmado una batalla magistral con casi nada en Campanadas a medianoche... Acababa de ver una obra de cámara: unos pocos escenarios, gracias al talento escénico de Welles que reconvirtió calles y plazas de Chinchón, Brihuerga y Pedraza en el puerto y la ciudad colonial portuguesa de Macao -los interiores de Una historia inmortal se rodaron en la propia casa de Orson Welles en Aravaca-, y unos pocos personajes. Una película sobre un anciano, Mr. Clay -encarnado por Orson Welles-, que trata de convertir una historia (inmortal) en un hecho real. Una historia inmortal trata de cómo un hombre trasforma un relato en la vida misma. Era inevitable ver a Orson Welles haciendo una película, como lo había visto hacer una ensalada. Una película con un tratamiento del color que no sabía precisar pero que resultaba diferente a cualquier película en color que hubiera visto y con una banda sonora que no se parecía en nada a otra que hubiera escuchado. Y cuánto me dolió aquel momento en que Virginie, la gran Jeanne Moreau, desprende la conciencia del paso del tiempo mientras aguarda en su cuarto la llegada del marinero - si se queda hasta el amanecer verá la verdad sobre mi rostro, que soy vieja... ¡vieja y pintada!-, consciente también de que lo que acontecerá esa noche significará el fin de Mr. Clay porque ningún hombre en el mundo, ni siquiera el más rico, puede coger una historia que el pueblo ha inventado y contado y hacer que ocurra. Salí del cine en una burbuja de encanto y tristeza que el sol era incapaz de atravesar, después de ver una película sobre un hombre que carece de una historia propia que contar, que sólo puede poner en escena una historia que no es suya. Una historia inmortal que le cuesta la vida. ¿Era ésa la historia de Orson Welles? Tuve el presentimiento de que acababa de escuchar una confesión.

Orson Welles y Jeanne Moreau
en
Campanadas a medianoche

Me llevó veinte años ver las otras doce películas (acabadas) de Orson Welles -y de algunas como Sed de mal más de una versión- y leer muchos artículos y cuantos libros encontraba a propósito del cineasta, algunos fundamentales como los que le dedicaron André Bazin y Santos Zunzunegui, el de Robert L. Carringer (Cómo se hizo Ciudadano Kane), el de Peter Bogdanovich y el propio Welles que aquí se tituló Ciudadano Welles, y el estupendo libro de Micheál Mac Liammóir, Preparad la bolsa. El rodaje de Otelo de Orson Welles que editó José Luis Borau. Veinte años para comprender la grandeza de un cineasta amojonada en trece películas y la tristeza por las cuatro inacabadas, para comprender que el sonido llegó al cine, pongamos por caso, con El cantor de jazz, pero sólo con Ciudadano Kane, quince años después, llegó el cine sonoro; que fue el primer independiente del cine americano -por eso lo admiraba tanto el otro gran independiente, John Cassavetes-; que fue el autor de la summa del cine americano en Ciudadano Kane cuando irrumpió en Hollywood y casi veinte años después decantó la cifra de su ocaso en Sed de mal, una película de serie B que representó su adiós al cine americano; que ningún otro cineasta filmó a Shakespeare -Macbeth, Otelo, Campanadas a medianoche- con tal proximidad, como si fueran contemporáneos, como si fueran amigos íntimos, y lo eran, sólo que en la encrucijada imaginaria del texto y el cine; que contados cineastas desplegaron tal inventiva visual y tal capacidad para la alquimia sonora; que fue un actor, un dramaturgo, un narrador, un ilusionista, un cineasta, un rebelde -denostado por los estudios, un apestado de Hollywood-, un trabajador incansable, un niño cautivado por La isla del tesoro... Un artista... Todo un tipo... Toda una vida. Más que una biografía, una leyenda. Quien definió el oficio de director de cine como aquél que gobierna los accidentes.


