9/4/12

El taxista del sábado santo


Hace treinta y cinco años tal día como hoy cayó en sábado. En sábado santo. Aquel 9 de abril de 1977 legalizaron al PCE y  la prensa acabó bautizando la fecha como el sábado santo rojo. Recuerdo aquel día de otra forma: legalizaron el PCE el día que vi Taxi Driver. Estaba en Valencia haciendo la mili y al salir del cine me encontré con una caravana de banderas rojas que celebraban la legalización del partido. Porque, ya sabéis, el PCE no era un partido, era el partido. Para mí no había nada que celebrar, no sólo estaba haciendo la puta mili, sino que veía la transición como un apaño entre franquistas, liberales y socialdemócratas, y el PCE, desde la política de reconciliación nacional, y no digamos desde que había aceptado unos meses antes la monarquía y la bandera roja y gualda, de comunista ya sólo tenía el adjetivo. Aquel sábado santo, como cinéfilo, lo único que podía celebrar era Taxi Driver. Creo que fue la primera película de Scorsese en la que puse los ojos y salí del cine conmocionado y con mal cuerpo, y el año cuartelero que me quedaba por delante me pareció una eternidad. Al lado de eso, la legalización del PCE me pareció pura anécdota. Desde luego no imaginaba que aquel día era el principio del fin para el partido y que más de treinta años después los votaría de vez en cuando bajo las siglas que heredaron algunas de sus señas de identidad, más que nada por el aquel de elegir un mal menor. Y que me recordaría siempre paseando entre banderas rojas, gritos y bocinazos que celebraban la legalización del PCE con la cabeza colmada por las imágenes febriles de Taxi Driver, el día que descubrí a un cineasta del que ya no me perdería ninguna película en los treinta y cinco años siguientes.


Diez años después leí una entrevista con Paul Schrader donde contaba las circunstancias en las que germinó el guión de Taxi Driver (1975). Su vida era un desastre, su matrimonio se había ido a pique, los proyectos no cuajaban, estaba deprimido, más solo que la una, no podía dormir y deambulaba por las noches, conducía por Los Ángeles bebiendo y, cuando cerraban los bares, se metía en alguna sala de cine porno; no comía, sólo bebía, así durante tres o cuatro semanas en una deriva de autodestrucción. Hasta que una úlcera lo llevó al hospital. Al salir, estaba decidido a cambiar de vida, a irse de Los Ángeles y entonces cayó en la cuenta de la metáfora para Taxi Driver (Schrader no puede escribir un guión sin encontrar una metáfora que exprese el tema central de la película) y supo que era lo que andaba buscando: el hombre que se mueve por la ciudad como una rata de alcantarilla; el hombre que está constantemente rodeado de gente, y sin embargo, no tiene amigos. El símbolo absoluto de la soledad urbana. El taxista. Eso era lo que había estado viviendo, ése era mi símbolo, mi metáfora. La película trata de un coche como símbolo de la soledad urbana, un ataúd de metal.

Paul Schrader, Martin Scorsese y Robert de Niro 
en el rodaje de Taxi Driver

Escribió el guión en quince días: sencillamente, brotaba de mi cabeza, casi intacto. En cuanto terminó se lo dio a su agente y se fue de Los Ángeles. Taxi Driver fue como una descarga, un vómito, una expiación: fue una película escrita cuando realmente no podía distinguir entre el sufrimiento en el trabajo y el sufrimiento en la vida. Un año después, los productores Michael y Julia Philips leyeron el guión y compraron una opción. Entonces se estrenó Malas calles (1973). Y guionista y productores estuvieron de acuerdo en que Scorsese debía dirigirla y de Niro interpretarla. Y no se apearon de esa burra. Y director y actor se comprometieron también con el proyecto. Y se mantuvieron firmes aunque ningún estudio quería hacerla. No querían ganar dinero, sólo querían hacer una película que perdurase. Por eso no hicieron ninguna concesión. Porque Taxi Driver era para todos ellos una cuestión personal. Y como de Niro sabía que Travis, el taxista, era Schrader, pasó varios días con él y le pidió al guionista que le grabara su diario, y llevaba su camisa, sus botas y su cinturón en la película.

Jodie Foster, de Niro y Scorsese 
en un momento del rodaje de Taxi Driver

Cuando se puso en marcha la producción de Taxi Driver, Schrader mantuvo largas conversaciones con Scorsese y seis semanas antes del rodaje se fue a Nueva York y reescribió el guión en la habitación de un hotel con los demás actores que intervenían en la película: Harvey Keitel, Peter Boyle, Jodie Foster... De hecho, el personaje de Iris, que encarna Jodie Foster, se perfiló durante aquellos días. Schrader se ligó a una chica en un bar a las tres de la mañana y debía haberle servido de aviso el que le fuera tan fácil, porque era muy malo ligando y, si lo intentó esa noche, era porque estaba borracho. Hasta que en el hotel se dio cuenta de que era una prostituta, menor de edad y yonqui, Entonces le mandó una nota a Scorsese: Iris está en mi habitación. Desayunamos a las nueve. ¿Quieres unirte a nosotros? El personaje de Iris se reescribió a partir de aquella chica llamada Garth que tenía una capacidad de concentración de veinte segundos. Pero lo mejor de la película, según Schrader, aquella escena en que Travis dialoga con su imagen en el espejo -¿Me hablas a mí..?-, no estaba en el guión, fue una improvisación de Robert de Niro.

De Niro con Scorsese en una pausa del rodaje de Taxi Driver

Schrader no sólo es un gran guionista (y un buen director), sino que dijo algunas de las cosas más atinadas que he leído sobre la escritura del guión (y que suelo repetir en las clases cuando cuadra), por ejemplo, que los guiones no tratan de películas, tratan de personas; que los guionistas no deberían estudiar cine, deben estudiarse a sí mismos; que si eres un escritor novato, lo único que tienes para ofrecer es el hecho de que tú eres tú; que, sobra decirlo, cuando escribes sobre ti mismo no sólo estás diciendo en qué eres distinto sino, y más importante, en qué eres igual; porque, al final, aquello en que somos iguales resulta más fascinante que aquello en que nos diferenciamos. Que un guión tiene más que ver con la tradición oral, con el cómo sigue, que con la gran literatura; que tiene más que ver con contar que con escribir. Que la escritura de guiones es el negocio de la ropa sucia; que las artes tratan de lo prohibido, de lo no contado, de lo implícito y, a veces, de lo inefable; y si tienes algún problema para sacar la ropa sucia y mostrarla, te has equivocado de negocio. Cuando descubras tu problema, piensa en una metáfora para él; una metáfora no es como el problema sino como una variación, como una manera de verlo. El problema de Taxi Driver era la soledad; y el taxi, la metáfora:

Ese chillón ataúd de acero que flota entre las cloacas de Nueva York, una caja de hierro con un hombre dentro que parecía estar en el centro de la sociedad, pero que de hecho estaba completamente solo. (...) Si la metáfora es sólida de verdad, es más importante que la trama, porque ésta no es más que un conjunto de estructuras con variaciones.

O sea. en resumidas cuentas, clava el problema en la metáfora y comprueba cómo surgen las astillas de la trama.


De Niro y Cybill Shepherd con Scorsese, 
preparando un plano  de Taxi Driver

Taxi Driver habla de Schrader, de Scorsese y de Niro, claro, pero aquel 9 de abril de 1977, en aquella Valencia de mi puta mili, hablaba sobre todo de mí, me veía, y salí del cine transfigurado en el taxista del sábado santo, solo entre banderas rojas y voces que celebraban la legalización del PCE.

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