24/7/12

Las palabras aladas


El amigo Diomedes Díaz me escribe desde las Azores para saber si voy a despedir (conociendo como le conozco le tentó decir "despachar") a Isuzu Yamada con aquellas escuetas (seguro que quiso escribir "tacañas") tres líneas y los cuatro fotogramas de Elegía de Naniwa (1936) de una entrada que ni siquiera se le dedicaba por entero a la primera musa de Mizoguchi (el amigo Diomedes Díaz nunca emplearía lo de actriz-fetiche y seguro le tuerce el gesto cada vez que me lo lee o escucha), la musa de los años cruciales. 

La geisha -Isuzu Yamada en  Las hermanas de Gion (1936)- 
se prepara y se pierde en la noche

Y la verdad, en cuanto publiqué la entrada me lo reproché casi con las mismas palabras; cómo no iba a sonar entonces el largo correo del amigo ausente a voz de la conciencia, una voz que evoca aquella noche que nos bebimos juntos después de ver Orizuru Osen, la película que Isuzu Yamada rodó con Mizoguchi en 1935, Osen, de las cigüeñas, una película muda con palabras que se ven. 

Isuzu Yamada como Osen

Entre 1934 y 1936, Mizoguchi rodó cinco películas con Isuzu Yamada; salvo la primera, Aizo Toge (La garganta del amor y del odio), las demás fueron realizadas en el seno de la productora Daiichi Eiga, fundada por el propio Mizoguchi para trabajar en condiciones más propicias y con mayor libertad. En esas condiciones rodó filmes como Elegía de Naniwa y Las hermanas de Gion, las dos primeras películas que le escribió Yoshikata Yoda, el fiel, abnegado y paciente guionista de tantas maravillosas películas de Mizoguchi.  

Isuzu Yamada como Ayako en Elegía de Naniwa

Para Isuzu Yamada, Elegía de Naniwa es la mejor película de Mizoguchi. Al deseo de filmar a la actriz se unió también la pasión por aprehender el presente, un anhelo de realidad al que contribuyó de forma decisiva el guionista Yoda. Elegía de Naniwa deviene así un cruce de destinos seminal en la obra del cineasta. Isuzu Yamada no dijo nunca que ésa era también su mejor película, pero sí que fue la película que llevó a dedicar su vida al oficio de actriz: Mizoguchi era difícil de complacer, nunca me decía exactamente qué hacer. "Piénsatelo", solía decir, nada más. Podía pasarse tres días con una escena porque no le gustaba cómo había dicho una frase aparentemente insignificante.

Fotograma de Elegía de Naniwa

Después de Las hermanas de Gion, Mizoguchi aún rodará con Isuzu Yamada La espada Bijomaru (1945). Fue la última película juntos, y no porque el cineasta no quisiera. Nunca le perdonó que lo abandonara, y quizá aun menos que se convirtiera en la mujer de otro director, Teinosuke Kinugasa; aquella herida no cicatrizó nunca, sólo se alivió gracias al encuentro con la otra musa del cineasta, la gran Kinuyo Tanaka. Para Mizoguchi, Isuzu Yamada fue siempre la más grande de las actrices japonesas.

Isuzu Yamada como Osen

Los años Daiichi Eiga representan un periodo efímero, pero capital desde el punto de vista artístico, con películas de encrucijada en las que el cineasta depuró sus formas y decantó su estilo; por así decir, se iba desprendiendo de aquellos rasgos que no eran suyos. 


Mizoguchi rodó cinco películas con su productora, cuatro de ellas con Isuzu Yamada como protagonista, por eso no sería exagerado decir que filmando a Isuzu Yamada aquel cineasta devino Mizoguchi: el cineasta de los planos largos y sostenidos, de los travellings laterales para acompañar a los personajes, o diagonales cuando los (per)seguía; el cineasta que destila el melodrama con formas líricas, lo onírico con trazos realistas y el tiempo con los cuatro elementos; el cineasta que nos conmueve con la abstracción y declina los misterios de la vida y la muerte con una poética del agua; en fin, el cineasta de las mujeres, de Otoki en Historia de los crisantemos tardíos, de Miyagi en Cuentos de la luna pálida, de Anju en El intendente Sansho, de Osan de Los amantes crucificados... Y de Osen, encarnada por Isuzu Yamada, una heroína-Mizoguchi que anuncia todas las que vendrán.


Quizá por eso aquella noche que vimos Osen, de las cigüeñas fue como remontarnos a las nacientes del cine de Mizoguchi que tanto nos gusta. Y tratándose de una de las películas mudas -de las pocas que se conservan- del cineasta, nos gustaron hasta los excesos, es decir, hasta aquellos rasgos de los que Mizoguchi ya se va a desprender muy pronto. Osen, de las cigüeñas despliega una compleja construcción de flashbacks, los recuerdos de Osen y de Sokichi, el hombre por quien ha sacrificado su vida, flashbacks que confluyen y flashbacks dentro de flasbacks, encrucijadas y cajas chinas del tiempo y la memoria, hasta ese clímax -pura maravilla visual- donde se sobreimpresionan los recuerdos de Sokichi -que le traen a la memoria su aquel pusilánime (y la culpa por no haber sabido defender a la mujer a quien todo se le debe)- y los de Osen que, demente, ya sólo vive en el tiempo (de amor) perdido, por eso no ya no reconoce a Sokichi en el presente pero sigue vivo como fantasma de su memoria y lo defiende, como en el pasado, del ataque de los rufianes: 


Pero la escena cuyo recuerdo -estoy convencido- empujó al amigo Diomedes Díaz a llamarme la atención por el exiguo homenaje que le rendía a Isuzu Yamada, la escena que nos desveló aquella noche hasta las tantas de tanto palabrearla -la que primero recordamos cuando supimos de su muerte- acontecía dentro de uno de aquellos flashbacks que vertebran la película, cuando el destino separa a Osen y Sokichi. Vimos cómo Osen practica el origami, un arte de tradición sintoísta entregado a la pureza de las formas, digamos que una suerte de papiroflexia.


De sus manos salen cigüeñas de papel que esconde en su seno como íntimos pensamientos. Y cuando la detienen y le atan los brazos con una cuerda y la separan de Sokichi, las palabras no podrían cifrar cuanto quisiera decirle, sólo una cigüeña de papel podría llevar los silencios del corazón, un legado tan leve como esencial, como el alma en un soplo.


Desde aquella noche, cada vez que nos viene a la memoria Isuzu Yamada llega primero en la figura de Osen, de las cigüeñas, con las palabras aladas. 

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