Veinte años después de ver Una historia inmortal en el cine Malvar, cada vez que alguien vertía algún reproche por mínimo que fuera a propósito de la poca profesionalidad de Orson Welles, que era como decir cuanto mejores serían sus películas si hubiera sido más responsable y qué gran carrera echó a perder, recordaba aquello de Cyril Connolly: Nada me irrita más de la moral de medio pelo que el perpetuo reproche a los grandes artistas por no haber sido más grandes. Y tuve que esperar casi treinta años para ver otra vez Una historia inmortal, la película donde todo esto había comenzado.


Entonces entendí que uno de los motivos de aquel desconcierto era que había entrado a ver una película americana, o mejor, la película de un cineasta americano, y había salido de ver una película europea, de un cineasta europeo. Aquella noche de amor de Virginie casi abstracta donde el blanco se convierte en la dominante cromática y que emergía a través de un entorno sonoro que renunciaba a la música para usar el canto de los grillos, donde los grillos, literalmente, se acoplan, como si las dos pistas sonoras hicieran el amor y acompañaran el éxtasis de Jeanne Moreau. Una historia inmortal es una película en color, sí, pero una película en color de Orson Welles, que quería hacerla en blanco y negro y que trabaja con una paleta restringida, una gama que alguien definió como "egipcia": rojo, amarillo -con variantes ocres o pálidos-, blanco y negro; de tal forma que el color y la luz parecen trabajar el sentido con una cierta autonomía respecto a las figuras y a la narración que ellas viven, como si a través del tratamiento del color la historia inmortal emprendiera el viaje de la luz hacia el territorio del mito.


Treinta años después supe que, cuando se estrenó Una historia inmortal en la televisión francesa, la presentó Jean Renoir y consideraba la película como una confesión. Y fue como si respondiera a la pregunta que me había hecho cuando salía del cine Malvar, como si la respuesta hubiera viajado a través de los años y el viaje durara tanto para darme tiempo a ver las trece películas de Orson Welles que amojonaban el camino y entendiera sus palabras:

Jean Renoir

En los artistas hay algo de infantil. Entonces, nos damos cuenta de que ese personaje pintoresco representado en la pantalla, es el sueño de un niño que se ha convertido en hombre. Este sueño, por otra parte, como todos los sueños, reclama su decorado. (...) Nadie como Orson Welles ha creado el decorado de sus sueños
.

Cuando en 1995 encabecé la lista de las mejores películas de la historia del cine con Sed de mal cifraba un viaje de casi un cuarto de siglo con Orson Welles. Era mi forma de vengarlo, por los productores carniceros que había padecido, por los mercaderes que lo habían humillado, por los mediocres que lo habían ninguneado, por los biógrafos que le pasaban facturas retrospectivas que ya no podían cobrar, y por los críticos que, tratándose de Welles, se la cogían con papel de fumar. Y me acordaba de aquella réplica de Marlene Dietrich, la Tanya de la película cuando Hank Quinlan, o sea, Orson Welles, le pide que le eche las cartas: Tú no tienes futuro.


Era cierto, no tenía futuro en el cine de Hollywood. Sólo tenía futuro en el cine. Y ahí sigue. Valga este viaje como prólogo a ese adiós de Welles destilado en Sed de mal.

12/6/10

El abrazo

Nabokov en Ithaca

Mientras Nabokov terminaba Habla, memoria y escribía Lolita, daba clase en la universidad de Cornell, en el estado de Nueva York, y vivía cerca, en Ithaca. En septiembre de 1950 comenzó a impartir el curso Literatura 311-312 y las clases leídas por Nabokov se publicarán en forma de libro en 1980, tres años después de su muerte. La edición española, que yo leí en una traducción de Francisco Torres Oliver, se titula Curso de literatura europea. Nabokov se ocupa de Mansfield Park de Austen, Casa desolada de Dickens, Madame Bovary de Flaubert, El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde de Stevenson, Por el camino de Swann de Proust, La metamorfosis de Kafka y Ulises de Joyce. Y (nos) enseña a leer.

El mapa del Ulises por Nabokov

Lo he leído por partes a lo largo de los últimos doce o trece años y cada vez que lo retomaba me resultaba más asombroso el trabajo arduo que representaron para Nabokov esas clases, más aún si tenemos en cuenta que tampoco le pagaban gran cosa como profesor y lo ingrato que le resultaba dar clase. La lectura detallada, los esquemas, los planos, los diagramas, las notas en los ejemplares que manejaba dan idea de la dedicación con que se entregó a ese curso. Con la pasión de un detective que investigara el misterio de las estructuras literarias. Lunes, miércoles y viernes, entre las 12 y las 12,50. En las últimas páginas de la clase sobre Casa desolada -que lee para abrazar a Dickens- dedica tres párrafos al objeto amoroso del arte literario según Nabokov:

¿A qué nos referimos cuando hablamos de la forma de una narración? Nos referimos en primer lugar a su estructura, es decir, al desarrollo de la historia; a la elección de una u otra línea, a la elección de los personajes y al empleo que el autor hace de ellos, a su interacción, a los diversos temas, a las líneas temáticas y a su intersección, a los distintos giros que el autor introduce en la acción para producir este o aquel efecto directo o indirecto, así como la preparación de efectos e impresiones. En una palabra, nos referimos al esquema de la obra de arte. Eso es la estructura.

Otro aspecto de la forma es el estilo, es decir, el modo de funcionar de la estructura; a través del estilo, vemos las peculiaridades del autor, sus manierismos, sus numerosos y particulares trucos. Si su estilo es vívido, veremos la clase de imágenes que evoca, las descripciones que utiliza, el modo como procede; y si emplea comparaciones, veremos cómo emplea y varía los recursos retóricos de la metáfora y el símil, y sus distintas combinaciones. El efecto del estilo es clave para la literatura: es una clave mágica para comprender a Dickens, Gógol, Flaubert, Tolstoi y a todos los grandes maestros.

Forma (estructura y estilo) = Materia: el porqué y el cómo = el qué.

Nabokov y Vera, su mujer,
que mecanografiaba sus textos,
le buscaba documentación,
contestaba muchas de sus cartas,
corregía los trabajos de los alumnos,
organizaba la intendencia,
conducía el coche hacia el Oeste
cada verano, con él de copiloto,
y lo sostenía
, siempre.

Acariciad los detalles, les decía a los alumnos. Disfrutad de las revelaciones particulares que son la materia prima de la literatura. Reparad en la evocación vívida y sensual del puerto de Deal, cómo Dickens nos lo muestra mirando por encima del hombro de Esther, "los charcos plateados en el mar oscuro". El arte es un engaño, es magia, y el artista es un gran fingidor. Leed en busca del escalofrío, del arrebato. O mejor, no leáis, releed. Con el tiempo, leyendo esas clases magistrales -y después de haber leído Pálido fuego, Pnin, Lolita, Desesperación o Habla, memoria- uno se pregunta si hace falta dibujar un plano de la casa del doctor Jeckyll o del piso de Gregorio Samsa para disfrutar de Stevenson o Kafka.

En realidad, va germinando la convicción de que, con el pretexto de enseñar a leer a Flaubert o Proust, el verdadero afán consistía en enseñar(nos) a leer a Nabokov. Así es como quería que leyéramos sus obras. Así es como concebía la escritura y la lectura, como un acto de amor:

El arte de escribir es una actividad fútil si no supone ante todo el arte de ver el mundo como el sustrato potencial de la ficción. Puede que la materia de este mundo sea bastante real (dentro de las limitaciones de la realidad), pero no existe en absoluto como un todo fijo y aceptado: es el caos; y a este caos le dice el autor: "¡Anda!", dejando que el mundo vibre y se funda. Entonces los átomos de este mundo, y no sus partes visibles y superficiales, entran en nuevas combinaciones. El escritor es el primero en trazar su mapa y poner nombre a los objetos naturales que contiene. Estas bayas son comestibles. Este bicho moteado que se ha cruzado veloz en mi camino se puede domesticar. Aquel lago se llamará... Esa bruma es una montaña y aquella montaña tiene que ser conquistada. El artista maestro asciende por una ladera sin caminos trazados; y una vez arriba, en la cumbre batida por el viento, ¿con quién diréis que se encuentra? Con el lector jadeante y feliz. Y allí, con un gesto espontáneo, se abrazan y, si el libro es eterno, se unen eternamente.